¡La anglofobia ha muerto! ¡Viva el antiamericanismo!, por Fabrice Serodes


Un antiamericanismo anclado en la historia

Muchos seminarios, emisiones, conferencias, publicaciones, tratan de las relaciones franco-americanas o transatlánticas. Pero puede abordarse la cuestión del antiamericanismo en una perspectiva histórica. El antiamericanismo contemporáneo en Francia tiene una larga historia, que Philippe Roger ha trazado recientemente. El antiamericanismo percibe al americano como bien diferente a los demás, del francés, por ejemplo, que emite dicho juicio, pero también de otros pueblos, en particular del inglés. Se puede, en revancha, reprochar al antiamericanismo un enfoque aislado del problema, cuando un enfoque comparado de los antiamericanismos podría aportar mucha luz.

El antiamericanismo contemporáneo, ¿es consciente de que los rasgos propios de los americanos continúan siendo tan distintos de las imágenes percibidas respecto a los demás? Creemos que hay una contaminación de los dos fenotipos, e incluso una transferencia de la anglofobia a la americanobobia en el transcurso de un siglo de hegemonía americana, que ha sustituyó a la antigua hegemonía británica. Pese a sus diferencias, el antiamericanismo contemporáneo se nos representa muy claro en comparación con otra típica fobia francesa, la anglofobia. La comparación puede servir para revelar los mecanismos del antiamericanismo contemporáneo.

Una comparación histórica pone en evidencia un punto común fundamental: la dominación geopolítica exclusiva. Si consideramos el Reino Unido de hace un siglo, constatamos que los Estados Unidos ocupan hoy el mismo liderazgo mundial. Del único punto de vista geopolítico, el Reino Unido de 1914 ejercía un poder incontestable, estando su imperio en su apogeo. Muchas de las críticas francesas al imperialismo británico coinciden con las que hoy denuncian la hiperpotencia norteamericana. Es el uso de ese liderazgo, con las responsabilidades que ello implica, el que es objeto de la crítica.

El antiamericanismo constituye una reserva latente, siempre dispuesto para servir a la crítica, como antes lo era la anglofobia. Aun así, se ha anunciado varias veces la muerte de este sentimiento. Los años 80 habrían signado el acto de fallecimiento del antiamericanismo. Los franceses, incluso se habrían convertido en “americanólatras” por la fuerza de las circunstancias. Los atentados del 11 de septiembre de 2011 pudieron, en un primer tiempo, reforzar esta impresión. La editorial de Jean-Marie Colombani en Le Monde, a la mañana siguiente de los atentados, decía: “Todos somos americanos”. Jean Daniel predecía: “Los debates sobre el antiamericanismo son frívolos”. Jean-Claude Casanova confirmaba: “La gente que dice que el mundialismo es la hegemonía americana, no entiende nada”. En una entrevista a Le Monde, el historiador Michel Winock pretendía que el antiamericanismo no aumentaba, reduciéndolo a un 10% de la población.

Pero todo ello no significaba el fin del antiamericanismo, más bien su retiro provisional. Incluso si él se expresa especialmente con las crisis, el antiamericanismo tiene un fondo duradero, que no cambia sino lentamente. Igual que la anglofobia, el antiamericanismo se inscribe en las “fuerzas profundas” (Pierre Renouvin) que influyen en las relaciones diplomáticas. El antiamericanismo tiene en Francia gran tradición, en el sentido de que pasa, enriquecido, de una generación a otra. Este fondo no impide, sin embargo, que Francia sea un fiel aliado de Estados Unidos, un aliado fiable, aunque crítico.

