Alexandr Solzhenitsyn: La lucha heroica contra la mentira, por Eugénie Bastié


URSS, 13 de febrero de 1974. En el avión que ha despegado de Moscú vuela Alexandr Solzhenitsyn, 55 años. Es la segunda vez que abandona su patria (la primera fue durante la guerra, para ir al frente) y no volverá hasta veinte años después, tras la caída del régimen que combatió durante toda su vida. Por la ventanilla, contempla las nubes. “Veía mi vida del exterior, como ya consumida. Nada que decir; había sido un éxito. Ni estos dirigentes ni sus sucesores se librarían de mis invectivas, ni siquiera dentro de cincuenta años”, escribió, pensando en ese momento. Dos meses antes, se había publicado Archipiélago Gulag en París. Fue la gota que había colmado el vaso del régimen comunista, que decidió desembarazarse del disidente.

Detenido en Moscú, privado de su nacionalidad soviética, escoltado por cuatro oficiales del KGB, es expulsado: abandona familia, amigos y sus queridos archivos hacia un destino desconocido. No lleva nada con él, solo sus ropas de prisionero y un mendrugo de pan en el fondo del bolsillo (una costumbre de zek, denominación del prisionero del gulag). Piensa que le llevan a Viena pero aterriza en Frankfurt (RFA), que había aceptado acogerle. Los periodistas del mundo entero se precipitan a Bonn para obtener la primera entrevista al gran disidente. Delante del montón de micrófonos, dice: “Ya he hablado demasiado mientras estaba en la Unión Soviética. A partir de ahora, me callaré”. Es el final a doce años de combate en el interior. La puerta entreabierta por Jrushchov en favor de la desestalinización, en la cual Solzhenitsyn tiene esperanzas, se ha vuelto a cerrar.

Desde 1949 a 1960 se había dedicado a escribir, sin esperanzas de ver sus obras publicadas estando vivo, en una soledad abismal. Condenado a ocho años en un campo de trabajo por haber criticado a Stalin en una carta a un amigo, compone sus textos mentalmente primero, y después escribe a escondidas, tras su salida del campo, de forma extremadamente prudente. En 1956, tres años después de la muerte de Stalin, Nikita Jrushchov, secretario general del Partido Comunista, publica un informe secreto al final del XX Congreso del partido, denunciando el “culto a la personalidad” y una parte del terror puesto en marcha por el “padre de los pueblos”. En todos los rincones del país se destruyen las estatuas del dictador. Se abre entonces un periodo de relativa “descongelación” en la literatura.

A comienzos de los años sesenta, cuando sus escritos comienzan a circular bajo la forma de samizdat (autoedición, en ruso), manuscritos clandestinos copiados a mano e intercambiados bajo manga, Solzhenitsyn decide salir de la clandestinidad y entrar en escena: a diferencia de Pasternak, busca poder publicar en su propio país a cualquier precio (y no en un país occidental), en un combate contra la censura que durará diez años. Presenta el manuscrito de Chtch-854, una jornada de un prisionero, a la revista más liberal de la época, Novy Mir, dirigida por el poeta Alexandr Tvardorvski. El politburó da su autorización para la publicación, con el expreso apoyo de un Nikita Jrushchov entusiasmado por un relato que llega para apoyar el giro de la desestalinización.

Combate soterrado contra la censura

Publicado en Novy Mir en 1962, el texto al que modifican el título como Un día en la vida   de Ivan Denisovich tiene un éxito extraordinario: todo el mundo tiene en su familia un miembro aspirado por el entramado de lo que no se llama todavía “el archipiélago”, y los lectores se rifan este relato sobrio y minucioso de la vida ordinaria de un zek. Mientras en ese mismo momento, Vida y destino de Vassili Grossman resulta censurado (“su libro no será publicado antes de doscientos años” le dice un dignatario del régimen al desesperado escritor), Tvardorvski intenta obtener para Solzhenitsyn el premio Lenin. Para alivio del escritor, no se le concede: ¿Qué habría sido del autor de Archipiélago Gulag condecorado con semejante medalla?

