Unión económica o unión política. ¿Hay que salir del euro?, por Éric Maulin (I)


Si la creación de una moneda común europea sin soberanía monetaria, fiscal y presupuestaria común fue un error, la salida del euro sería un gran salto sobre lo desconocido. 

La diversidad de análisis de economistas contrastados ‒Jacques Sapir, Frédéric Lordon, Olivier Pastré, Michel Aglietta, Thomas Brand, académicamente irreprochables y experimentados‒, nos convence de que no hay solución clara ni cierta.

La idea de una moneda europea común se impuso a partir de 1969 con la finalidad de perfeccionar la realización de un mercado único. Sin embargo, los tratados europeos no preveían la creación de tal moneda. La instauración de una unión aduanera (abolición de las tarifas aduaneras sobre las mercancías) y el establecimiento del principio de libre circulación de las mercancías hacían necesaria la creación de una moneda común por dos razones. La primera era eliminar las interferencias de la variación de tipos de cambio con el principio de la libre competencia en un mercado único. La segunda era emancipar la Europa económica de la tutela del dólar, es decir, de los Estados Unidos.

Diversos sistemas fueron sucediéndose, la Serpiente monetaria europea (1972-1978), después el Sistema monetario europeo (a partir de 1979), pero ninguno produjo plena satisfacción por diversas razones ligadas a la convertibilidad del dólar en oro (a partir de 1971) y, después, a las dos crisis del petróleo (1973 y 1979). A fin de relanzar la integración de las economías europeas, el plan de Jacques Delors (1986), preveía la extensión del principio de la libre circulación de mercancías y personas a capitales y servicios, extensión puesta en marcha justo en 1992. La creación de una moneda única fue formalmente decidida por el tratado de Maastricht porque permitía desarrollar los intercambios intracomunitarios. Fue, pues, una consecuencia del efecto de arrastre e impacto (spill over) de la integración económica europea en otros sectores de los previstos inicialmente. Esta moneda única devino en única y exclusiva en 1999.

Una Europa política dividida
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La creación del euro no debía ser, en principio, sino una etapa más en la transformación de la Unión económica en Unión política, que condujera a los Estados miembros a crear una unión presupuestaria que permitiera formular una política económica europea. Pero a partir de los primeros años de la década de los 90, la Unión europea se encuentra dividida entre dos exigencias contradictorias, la profundización en la integración económica, que debía desembocar en una unión política, y la ampliación a los Estados de Europa central y oriental que no querían dejar fuera de la unión de los Estados de Europa occidental. La misma idea de una Europa a dos velocidades era, en esta época, excluida, buscándose, en cambio, el compromiso y el equilibrio.

Celebrado a principios del nuevo milenio como un incontestable éxito para algunos, el euro generaba escepticismo, sin embargo, a un gran número de economistas que ya adivinaban su debilidad y dudaban de su viabilidad. El euro es un vector de eficiencia económica, en la medida en que racionaliza el funcionamiento del mercado, un vector de identidad política, en cuanto refuerza el sentimiento de pertenencia común de los europeos, un vector de poder internacional, en la medida en que adquirió rápidamente el estatuto de moneda internacional, pero descansaba sobre frágiles fundamentos que sólo podían ser consolidados por la emergencia de una Europa política que las sucesivas ampliaciones hacían bastante improbable. Los atrasos en la firma del tratado que establecía una Constitución europea condujeron a privilegiar la ampliación de la Unión con la entrada de siete nuevos Estados miembros el 25 de abril de 2004, en detrimento de la profundización, siendo firmado el tratado el 29 de octubre de 2004. La inversión del calendario inicialmente previsto revelaba el orden de prioridades: lo que se gana en extensión se pierde en profundización y en integración.

En el origen de la crisis
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A partir de los años 2000 y siguientes, intervienen tres evoluciones principales, que explican, en gran parte, la crisis que atraviesa actualmente la Unión europea. En primer lugar, la creación de la unión monetaria sin creación concomitante de una unión presupuestaria y de una solidaridad fiscal que permitiera llevar a cabo una auténtica política económica europea, terminó creando un desequilibrio estructural entre el corazón económico de Europa occidental (conocido como “la banana azul”, la franja de ciudades más industrializadas y que agrupan a la mayor parte de la población) y los Estados del sur. Alemania, en particular, que era ya la economía dominante, se especializaba en los sectores de alto valor añadido y subcontrataba en los países donde los salarios eran más bajos. Los otros Estados, en proporciones variables, veían cómo se deterioraba su relativa competitividad. Esta situación reforzaba la asimetría económica de la zona euro.