Un antiamericanismo principalmente geopolítico

Semánticamente, el antiamericanismo presenta una primera singularidad. Mientras que las lenguas nacionales llevan al léxico el análisis político, tanto en francés como en inglés, el nombre de “-fobias”, como la anglofobia, la americanofobia, la rusofobia, incluso la francofobia, el antiamericanismo es prácticamente el único “-anti” de su especie. Este prefijo lo distingue de otras pasiones en ciertos rasgos: su carácter de oposición frontal a una política determinada a escala mundial, como es el antimilitarismo, el anticolonialismo o incluso el antifascismo. En este sentido, el antiamericanismo es, plenamente, una expresión de la mundialización contemporánea.

La anglofobia de principios del siglo XX comportaba ya una parte de oposición intelectual a un sistema de valores anglosajón en vía de formación, pero el antiamericanismo, despojado de los efectos pasionales de una relación guerrera, se plantea definitivamente como una pasión intelectual. Además, desde 1945, el antiamericanismo no podría, a diferencia de la anglofobia colonial, plantearse en términos estrictamente bilaterales, sino que es un antiamericanismo compartido lo que se impone. En suma, la anglofobia era un odio personal hacia todo lo inglés, mezcla de odio y admiración, alimentado por siglos de rivalidad, una relación, en suma, muy personal; el antiamericanismo es la oposición a la política, al sistema de valores, al orden impuesto por los Estados Unidos, que puede también tomar un cariz personal, pero que reúne a otros oponentes sobre unas bases generales a escala mundial.

Entonces, ¿por qué el antiamericanismo es una pasión francesa? Igual que Francia compartía su anglofobia, sobre todo con Alemania, tampoco Francia tiene el monopolio del antiamericanismo. Según Philippe Roger, cuatro corrientes estructuran su historia reciente desde la Segunda guerra mundial: el comunismo, el gaullismo, el neutralismo y el nacionalismo. De estas, las dos primeras son las que tienen una mayor tradición.

El antiamericanismo hoy

Las quejas contra los Estados Unidos son numerosas. Sus reticencias para ratificar el tratado de no proliferación nuclear, para participar en el tribunal penal internacional, de abolir las minas antipersonales, así como su resistencia a pagar sus cotizaciones a las organizaciones multilaterales, a construir un Estado-providencia, a aceptar un nivel inaceptable de desigualdades muy superior al de los países europeos. Estas críticas si dirigen principalmente a una determinada política. De ahí la necesaria distinción entre el país y sus gobernantes. “El antiamericanismo es un pensamiento cretino. En revancha, existen muchas razones para ser hostil a la Administración norteamericana”. Es esta actitud la que se denuncia, pero resulta difícil disociar la crítica a la Administración americana de la crítica a los propios americanos. La distinción, una vez hecha, pierde todo su significado. Hay profundas diferencias en las preferencias colectivas en Europa, en particular en Francia, respecto a los Estados Unidos.

La descalificación semántica: todo es antiamericanismo

Después de los atentados del 11 de septiembre, el antiamericanismo se ha convertido casi en una acusación, un agravio. Sospechoso de xenofobia, el antiamericanismo debió congelar sus críticas durante un tiempo después de los atentados. Si determinado terrorismo puede estar inspirado por un racismo simplificador hacia los americanos, no es este el caso de las críticas antiamericanas. La mención al yanqui, las críticas contra el pueblo americano, no faltan; pero el discurso predominante es el de “US go home”, una aspiración a la independencia más que un odio al otro. El antiamericanismo, a diferencia de la anglofobia, no es un racismo funcional.

“En el fondo, hay menos antiamericanismo de lo que se cree (…) Los europeos no son estúpidos. Al margen de los miembros del comité de redacción de Le Monde diplomatique, raros son aquellos que sueñan con rivalizar con el poder militar y político de los Estados Unidos, dedicando para ello los millardos de euros necesarios”. Para ser antiamericano, habría que ser, en primer lugar, poderoso. El antiamericanismo no es una pasión popular, sin duda, sino una opinión popular, ciertamente, como lo era la anglofobia.

