Unión económica o unión política. ¿Hay que salir del euro?, por Éric Maulin (y II)


La lógica de la salida de la zona euro
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Uno de los principales intereses en salir del euro y el retorno a la moneda nacional (retorno es una expresión engañosa, pues no se trataría de volver, por ejemplo, al franco de 1999, sino a un nuevo franco), sería el de poder recurrir a la devaluación competitiva que otorgaría un dinamismo a la economía nacional. Remarquemos, de paso, que si todos los Estados de la zona euro actuaran de la misma forma, las ganancias esperadas por la devaluación monetaria se anularían, al menos en la parte, mayoritaria, del comercio intracomunitario. La lógica del “sálvese quien pueda” implica inevitablemente que haya ganadores y perdedores. Imaginemos, en efecto, que todos los Estados que saliesen de la zona euro practicasen la misma devaluación y conociesen la misma inflación, hipótesis evidentemente teórica, lo que significa que, por lo que concierne a estos Estados considerados desde el punto de vista de los intercambios que se producen entre ellos, el efecto sería nulo. Para que el efecto será beneficioso para algunos Estados es necesario que sea perjudicial para otros.

Un segundo interés de la salida del euro, sobre el que no insiste Jacques Sapir, al contrario que Frédéric Lordon, el cual por otra parte mantienen posiciones próximas, sería reencontrar una eficiencia de la soberanía popular. Frédéric Lordon se pronuncia a favor de una salida coordinada del euro y de un retorno a la moneda común y a las monedas nacionales. Los Estados recuperarían así su soberanía monetaria, la cual es una expresión necesaria de la soberanía popular en una sociedad democrática. «Salir del euro, escribe Lordon, es menos un asunto de macroeconomía ‒que también lo es‒ que de adecuación al imperativo categórico de la democracia que apela a la “soberanía popular”. Si las condiciones deseadas de esta soberanía popular a escala supranacional todavía están muy lejanas, entonces el realismo ordena retirarse de la “ambición europea”; lo que no significa abandonarla del todo».

Sola, la salida del euro, no es la panacea. Es necesaria pero no suficiente y debería ser acompañada por el establecimiento de instituciones alternativas a la del neoliberalismo actualmente existente, tales como medidas proteccionistas, una política de reindustrialización de los países, una desfinanciarización parcial de las economías nacionales, la puesta en marcha de un control sobre los ingresos y los precios dirigido a orientar la evolución de la distribución del valor añadido. La salida del euro se concibe en el marco general de un retorno a la economía parcialmente dirigida.

Pero, más todavía, las políticas no producen sus efectos más que en la medida en que ciertos Estados se separen de los demás en su aplicación. Si todos los Estados aplican las mismas políticas ‒lo que, hay que decirlo, no es sólo improbable sino ilusorio‒, el efecto de estas políticas sería nulo para la parte de los intercambios entre los Estados de la Unión europea como exmiembros de la zona euro. Más todavía, las políticas establecidas tendrían por consecuencia una división entre los ganadores y los perdedores en Europa. Es, in fine, la política de “cada uno por sí mismo”.

Proceder a la salida del euro justifica, según Jacques Sapir, el recurso al secreto estatal y el ejercicio de los poderes de excepción. La fase preparatoria de la salida de la zona euro, escribe sustancialmente, debería efectuarse en el marco provisional de un periodo breve de una especie de dictadura presidencialista en el país en cuestión, a fin de limitar la amplitud de las retiradas de inversiones y de las especulaciones que podrían comprometer el éxito de la operación. La salida del euro se traduciría en una subida inflacionista y presentaría el riesgo de ver a la nueva moneda metida en las turbulencias de la especulación que entonces harían desaparecer rápidamente los efectos beneficiosos de la salida del euro. El Estado debe estar en disposición de poder luchar eficazmente contra la especulación ejerciendo todas sus prerrogativas, comenzando por la rápida adopción de decisiones que posibilitan el estado de urgencia o el de necesidad. A decir verdad, la propuesta no parece demasiado realista. Las constituciones de los Estados miembros no contemplan la posibilidad de recurrir a un gobierno autoritario, el cual además se enfrentaría a presiones y objeciones internas y externas que reducirían drásticamente su eficacia. Hay que señalar, no obstante, que el ejercicio al que se libra Jacques Sapir no es un programa político, sino una tentativa de formular opciones racionales en una situación de confusión e incertidumbre.

