El fin de la clase media occidental. Entrevista a Christophe Guilluy



Geógrafo de profesión y sociólogo, Christophe Guilluy se hizo famoso en su país con su libro La Francia periférica, al que sucedió El crepúsculo de la Francia de arriba (no publicados en español), y ahora con No Society. El fin de la clase media occidental (editado en español). La clase media occidental, piedra angular del sistema político, se desvanece. Y con su desaparición comienzan los temblores y llega la ola populista que ha provocado el Brexit o la elección de Trump. O los chalecos amarillos. Y es que, señala Christophe Guilluy (Montreuil, 1964) en su ensayo, la división entre derecha e izquierda también ha quedado en jaque y los bloques se han recompuesto: por un lado las metrópolis, vencedoras de la globalización y donde se crea hoy la mayoría del empleo, espacios convertidos casi en ciudadelas medievales donde cada vez es más difícil entrar; por otro, la gente que habita fuera de ellas, un mundo periférico –como el de los chalecos amarillos– rural, semirrural o de ciudades pequeñas que incluye a antiguos obreros industriales, agricultores, autónomos... Un grupo heterogéneo, pero hoy con el mismo sentido de relegación cultural y geográfica. Los perdedores de la globalización.

El fin de las clases medias europeas

Entendemos que la clase media está formada por personas con cierto nivel de renta o por profesionales y cuadros intermedios. Usted señala que el concepto de clase media es también cultural, que designa a personas que forman parte de un conjunto aunque entre ellas existan desigualdades salariales. ¿Quién es clase media hoy? ¿Quiénes forman parte de ella?

No, no se trata solo de cuadros intermedios. El concepto de clase media es social y cultural, y describe a una clase mayoritaria e integrada. Hasta la década de 1980, la mayoría de los empleados (trabajadores, profesiones intermedias, gerentes) estaban integrados económica, social y culturalmente. Todas estas categorías tenían la sensación de pertenecer a la clase media, que era mayoritaria porque nos encontrábamos en un proceso de ascenso social. Todo cambió con la aparición del modelo económico globalizado y la división internacional del trabajo, que conllevó una desindustrialización masiva y la precarización de algunos puestos de trabajo. Desde entonces, hemos sido testigos de un lento proceso de salida de la clase media de aquellas categorías sociales que ya no están integradas en el modelo económico.

Comenzó con los obreros, siguió después con los campesinos que perdieron sus empleos con la desindustrialización y continuó con los empleados y los cuadros intermedios de algunos sectores profesionales. Este desarrollo está vinculado a la polarización del empleo, y por un lado tenemos grupos profesionales bien retribuidos y por otro empleos precarios y mal remunerados. Es constatable que la mayoría de las categorías sociales que ayer fueron la base de la clase media se han fragilizado. Ya no están económicamente integradas y se sienten relegadas culturalmente. Por eso estoy hablando de la desaparición de la mayoría de la clase media.

Asegura que la socialdemocracia tuvo muchos problemas a la hora de hablar de lucha de clases y que esas mismas reticencias aparecen alrededor del concepto 'Francia periférica', que usted popularizó. ¿De qué hablamos cuando hablamos de las periferias?

Desde la década de 1980, el Partido Socialista abandonó la cuestión social al adoptar el modelo neoliberal. Este cambio contribuye al abandono de la clase obrera y de las clases populares. Al mismo tiempo, el electorado de la izquierda se aburguesó y gentrificó, y se reunió alrededor de las grandes ciudades. En Francia, el giro a la izquierda de París en 2001 supuso el divorcio definitivo del partido socialista con las clases populares. La izquierda ganó París y perdió a la gente.

El concepto de 'Francia periférica' trata de hacer visible la Francia olvidada, la de las categorías populares que ya no viven en metrópolis sino en las ciudades medianas y pequeñas y en las zonas rurales. Estos territorios representan el 60% de la población. La 'Francia periférica 'hace visible el conflicto de clases del siglo XXI que opone las periferias populares a las metrópolis gentrificadas. Esta geografía es la consecuencia de la concentración de la riqueza y del empleo en esas villas globales, lo que causa la desertificación del empleo en las periferias.

