Las regiones, las naciones, Europa… Lo que nos divide y lo que nos une, por Roland Hélie


Regiones, naciones, Europa… amplio debate recurrente en el seno de la familia política identitaria. 

Algunos de nuestros amigos esperan conseguir a nivel local lo que parece irrealizable a nivel nacional, mientras otros sitúan toda su esperanza en una gran Europa unificada en el seno de la cual las naciones, tal y como existen hoy todavía, ya no tendrían razón de ser.

¿Podemos destruir estas entidades hechas por la Historia y que corresponden, se quiera o no, e incluso si ello es discutido por algunos, a realidades bien precisas?

¿Podemos también negar la existencia de particularismos locales que, demasiado frecuentemente, han sido barridos en nombre de un exagerado jacobinismo?

¿Podemos, asimismo, rechazar la idea europea bajo el pretexto de que ha sido degradada por el monstruo bruselense?

He aquí varias cuestiones que merecen ser planteadas.

En efecto, más que oponerlas entre sí, ¿no deberíamos considerar a las regiones, las naciones y Europa, como complementarias?

Francia, como otros países europeos, se construyó gracias a la tenacidad de la monarquía, a la perseverancia de algunas repúblicas, a la potencia momentánea del imperio, y también al prestigio adquirido en el mundo. Sin embargo, hay que reconocer que, desde hace algunas décadas, nuestros países, es lo menos que puede decirse, están dando sus últimas bocanadas.

La ideología mundialista que se desarrolla ante nosotros quiere imponer la destrucción de las naciones en tanto que tales en beneficio de un conjunto planetario en el cual todo estaría estandarizado… un conjunto en el cual el hombre no sería más que un consumidor dócil desprovisto de toda identidad.

Para llegar a ese punto, los mundialistas han comprendido que las naciones son auténticos cerrojos que hace falta romper. A la independencia de cada una de ellas, ellos oponen, en un primer tiempo, su “sueño europeo”. Provistos de considerables medios para formatear a los pueblos (ya se trate de la enseñanza, de los medios de comunicación y también de la permanente culpabilización que anestesia a los más crédulos de nuestros compatriotas…), los mundialistas han logrado hacer creer que “su Europa” sería sinónimo de “paz” (léase, Yugoslavia, Ucrania…), de “independencia” (léase, la OTAN, la alineación sistemática sobre la política extranjera norteamericana y la amenaza del Tratado transatlántico…), de “prosperidad económica” (léase, el desmantelamiento de nuestras industrias y de nuestra agricultura autóctona, la crisis social que sufre el continente y la caída del poder adquisitivo… salvo, bien entendido, para la hiperclase dominante). Muchos, ya sea por confort intelectual o, más frecuentemente, por ingenuidad, se lo han creído. Ya vemos los resultados. En lugar de “sueño”, en estos momentos haríamos mejor en hablar de “pesadilla europea”. Pero, ¿debemos, en consecuencia, rechazar completamente, en un momento en que por todas partes se constituyen ententes entre las naciones, la idea de una necesaria y fuerte Europa, libre y poderosa?

Recordemos que, tras la caída de la monarquía a finales del siglo XVIII, los gobernantes franceses (fue también el caso en toda Europa) decidieron conducir una política centralizadora. Ello podía parecer justificado en el contexto de la época. Se trataba de dotar al país de una administración moderna y eficiente. Pero esta política fue dirigida de una manera arbitraria y engendró excesos lamentables. La voluntad de imponer la visión centralista de las cosas hizo que se negaran incluso los particularismos que hacían la riqueza de nuestros países. Se llegó a humillaciones aberrantes (“Está prohibido escupir en la tierra y hablar bretón”, por aquí, una división administrativa incoherente, por allá…). Esta voluntad uniformadora de negar los particularismos, que se caracteriza por una acumulación de torpezas, no impidió que los pueblos que constituyen nuestros países continuaran preservando en sus culturas y sus tradiciones. Y hasta tal punto que resurgen hoy, un poco por todas partes, de una manera brillante.

Para intentar reiniciar el proceso centralizador, los gobiernos emprenden diversas reformas de organización territorial. Se asiste, de hecho, a un amplio camelo que consiste en hacer pasar la redivisión territorial de las regiones por una mejora deseable de las cosas. Esta nueva división no corresponde más que a una voluntad de hacer evolucionar a Francia hacia una hipotética federación de territorios, más o menos autónomos administrativamente, que no se corresponden en nada (con algunas excepciones, como la Normandía finalmente unificada), a ninguna realidad histórica, étnica o cualquier otra. Bien es cierto que la precedente división de Francia, imaginada por el mariscal Pétain y llevada a cabo un cuarto de siglo más tarde por el general De Gaulle al final de su “reinado” (el referéndum de 1969 sobre la regionalización fue políticamente fatal), no sería mejor que el actual. 

Más que hablar de regiones o de querer crear conjuntos artificiales, ¿sería más sensato convertirlos en grandes espacios económicos y políticos que sustituyeran a los actuales Estados-nación?, ¿no sería más juicioso volver a las estructuras históricas y naturales que nosotros, en ocasiones, llamamos “las provincias” (y en otros lugares, “las regiones”). A los departamentos y sus comunas, auténticos pozos sin fondo financieros realmente obsoletos, ¿no habría que oponerles la tradicional noción de “país”, sin duda más adaptado a la realidad, como sucedía ayer y podría serlo hoy?

Dice Jacques Cordonnier que «las pertenencias a una región, a una nación y a Europa son los tres componentes del sentimiento identitario de cada europeo. La importancia relativa de cada uno de estos vínculos ‒región, nación, civilización‒ es variable según los individuos, pero, lo queramos o no, nosotros estamos determinados por esta triple pertenencia. La jerarquía de estas pertenencias varía según los individuos, pero también según los países. Algunos países, como Alemania y España, han optado por el federalismo, desde hace ya tiempo, y los particularismos regionales son hoy más fuertes que en los Estados fuertemente centralizados como Francia».

Lo que no está hecho por el tiempo no resiste la prueba del tiempo. Los grandes Estados-nación europeos son viejas naciones, algunas más que milenarias. Pese a todo lo que pueda reprocharse a su historia, estos Estados-nación constituyen un conjunto en el cual diversos pueblos arraigados tienen, para bien o para mal, un destino común. Querer hacerlos desaparecer en una Europa centralizada, etapa inevitable hacia un mundo uniformizado, es también tan nefasto e ilusorio como querer atomizarla en un conjunto de micro-Estados que no tendrían ningún peso específico en el contexto geopolítico mundial. 

Si hemos optado por abordar este tema tan crucial es porque sabemos que los puntos de vista en el seno de nuestra familia política son divergentes en algunos casos. Pero sabemos también que existen, entre los partidarios de tal o cual enfoque temático o corriente ideológica, puntos de convergencia de primer rango entre los que se encuentra una inquebrantable voluntad de defender nuestras identidades particulares y nuestra común civilización europea.

Esto es, sin duda, lo más importante. ■ Fuente: Synthèse nationale