El transhumanismo: el totalitarismo del futuro, por Emmanuel Lemieux


Retrasar el envejecimiento, acabar con la muerte, crear un posthumano. En menos de treinta años, las ideas del transhumanismo han calado en la sociedad. ¿Quiénes son los pensadores y personas influyentes de esta nueva pesadilla eugenésica de mercado? Se reconocen las épocas de crisis en el hecho de que producen ideologías radicales. De los decrecentistas a los transhumanistas, todos intentan llegar a la raíz de los problemas. Sus soluciones cambiarán nuestras sociedades.

“Transhumanos, transhumanas, ¿querrán tomar otro implante antes de continuar el viaje?” Hace poco, en un café de Estrasburgo, la Asociación Francesa Transhumanista (AFT) organizaba su gran encuentro. Una operación de sensibilización para el público: “Promover la idea de que el progreso tecnológico actual puede ir a la par con los avances sociales por un transhumanismo ético e igualitario”. ¿Folclore? Con sus 600 socios, la AFT quiere ser una organización responsable y presentable que rechaza los juicios de liberalismo loco y libertarismo desatado que están bajo el transhumanismo. Lejos también de los aprendices de cyborg y los extropianos, de los voluntarios con chip y conectados, de los artistas del body hacking amputados y con implantes, de los criogenizados esperando la eternidad y de los teóricos estratosféricos a los que este movimiento multiforme nos tiene ya acostumbrados desde hace años.

Las nociones y las hipótesis transhumanistas fragmentadas se han convertido en un pensamiento, incluso en una ideología embrionaria, o también en una religión. Algunos países se han encaprichado de Yuval Harari, el rey pop del transhumanismo, y de su best-seller Homo deus con su tecnologización encantada de la humanidad. Pero la estrella actual de una vulgata transhumana tricolor, feliz y seguro de sí mismo, es el mediático Laurent Alexandre, fundador de la web www.doctissimo.fr, cirujano de formación y dueño de la sociedad belga DNAVision, especializado en la secuenciación del ADN. “Obsesión con el QI, desprecio de clase, genetismo de otra época, darwinismo social…” Enfadados con estas definiciones superficiales, la AFT publicó un comunicado en 2018: “Si Laurent Alexandre no se ha declarado nunca como transhumanista, habla sistemáticamente en lugar de estos, y por su peso mediático aparece ante el gran público como el portavoz de un movimiento del que hace una caricatura”. La AFT se interesa más bien en el personaje británico Amon Twyman, ensayista y fundador, en 2015, del primer partido político transhumanista europeo (TPEU).

Si un transhumano como Presidente del Gobierno está todavía a años-luz de llegar, no sucede lo mismo en cuanto al poder de las empresas de Inteligencia Artificial (IA) y de las biotecnológicas. Con ellas, la vejez se evapora, la muerte se convierte en una opción facultativa y el nuevo ser humano es el producto impecable de una ingeniería del cuerpo y del espíritu. El filósofo belga Michel Weber sigue de cerca, y con cuidado, los impactos de la “esperanza prometeica” de este “totalitarismo transhumanista”, es decir, “curar, mejorar, trascender”. A sus ojos, las empresas del Big Data son “todo un nuevo clero tecnocrático” que promete las profecías y la visión transhumanista. Sundar Pichai, de Google: financiar Calico, que lucha contra el envejecimiento y la muerte, y la Universidad de la Singularidad (posthumanidad). Elon Musk, de Tesla: conectar nuestro cerebro a las máquinas gracias a la interfaz de Neuralink. Jeff Bezos de Amazon: imaginar posthumanos en órbita después del fin del mundo. Mark Zuckerberg de Facebook: poner una interfaz entre el ordenador y el cerebro, erradicar todas las enfermedades gracias a la IA. Peter Thiel de PayPal: financiar la fundación Matusalén contra la muerte y las investigaciones del geronto-biologista Aubrey de Grey, que sostiene que el ser humano de mil años ya ha nacido entre nosotros.

