¿La muerte o la vida ilimitada? La fe en Dios o la fe en las capacidades ilimitadas de las nuevas tecnologías, por Anna Gichkina


Según los pronósticos científicos, el siglo XXI marcará la transición de la humanidad hacia la transhumanidad. En este ensayo se presenta la filosofía religiosa como la filosofía alternativa a la del transhumanismo.  

Las “nuevas tecnologías”, en su avance fulgurante, están llamadas a posibilitar la vida humana ilimitada. Podremos igualmente hacer volver a la vida a los padres fallecidos. El nuevo humano, el transhumano, está llamado a ser el único dueño de su destino y del destino de la humanidad, de hacer posible la vida eterna no después de la vida terrestre sino en esta misma vida. El objetivo del nuevo humano es, pues, vencer a la muerte. Sí, vivimos hoy en un siglo que será el siglo de la “singularidad tecnológica”, término que significa la enorme explosión tecnológica. Según los pronósticos de los científicos, el siglo XXI marcará la transición de la humanidad hacia la transhumanidad. El nuevo tipo de humano va a aparecer y cuyo sentido de la vida estará en el desarrollo ilimitado de sus capacidades. Esta nueva forma de vida humana no tendrá fin, ni tampoco finalidad. Esto hace soñar, ¿verdad? Pero, ¿es tan bello y tan inocente como parece? Me gustaría exponer algunos elementos que muestran el peligro de esta nueva filosofía transhumanista cuando se la lleva al extremo.

¿Por qué la muerte y la espera de su venida es un concepto fundamental en nuestra vida?
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La filosofía religiosa dice que toda persona debe conocer su muerte. Hay algunas cosas en la vida que no podemos dominar. No somos dueños de todo. Nuestro nacimiento, por ejemplo, no fue un acto que dependiera de nosotros. Hay cosas en la vida que son místicas y potentes justamente por sus misterios. Si hablamos, por ejemplo, de la resurrección de los muertos, este acto debe igualmente quedar dentro de la categoría de cuestiones que no dependen de nosotros. Será el mismo acto divino que el acto de nacer. No somos los actores de la creación del mundo, formamos parte de él, somos los productos.

El ombliguismo del humano que cree que es más inteligente que la naturaleza, más inteligente que la vida, está condenado al fracaso desde ahora y esto es evidente. La vida eterna sobre la Tierra sería un sufrimiento insoportable. Será la misma vida limitada por la sabiduría de la naturaleza como la conocemos ahora salvo que será eterna. ¡Con eternos sufrimientos!

La vida se termina con la muerte. Moriré un día, pero no tengo ganas de morir. Todas las filosofías y todas las religiones han sido fundadas sobre este postulado. Toda nuestra vida está basada en esta relación “vida-muerte” y en la espera de la muerte. La vida es la sensación de esta delgada línea entre la vida y la muerte; es un caminar por el borde entre los dos. Y es precisamente este miedo que nos salva del peligro del sinsentido de nuestra existencia. Es este miedo el que nos alimenta y nos da la energía. Podemos citar a Pasolini (no es el más piadoso, pero en esto tiene razón): “La muerte hace el montaje de la película de vuestra vida”. Una película con el comienzo, el desarrollo y el final no es posible sin con el montaje. Mientras que vivimos, nada está verdaderamente claro. Siempre estamos acompañados por el interrogante. Cuando alguien muere, los familiares y los amigos de la persona piensan en ella y así comunican con ella. Esta comunicación es la única verdadera porque durante la vida no comunicamos más que con las máscaras y no con la verdadera persona. Los religiosos os dirán que la persona que muere se sorprende ella misma de lo que es en realidad. Con todo esto quiero decir que el sentido de un fenómeno solo existe si ese fenómeno tiene un fin, una finalidad. Si la vida no tiene fin, no podrá hacerse el balance final, no tiene sentido.  

Recordemos que el mundo transhumano será, por supuesto, el mundo sin Dios. Todo será intelectualizado a ultranza, no habrá sitio para el misterio. Esta intelectualización del mundo fue tratada por el académico E.-M. Vogüé hace un siglo afirmando que no hará a las personas más felices, sino al contrario. La intelectualización absoluta produce inevitablemente, según él, el pesimismo y la desesperanza.

