Marine Le Pen y la deconstrucción europea: la confederación europea de las patrias, por Mathilde Lanathoua (y II)


La Unión europea descrita por el el partido de Marine Le Pen es una forma de federalismo autoritario: se regiría, no por los tratados europeos que garantizan el triángulo institucional actual, donde la Comisión tiene el poder de iniciativa, y el Consejo y el Parlamento el de decisión, sino por un “super-Estado eurocrático” manejado por la Comisión.

El mito del super-Estado europeo

El discurso de Marine intenta demostrar que la construcción europea se hace contra los pueblos, apuntando a las insuficiencias del sistema, tales como el “déficit democrático” de la Comisión europea y el “despotismo ilustrado” del Consejo. Oculta, sin embargo, el poder decisional de los jefes de Estado y de Gobierno, sin los cuales ninguna decisión es adoptada a nivel europeo, si bien la legitimidad de estas instituciones podría ser reforzada otorgando mayores poderes al Parlamento europeo.

La UE descrita por el RN es una forma de federalismo autoritario: se regiría, no por los tratados europeos que garantizan el triángulo institucional actual, donde la Comisión tiene el poder de iniciativa, y el Consejo y el Parlamento el de decisión, sino por un “super-Estado eurocrático” manejado por la Comisión. En cuanto que no es “elegida”, la Comisión “procura a los tecnócratas considerables poderes tales como el monopolio de la iniciativa legislativa” para imponer sus dictados a “500 millones de europeos”. La propia Comisión habría instaurado esta tecnocracia en aras de “un interés común europeo”, según la lectura de Jean Monnet, que preconizaba la vía comunitaria para separar un interés común del interés particular de los Estados para profundizar en su cooperación, si bien esta vision no es del todo correcta, porque, finalmente, esta Comisión y sus competencias no son más que frutos de la voluntad de los Estados. Ya en los años 80, Jean-Marie Le Pen consideraba que la Comisión simbolizaba “la omnipotencia de la Administración europea”; ahora, su hija denuncia “el espíritu totalitario” de la Unión.

El RN hace su interpretación del federalismo europeo. Jean-Marie Le Pen denunciaba en 2012: “Ayer, Maastricht nos privaba de nuestra soberanía monetaria; hoy, es nuestra soberanía presupuestaria la que nos quita”. Marine, por su parte, aseguraba que, si la soberanía presupuestaria francesa debía ser cedida, el Estado francés desaparecería: “este nuevo abandono institucional marcará el fin de Francia como Estado”. En este contexto, el RN no deja de recordar que el tratado de Lisboa fue impuesto, mediante un proceso autoritario, a los franceses y a los holandeses, que lo habían rechazado en 2005, y por la amenaza a los irlandeses que debían aceptarlo en 2009, tras haberlo rechazado el año anterior, temiendo ser abandonados en plena crisis financiera.

Presentando a la Unión europea como una argolla impuesta por una Comisión omnipotente, el RN apela al restablecimiento de una asociación libre y voluntaria de Estados europeos soberanos, más allá de las instituciones comunitarias.

La Europa de las élites contra los pueblos

El populismo, según algunos observadores, es el hilo rojo de Marine: «Mi proyecto para Europa está en perfecta coherencia con mi proyecto económico para Francia, porque obedecen a la misma exigencia fundamental: el pueblo, siempre, el pueblo, ante todo». Europa es un tema recurrente para los partidos de derecha radical porque el euroescepticismo creciente de los ciudadanos europeos es un terreno propicio para el discurso nacional-populista. La invocación del pueblo contra Europa tiene un eco indudable. Estos partidos de derecha radical cada vez obtienen mejores resultados en las elecciones europeas.