En Europa, como en los Estados Unidos, la izquierda está ahora prisionera de su electorado, se ha encerrado en las grandes metrópolis y ya no puede hablar con la clase obrera (el fracaso de Podemos es la consecuencia de su confinamiento en Barcelona o Madrid). Pero más importante que todo esto, es que la ruptura con las clases populares es sobre todo cultural. En el pasado, la izquierda consideraba que las clases populares eran respetables y hasta gloriosas, y hoy las consideran deplorables o fascistas.

A pesar de que no tienen conciencia de clase, afirma en 'No Society', estas capas populares comparten una percepción común de los efectos que les ha causado la globalización. Esta reestructuración social no ha reactivado la lucha de clases, pero sí está causando cambios. ¿Cuáles son estos efectos?

En el conjunto de los países occidentales, estamos asistiendo a una recomposición social de las clases trabajadoras. Estas categorías no tienen conciencia de clase, pero comparten una percepción común de los efectos de la globalización. Hoy en día, los trabajadores (que antes votaban a la izquierda), los campesinos (que antes votaban a la derecha) o los empleados comparten la misma precariedad social y la misma relegación geográfica y cultural. Por primera vez en la historia, las clases trabajadoras ya no viven donde se crean la riqueza y el empleo. Esta situación conlleva una importante recomposición política y cultural en el seno de las clases populares, que han tomado conciencia de ser las perdedoras del modelo económico globalizado.

Ha calificado el triunfo electoral de Macron como una victoria pírrica, en parte porque lo contrapone al éxito de Trump. El primero sería fruto de una alianza de minorías y el segundo apuntaría a una clase mayoritaria.

Trump se dirige a un electorado que constituye una mayoría, ciertamente relativa, pero que posee continuidad sociocultural: es la vieja clase media de la América periférica. Se trata de un electorado cuya demanda se expresa claramente: la mayoría de estos votantes están demandando empleos, pero también la conservación de su modelo social y cultural. A la inversa, el problema de Macron es la fragilidad y heterogeneidad de su electorado. Al contrario de lo que suele decirse, el presidente francés no solo fue votado por los ganadores de las grandes metrópolis sino también por un electorado mayor que hoy se precariza y que comienza a participar en movimientos de contestación (muchos chalecos amarillos son jubilados).

Y por encima de todo, la geografía electoral Macron descansa sobre ciudadelas (las grandes ciudades) que son estructuralmente minoritarias, que le sostuvieron a causa de que el 'bloque popular' está dividido, pero que son en realidad son muy frágiles.

¿Qué piensa de la alianza entre los partidos socialistas europeos, Macron y Alde y los Verdes? ¿Cuál es el futuro de esta alianza?

Sí, esta alianza es coherente porque estos partidos cubren la misma sociología y la misma geografía, la de las metrópolis globalizadas. La constitución de este 'bloque burgués', ecologista y liberal, es una consecuencia mecánica y natural de la nueva organización económica y geográfica. Al mismo tiempo, estamos presenciando en la Francia periférica la constitución de un 'bloque popular' que aún no ha encontrado un representante político unificador.

Insiste en algo bastante obvio, y que Christopher Lasch definió como la 'rebelión de las élites'. Afirma que es una “élite sin moral”, ya que ha provocado que desaparezcan los valores mayoritarios y el proyecto de una vida en común.

A fines de la década de 1980, el historiador estadounidense Christopher Lasch habló de la secesión de las élites. Hoy el proceso ha llegado mucho más lejos, conformando unas clases altas que han generado una ruptura cultural y geográfica con las clases trabajadoras.

Hoy en día, las capas superiores se repliegan en metrópolis que se parecen cada vez más a ciudadelas medievales. Encerrados en su burbuja cognitiva, abandonaron el bien común y denominan “deplorables” a las clases populares. Esta situación significa que las categorías populares, que ayer fueron la base de la clase media, ya no son referentes culturales, sino personas a las que uno no se debería parecer. El problema es que no se puede 'hacer sociedad' excluyendo a las clases populares mayoritarias. Este modelo no es socialmente sostenible ni duradero.

Hay un trasvase habitual desde la clase trabajadora hacia la pobreza, pero también desde las clases medias hacia el proletariado. La inseguridad social es una constante y solo una parte pequeña de la sociedad parece estar a salvo de ella.

