Éric Zemmour, ese famoso neonazi antisemita… y los musulmanes, por supuesto, son los nuevos judíos, por Olivier Mandou


Leemos en Le Monde violentas columnas contra el ensayista Éric Zemmour. Leyendo, por ejemplo, al seudohistoriador Tal Bruttmann, Zemmour es, más o menos, un nazi, y los musulmanes, por supuesto, los nuevos judíos.

En una tribuna de Le Monde, Tal Bruttmann, autor de libros sobre el régimen de Vichy y su política antijudía, se afana por describir a Zemmour como el heredero, a la vez, de Augustin Barruel, de los adeptos de los Protocolos de los Sabios de Sion, del colaboracionista Henry Coston, del populista Pierre Poujade, y en fin, de los supremacistas norteamericanos. Hecho significativo, nos encontramos ante un artículo que pretende analizar de manera crítica a un autor sin que en ningún momento se tome la molestia de citar una sola línea escrita por el mismo. Tanto por el tono como por los silogismos utilizados, este retrato nos recuerda extrañamente a la literatura comunista de los años 50, la cual se dedicaba a nazificar al adversario de derecha, ya fuera con el apodo de “Poujadolf” o de las cruces gamadas pintadas en los carteles que pedían el regreso del general De Gaulle en 1958. Entendámoslo bien: que Zemmour haya franqueado el Rubicón que separa a la derecha “clásica” (de la que es partidario) y a la extrema derecha, es una cosa. Relacionarlo con las corrientes históricas más antisemitas de esta misma extrema derecha, es otra cosa distinta.

Zemmour, ¿maurrasiano, contrarrevolucionario y fascista?

El discurso de Zemmour, escribe Bruttmann, se inscribe “abiertamente en la veta fascista, asumida y reivindicada como tal”. El autor de estas líneas ¿se ha tomado la molestia de leer los escritos de Zemmour sobre la identidad francesa? En cualquier caso, aquel debería saber no sólo que Zemmour jamás ha reivindicado un discurso fascista, sino que se ha reivindicado, en muchas ocasiones, de una doble filiación bonapartista y gaullista. Su ensayo Melancolía francesa es, desde este punto de vista, muy explícito.

“No es de extrañar que alguien que intenta rehabilitar a Pétain, reescribiendo una historia que adapta los hechos a conveniencia, cite como referencias tanto al contrarrevolucionario Joseph de Maistre como al escritor fascista Drieu La Rochelle”. ¿Cuál es, entonces, la finalidad de este extraño “gruñido” que mezcla alegremente las tentativas de rehabilitar a Pétain (del que Zemmour se ha hecho su heraldo despreciando la realidad histórica) y dos escritores tan diferentes como Maistre y Drieu La Rochelle? Veamos, en cambio, lo que escribe sobre Zemmour un contrarrevolucionario declarado, antiguo redactor-jefe del diario lepenista National-Hebdo y ahora cronista en el periódico de extrema derecha Rivarol. Alarmado por el hecho de que un “intruso” pudiera ser promocionado por los medios como una figura relevante de su familia política, Martin Peltier escribió un pequeño libro sobre el ahora “sulfuroso” periodista: Zemmour al desnudo. “Nunca pensarás en la fusión de tres internacionales, dinero, socialismo, humanitarismo, como lo haría un pensador contrarrevolucionario, ni en la convergencia de los bloques Este-Oeste, ni en la masonería. Tú no tienes ni las obsesiones ni las curiosidades de la contrarrevolución”. Después, Peltier encadena todo esto con lo que le falta a Zemmour, quizás, para ser un nacionalista francés completo: “Maurras era agnóstico, como quizás tú lo seas, pero conocía a la Iglesia, la Iglesia francesa, tan bien como las calles de Martigues. Cuando se trata del catolicismo, te molesta (…) Te falta una pieza para sentir con justicia a la antigua Francia”. Porque si la “judeidad” de Zemmour parece extrañamente ausente del texto de Bruttmann, la extrema derecha, sin embargo, no está dispuesta a ignorarlo. Incluso después de la famosa, aunque inútil, “convención de la derecha”.