Hacer del euro una moneda completa
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Otros economistas hacen un análisis opuesto y piensan que la auténtica alternativa al ultraliberalismo es, precisamente, la Unión europea y la zona euro. La economía internacional está dominada por una concepción ultraliberal contra la que los Estados europeos no pueden luchar por sí solos, salvo saliendo de la economía mundial para volver a una economía cerrada, una forma de autarquía.

La salida del euro sería, para Olivier Pastré, un auténtico suicidio. La ganancia en competitividad por una devaluación se vería anulada por un fuerte aumento del precio de las importaciones que penalizaría directamente a los ciudadanos más frágiles. Además, entrañaría una inflación que no podría ser combatida más que por un alza de las tasas de interés que harían imposibles las inversiones de las empresas. Al final, la competitividad alcanzada sería rápidamente engullida en el marasmo económico generado por la salida del euro. De ello resultaría una nueva reforma fiscal al alza y un nuevo plan de austeridad sin equivalentes a los que hemos conocido. Olivier Pastré dibuja un cuadro tan negro de la salida del euro que lo convierte en un apoyo del mantenimiento del euro. Los bancos se verían fragilizados por el coste de su endeudamiento a largo plazo, lo cual sería fatal para el equilibrio del balance de depósitos bancarios.

La solución es, entonces, según Michel Aglietta y Thomas Brand, hacer del euro una moneda completa y organizar la soberanía económica de la Unión europea. La crisis actual es la manifestación de los límites de las políticas intergubernamentales que no logran, en una zona económica heterogénea, poner en marcha las políticas de transferencia y solidaridad fiscal necesarias para que pueda hablarse de unión. La moneda europea no es todavía más que un sistema internacional definido por un tratado intergubernamental. Hay que liberarla y pensar la moneda nacional como un contrato social. Esto quiere decir que la moneda europea no debe ser ya pensada en los únicos términos de la economía, sino también en términos políticos. No es el euro el responsable de nuestras desgracias, sino la despolitización de la moneda a través del euro. Existe, por naturaleza, un vínculo orgánico entre el Estado y su moneda que le debe permitir ejercer su soberanía monetaria “monetarizando” su deuda. Es precisamente esta facultad la que se ha perdido con la constitución del euro en su forma actual. La solución por lo alto a la crisis consiste en instituir una soberanía monetaria europea y en colocar el Banco central europeo bajo su autoridad. La primera reforma institucional consistiría en el establecimiento de una unión presupuestaria. El presupuesto europeo, en su estado actual, apenas representa el 2% del PIB de los Estados europeos, mientras que, a título comparativo, representa el 20% del PIB de los Estados Unidos. La segunda reforma consistiría en modificar el estatuto del Banco central europeo, que no dictaría por sí mismo la doctrina monetaria y que estaría subordinado a una autoridad política europea. La tercera reforma consistiría en constituir una unión bancaria que permitiese la definición de una reglamentación común. Las soluciones preconizadas por estos autores están ampliamente inspiradas en la experiencia americana y van en el sentido de una centralización de las instituciones monetarias, presupuestarias y bancarias en una suerte de Estado federal soberano. Presentan, no obstante, dos inconvenientes principales. En primer lugar, sobre todo, si estas soluciones quieren ser aplicadas, necesitarían un período de tiempo suficiente para su implementación, al menos una década. Y no es seguro que la Unión europea disponga de este tiempo. En segundo lugar, estas políticas se tropiezan hoy con la desconfianza de los pueblos europeos: casi el 70% de los europeos experimentan actualmente una desconfianza o una hostilidad hacia las instituciones europeas en general, y el porcentaje global de los europeos desfavorables a la UE es constantemente superior (y en aumento) respecto a los europeos que son favorables, sobre todo desde 2010 según el Eurobarómetro. A menos que se recurra a medios autoritarios ‒y es bastante complicado pensar que estas cuestiones tan complejas surjan espontáneamente de la soberanía del pueblo‒, no vemos cómo estas políticas podrían ser puestas en marcha.

Los dos escenarios de salida del euro o de creación de una Unión política del euro, parecen implicar el recurso a medios y métodos no democráticos. Es, sin duda, una constatación a meditar en un momento en que la democracia se insinúa en todos los mecanismos de funcionamiento de la sociedad, aunque frecuentemente para neutralizar su eficacia.  Fuente: Éléments pour la civilisation européenne