Hay una experiencia religiosa, una experiencia política, puesto que hay religiones vivas, sociedades vivas, y que la vida no aparece ni se desarrolla sino es conforme a unas leyes. Para descubrir esas leyes, no son construcciones lógicas lo que hay que levantar, son observaciones que hay que recoger, son misterios que hay que constatar y comprender como tales. No se trata de rechazar la física y la química, las matemáticas y la biología, para no llamar más que al instinto. Se trata de admitir que los problemas religiosos, morales y sociales no son problemas ni de física, ni de química, ni de matemáticas ni de biología.

Así, para tratar de cuestiones religiosas hay que partir del registro religioso. Y la ética no contradice así a la ciencia. Una no excluye a la otra. Es la síntesis entre la ciencia y la religión en la que creo. Eliminar el campo religioso de la vida de la persona es una actitud suicidaría y la historia siempre nos lo ha mostrado. La sociedad transhumanista querrá librarse de Dios como de una vieja ropa pasada de moda. Se nos promete la paz y la felicidad sin recurrir a postulados bíblicos. Pero este tipo de discurso ya lo hemos escuchado. Karl Marx decía que el sentido de la vida consiste en el desarrollo de la creatividad y de la propia personalidad. El sentido de la vida, según él, está contenido en el tiempo pasado en el desarrollo personal. Esto se llamaba en su época el “humanismo socialista”. Nada nuevo en la perspectiva que se nos propone hoy desde los transhumanistas. No han hecho más que quitar la palabra “socialista” y añadir a la palabra “humanismo” el prefijo “trans”. Nada nuevo.

Convendría hacer la distinción entre los términos “existir y “vivir”, ya que son diferentes. En la filosofía religiosa cristiana, la existencia ilimitada es un favor concedido al Diablo. El Diablo va a existir eternamente, pero no va a vivir. El Humano sueña con existir eternamente, es normal, nadie quiere morir. Pero existir quiere decir ir a trabajar, a la compra, mirar la televisión, obtener placer, etc. Pero esto no significa “vivir”. Vivir es algo muy diferente, y hay que aprender a hacerlo. La vida es una categoría moral. Contiene dentro de ella la compasión y los logros, el arrepentimiento y la relación con el cielo, el sacrificio y, sobre todo, la finalidad que permite recapitular, hacer el balance, que nos permite reflexionar sobre nuestros actos y sus consecuencias. Ningún filósofo griego, si se le preguntara hoy, querría vivir sobre la Tierra eternamente. Es una eterna prisión esta eterna existencia. Las tecnologías pueden ofrecer a las personas esta existencia ilimitada, pero ellas no tienen necesidad: en el fondo, no la quieren. Se matarían ellas mismas después de un tiempo en esa angustiosa eternidad.

Nuevas tecnologías vs Ética
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Veamos ahora el segundo punto de este escrito. ¿Cuál es el lugar de la ética, de Dios y de la moral en todo esto? Sí, la persona es un ser dinámico, un ser que avanza. Fue creado no como un hecho cumplido sino como una problemática. En esto, todo el mundo está de acuerdo: tanto los bioconservadores como los transhumanistas.  

Todo movimiento tiene consecuencias: puede llegar un momento en que el humano deje de ser humano. Puede sobrepasarse o, dicho de otra forma, pasar de la biología a una especie de “sobrebiología”. Pero cuidado: aquí empieza lo más interesante. En este sobrepasarse, se puede entrar tanto en el campo angélico como en el diabólico. Con la era del transhumanismo corremos el riesgo de perder a la persona elevada, moral, compasiva y recibir en su lugar a monstruos con dos sexos, privados de moral para los que sus perversiones y deseo encarnizado de placeres solo tendrán parecido con los demonios. Es entonces cuando podremos hablar del fin del mundo. Así, el mayor peligro del transhumanismo y de la vida ilimitada es el de perder a la persona como fue creada, la que trae niños al mundo, entierra a sus muertos, hace descansar su esperanza en la Eternidad, sufre por la pérdida de seres queridos y por la vejez, siente piedad por los demás, ama a sus amigos, etc. De donde deduzco que los transhumanos no serán ya humanos.  