Después, la ampliación de la Unión europea hacia el Este entrañó un desplazamiento de las ayudas de la política regional del sur hacia el este del continente y estas ayudas continuaron siendo notoriamente insuficientes en razón de la ausencia de unión presupuestaria y de la consecutiva limitación de las políticas económicas europeas. La Europa central y oriental se recuperaba de una pequeña parte de su retraso económico, mientras que la Europa del sur perdía nuevamente terreno. El euro, mientras tanto, reforzaba el dominio estructural de la zona económica que los geógrafos denominan “la banana azul”.

A partir de 2007, la crisis económica mundial engendró déficits públicos considerables en todos los Estados, pero en proporciones muy variables en razón de la asimetría de la economía europea. La consecuencia fue que la diferencia entre las economías de los distintos Estados se acentuó y no se podía hacerle frente mediante políticas nacionales de devaluación monetaria, imposibles en la zona euro. Alemania, economía dominante, que había consentido un importante sacrificio abandonando la moneda europea más fuerte en aquel momento con la creación del euro, el marco, imponía una rigurosa política de lucha contra los déficits públicos y unas reformas estructurales que engendraron un considerable aumento de los impuestos y una bajada de los salarios.

Esta evolución ponía en evidencia la pertinencia de un análisis formulado desde hace tiempo: la zona euro no es una zona monetaria óptima, es decir, una zona geográfica capaz de compartir una misma moneda. Ninguno de los tres criterios necesarios para la realización de una zona monetaria óptima eran satisfechos, a saber, la convergencia macroeconómica, la movilidad de los trabajadores y la existencia de un presupuesto central. En estas condiciones, no podían ponerse en marcha reales políticas económicas de inversiones y de solidaridad, produciendo la zona euro efectos deletéreos sobre las economías nacionales menos performantes. La zona euro es, en efecto, una zona económicamente heterogénea, cuya heterogeneidad además es reforzada por el actual funcionamiento del euro y que no es compensada por las transferencias fiscales entre los Estados, la cual sólo podría efectuarse en el seno de una potente federación.

¿Retorno a los Estados-nación o recurso al federalismo?
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Las soluciones propuestas a la crisis del euro son diversas y numerosas. Traducen la impotencia y la incertidumbre. Se propone, de forma desordenada, la salida del euro, la recreación de dos zonas euro para el norte y para el sur, el retorno a las monedas ordinarias, la salida de Alemania de la zona euro (el Estado más fuerte), la salida de Grecia y Portugal (los Estados más débiles), la creación de una comunidad política del euro, el recurso al federalismo. Casi todas las soluciones implican volver sobre el principio de la soberanía monetaria, hoy neutralizado en el marco de las instituciones existentes. Pero este retorno a la soberanía monetaria pude realizarse según dos ejes diametralmente opuestos, el retorno a los Estados-nación o el recurso al federalismo. Las soluciones propuestas pueden reconducirse, nolens volens, a una alternativa, la recuperación de la soberanía monetaria por los Estados o la creación de una soberanía monetaria europea. En los dos casos, implican romper con el ordoliberalismo fundador.

Según una tesis en boga, prestada de Jacques Sapir, los Estados europeos, estarían interesados mayormente en salir de la zona euro. La posición de Jacques Sapir es, en realidad, mucho más matizada de lo que frecuentemente se supone. Si él considera la salida de Francia de la zona euro, lo hace por defecto de otra solución y precisando que esta solución no es la mejor posible. Sería más ventajoso proceder a una evolución de la zona euro hacia el principio de una moneda común pero no única o, otra solución, a una fragmentación del euro en dos zonas, el norte y el sur. Pero es en razón del grado de irrealismo de estas óptimas soluciones que Sapir se plantea un escenario de crisis consistente en la salida unilateral del euro. Es, entonces, por irrealismo, y no por convicción, que piensa que la salida del euro es ineluctable. Se anticipa a lo peor.

Jacques Sapir parece unirse aquí a Joseph Stiglitz para considerar que aquellos que sean los primeros en salir de la zona euro serán los que extraerán más beneficios. Después de décadas de integración europea con el objetivo de crear una “unión cada vez más estrecha entre los pueblos europeos”, ¡esta desbandada sería seguramente la marca de un gran éxito! Pero es poco probable que la Unión europea sobreviviera a este proceso. (Continuará...)