Estos partidos vehiculizan la incomprensión suscitada por un sistema político europeo demasiado complejo, la desconfianza hacia las “instituciones de Bruselas”, sobre las cuales los gobiernos se descargan de las decisiones impopulares que se adoptan en el Consejo, y el sentimiento que tienen, por consiguiente, numerosos ciudadanos es el de estar desposeídos de sus elecciones políticas esenciales tanto para su vida cotidiana como para su futuro. El populismo es euroescéptico por naturaleza y el euroescepticismo es populista por esencia. El RN afirma que la construcción europea ha sido la obra de las élites contra la nación y ha conducido a la Europa actual: un gobierno de tecnócratas, sin el pueblo y contra el pueblo, violando los principios republicanos de soberanía popular. La UE es la empresa autoritaria más perniciosa que las élites hayan podido imaginar. Es la instauración de la “Eurocracia”: «el Estado francés se ha puesto al servicio de la burocracia de Bruselas, que ha sustituido la bella idea de una entente europea por su proyecto tecnocrático, totalitario y perjudicial para nuestras libertades». Los grandes partidos son cómplices de este abandono en detrimento de la nación.

Este proyecto antinacional no sólo está sometido a la burocracia, sino también al servicio de los mercados y del ultraliberalismo, “una tecnoestructura europea enfeudada a los mercados”. Jean-Marie Le Pen afirmaba en diciembre de 2011 que transferir nuevas competencias “a la señora Ashton es como reconocer que Moody´s and Poor´s tienen legitimidad para juzgar nuestras políticas económicas”. Esta sumisión de la Unión a la ideología ultraliberal mundialista se ha amplificado con la crisis financiera. Los agentes bruselenses y los mercados se alinean contra los Estados fragilizados, siendo la crisis «una formidable ocasión para proseguir a marchas forzadas con la disolución de las naciones en un federalismo que sitúa el destino de nuestros pueblos en manos de expertos no elegidos».

La Europa responsable de todos los males

La supresión de fronteras y la aplicación del “dogma de la libre competencia no falseada” han tenido, según el RN, el mismo efecto sobre Europa que la desaparición de un sistema inmunitario. Todos los males han podido contaminarla: un débil crecimiento, la fiebre del desempleo, la epidemia de la inmigración y el cáncer de los servicios públicos. Abriendo las fronteras “a todos los vientos de la mundialización”, “la Europa de Bruselas ha impuesto por todas partes los principios destructores del ultraliberalismo y del librecambio, en detrimento de los servicios públicos, del empleo, de la equidad social e incluso de nuestro crecimiento económico», que es el más débil, en comparación con otros sectores civilizacionales, de los últimos años. Las políticas comunes europeas han fracasado, destruyendo los sectores que, en principio, debían reforzar: «La CECA mató la siderurgia europea. La PAC ha marginalizado la agricultura europea». Para el RN, la construcción europea es responsable de estas destrucciones de sectores económicos antes competitivos. Además, el establecimiento de la unión monetaria habría privado a los gobiernos del pilotaje de sus políticas económicas, condenándolos a un débil crecimiento y conduciéndoles al endeudamiento para preservar sus niveles de vida adquiridos.

Desde luego, de una forma general, si la Unión de los 27 conoce de media un débil crecimiento después de varias décadas de desarrollo exponencial, afectada además por el surgimiento de los países emergentes, no es menos cierto que Alemania continúa siendo la cuarta potencia industrial y comercial, y que la UE, en su conjunto, es la primera potencia económica mundial, la primera también en ayuda al desarrollo y la primera en disponer de los mejores servicios públicos y los mejores mecanismos de protección social del mundo, siendo el euro la segunda moneda de reserva mundial. Pero todo esto no debe hacer ignorar las muy diferentes trayectorias de nivel de desarrollo que existen entre los distintos miembros de la UE, diferencias que traducen una insuficiente innovación de sus industrias, una ridícula inversión en investigación y una defectuosa coordinación de las competencias económicas por parte, no sólo de los gobiernos nacionales, sino también de la Unión.

El RN imputa a Europa, además, otros balances negativos: «esta Europa de Bruselas nos impone la supresión de las administraciones y de los servicios públicos en todos los dominios de la vida pública, la clausura de tribunales, el cierre de colegios, de centros hospitalarios, la limitación de los ejércitos, la desaparición de la educación nacional, la enseñanza de lenguas y religiones extranjeras, la disminución de las policías…».

