El burkini o la conquista islamista, por Mathieu Bock-Côté


La cuestión del burkini surgió por primera vez en Francia en el verano de 2016. Su repentina presencia en las playas había sorprendido. Numerosas ciudades intentaron prohibirlo con bandos municipales antes de que el Consejo de Estado francés, sin sorpresa, los invalidara. El tema vuelve desde hace unos días a la actualidad en Grenoble. Salvo que esta vez se presenta sin ambigüedades. Ya nadie sostiene que estamos ante mujeres cualesquiera que se presentan, sin saberlo, con una vestimenta inadmisible. 

Son unas militantes que llegan en burkini a la piscina municipal, con la voluntad explícita de tumbar las prohibiciones que traducen, en forma de reglamentos formales, unos códigos culturales básicos. Es la laicidad la que es directamente atacada, en la medida en que no es sólo un principio desencarnado sino un marcador esencial de las costumbres francesas. Siempre encontraremos, después, universitarios militantes para redefinirla de tal manera que sea compatible con las reivindicaciones islamistas. 

¿Cómo entender esta provocación? El islam político está comprometido con una estrategia explícita de ocupación del espacio público, para marcar por todas partes su presencia. Desde las oraciones en la calle al burkini, se trata de inscribir el islam de una vez por todas en el paisaje social y con sus propias condiciones. El islamismo lo consigue instrumentalizando el lenguaje de los derechos humanos. Eso le permite presentar una reivindicación comunitarista como reivindicación relacionada con unos derechos individuales. 

La fórmula es ya conocida: una mujer debería tener el derecho de presentarse en la piscina tanto en monokini como en burkini, sin que la cuestión tenga la más mínima significación política. La teoría liberal de la ciudadanía revela aquí sus límites, privatizando integralmente la cultura, para reducirla a una serie de preferencias individuales. Desde ese punto, el choque de culturas puede ser reducido a una simple manifestación de intolerancia, a combatir deconstruyendo los prejuicios de unos y de otros. Tal concepción de la relación social es incapaz de ver cómo la cuestión del velo revela una tensión entre dos modelos antropológicos contradictorios llamados a oponerse.  

La convivencia de diversidades desubstancializa la nación y la somete a la lógica del multiculturalismo, que produce la inversión del deber de integración. Ya no corresponde a los musulmanes afrancesarse y occidentalizarse, sino a los franceses de adaptarse a las costumbres de una civilización extranjera que, dicho sea de paso, ya no está permitido presentar como tal. Francia ya no es una realidad histórica. Es un territorio administrativo regulado solamente por la lógica de los derechos. 

Ésta debería ser la nueva etapa de la descolonización, que terminará en la reducción del pueblo histórico francés a un comunitarismo entre otros. Si rechaza este fin simbólico, se le acusará de supremacismo étnico o de republicanismo reaccionario. La civilización francesa será opcional en su propia tierra. Mediante el desmontaje de la República, la diversidad podrá por fin instaurar su reino. El progresismo mediático verá un paso más hacia la sociedad abierta.  

La incapacidad de ver, en la nueva ofensiva en nombre del burkini, una forma de agresión identitaria atestigua una orwellización inquietante del pensamiento oficial, que niega la mutación de Francia bajo la doble presión de la inmigración masiva y de la ideología diversitaria. Una contrasociedad islamizada cada vez más imponente que se constituye dentro del país no debe ser mencionada. Por haber simplemente mencionado el asunto, preocupado por una posible partición étnica del territorio nacional, François Hollande fue acusado de haber cometido el gran error de su carrera. El común de los mortales, sin embargo, no se deja engañar y sortea el filtro mediático que no termina de proponer una representación aséptica de los desastres asociados al régimen diversitario. De mil maneras, enseña su rechazo de un futuro semejante. 

Pero hay una evidencia: los franceses deberían estar en su derecho de decir que no desean la islamización, aunque fuera parcial, de su país. Deberían tener el derecho de añadir que el islam no será verdaderamente aceptado en Francia hasta que se adapte a las costumbres francesas. Pero, ¿podrán decirlo en los próximos años? La Ley Avia, que pretende regular el odio en internet, asimilará pronto o tarde este reflejo natural de supervivencia a un discurso de odio que habría que censurar. ¿No es éste el caso, por otra parte? La falta de entusiasmo de un pueblo por su propio borrado histórico será poco a poco criminalizada. Hay que convertir en escandaloso el deseo de continuar siendo uno mismo y de ser dueño en su propia casa. La islamización de Francia podrá así continuar bajo el refugio del Derecho y con la cobarde complicidad de una parte de las élites. ■ Fuente: Le Figaro