Algunas precisiones sobre nuestra cultura cristiana europea
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Cristo vino para salvar al humano, no al transhumano. El deber de la Iglesia siempre ha sido hacer de la persona un ser sobrehumano. Hoy, su deber es no dejarle convertirse en un transhumano. La única esperanza que podemos tener es recordar que, a lo largo de la historia humana, las épocas que cambiaban no reflejaban verdaderamente el cambio en el humano. Si recordamos la historia del siglo XIX, por ejemplo, veremos la algarabía maravillada delante de dos cuestiones: el vapor y la electricidad. ¡El público se volvía loco alrededor de eso! Incluso los grandes espíritus se vieron arrastrados por este fervor generalizado. “Hemos atrapado a Dios por la barba y ahora tendremos por fin la felicidad completa”, decían algunos. Lo mismo sucedió con los primeros aviones: la felicidad era total ante la posibilidad de subir a los cielos. ¿Y hoy? ¿Qué pasa en realidad hoy? Viajamos en avión, pero sabemos que eso no es lo que nos hace felices en realidad. Señalemos también que todas esas alegrías del siglo XIX estuvieron seguidas por grandes guerras. La Historia nos enseña que así suele suceder.

Las Nuevas Tecnologías avanzan a gran velocidad. Todo el mundo se preocupa por sus avances, pero nadie quiere pensar en cuál es el lugar de la ética y la moral en todo ello. Cuando una persona es mala en sus intenciones, imaginémosla un momento con un martillo por las calles de la ciudad. Es peligrosa. Tiene más peligro todavía cuando esa persona va fuera con un arma de fuego. Y ahora, pensemos que esa persona pueda estar aumentada, bionizada, en fin, el sueño se convierte en pesadilla.

Si la persona no crece moralmente, el progreso de las Nuevas Tecnologías lo transformará todavía más en un peligro para la humanidad. Como decía Roosevelt: “Un ladrón sin estudios roba un paquete de carbón; un ladrón con títulos roba un ferrocarril entero”.

La persona necesita hoy en día (como siempre ha sido) contar con virtudes humanas como: ayuda mutua, piedad, compasión, caridad; y no la virtud transhumanista de sobrepasarse. No se siente semejante necesidad, por lo que tampoco necesitamos el aumento tecnológico. Esos ideales del transhumano no alimentarán al humano que se encuentre con una verdadera necesidad, en una verdadera desesperanza. Como en el siglo XIX, los humanos han visto al final que, incluso el más bello invento no quita una arruga de sufrimiento en la frente de los desesperados ni da un trozo de pan al hambriento. Dicho de otra forma, la persona debe saber experimentar el amor, el miedo y la vergüenza. Es esto lo que le hace humana. Lo que no se sabe es qué aporta el transhumano.

Así pues, debemos ser la vertebración moral de este mundo. Si el siglo XXI no es un siglo del humanismo religioso con la persona como criatura dirigida hacia Dios, el humano dejará de existir, desaparecerá. Y todas esas fantasías acerca del futuro y del humano aumentado no tienen nada de humano dentro. Si leemos el Apocalipsis nos habla precisamente de un mundo inhumano, un mundo totalmente deshumanizado. Todo será robotizado, nos pondrán sellos sobre la frente o incluso chips integrados en la piel. Dicho de otra forma, será el progreso inhumano. Y es precisamente eso el reino del Anticristo si hablamos en términos cristianos.  

Recordemos que el amor es el valor primordial de la humanidad. Los médicos quieren a sus pacientes cuando les están operando; al bombero le gusta su trabajo porque, si no, no se tiraría en el fuego arriesgando su vida. Tienen un cierto deber ante la humanidad, lo saben y son felices por ello.  Así, el amor expresa todo aquello que es grande y elevado. Y la noción del amor está, por supuesto, ligada a la noción de sacrificio pues éste es la medida del amor. Con transhumanismo y sin él, si uno ama, está dispuesto a sacrificarse. En eso consiste la vida.

Para terminar, quisiera citar a Dostoievski: “Si Dios no existe, todo está permitido”. ¿Entonces? ¿La muerte o la vida para siempre? ■ Fuente: Méthode