Para acabar con los tontos útiles y colaboracionistas con el islamismo, por Pascal Bruckner


Unos por anticapitalismo, otros por tercermundismo, ya sea por odio a Europa, por aversión a Israel o a los judíos: esas son las motivaciones de lo que se conoce como “islamosfera”. 

La cual no tiene nada que ver con esa “fascinación del islam” de la que hablaba el orientalista Maxime Rodinson y que llegó a grandes figuras de la cultura occidental.

En dicha familia, hay que distinguir entre los tontos útiles y los espíritus que repiten sin parar que la islamización es un problema falso: es la posición de un escritor como Olivier Roy, que decía en 2014 que “el bla-bla-bla seudoerudito sobre las raíces coránicas del terrorismo no tiene ningún interés”, o acusando al filósofo Robert Redecker, amenazado de muerte en 2006 después de un artículo en Le Figaro, de haber “flirteado con la fatwa”. Luego están los verdaderos cómplices, los agentes de influencia a las órdenes de los Hermanos Musulmanes o de los wahabitas como Edwy Plenel (Mediapart), Vincent Geisser y otros. La islamoesfera pretende controlar todo lo que se diga sobre la religión del Profeta para exonerarla de sus responsabilidades en los crímenes yihadistas y achacarlas únicamente a las naciones occidentales, culpables por definición. La extrema izquierda que ha perdido todo, la Unión Soviética, el Tercer Mundo, la clase obrera, ve en el islam radical un proletariado de sustitución que puede movilizar contra las fuerzas del mercado. Lo que ya no se tolera de los curas o de los pastores debemos aceptarlo de los mollahs o los imams, encarnación de una religión “oprimida”.

Así, este “progresismo halal” no duda en pisotear sus propios valores, en caer en una idolatría sin falta por el velo islámico, en adorar cualquier vestimenta morisca como se extasiaban en el siglo XIX con las odaliscas y los harenes. El sociólogo Raphaël Liogier compara a los salafistas con los amish, esa pintoresca tribu de América del Norte abonada a los carros de caballos y los vestidos con puntillas. Denunciar una violación, si es cometida por inmigrantes, es un acto racista como lo explican algunas feministas; sabiendo que esas agresiones son actos políticos dirigidos contra mujeres blancas dominantes. ¡Vaya espectáculo el ver a unos intelectuales dar lecciones en los medios a unas francesas musulmanas que quieren quitarse el velo y vivir como personas libres! ¿Cómo se atreven? Para nosotros, los tormentos de la libertad, la igualdad entre sexos, el derecho de desertar de las verdades admitidas. Para las demás, la sumisión a los hombres, la religión impuesta, la blasfemia sancionada, el crimen de apostasía.

Excomunistas, trotskistas, maoístas, rivalizan en su lealtad a la beatería siempre que venga de los adeptos al Corán. Odian a Europa no porque oprime a los musulmanes, sino porque los libera. Desde entonces, el enemigo a sus ojos es el laicismo y, sobre todo, los disidentes del islam que quieren acabar con la opresión clerical, tener el derecho de creer o de no creer, de vivir como les parezca. Esos recalcitrantes, hay que castigarlos, ponerlos en la picota, como Pierre Tevanian que trata al filósofo Abdennour Bidar de fascista… La Historia recordará que, frente a la Peste verde, estas personas se arrodillaron como sus predecesores del siglo XX frente al nazismo y al comunismo. En nuestros bellos países, a los colaboracionistas les gusta llevar la máscara de los rebeldes. Fuente: Le Figaro