La seducción del yihadismo, por Pierre-André Taguieff


Para comprender el fenómeno yihadista debemos tener presente esta chocante verdad: para algunos individuos, el islamismo radical es más atractivo que la democracia liberal.

Lo que desconoce, por principio, los representantes del laicismo antirreligioso y del ateísmo militante en su lucha contra el islamismo, es la dimensión antropológica del hecho religioso. Reconocen, sin embargo, el hecho de que los yihadistas son musulmanes que actúan, ante todo, en razón de sus convicciones religiosas ‒lo que prueba, a su juicio, el carácter dañino de estas últimas. Este es un hecho que los musulmanes llamados “moderados”, los intelectuales islamófilos y los antirracistas de cualquier obediencia rechazan reconocer. Hay una ceguera ideológica cuando menos sorprendente, sobre todo cuando afecta a intelectuales o investigadores no musulmanes que deberían esforzarse, metodológicamente, en comenzar por comprender a los actores yihadistas como ellos se comprenden a sí mismos, a saber, como creyentes, incluso como los “auténticos” creyentes. He aquí eso que es tan difícil aceptar para aquellos que, con razón, se sienten indignados por las masacres cometidas por los yihadistas. Pero la indignación no es un argumento, es una forma de conocimiento más que una justificación aceptable del rechazo a conocer y comprender. Es la forma de confundir los órdenes y fundar las reacciones militantes sobre una ceguera más o menos voluntaria.

También se observa, por otra parte, que la mayoría de los enemigos declarados del yihadismo, la lucha contra los “soldados de la yihad”, no puede reducirse a un asunto policial ni a una serie de intervenciones militares. Y esta posición es realista, a condición de no olvidar la advertencia de Vilfredo Pareto, según el cual “quien tiene miedo de devolver cada golpe y de derramar la sangre de su adversario, se coloca a su merced”. El combate intelectual no excluye para nada la lucha armada. Para aquellos que piensan que, ante todo, hay que combatir a los yihadistas en el plano de las ideas, a fin de detener la seducción que ellos ejercen sobre la juventud musulmana, el problema parece insoluble. Por tanto, se plantea la siguiente cuestión: ¿qué contrautopía oponer a la seductora utopía del califato? Todos van en busca de una visión entusiasta y movilizadora susceptible de satisfacer las expectativas y las aspiraciones de los jóvenes musulmanes.

Pero los resultados de esta búsqueda no están a la altura del desafío. Los antirreligiosos a la francesa no pueden salir de sus “valores republicanos”, esforzándose en hacer atractivo el laicismo ‒esa laicidad que los salafistas y sus aliados neoizquierdistas denuncian como intrínsecamente “islamófoba”. Pueden también intentar calentar sus ideales revolucionarios internacionalistas o tercermundistas e intentar actualizarlos. Si bien son partidarios de un cosmopolitismo ilustrado, ofrecen a los jóvenes desorientados las flores ya descoloridas de tanto uso abusivo, de tal o cual declaración de derechos humanos, centrados en el imperativo de respetar la dignidad de toda persona humana. Todavía quedan restos de una utopía europeísta en curso de descomposición, mientras se desvanece la promesa de una feliz mundialización.

Por lo tanto, se propone a los yihadistas, confirmados o potenciales, convertirse en buenos demócratas, individualistas y liberales, buenos republicanos, preocupados por la igualdad y la laicidad, generosos humanitaristas, dispuestos a ayudar a los otros en cualquier circunstancia, o en feroces neotercermundistas, repintados con los colores del altermundialismo y de la “teoría postcolonial” ‒máquina de fabricar islamo-izquierdistas. Pero, frente a las fuertes convicciones religiosas de los yihadistas ‒negadas por los ciegos y cándidos antirreligiosos‒, los llamados “valores” universales secularizados no tienen ningún peso. Nadie está dispuesto a morir por la laicidad, sin perjuicio de la permanente celebración de que es objeto. Ni por el Estado de derecho ni por el derecho internacional. Lo que es demasiado consensuado no es fuertemente movilizador.

En cuanto a los musulmanes “pacíficos” y “moderados”, deseosos de disuadir a los jóvenes musulmanes de que se dejen tentar por el yihadismo, su moderación les despoja, precisamente, de cualquier seducción. Los razonables, los tibios y otros partidarios del “término medio”, no tienen fuerza de persuasión. Hay que recordar las palabras olvidadas: “Dios vomita a los tibios”. Su oferta religiosa, la de una vida de musulmanes tranquilos, incluso invisibles, a veces partidarios de un eventual (pero todavía imposible de encontrar) “islam de la Ilustración”, no puede atraer a los yihadistas ni a sus simpatizantes. Los “moderados” son sospechosos a ojos de los salafistas, yihadistas o no, de ser moderadamente musulmanes, es decir, claramente, de ser “malos” o “falsos” musulmanes.

Los yihadistas no se dejan convencer por argumentos racionales fundados sobre sus intereses reales ni por advertencias o lecciones de moral. El problema viene, precisamente, del hecho de que eso que llamamos el extremismo o el radicalismo es atractivo. Promete emociones fuertes, ligadas al riesgo de morir matando. Para el yihadista, la muerte en martirio dota de pleno sentido a su vida. Es esto lo que un Occidente convertido al individualismo hedonista no puede comprender más que a través de la categoría de “barbarie”. No se trata de una nueva versión del choque de civilizaciones, sino de una mutua sordera entre formas de vida opuestas y antitéticas, fuente de un conflicto sin fin y de una guerra total.