La extrema derecha no olvida que Zemmour es judío

La desconfianza hacia Zemmour en la extrema derecha es ya antigua. Antiguo secretario general del GRECE y dirigente del FN y después del MNR en los años 90, Pierre Vial ponía en guardia a sus lectores de Terre et Peuple contra lo que él llamaba “las grandes maniobras judías de seducción en la extrema derecha europea”: “Nosotros pensamos que hay una operación Zemmour destinada a suscitar, en el seno de la derecha radical europea, una simpatía por el mensaje que Zemmour encarna: frente a la inmigración-invasión, unión sagrada de los europeos, americanos y judíos”. En el mismo texto, Vial cita a Henry de Lesquen, cofundador del Club de l´Horloge y hoy presidente de Radio Courtoisie: “El sistema, en su conjunto, ha encargado al pastor Zemmour que conduzca a las ovejas a las filas de lo políticamente correcto”. Más recientemente, Rivarol escribía en sus titulares: “Éric Zemmour, ¿nacionalista francés o judío que trabaja para Israel?” No se trata aquí para nada de legitimar tal o cual discurso, solamente de apelar, de antemano, al rigor, no creyendo que esa parte de la extrema derecha más formada ideológicamente no lleve en su corazón a este hijo del decreto Crémieux que es Éric Zemmour [decreto que atribuyó, en 1870, la ciudadanía francesa a los “israelitas indígenas” de Argelia]. Como tantos otros elementos que Bruttmann debería haber integrado más que dar rienda suelta a consideraciones de naturaleza polémica, decretando, por ejemplo, que el “peligro negro”, en Zemmour, sería un eco del “peligro amarillo” de antaño. África contaba aproximadamente con 150 millones de habitantes en 1930, 300 en 1960, 600 en 1990, y 1.000 millones en 2010. El número total de migrantes “del-sur-al-norte” se ha triplicado de 1960 a 2000. Ha pasado de 20 a 60 millones de personas, En fin, desde 2007, 2 millones de africanos han entrado en Europa. Pero cuando leemos a Bruttmann, todo lo que escribe Zemmour se encuentra desacreditado, resultando que este último no es más que un conspiracionista. Bruttmann, ¿ha leído realmente al abad Barruel? La pregunta es pertinente en la medida en que aquel dibuja una analogía entre Barruel y Zemmour sin citar a ninguno de los dos. No vemos, en efecto, cómo puede demostrarse una filiación entre un cantor de la contrarrevolución, Barruel, y un reivindicado bonapartista, Zemmour, economizando un trabajo de citas puestas en paralelo (con una muestra de una o dos frases) de ambos. Igual con los Protocolos de los Sabios de Sion, con los que relaciona los escritos de Zemmour, aunque luego Bruttmann los encadena con los antisemitas del siglo XX, no dudando hacer de Zemmour un heredero (sic) de Henry Coston.

“Porque Zemmour no se contenta únicamente con sustituir, en su retórica ampliamente fijada en los años 30, la figura del judío por la del musulmán. No tiene inconveniente en jalonar sus palabras con señales apenas ocultas, que son otros tantos marcadores evocadores para quienes saben quiénes son los “cosmopolitas ciudadanos del mundo” que se esconden tras “el poder de los bancos” y “el universalismo mercantil” mencionados en su panfleto. Además, Zemmour también se inscribiría en las teorías de la Alt-Right y de los supremacistas americanos, para los cuales los judíos tiran de los hilos de la “Gran Sustitución”. 

Anatema contra anatema

Así, Zemmour sería el heredero de una corriente ideológica que iría de Henry Coston al asesino de la sinagoga de Pittsburgh. Esta obsesión por relacionar a Zemmour con la tradición antisemita suena como una implícita negación de su “judeidad”. Una identidad judía que no tiene, sin embargo, nada de fantasiosa. Pero el panfletario prolonga hasta el absurdo el postulado según el cual Zemmour compartiría la ideología de inspiración judefóbica con los asesinos neonazis. Estos últimos, ¿se abstendrían de atacar una sinagoga si Zemmour estuviera presente? Bien, en cualquier caso, podría hacerse de Zemmour un neonazi “honorario” [por comparación a los judíos declarados “arios honorarios” en la Alemania nazi]. Su “judeidad” es bastante evidente para esa parte del “judaísmo de baja intensidad” que se encuentra en primera línea frente a las violencias judeofóbicas, frecuentemente religiosas, que encontramos, sin embargo, en algunas palabras del autor.

En fin, una vez admitida como asumible la idea de una proximidad (fantasiosa) entre Zemmour y los neonazis, ya no habría ninguna razón válida (sobre el plano racional) para quitarle la razón a Aude Lancelin cuando escribía en su cuenta de Twitter: “El asesino de Christchurch, 49 muertos, se reivindica de Renaud Camus (2019); Anders Breivik, 77 muertos, se reivindica de su amigo Alain Finkielkraut (2011), que le invita a una radio pública”. Los discursos catastrofistas construidos a partir de una “ley Godwin” sin cesar reinventada (“las palabras de Zemmour conducen a algo parecido a Auschwitz, sabemos por Primo Levi que todo comenzó por las palabras”) no cambian nada. Por cierto, una “ley Godwin” que tampoco ha dejado de utilizar Zemmour cuando, durante la “convención de la derecha”, abusó de la absurda comparación entre el islamismo y el nazismo al evocar el pacto germano-soviético. “¡Musulmanes, nazis, colaboracionistas!”, gritan unos. “¡Zemmour = nazi, musulmanes = nuevos judíos!”, responden los otros. Estamos a punto de alcanzar el nivel cero del debate de las ideas. ■ Fuente: Causeur