En la nueva guerra de sexos, el hombre alcanza la redención deshaciéndose de su identidad. Entrevista a Alain de Benoist, por Nicolas Gauthier


El feminismo de antaño luchaba por hacer avanzar los derechos de las mujeres. El feminismo actual niega ahora las nociones mismas de masculinidad y de feminidad. ¿Cómo explicar esta evolución?

Esto se ha producido en dos etapas. En un primer tiempo, las feministas de tendencia universalista (aquellas que conciben la igualdad como sinónimo de mismidad) querían demostrar que las mujeres eran “hombres como los demás”. Se trataba, por ejemplo, de probar que no hay oficio o profesión reservada, por naturaleza, a uno u otro sexo, que podía haber mujeres soldados, mujeres pilotos de avión, etc. ¿Por qué no? Pero evidentemente, sí hay “oficios de hombres”, igual que hay oficios unisex. Paralelamente, se ha exigido la paridad en todos los dominios, presuponiendo que los dos sexos tienen, no sólo las mismas capacidades, sino también las mismas apetencias y las mismas aspiraciones. Esta exigencia se ha generalizado progresivamente hasta llegar al absurdo. Por supuesto, la ausencia de paridad sólo se presenta de forma negativa cuando se ejerce en beneficio de los hombres: que la magistratura, por ejemplo, se haya feminizado hasta el 66% (hasta el 86% en el tramo de edad de los 30-34 años), o que el personal educativo femenino alcance el 68% (el 82% en la enseñanza primaria), no suscita la menor protesta. Cuando vemos hoy una película policíaca, incluso es difícil imaginar a hombres en la policía.

El asunto se agravó con la teoría de género, la cual niega que el sexo biológico sea un elemento determinante de la vida sexual, sino que es un “constructo social” al que se le opone una gran multiplicidad de “géneros”. La idea general es, aquí, que en el momento del nacimiento todo el mundo es más o menos transexual. Hay que señalar aquí la importancia del “trans” en el discurso LGBTQI+: aunque los verdaderos transexuales no sean más que una ínfima minoría, el recurso a la visión “queer” del mundo permite afirmar que todo está en todo y a la inversa. A los niños de cuatro o cinco años se les explica que ellos pueden elegir su propio “género” a discreción.

Las nociones de masculinidad y de feminidad son, en efecto, negadas, pero al mismo tiempo, bajo la influencia de lo políticamente correcto, no deja de resucitarse lo masculino para ponerlo bajo acusación. Por un lado, se afirma que lo biológico no determinada nada en absoluto, por el otro, que el hombre es, por naturaleza, un potencial violador, y que el patriarcado (“la cultura de la violación”) está, en cualquier caso, inscrito en sus genes. Se impugna la idea de un “eterno femenino”, pero se esencializa al macho en razón de que no ha dejado, en todas las épocas, de mostrarse agresivo y dominante.

¿No se orienta, entonces, a la sociedad hacia una devaluación general de la masculinidad?

Por supuesto, incluso se puede decir que la guerra al cromosoma Y ha sido declarada. No sólo hay que acosar al sexismo hasta en sus manifestaciones más anodinas, puesto que habría una continuidad desde el “enclaustramiento” hasta el “feminicidio”, sino que hay que intentar que los hombres renuncien a su virilidad ‒lo que ahora se llama la “masculinidad tóxica”. Ayer, las mujeres querían ser “hombres como los otros”, hoy, son los hombres los que deben aprender a convertirse en “mujeres como las otras”. La masculinidad deviene en una condición patológica. Nuevo juego de palabras orwelliano: el hombre es una mujer (Dios también sin duda, lesbiana, por añadidura). Los hombres deben, pues, feminizarse, dejar de “comportarse como hombres”, como antes se les recomendaba dejar curso libre a sus emociones (los lamentos y las lágrimas son recomendados), reprimir su gusto por el riesgo y la aventura, comprar productos de belleza y, sobre todo, no considerar jamás a las mujeres como objeto de deseo. Nueva versión de la guerra de sexos, donde el enemigo es llamado a la redención deshaciéndose de su identidad. 

La ridícula escritura inclusiva y las apestosas madres del “girl power” exigen ahora a los hombres que se adhieran a la “interseccionalidad” de las luchas “decoloniales”, que comulguen con virtuosa devoción con el fútbol femenino, que militen por “la visibilidad de las sexualidades alternativas” y se movilicen contra la “precariedad menstrual”, esperando, sin duda, convertirlos al “androginato” generalizado en un mundo transformado en un gineceo regentado por la Big Mother, el Estado terapéutico prescriptor de conductas. Alto a los “cisgéneros”, dejad sitio a los “no-binarios”, al “género fluido” que debe desvincularse de los estereotipos del universo “heterocentrado”.

Tal es la razón por la cual nuestra época ya no ama a los héroes, prefiriendo a las víctimas. Podemos ver cómo, durante las ceremonias en homenaje al final de las guerras mundiales, se intenta “desmilitarizar” los acontecimientos, celebrando el “retorno a la paz” para no hablar ni de victorias ni de derrotas. Ciertamente, las clases populares admiran espontáneamente el heroísmo de los militares. El espíritu de los tiempos exige mayormente reconocerse en los travestis que representan a los países europeos en Eurovisión o en los candidatos a los “premios LGBTI” del año.

Habla de devaluación del heroísmo. Entonces, ¿cómo explicar el auge de las películas de superhéroes? ¿Una forma de compensación?

Sin duda, pero esto no es lo esencial. Hay que ver, de hecho, que los superhéroes no son héroes elevados exponencialmente, sino lo contrario mismo de un héroe. El héroe es una figura trágica. Es un hombre que ha elegido llevar una vida gloriosa pero breve, más que una vida confortable y mediática. El héroe es un hombre que sabe que, un día u otro, deberá dar su vida. Nada de esto vemos en Iron Man, Superman, Spiderman y en otras tristes producciones de Marvel. Son héroes porque son invencibles, porque no tienen ningún miedo, no hay nada de trágico en ellos. No son más que superhombres que, bajo el ángulo de la testosterona, en sentido propio, son “hombres aumentados”, como los representan los partidarios del “transhumanismo” o del “sobrehumanismo”. Están a mil años luz de Aquiles o Sigfrido. Fuente: Boulevard Voltaire