El velo islámico es la expresión de un orden social, por Philippe d'Iribarne


El Corán, al menos, es límpido en un punto: el velo no es realmente un imperativo. Pero las musulmanas que se sienten "obligadas" a portar el velo pueden ser represaliadas por los predicadores islámicos si no lo hacen. 

De nuevo, la controversia sobre el uso del velo islámico está a la orden del día, esta vez por la vestimenta de las madres a la salida de los colegios. El uso del velo, ¿deriva de consideraciones individuales de personas que así expresan parte de su intimidad, o de una norma colectiva que debe respetarse si se quiere estar conforme con su comunidad? Además, ¿el velo constituye un símbolo propiamente religioso, expresión de una fe, o es un símbolo social, elemento de un orden islámico?

Lo que observamos en los países musulmanes y también en algunos barrios de las ciudades occidentales con fuerte presencia musulmana, no deja lugar a dudas en cuanto a la dimensión profundamente colectiva del uso del velo. Hace falta estar ciego, o tener mala fe, para negar la importancia de esta dimensión. Pero, en la segunda pregunta, símbolo religioso o expresión de un orden social, la respuesta es menos evidente.

¿Fe o reivindicación? El velo islámico como expresión de un orden social: la limpidez del Corán

Vemos también a los resueltos adversarios de la empresa islamista dispuestos a admitir que la vestimenta islámica deriva del registro de la fe. El tema es importante porque, si fuera así, el frecuente argumento de la incompatibilidad de la vestimenta islámica con los usos y costumbres de las sociedades occidentales no sería admisible. Habría, en efecto, un enfrentamiento entre, por un lado, una cuestión de libertad de conciencia, por el respeto a los derechos humanos, y por otro, la adhesión a simples hábitos sociales. Parece claro que la primera debería imponerse. Ciertamente, incluso aceptando este terreno religioso, cualquier resistencia a la influencia islámica no resulta imposible porque se puede invocar la defensa de la laicidad. Pero esta invocación es acusada de islamófoba y, en cualquier caso, no concierne más que a algunos aspectos limitados de la vida social. Mostrar que la vestimenta islámica deriva, de hecho, de un registro social, y no de un registro de fe, es la clave. 

Un argumento frecuentemente lanzado para disuadir de comprometerse en tal distinción es que el registro religioso y el registro social están tan íntimamente ligados en el islam que es imposible separarlos. En efecto, este argumento no resiste ningún examen. Y especialmente en lo que afecta al estatuto de las mujeres. Sobre este estatuto, el Corán es especialmente claro: considera a las mujeres de forma distinta según se mire desde un registro de manifestación de la fe o desde un registro social. El contraste es tan radical que no puede haber ninguna ambigüedad sobre el registro sobre el que estamos tratando.  

En un registro espiritual, el Corán no hace distinción entre hombres y mujeres. Cuando enumera a aquellos para los que su dios prepara el perdón y la recompensa sin límites, reúne, en estricta paridad, a los creyentes y a las creyentes, a los hombres piadosos y a las mujeres piadosas, a los hombres sinceros y a las mujeres sinceras, a los hombres pacientes y a las mujeres pacientes, a los hombres y las mujeres que temen a dios, a los hombres y las mujeres que dan limosna, a los hombres y mujeres que ayunan, a los hombres y las mujeres que practican la castidad, a los hombres y las mujeres que invocan frecuentemente el nombre de dios. Las prácticas que derivan de un enfoque espiritual, tales como el ayuno y la oración reúnen a hombres y mujeres en tanto que seres humanos “iguales en la fe”.

En el Corán, un hombre vale como dos mujeres

Pero esta paridad no se encuentra en un registro de organización social. Los hombres tienen una preeminencia indudable. Un hombre vale como dos mujeres en materia de testimonio, y de herencia. Los hombres pueden decidir repudiar a sus mujeres, pero no a la inversa. Ellas son objeto de desconfianza y, por tanto, exigen un estricto control social. “Amonesta a aquellas cuya infidelidad temes; relégalas a habitaciones separadas y golpéalas” (Corán IV, 34).

¿De cuál de estos dos registros deriva el uso del velo islámico? El hecho de que su prescripción concierna específicamente a las mujeres, lejos de la paridad entre creyentes, sugiere ya que estamos ante un registro social. Una atenta lectura de los pasajes del Corán sobre los que se apoya la prescripción del velo confirma que es así.

El Corán es equívoco respecto a la vestimenta de las mujeres

Contrariamente a lo que sucede en materia de herencia o de testimonio, no se encuentran en el Corán afirmaciones claras, objeto de una interpretación unívoca, en materia de vestimenta de las mujeres. Es cierto que se trata, para las mujeres, de ocultar algo a la mirada de los hombres, pero en cuanto a lo que se trata de esconder y la forma de hacerlo continúa siendo algo oscuro. El Corán evoca las condiciones en las que las mujeres pueden o no mostrar sus mejores atavíos, término cuyo sentido no da más de sí. Pero, para la cuestión que nos ocupa, el texto aporta suficientes elementos para que la cuestión se aclare. La prohibición de mostrar sus mejores atavíos no se aplica cuando las mujeres están en presencia de sus servidores masculinos incapaces de realizar el acto sexual (Corán, XXIV, 31), o, cuando, llegada la edad, ellas ya no pueden dar a luz (Corán, XXIV, 60). El riesgo que se quiere prevenir, entonces, es que nazcan niños cuyo padre biológico no sea el padre legal. Se trata, para hacer frente a este riesgo, de impedir a las mujeres constituirse en objetos de tentación por el hecho de su vestimenta. Se trata, pues, de un aspecto relevante de la organización social.

Un elemento suplementario confirma que el velo islámico no deriva de una perspectiva espiritual, sino del ejercicio de control sobre las mujeres. En el primer registro se observa una gran homogeneidad del mundo musulmán: la profesión de fe es la misma en su totalidad, el Ramadán es el mismo, la oración es la misma, etc. Es en el registro de la organización social lo que hace, por el contrario, que esos países difieran considerablemente entre ellos. Es el caso, por ejemplo, de la forma en que las mujeres deben disimular sus formas de las miradas masculinas. Señalemos el contraste entre Afganistán, donde los ojos de las mujeres desaparecen tras una rejilla, y Mali, donde se aceptan con normalidad los pechos descubiertos de las lavanderas en el río Níger.

Los europeos pueden ayudar a los musulmanes a no dejarse embaucar

Ciertamente, los predicadores al servicio de un islam político son susceptibles de convencer a los musulmanes poco familiarizados con sus Escrituras de que el velo islámico deriva de su relación con su dios. Así se comprenderá mucho mejor que militen en el sentido de que, en la imposición de un orden islámico, la vestimenta de las mujeres constituye una pieza maestra. Permite distinguir, sin ambigüedad, a aquellos que se comprometen o no en la edificación de una sociedad islámica, haciendo así presión sobre los que tuvieran tentación de rebelarse.

Por ello, llamamos a todos aquellos que se preocupan por reagrupar y reunir en un conjunto a los europeos de todos los orígenes a no ser embaucados por esta fábula y ayudar también a los musulmanes para que no sean embaucados por sus propios correligionarios. ■ Fuente: Causeur