De hecho, existe un vínculo orgánico entre la pobreza y las clases trabajadoras. Siempre digo que en el 'Monopoly de las clases populares', hay casillas de pobreza cada dos de ellas. Por lo tanto, las clases trabajadoras tienen un 80% de probabilidad de caer al menos una vez en su vida en la casilla de la pobreza. Esto no significa que permanezcan siempre allí, porque la pobreza rara vez es un estado permanente, pero eso no significa tampoco que la movilidad sea en las dos direcciones y que algún día pasen a una clase social superior. Es algo que han integrado cultural y materialmente y que ven cómo afecta a sus vecinos, a sus padres, a sus hijos o a sus amigos. Esta situación es aún más pronunciada hoy porque las clases populares (y esta es la primera vez en la historia) ya no viven donde se crean empleo y riqueza. Cuando pierdes tu trabajo en estas áreas rurales, pueblos pequeños o ciudades medianas, es muy difícil encontrar otro. Por el contrario, las élites y las clases altas están protegidas porque viven en ciudadelas, en estas grandes ciudades donde sí se crean empleos y riqueza.

La mayoría de las personas solo quieren vivir decentemente de su trabajo y ser respetadas culturalmente, afirma. El problema es que ese deseo, para llevarse a la práctica, implica profundos cambios políticos y económicos. Casi una revolución.

El punto esencial es el del reconocimiento cultural. Las clases dominantes ahora deben aceptar que hay un pueblo en Francia, Estados Unidos o España, y que va a estar ahí durante mucho tiempo. Más que en una 'revolución' (que es el título del libro-programa de Macron), creo en la potencia del movimiento real de la sociedad, el que es iniciado por el mayor número de personas, las de las clases populares. La revolución que estamos viendo es la del gran retorno de las clases populares a los campos político y cultural. Esta 'revolución lenta' dibuja una confrontación democrática entre 'el mundo de arriba' y 'el mundo de abajo'.

¿Los chalecos amarillos son un movimiento que llegará tarde o temprano a España?

Los chalecos amarillos, como los 'brexiters', van a estar ahí 100 años más. No son un accidente de la historia sino la consecuencia de un modelo de desigualdad que produce en España las mismas fracturas. En vuestro país existe un potencial de protesta social y política idéntico al que existe en Francia o Reino Unido.

La precarización de la clase media española y la dinámica de concentración de la riqueza y el empleo conducen a una recomposición social y política que va a producir efectos en los años venideros. El eje izquierda/derecha, que todavía es poderoso en España, no va a impedir una recomposición política a partir de la oposición entre ganadores y perdedores de la globalización, entre los 'somewhere' y los 'nowhere', como los denomina David Goodhardt, entre la periferia española y las grandes ciudades globalizadas. Este eje fundamental es el del siglo XXI e incluso sobrepasa la cuestión independentista. Por ejemplo, la independencia de Cataluña no eliminaría la división social y territorial entre la Cataluña periférica y Barcelona.

¿Sobrevivirá la democracia a este capitalismo globalizado?

No estamos viviendo el final de la democracia sino un tiempo de recomposición política. La desaparición de la clase media hará desaparecer lógicamente los partidos tradicionales que la representaban. La recomposición política que estamos presenciando es consecuencia de la recomposición social, y es inevitable.

Un partido político es principalmente una sociología, pero también una geografía. Cuando la sociología evoluciona, algunos partidos desaparecen y aparecen otros. Macron y Trump no son un accidente de la historia, sino el producto de la gran recomposición social, geográfica y política que afecta a todos los países occidentales.

¿Los medios de comunicación y el mundo académico tienen una alianza? ¿Designan herejes? ¿Es usted uno de ellos?

Los medios de comunicación y el mundo académico producen sobre todo pequeños Torquemadas. Pero esta inquisición suscita muchas resistencias en los medios populares y ahora también en los círculos intelectuales. A partir de ahora va a ser difícil negar la realidad. La mayoría de los expertos y de los comentaristas recogen mis análisis sobre la Francia periférica y la recomposición política en torno al bloque burgués/bloque popular. Los medios de comunicación y el mundo académico han perdido hoy su hegemonía cultural y tendrán que adaptarse. Torquemada ha perdido su poder.