Ejemplarmente religiosos para los enemigos de toda religión, irreligiosos para numerosos musulmanes, así como para los occidentales islamófilos y los antirracistas ‒casi todos antiislamófobos‒, los yihadistas, por su sola existencia, plantean numerosas y espinosas cuestiones, no solamente sobre las relaciones entre religión y política, fe religiosa y compromiso guerrero, sino también, más profundamente, sobre la universalidad de lo religioso, a pesar de la pluralidad de sistemas de creencias, de sus interpretaciones y de las prácticas de las que se reclaman. De ahí la hipótesis de que las creencias religiosas responden a una necesidad cultural fundamental que, a falta de encontrar una oferta religiosa institucional, puede ser satisfecha por no importa qué conjunto de creencias, como lo atestigua la multiplicación de religiosidades sustitutivas. Y el islamismo radical coronado por el compromiso yihadista forma parte de estas religiosidades alternativas, de estas alterreligiosidades que acabamos reconociendo por poco que las dotemos de cierta respetabilidad. Que sea doloroso reconocer este hecho para los creyentes ordinarios, es comprensible. Pero los que pretenden ejercer un pensamiento tan informado como crítico, digamos intelectual en su sentido amplio, no pueden mirar hacia otro lado. Nos encontramos ante una forma de religiosidad que hay que mirar de frente, por chocante que sea, para no eludir plantear las cuestiones necesarias. 

El problema es doble, como Freud veía claramente cuando se preguntaba en 1939 sobre el monoteísmo y, más ampliamente, sobre la fe religiosa: se trata de “comprender cómo esos hombres (los creyentes) fueron capaces de adquirir su fe en un Ser divino y de dónde esta fe extrae su inmenso poder, que supera a la razón y a la ciencia”. El surgimiento del salafismo-yihadismo nos obliga, en un contexto poco propicio al frío análisis, a retomar la pregunta sobre el “inmenso poder” de las creencias religiosas. Porque el anunciado fin de estas últimas no ha sido más que una ilusión derivada de la Ilustración y del positivismo científico del siglo XIX.

En un artículo luminoso publicado en 1983 en Le Débat, donde citaba esta observación de Freud, el antropólogo Luc de Heusch nos invitaba a no descuidar esta invariante cultural en nuestros análisis: “Lo lamentemos o no, los hechos están ahí, obstinados: ninguna sociedad conocida ha podido evitar un sistema religioso. Ni la filosofía ni la democracia han puesto fin al reinado de los dioses. La historia no hace más que confirmar las lecciones de la antropología: un sistema de representaciones simbólicas, cuando no un mito coherente, constituye siempre, y en todas partes (salvo, precisamente, cuando se anuncia una grave crisis) el referente último de los valores, el núcleo mismo de las comunidades, pequeñas o grandes”. "

Tal es el presupuesto que debemos considerar cuando queremos comprender el fenómeno salafista-yihadista, sin conformarnos con expresar nuestra indignación moral, con gritar nuestro desagrado, con lanzar vanas imprecaciones o con encender velas tranquilizadoras. Como decía con humor Georges Bernanos en Le Crépuscule des vieux, “el mal es un hecho de la experiencia que no es fácil negar”. Lo que molesta a muchos de nuestros contemporáneos es la evidencia de la complejidad del mal y de la “alegría en el mal” mediante el compromiso religioso. Más allá de todo ello, está esa propensión a negar el carácter religioso del yihadismo. Este inesperado retorno de lo sagrado es una revancha de lo sagrado bajo una forma repulsiva, al menos a ojos de los occidentales que no desean otra cosa que una vida tranquila y confortable, con una dosis regular de suaves y dulces creencias ‒pero “sin compromiso” ‒ y de entretenimientos de todo tipo. 

Siempre habrá gente joven que prefiera el destino de un león muerto al de un perro vivo, según la imagen prestada del Eclesiastes y reinterpretada por la retórica fascista. El compromiso total a favor de una causa, en contra de los valores y las normas individualistas que prevalecen en la cultura occidental contemporánea, hace revivir los viejos ideales heroicos. La seducción del yihadismo deriva de estos sueños de vida heroica adornados con una promesa de recompensa después de la muerte en martirio “por la causa de Dios”. Los yihadistas, que se designan como “·los leones del califato”, honran a las mujeres que “crían a los futuros leones del islam en el amor por la yihad”. La fortuna de estas expresiones con un valor simbólico está atestiguada por el hecho de que sus usuarios “leoninos” viven y piensa en un universo no profano, lejos del prosaico mundo “canino” en el cual las buenas almas quieren, ingenuamente, reinsertarlos para salvarlos. Nada es, sin embargo, más difícil que salvar a la gente a su pesar, sobre todo cuando están convencidos de haber encontrado el camino de la salvación.

Osemos formular una hipótesis intempestiva. Este terrible retorno de lo sagrado a través del yihadismo podría ser un signo lanzado por el diablo, como recordaba Baudelaire a sus contemporáneos, “el más bello de los trucos es persuadirte de que no existe”. Si hay una lección de la historia es, desde luego, que el diablo existe. Pero existe de una forma que no conocemos y, hay que precisarlo, se guarda de aparecer en persona. Disfruta con el desorden y la confusión de nuestros valores, comenzando por los del bien y del mal. Nos incita a colocar bajo el patrocinio del Ser supremo las acciones criminales. Nos impone también, permanentemente, de una forma perversa, elegir entre Caribdis y Escila. De ahí la espinosa cuestión que permanece, a la que cada uno debe responder en su propio nombre: ¿qué camino tomar si nos negamos a ser tanto un león muerto como un perro vivo? Responder a esta pregunta sería ya mostrar una buena disposición para rechazar los dilemas paralizantes y comenzar a proponer una vía deseable a los jóvenes atraídos por el yihadismo. ■ Fuente: Le Figaro