El error del régimen fue creer que Solzhenitsyn se ceñiría a la simple denuncia del universo carceral estaliniano mientras que su ambición era ya desenredar los “nudos” de la Rueda Roja que aplastaba a su pueblo y que tenía su origen en 1917. Uno de los redactores de Novy Mir no se equivocó cuando exclamaba, tras la lectura del libro: “Pero, ¡no vais a decirme que hicimos la revolución de octubre para nada!”. “El estalinismo no ha existido ni en la teoría ni en la práctica: no se puede hablar ni de fenómeno estaliniano, ni de época estaliniana; esos conceptos fueron fabricados después de 1956 por el pensamiento occidental de izquierdas para conservar los ideales comunistas”, escribió Solzhenitsyn, lúcido, en El error de Occidente. 

En 1964, Jrushchov es destituido, lo que abre la puerta a una nueva glaciación. Resulta imposible publicar nada, incluso en Novy Mir. En septiembre de 1965, los archivos de Solzhenitsyn, entre los que se encuentra su novela El primer círculo, son requisados durante un registro en el piso de uno de sus amigos en Moscú. El escritor decide enviar sus obras a Occidente microfilmadas para que se publiquen. El tamizdat (“edición en otro lugar”) sucede al samizdat. Solzhenitsyn, que recibe miles de cartas y testimonios de antiguos zeks tras la publicación de Un día en la vida de Ivan Denisovich se entrega a la inmensa tarea documental de Archipiélago Gulag. Con una prudencia de sioux, dispersa el manuscrito en diversos escondites y entierra una parte en una granja en Estonia. Reescribe su novela El primer círculo, sobre un encierro que tiene lugar en una charachka (centro de detención reservado a los científicos), pero en vano, ya que no supera las horcas caudinas de la censura. Una amarga experiencia de autocensura que le hizo escribir en un apartado de la novela, cuando se publicó en Occidente en 1968: “Escrito de 1955 a 1957. Desfigurado en 1964. Reescrito en 1968”. Propone otra novela, Pabellón del cáncer, que tampoco sale adelante. Ese pabellón de enfermos, ¿no sería una metáfora de todo el país soviético? Eso es lo que se preguntaban los guardianes de la moral revolucionaria, que criticaban los “excesos de naturalismo” del escritor. 

Su nombre se ve arrastrado por el fango: se le acusa de haber colaborado con la Gestapo durante la guerra, de no haber sido más que un vulgar prisionero. Discretamente, se retira el libro sobre Ivan Denisovich de las bibliotecas. Sobrepasado, el escritor decide hacer público su combate soterrado contra la censura, que detalla en una especie de diario literario de esos años de enfrentamiento: “Hace dos años que la soga de la horca está en mi cuello, pero sin apretarla del todo. En la primavera próxima, tengo ganas de dar un cabezazo. ¿Cederá el nudo? ¿O me estrangularé yo solo? Imposible preverlo con certeza”.

En 1967, mientras se celebra el 50 aniversario de la Revolución, Solzhenitsyn decide dar un buen golpe: Envía una carta a la Unión de escritores, que será publicada en Occidente en Le Monde y el New York Times. Solicita la “supresión de toda censura, pública u oculta”. “Designada bajo el término velado de Glavlit, una censura que no se menciona nunca en público, que la Constitución no ha previsto y que es, por lo tanto, ilegal, pesa en nuestra literatura y somete a los escritores a las decisiones arbitrarias de verdaderos analfabetos en el plano literario”. Un viento de insumisión sopla en los círculos intelectuales. Un centenar de escritores soviéticos lo apoya públicamente.