Las metrópolis y la periferia

¿Por qué desaparece la clase media?

El modelo económico mundializado tiende a polarizar los empleos, hay unos muy cualificados y otros precarios. Y eso ha creado un shock en las clases medias y populares que ocupaban los intermedios, que desaparecen. El sistema no permite ya integrar a la mayoría. La economía no crea ya sociedad. Hoy los empleos se concentran más y más en las grandes ciudades, las grandes metrópolis globalizadas, y esa geografía es una imagen de la mundialización: en ella la riqueza la crea un pequeño número. No tenemos ya necesidad hoy de clases populares y medias para crear riqueza. Cuando miras las cifras, lo esencial lo crean las grandes metrópolis. Hoy París puede hacer vivir a Francia entera. Y las grandes metrópolis se convierten en ciudadelas medievales del siglo XXI. La paradoja es que en esas metrópolis impera el discurso de la sociedad abierta. Hay una burguesía cool, abierta al mundo, pero que en realidad poco a poco protagoniza un fenómeno de secesión del resto de la sociedad, proceso que hoy se acelera con la gentrificación de París, Londres, Barcelona. Hoy el modelo económico no necesita más clases populares ni medias.

La división entre metrópolis y periferias, ¿cómo se materializa?

Cuando hay periodos de crecimiento la creación de empleo se concentra cada vez más en las grandes metrópolis. Allí están los empleos más integrados en la economía globalizada. Los otros territorios, la Francia periférica o la América o la España periférica, son rurales, ciudades pequeñas y medias, un conjunto muy diverso, y en ellos ha habido una baja del empleo industrial, agrícola y del sector público, ligado a la caída del Estado del bienestar, su fragilización. En Francia se compensó la caída de empleo industrial creando trabajo en el sector público hasta el año 2000. Ya no es posible dado el nivel de deuda. Y eso implica rabia fuerte en esos territorios periféricos. La contestación política de hoy emana de ahí. Los brexiters, el electorado de Trump... Los chalecos amarillos vienen de la Francia periférica.

Señala que las clases dominantes les llaman fascistas y no lo son.

La proporción de fascistas, racistas y antisemitas es la misma en el medio popular que en el burgués. Es una técnica de la burguesía para protegerse: si tratas un movimiento social de racista y antisemita, como con los chalecos amarillos, deslegitimas toda su reivindicación. Macron ha jugado a eso. No funcionó. Este movimiento habla a la sociedad profunda francesa, a la mayoría de clases medias y populares.

¿Cómo son las nuevas clases de este mundo polarizado?

Macron comprendió lo que pasaba y logró la alianza improbable de la burguesía de derecha y de izquierda. Eso es nuevo. Y nos habla de la recomposición de categorías superiores que no son ya izquierda y derecha. Creo que en este bando habrá una recomposición global en torno a un bloque burgués que se beneficia de la globalización y que defenderá el modelo económico. En cuanto a los medios populares, mayoritarios, han jugado el juego de la globalización hasta los 90, pero han constatado que no pueden hoy ya habitar donde se crea el empleo y la riqueza. Es el gran shock. Por primera vez viven en un territorio que no crea trabajo. Y no pueden ir a las grandes metrópolis donde está el empleo más dinámico.

Dice que una vez las clases populares explotan, es difícil integrar a los emigrantes.

La integración no es sólo aprender valores abstractos, sino querer parecerse a tu vecino. En Francia en los sesenta un obrero inmigrado llegaba a un barrio popular y se decía: quiero parecerme a mi vecino porque tenía un empleo y, sobre todo, era respetado culturalmente. Hoy es lo contrario. Los inmigrantes ven que la clase trabajadora son los perdedores de la mundialización, así que guardan el bien más precioso de su categoría modesta: su capital cultural. Es lo que crea la crisis que vemos por toda Europa.

¿Cómo recomponer la sociedad rota, esa no society?