Eugenesia progresista de los hermanos Huxley

Hay que ir hacia atrás y en varias direcciones para ver aparecer las raíces del pensamiento transhumanista. “Si las tonterías del francés Laurent Alexandre me sirven de introducción divertida a mis cursos de la Universidad, lo cierto es que los autores son todos anglosajones”, dice el filósofo de la Sorbona Jean-François Braunstein, que está preparando una antología de los textos clave del transhumanismo. Los transpapas se llaman Robert Ettinger, Marvin Minsky, Raymond Kurzweil, Eric Drexler, Nick Bostrom y Anders Sandberg. Como un francotirador, ha estudiado uno de los ancestros más desconocidos, el positivismo de Auguste Comte. Éste veía tres “utopías positivas” para conseguir en una biocracia (siendo la biología el vector de organización política y social): la “longevidad indefinida”, “las vacas carnívoras” (un régimen con carne para acercarlas a la humanidad y a su dignidad; un saludo, de paso, para las vacas locas) y la “Virgen madre” (procreación artificial y autoengendramiento exclusivamente femenino). La AFT se situaría más bien en los pasos del biologista británico Julian Huxley, el hermano pequeño del escritor Aldous, conocido por El mejor de los mundos (1931), la distopía de las distopías eugenistas. En esa posguerra donde el ario de los tiempos nazis debía ser reemplazado por el “hombre nuevo”, Julian publica en 1947 El hombre, ese ser único en la editorial de Oreste Zeluck (editor oportunista que publicó antes de la guerra el Protocolo de los Sabios de Sión). Es un ensayo previo de las visiones más oscuras de su hermano mayor. El pequeño defendía su concepción socialista de un “eugenismo progresista”: preconizaba la selección, cierto, pero para mejorar el destino social de los individuos, y estaba totalmente en contra de la noción de raza. Buscando “la calidad de las personas y no su cantidad”, es el introductor de la palabra clave “transhumanismo”. “Mi hipótesis es que el término de Huxley es una operación de diseño que ha hecho ver el eugenismo como algo aceptable”, sostiene Jean-François Braunstein. 

Sesenta años más tarde, el transhumanismo a la manera de Huxley es superado por un informe de la National Science Foundation 2002 que prevé “la convergencia de las NBIC”, es decir, la fusión de las nanotecnologías, de la biotecnología, la informática y las ciencias cognitivas. Podremos corregirlo todo: “Los seres humanos son una experiencia fracasada”, estima el experto en robots Hans Moravec, para el que el espíritu humano es totalmente descargable o transferible a numerosos soportes tecnológicos.

La cuestión de los límites

Frente a la potente afluencia de mitos transhumanistas, los libros críticos sacan la artillería de la Razón. El espectro es amplio, desde los anarquistas decrecientes al Colegio de los Bernardinos (centro dedicado a la investigación, el humanismo y la expresión artística). “El católico Rémi Brague piensa que es una deriva de las Luces; pero yo me inclino más bien por fuentes místicas y religiosas que no tienen nada que ver con la Razón”, analiza Jean-François Braunstein. Un teólogo como Theilhard de Chardin no se queda lejos tampoco como “prototranshumanista”. Codirector del departamento de ética biomedical de los Bernardinos, Dominique Folscheid, en un ensayo apasionante, piensa que la ideología transhumanista nace con las nuevas técnicas de procreación, verdadera fábrica de posthumanos.

Jean-François Braunstein estima que el transhumanismo es el síntoma contemporáneo de una obsesión identitaria: “La idea común de los transhumanistas, pero también de los genderistas, animalistas e inmortalistas es la de decirnos que no hay que existir como seres humanos. Estiman que podemos “borrar” las fronteras de todo tipo, lo cual es delirante. La humanidad se formó poniendo límites y fronteras”. Salomé Baour, que ha escrito su tesis sobre los fundamentos filosóficos del transhumanismo, lo subraya con una bella ironía: “Así, la filosofía transhumanista impone buscar la respuesta a la pregunta fundamental de lo que define al ser humano, y atestigua no solamente nuestra incapacidad a aportar una respuesta simple y definitiva pero también a deshacernos de semejante cuestionamiento”. No hemos acabado de darle vueltas al asunto. ■ Fuente: Marianne