La Iglesia ortodoxa rusa: ¿Instrumento político o de civilización?, por François Lejeune


La Iglesia ortodoxa es indisociable de la identidad cultural rusa ya que muchos de sus símbolos tienen una connotación religiosa. Las armas que representan a San Jorge matando al dragón y muchas condecoraciones llevan el nombre de santos rusos. Unos dicen que se trata de una iglesia a las órdenes del Kremlin, pero esta es una visión que no coincide con la realidad. ¿Es un instrumento político o de civilización?

Después de la caída del comunismo, la Iglesia ortodoxa rusa está en pleno crecimiento. Decenas de miles de lugares de culto han sido devueltos a su vocación inicial. Se construyen otros y jóvenes seminaristas engrosan las filas de los seminarios. Así, en Moscú, el número de iglesias donde se celebra la liturgia se ha multiplicado por veinte en treinta años. Las ordenaciones siguen el ritmo de las reaperturas de lugares de culto y muchos monasterios vuelven a tener vida. Los miembros del clero bendicen los barcos y los submarinos del ejército. Los obispos y el patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa tienen su sitio en todas los acontecimientos públicos. Las instituciones eclesiásticas que lo deseen pueden solicitar la devolución de los bienes nacionalizados en 1917. Es como si el gobierno francés propusiera el devolver a la Iglesia lo que le expolió durante la Revolución de 1789 y en 1905. 

El renacimiento de la ortodoxia rusa al final de la URSS ha sido, sin duda, uno de los acontecimientos espirituales más importantes de los últimos treinta años. Rusia ha vuelto a ser una potencia cristiana y su Iglesia una potencia religiosa de primer orden internacional. Si la política extranjera del Estado ruso es dictada por una aspiración al poder, Moscú introduce en el corazón de su proyecto una dimensión moral y cultural estrechamente ligada a la construcción identitaria de Rusia, siendo a la vez potencia ortodoxa y país multinacional y multirreligioso.

Sin embargo, como lo indican las armas oficiales, la religión ortodoxa se ve claramente favorecida. En septiembre de 2013, durante su encuentro en Valdaï con expertos del mundo entero, el presidente ruso expuso las razones por las que la construcción identitaria de Rusia y su anclaje en la tradición eran indispensables para su proyecto de estado. El poder político sostiene, pues, el renacimiento de la Iglesia ortodoxa a cambio de la estabilidad que aporta. Los oligarcas, por su parte, compran a golpe de importantes donaciones una “conducta” y un patriotismo. El dinamismo y la juventud (relativa) de su clero van acompañados de la restauración y la construcción de edificios religiosos en la ex-URSS y en otros lugares. Se puede comprobar visitando en París la nueva catedral rusa de la Trinidad y la restauración en Niza de la iglesia rusa de San Nicolás.

En el territorio canónico de la Iglesia ortodoxa rusa, esta entidad parece guardar celosamente sus nuevas prerrogativas ante la población rusófona. El poder del Kremlin se apoya ampliamente sobre las fronteras de Rusia dibujadas por la Iglesia ortodoxa rusa para subrayar su proximidad con los estados ahora independientes.

Recientemente la Iglesia ortodoxa rusa ha salido a la conquista de Asia del sudeste. Se han creado parroquias en Vietnam y en Filipinas, sobre todo. Los resultados son esperanzadores:
  • El eje social de la Iglesia ha permitido crear vínculos en el seno de la población en términos de ayuda y enseñanza. El frenazo en el descenso demográfico y el alcoholismo es, en buena parte, obra de la Iglesia ortodoxa.
  • La población eslava ha vuelto poco a poco a la religión ortodoxa con los bautizos y matrimonios religiosos.
  • En Rusia, la cifra de conversiones a la ortodoxia procedentes del Islam está alrededor de los tres millones de personas. Incluso si en Asia central la población ortodoxa retrocede por efecto de la inmigración, las conversiones continúan lentamente en la población de cultura musulmana.
Hasta los oponentes a esta Iglesia reconocen sus avances: “Tres décadas después del fin de la URSS, la Iglesia rusa cristaliza todas las contradicciones de Rusia pero su relativo conservadurismo, en un entorno general lleno de dificultades, hace de ella un factor objetivo de estabilización y también, indirectamente, de democratización”. Así habla Jean-Christophe Colissimo, antiguo presidente del instituto ortodoxo San Sergio, de París.

Además de la alianza estructurante entre la Iglesia y el Estado rusos, las autoridades eclesiásticas y políticas se apoyan mutuamente para defender un mismo proyecto de civilización en el mundo globalizado y comparten en gran medida los mismos intereses en el espacio postsoviético. Este proyecto podría tomar forma con la religión ortodoxa rusa y el islam ex-soviético; sería una alternativa al propuesto por Estados Unidos y Arabia Saudita.

Después del Maïdan de Kiev, la Santa Rusia, tal y como la soñaba el patriarca Kirill, habría perdido consistencia; Ucrania ya no aparece como la fortaleza de la verdadera fe. En una carta enviada al patriarca ecuménico el 14 de agosto de 2014, el jefe de la Iglesia ortodoxa rusa afirmaba que la guerra en Ucrania era también una guerra religiosa, “los representantes de la Iglesia grecocatólica y las comunidades cismáticas predican el odio contra la Iglesia ortodoxa”. En efecto, los uniatas grecocatólicos y los cismáticos ucranianos apelan al odio físico contra la Iglesia ortodoxa rusa en Ucrania. Y no dudan en aliarse con los islamistas… La Iglesia ortodoxa ucraniana de Moscú, acusada de haberse vendido al Kremlin, hace frente a todo esto y se hace más fuerte. 

En Bielorrusia, la Iglesia católica local es vista como antirusa y un elemento contra el régimen de Lukachenko, que se acerca a la Iglesia ortodoxa a pesar de su ateísmo. No ha hecho falta remover mucho para reavivar el sentimiento de desconfianza ruso contra la Iglesia católica. Esta última es vista como el instrumento de la colonización polaca del siglo XVI pero también como el catalizador de la protesta antisoviética en Polonia y en Lituania. Por otra parte, en la ex-Unión Soviética musulmana, el clero ortodoxo disfruta de un tratamiento de favor, al revés que el resto de iglesias.

Al ritmo de las construcciones de iglesias y del refuerzo del clero, se comprueba el refuerzo de este pilar de civilización y mucho más allá de los juegos de presidentes y ministros. Se puede afirmar sin rodeos que el Oso ruso está a la sombra de la Cruz, pero también que esta sigue arraigada y, a menudo, alejada de los juegos políticos del mundo. Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: Revue Méthode