Las élites, la burguesía, los intelectuales, tienen que ser conscientes de que existe un pueblo dentro de su propio país. No va a desaparecer. Y es mayoritario. Un país no puede avanzar un país sólo con las grandes ciudades. Los grandes partidos tradicionales se concibieron para representar una clase media integrada y ahora deben reescribir sus programas para representar a una inmensa clase popular no integrada. Eso permitirá hacer entender que el modelo económico actual no es socialmente duradero.

La revuelta de los chalecos amarillos

¿Cómo resumir en algunas frases el movimiento de los “chalecos amarillos”?

Puede que uno intente tranquilizarse no viendo en ello más que un fenómeno microscópico. A elegir: la revuelta de algunos exaltados del medio rural o un simple hartazgo fiscal ligado al aumento del precio del combustible. La verdad es que va bastante más allá. El movimiento de los “chalecos amarillos” es la traducción de treinta años de recomposición económica que han conducido a una gran fragilización social y a un nuevo reparto geográfico de los ciudadanos en el territorio. Para resumir, la mundialización ha entrañado el declive de las industrias de los países desarrollados, que ya no son competitivas en relación a las de los países “de bajo coste”. Nuestras economías siguen produciendo riqueza –esa no es la cuestión-, pero esto ya no beneficia más que a los territorios que concentran la creación de empleo, que son en general las metrópolis. En esta organización de la desigualdad, la clase media se encuentra en los territorios de una Francia periférica que se caracteriza por un débil dinamismo económico, incluso por una desertificación del empleo, sobre todo industrial. En otras palabras, por primera vez en la Historia, las categorías, mayoritarias sin embargo, no viven allí donde se crea empleo. Y aunque este modelo produce crecimiento y riqueza, ya no crea sociedad. Hace veinte años que estudio eso. Veinte años que digo: “Hay un elefante enfermo en la tienda de porcelana”, ¡y que muchos responden que no, que en absoluto! “Todo lo más” dicen ellos, “hay una o dos tazas desportilladas y algún problema de decoración” [ríe]. Quizás era difícil ver este elefante porque no se movía demasiado, si no era en el momento de las elecciones. Pero ahora se ha puesto un chaleco fluorescente.

En las barricadas ha habido tomas de partido racistas, incluso agresiones, lo cual ha planteado lógicamente interrogantes sobre la naturaleza política de los “chalecos amarillos”…

En sólo unas horas los “chalecos amarillos” se convirtieron en los medios en un movimiento racista, homófobo, etc. Desde luego que ha sucedido lo que usted dice: cuando se tiene este género de movimiento heterogéneo, hay de todo. Por el contrario, deducir de esos incidentes que toda la gente que se manifiesta se compone esencialmente de unos cabrones que querrían la guerra civil es idiota.

Por lo demás, la Francia de abajo no tiene el monopolio del racismo, éste puede expresarse en cualquier medio, incluido el del mundo de arriba, salvo que quienes provienen de él toman precauciones con el lenguaje…Lo que resulta por otro lado interesante en la mirada que se posa sobre los “chalecos amarillos” es lo que nos dice sobre la desconexión de algunos, dentro de la élite, con el mundo de abajo. Para ellos es una terra incognita. Hablar de “chalecos amarillos” es hacer etnología, como si hubiera un salvajismo intrínseco en las clases populares. Antes se decía “clases laboriosas, clases peligrosas”. Por lo que se les escucha a algunos, estamos nuevamente en eso, salvo que no se entiende ni siquiera su lenguaje. 

¿Por qué habría, en su opinión, esa insistencia en concentrarse en ese aspecto del movimiento?

Al presentarlo esencialmente como el de los “blanquitos” racistas del medio rural, se le deslegitima. Se ha resaltado mucho el perfil de Jacline Mouraud [uno de los rostros más visibles del movimiento]. Se habría podido insistir en el hecho de que el movimiento lo lanzó una joven de la Martinica [Priscillia Ludosky]. Detrás de esta focalización, lo que está en juego es el ostracismo de las categorías populares mediante la semántica. Describir esta movilización como radical y violenta consigue impedir que se perciba la racionalidad del diagnóstico de la gente que toma parte en ella. Todos los que antes constituían la base de la clase media –es decir, los obreros, empleados, pequeños autónomos, incluso los campesinos – llevan hoy a cabo la misma comprobación: el modelo económico que se les ha vendido, en el que han creído –puesto que han jugado al juego de la mundialización sin ningún a priori ideológico- para ellos no funciona.    