“La sangre es el abono del genio”, afirmaba Joseph de Maistre. Hay una economía subterránea, un pacto misterioso entre el sufrimiento de Rusia y su genio literario. ¿Qué habría sido Dostoievski sin su estancia en la Casa de los muertos? ¿Qué habría sido Solzhenitsyn sin sus ocho años de gulag? “El escritor que tienen ustedes delante ha sido construido por la cárcel y el campo de trabajo”, decía. Pasternak, Grossman, Solzhenitsyn: los tres mayores escritores de la segunda mitad del siglo XX hundieron sus plumas en sangre para escribir sus obras maestras: la guerra civil, el sacrificio de la “Gran guerra patriótica”, la metástasis concentracionaria.

¿Cuántos genios se habrán perdido por el ahogamiento de la censura? ¿Cuántos no han tenido la fuerza de escribir a pesar de las innumerables trabas? “La censura estropea la imagen que la opinión pública mundial tiene de nuestro país, pero perjudica también a la literatura universal”, escribe Solzhenitsyn. “El censor que uno lleva en sí mismo piensa en que esto no saldrá adelante incluso antes de que nos hayamos puesto a la tarea… Las pérdidas que eso genera para la sociedad son irremediables y trágicas”, subraya Konetski.

“Los escritores pueden vencer a la mentira”

Este enfrentamiento entre un hombre solo y el régimen es un momento decisivo, que podría haber anticipado en veinte años la caída del comunismo. Transparencia, fin de la censura: las exigencias de Solzhenitsyn son las que luego formulará Gorbachov. Pero los burócratas de la literatura resisten. “La publicación de la letra en la indigna prensa burguesa” les da el argumento preferido de los censores: “hacer el juego” a los enemigos de la URSS. “Debéis protestar contra la utilización sórdida de vuestro nombre en Occidente”, solicita la Unión de escritores. La Literatournaia Gazeta, principal revista literaria, proclama el 28 de junio de 1968: “El escritor Alexandr Solzhenitsyn tendría que haber dedicado todo su talento literario a la patria, y no a sus detractores” ya que “la historia ha dado una pesada y noble responsabilidad a los escritores soviéticos: son los mensajeros de las ideas progresistas del siglo”. Los intercambios entre la Unión de escritores y Solzhenitsyn, publicados por los Cahiers de l´Herne desde 1970 son interesantes. ”¿Cómo puede explicarme que Occidente le publique a usted con tanto interés?”, acusa un plumilla. “¿Y cómo me explica usted mismo que rechacen con tanta obstinación el publicarme en mi país?”, responde con energía el novelista.

En noviembre de 1969, se conoce el veredicto: excluido de la Unión de escritores. “Limpiad vuestros relojes ya que están retrasados respecto a nuestro tiempo. Ni siquiera sospecháis que el alba ya está aquí” les dice Solzhenitsyn, convencido de su destino, a los juntaletras que le expulsan. Un año más tarde, recibe el premio Nobel después de que su nombre haya sido propuesto por François Mauriac. Al contrario que Pasternak, lo acepta, pero rechaza el ir a recogerlo a Estocolmo ya que tiene miedo de no poder volver si abandona su suelo patrio. No hay que contar con él para traiciones: habrá que expulsarlo manu militari de un país al que nunca dejó de amar y del que se esforzó en que quedara diferenciado del odiado régimen que lo dirige. 

En su discurso de recepción del Nobel, difundido clandestinamente en Rusia, y en los periódicos occidentales, ofrece un verdadero grito de amor a la literatura como fuerza universal y liberadora. ¿Cuál es todavía el papel del escritor en un mundo que solo se salvará por la tecnología, dividido en dos bloques irreconciliables? Dispone de la facultad de decir la verdad, por encima de fronteras y maniqueísmos. “Los escritores y los artistas pueden hacer más que los demás ciudadanos. Pueden vencer a la mentira. En el combate contra la mentira, el arte ha ganado siempre y lo hará en el futuro, abiertamente, irrefutablemente, en el mundo entero. La mentira puede resistir a muchas cuestiones en este mundo. Pero no al arte”. Fuente: Le Figaro.