Una revisión de la historia y de la geografía

Algunas obras, al margen de la evidencia histórica, intentan incluso rehacer la historia y buscar un enemigo hereditario de Francia (“our oldest enemy”). Los Estados Unidos, por su parte, también intentan rehacer el mapa de Europa para encontrar nuevos socios y aliados. La expresión “vieja Europa”, por falsa que pueda ser, es particularmente interesante. Hemos encontrado la siguiente cita: “Ellos ya nos llaman, con cierto desprecio, el Viejo Mundo”. Así, la imagen del Reino Unido como el mundo de la modernidad frente a una antigua tradición, juzgada obsoleta, es una técnica tradicional de descalificación del enemigo latino.

Los Estados Unidos reconocen, no obstante, que algunas acusaciones están bien fundadas. Los Estados Unidos son, de hecho, bastante egocéntricos, habiendo retomado los comportamientos coloniales de las antiguas potencias europeas. M. Brent Scowcroft, antiguo asesor presidencial para cuestiones de seguridad nacional, declaraba: “Nosotros no pensamos en los efectos de nuestras acciones sobre los demás. Nosotros no consultamos, no prevenimos. Nos conducimos un poco como una potencia colonial”.

La reafirmación de una autoimagen valorizante

Por contraste, los americanos son fuertes. Francia es descrita como una mujer débil. La guerra es un signo de virilidad. Durante la guerra de los Boers, los ingleses desarrollaron el mismo argumentario, hasta el punto de que los diplomáticos franceses decidieron virilizar sus políticas, a la vez desarrollando el armamento y manteniendo un firme discurso para ganar credibilidad ante los británicos.

El frente interior

El antiamericanismo tiene también sus oponentes en Francia. Estos últimos prefieren medir las consecuencias o analizar las razones de tal actitud, como lo hacían Benda, Darien o Demolins respecto a la anglofobia. El “problema del antiamericanismo actual es que sustituye el análisis político por el pensamiento mágico. Este progresismo de los instruidos contra el enemigo yanqui es un proceso de brujería: maldito todo lo que viene de América y no es capaz de establecer jerarquías. De ahí las contorsiones semánticas grotescas, los énfasis de odio y los automatismos pavlovianos. Hay que retomar una crítica no ideológica de América y dela mundialización”. Los americanos toman su defensa: los franceses no sólo odian a los americanos, detestan también a los franceses que se interesan por América.

El antiamericanismo es también revelador de las tensiones francesas, como un “antídoto para las disputas intestinas”.

En efecto, el antiamericanismo no tiene hoy las mismas preocupaciones. Los soberanistas quieren elevar el rango de Francia. Los altermundialistas luchar contra la hegemonía americana. No hay que olvidar el antiamericanismo de los barrios de la inmigración, deliberadamente ignorado por los Estados Unidos, que encuentra su origen el mantenimiento americano de Israel. Más allá de la cobertura factual, el Washington Post publicaba un editorial particularmente severo hacia “los extraños resentimientos franceses”: “Le Pen es el síntoma de una auténtica enfermedad política que se llama miedo de la globalización, decadencia y xenofobia”. Mientras tanto, esta desconfianza en Francia se transforma en odio contra los Estados Unidos.

El tímido nacimiento de un sentimiento europeo

En el momento del debate sobre la Constitución europea se constataron las numerosas reservas británicas, plasmadas en el llamamiento a no construir Europa contra los Estados Unidos. La dificultad era afirmar su diferencia sin caer en un antiamericanismo primario o en un nacionalismo europeo básico. La tentación es muy grande. Recordemos la intervención de Lagardère apelando al ego europeo: “Europa está más poblada, es más inteligente, más rica (que los Estados Unidos)”. Pero el déficit de la construcción europea es bien patente.

En suma, el antiamericanismo retoma, al mismo tiempo, los temas (hegemonía) y, sobre todo, suscita las mismas reacciones (denuncia, aislamiento) que la anglofobia de la época. La diferencia es que se ha pasado de una confrontación entre dos hegemonías nacionales a un debate mundial sobre los desafíos contemporáneos.