¿Hay, por tanto, para usted una batalla cultural que se esté librando con el movimiento de los “chalecos amarillos”?

Hay una guerra de representaciones. Cuando se habla de “jacqueries” [”motines”], se describe en resumidas cuentas a pueblerinos, un poco imbéciles, un poco racistas, que no tendrían otra ambición que la de emponzoñar. Salvo que cerca del 70% de los franceses apoya a los “chalecos amarillos” y el 70% de los franceses no es racista. Lo que este movimiento nos dice es: “Vuestro modelo no funciona, en él no encuentro mi lugar”. Y esta palabra es la que se trata de descalificar. Sin embargo, el diagnóstico de la gente de abajo no es exclusivamente el de los “blanquitos” sino también el de los “negritos”, el de los “arabecitos”, los “judeicitos”, etc.  

Por el contrario, hay un discurso que está apareciendo, que apunta a describir, por un lado, a un pueblo virtuoso por principio y, por el otro, a una élite necesariamente lamentable. Esta tendencia ¿no es ella misma caricaturesca?             

Pues claro que sí. Es de una estupidez incalificable. Evidentemente no tenemos por un lado al pueblo, que tendría todas las virtudes y, por otro, al mundo de arriba, que no tendría ninguna. Que haya, en la “Francia de arriba” algunos verdaderos cínicos egoístas es algo de lo que no tengo duda. Pero la mayoría de las personas que la constituyen están sometidas, también en su caso, a lógicas individuales: se benefician de un modelo y quieren hacer todo lo necesario para que perdure. ¿Quién puede culparles de ello? Por eso es por lo que no tenemos elección: va a hacer falta que empecemos de nuevo a vivir juntos, arriba y abajo. No es una lectura ingenua de las cosas, es una necesidad. Una necesidad es un arriba que sirva a los intereses de los de abajo. No se trata, pues, de reeducar, sino de tomarse en serio su diagnóstico y sus demandas: del trabajo y de la preservación de un capital social y cultural.

Esta es la razón por la que preconizo una revolución intelectual del mundo de arriba, que pasa por un aggiornamento del modelo dominante y un respeto de los más modestos. Hace no tanto tiempo, durante los Treinte Gloriosos, la pequeña clase media occidental era un referente respetado por la intelligentsia y los políticos, su modo de vida era envidiable. Pero ese estatus se agotó hace mucho tiempo. Y a partir del momento en que se describe a esta gente como “los deplorables”, así los denominó Hillary Clinton durante la campaña electoral durante la campaña presidencial norteamericana, se añade la fractura cultural a la fractura económica y social. Sin contar con que eso plantea un verdadero problema en los mecanismos de integración.    

¿En qué?

Los últimos en llegar al territorio se preguntan siempre: “¿quiero parecerme a mi vecino?”. Si es un “loser” económico, un “cassos”, como dicen en los barrios periféricos, empezamos mal. Nadie o casi nadie llega a Francia diciéndose de partida: “¡Guau! El modelo asimilacionista republicano, la Ilustración, Diderot…Voy a adherirme a esos valores”. Eso funciona por porosidad. Miras a tu vecino y te dices: “Tiene una situación envidiable, es persona respetada”. O no. Por eso es por lo que no creo en los discursos consistentes en hacer creer que habría un botón “on-off” en el modelo asimilacionista. Que bastaría, por ejemplo, con obligar a llamar a sus niños de acuerdo con los nombres del santoral, o qué sé yo qué más. Todo eso es inútil si la gente no está integrada ni económica ni culturalmente. Hay que considerar el problema en su conjunto: el de una clase media derrotada, que ya no se beneficia del crecimiento y a la que se ha humillado culturalmente desde hace décadas.        

Su discurso encuentra, sin embargo, un eco cada vez mayor en la Francia de arriba. ¿Es eso el soft power del que habla usted en su libro?