La Europa de las patrias: un retorno a 1950

El RN no acepta, pues, la integración europea y considera que los europeos deberían limitarse a una estricta cooperación intergubernamental entre ellos con el objetivo de edificar un proteccionismo europeo, basado en la “preferencia comunitaria”, e implementar proyectos fundamentales en los sectores de interés común. Por eso, propone “la Europa de las patrias”, que sería una suerte de “confederación de Estados-nación”, en lugar de la “federación de Estados” que hoy constituye la UE. Este proyecto consiste, ni más ni menos, que volver a la situación de 1950, cuando los europeos cooperaban sólo en cuestiones objetivas y limitadas.

Si el RN defiende, desde el principio, una confederación de Estados-nación desde 1984, excluyendo todo elemento de supranacionalidad, ahora su posición inicial es una denuncia de los tratados europeos y una salida de la Unión. Algunos militantes, como Bruno Gollnisch o Bernard Antony, han influido progresivamente en la radicalización del RN hacia una completa separación de la UE. Esta estrategia ha sido objeto, no obstante, de vivos debates en el curso de los congresos internos del partido, cuyas actas reflejan una inclinación siempre mayor hacia la retirada de la Unión. El programa de Jean-Marie Le Pen de 2002 ya proponía la denuncia de los tratados para edificar una “Europa de las patrias” que redefiniese la organización de Europa. Esta estrategia parece clara: el RN desea hacer tabla rasa para ir hacia una cooperación entre Estados europeos, pero sin ninguna transferencia de soberanía. La Comisión de Bruselas sería suprimida y sustituida por un secretariado general con medios y responsabilidades limitadas.

Esta radicalidad no ha impedido que, en el seno del RN, existan posiciones contradictorias, reflejo de debates internos, de dudas, incluso de reservas ante el terrible impacto económico y político de una salida total de la UE por parte de Francia. Esto ha motivado que el RN se decante también por “el recurso a la renegociación de los tratados europeos”, en relación con la gestión de los servicios públicos y la primacía del derecho nacional, así como también por la revisión de la contribución neta de Francia al presupuesto europeo y la redefinición de la política agrícola común. Pero una cosa es la renegociación de los tratados, la revisión de la contribución presupuestaria y la presencia en las instituciones europeas, y otra distinta es la salida de un Estado de la Unión, que no es objeto de negociación, sino de petición, condicionada solamente al establecimiento de las modalidades futuras de la relación con la UE. Las dos propuestas parecen incompatibles. 

No es sorprendente que Louis Aliot, entonces vicepresidente del FN, anunciara en la campaña presidencial de Marine, que el primer acto de ésta como Presidenta sería convocar una cumbre europea para redefinir Europa: «Hay que repensar Europa, reedificar Europa, pienso que los países europeos estarían dispuestos a secundar a Marine en su demanda de una cumbre europea para hablar de la reconstrucción de Europa, basada esta vez en la Europa de las patrias nacionales, sobre una confederación entre Estados soberanos, siguiendo la idea del general De Gaulle más que la idea federalista de Jean Monnet».

El RN cree poder convencer a los Estados europeos de hacer tabla rasa de la construcción europea actualmente existente para volver a la situación de 1950, gracias al “rol motor” que podría cumplir la pareja franco-alemana. La mención del recurso a un referéndum o a la imposición de ciertas medidas unilaterales, como la primacía del derecho nacional sobre el comunitario, en caso de fracaso de las negociaciones, antes que una salida de la Unión, no tiene, sin embargo, mucho sentido. Retirarse de la UE es posible sin estas negociaciones. La salida efectiva de un Estado de la UE tiene efectos automáticos desde la notificación al Consejo europeo de tal intención, a menos que se demande del Consejo la aprobación de un plazo de prórroga suplementario para llevarla a efecto, lo que no tendría mucho sentido en la perspectiva del RN. Cosa distinta serían las condiciones para implementar un hipotético Frexit, porque la salida de Francia de la UE seguramente sería la condena definitiva de la Unión. (Ir a 1ª parte)