Quedan algunos bastiones de la “izquierda cultural”, como lo denomina el sociólogo Jacques Le Goff, pero se reducen de modo mecánico, puesto que su representación no está pegada a la realidad. Y en efecto, la Francia periférica se hace oír, influye, incluido “arriba”. El Premio Goncourt 2018, Nicolas Mathieu, nacido en Epinal, habla de esos territorios. Ese soft power, del que la movilización forma igualmente parte, impone temáticas. Obliga a hablar de “modelo económico, “reindustrialización”, “relocalización”, etc. Hoy en día, la mayor parte de los países occidentales disponen de una oferta política que no va de acuerdo con las demandas de los pueblos. Pero este desfase es coyuntural. Los más rápidos en adaptarse han sido los populistas. Contrariamente a lo que se dice a veces, estos últimos no son demiurgos que influyen en el pueblo y le conducen a “votar mal” engatusándole con discursos engañosos. Tomemos a Matteo Salvini. No hace tanto tiempo era un reaganiano liberal secesionista con un tufo racista contra los italianos del sur. Luego ha entendido que para ganar necesitaba al Movimiento Cinco estrellas, le hacía falta un discurso social y estatista. Y hoy en día, olvidado Reagan, ¡va de soberanista! Se puede decir que es mercadotecnia, incluso cinismo. Pero así es. Los populismos se han adaptado banalmente a la demanda. Los demás partidos de izquierda y derecha, franceses y europeos, acabarán también ellos por adaptarse, con sus propias palabras, sus propios métodos. O, si no, desaparecerán.          

Tras haber criticado la “lepra populista”, Emmanuel Macron se ha reivindicado la semana pasada como “verdadero populista” (verdadero representante del pueblo, ha precisado). ¿Hay que ver en ello un “cambio de rumbo”?

Hagamos notar que este viraje semántico constituye también un signo de soft power de las clases populares. Pero el “cambio de rumbo” no me parece de actualidad. Esa es la paradoja: Macron se presentó como un personaje subversivo. Como es evidente, no ha ido hasta el final de la subversión. La pregunta es: ¿quiere o no volver a presentarse a las elecciones presidenciales? De momento, no se mueve ideológicamente. Sin embargo, sería interesante que hubiera alguien como él que escuchara a las clases populares.  

¿Por qué?

¡Porque no se podrá acusar a Emmanuel Macron de populismo o de racismo! No olvidemos que en la Historia son a menudo los halcones los que hacen la paz y las palomas las que se revelan más belicosas. Tomemos el caso de Trump. En principio, no se trata de white trash [clase marginal blanca]. Por el contrario, es un representante de la hiperélite norteamericana neoyorquina, y a base de presentarlo como un pueblerino, algunos se imaginan que habrá nacido en los confines del Midwest. Es interesante que este tipo –un ultraliberal– produzca un discurso y una política económica dirigida a gente que pide barreras aduaneras para la industria. Imaginemos que Donald Trump tuviera éxito económicamente: ¿qué íbamos a decir? ¿Qué no tomamos nada de sus métodos, pues ideológicamente es sospechoso? Eso es aislarse intelectualmente.   

Por volver sobre el soft power de las clases populares y sobre la recepción que le brindan a usted los medios, podríamos preguntarnos si no es usted un seguidor del nuevo pensamiento único, una suerte de Alain Minc de la Francia de abajo….

No, porque no olvido en mi representación que hay un mundo de arriba. Una sociedad sólo es viable si existe una combinación de ambos. Democracia significa proporcionar los medios para integrar cultural y políticamente a la mayoría de los ciudadanos. El círculo virtuoso no significa enviar al mundo de arriba al campo a trabajar, ¡no soy maoísta! La mundialización está ahí, lo mismo que el multiculturalismo. No se trata de estar a favor o en contra. La cuestión es: ¿cómo se gestiona para que tomar a todo el mundo en consideración? ¿Cómo gestionar al mismo tiempo –al final resulta muy macroniano– la Francia periférica y la Francia de las metrópolis? No hay más pregunta que esa. Sencillamente, el mundo de arriba no tiene derecho a la radicalización. Precisamente porque es el mundo de arriba. No se tiene derecho, cuando se vive bien, a vomitarle al mundo de abajo. Hay que reflexionar. Pero para eso hace falta un poco de empatía, y es difícil sentirla por gente a la que se toma por salvajes.

Artículos destacados

Artículos por fechas

Buscar Artículos