El islam a la conquista de Occidente: la estrategia desvelada. Entrevista a Jean-Frédéric Poisson


“Los estados musulmanes empujan a sus correligionarios instalados en los países occidentales al separatismo”.

Jean-Frédéric Poisson ha publicado recientemente El islam a la conquista de Occidente: la estrategia desvelada, libro en el que aborda el documento estratégico aprobado, en otoño del 2000, por numerosos estados musulmanes para “instalar una civilización de sustitución” en Occidente. Es el primer responsable político francés en comentarlo para darlo a conocer a la opinión pública.

Su libro, El islam a la conquista de Occidente, es una reacción a un documento que data del año 2000 y fue actualizado en 2006, redactado por ISESCO, la Organización Islámica para la Educación, las Ciencias y la Cultura que se define como una “Estrategia de la acción cultural islámica al exterior del mundo islámico”. ¿Qué dice ese documento y en qué justifica su denuncia general de una estrategia conquistadora del Islam en Occidente?

Ese documento dice que Occidente es decadente, que las comunidades musulmanas que viven en Occidente están en peligro porque viven en contacto con esa decadencia; que, teniendo en cuenta el deber que incumbe a todos los musulmanes de proteger a la comunidad musulmana y a sus miembros, los estados musulmanes deben preocuparse por el devenir de estas comunidades; y ya que otro deber de todo musulmán es extender la dominación de la sharia en el mundo, los estados musulmanes planifican su acción teniendo como objetivo muy claro lo que está escrito en la Estrategia cultural, es decir: “instalar una civilización de sustitución”. En suma, reemplazar la civilización occidental por el islam. En otro lugar de dicho documento se puede leer que se trata de “poner todos los medios para instalar una sociedad islámica pura y sana compatible con los principios de la democracia moderna”. Es un documento de conquista, que tiene una concepción islámica integral, por no decir integrista de la acción social y política, y que tiene como objetivo simplemente que el islam llegue a dominar el mundo aprovechándose de la debilidad de Occidente.

Es eso lo que justifica mi denuncia: yo no tengo claro que los occidentales tengan ganas de ser dominados por el islam. Además, ese documento va contra la idea según la cual la islamización en Francia es consecuencia de una desafortunada conexión de sucesos un poco desordenada. Vemos lo que sucede en Seine-Saint-Denis, en un rincón de Yvelines, en los suburbios de Lyon o de Marsella, y en otros lugares relacionados con esta evolución, y una lectura un poco rápida puede considerar que estos hechos están desconectados unos de otros. Lo que es muy interesante y preocupante en la Estrategia cultural es que se trata, de hecho, de un plan coordinado. Son los estados musulmanes mismos los que han establecido, puesto en marcha y asumido este plan del que vemos los frutos hasta el día de hoy.

Creo que, teniendo en cuenta los peligros que conlleva la dominación del islam allá donde se encuentre, esto necesita una acción de denuncia por nuestra parte, en primer lugar, y de resistencia, después.

Esta estrategia tiene como objetivo el separatismo. ¿Existe ya hoy en día?

Se puede ver que, en efecto, la presencia extremadamente pesada del islam en un cierto número de territorios de la República ha conducido a que, poco a poco, la ley islámica y el modo de vida islámico hayan sustituido a las leyes francesas y al modo de vida occidental en un buen número de lugares. Por otra parte, observo que es lo mismo que fue propuesto o querido por los autores de la Estrategia porque se trata claramente, para ellos, de hacer que los hijos de las nuevas generaciones de las comunidades musulmanas sean educados pura y simplemente en la cultura y la fe islámicas. La Estrategia invita a las comunidades musulmanas a aprovecharse de los beneficios que puedan obtener de la sociedad occidental con el único objetivo de arraigarse con su cultura islámica y propagarla.

En ese documento que ya tiene dieciocho años y fue aprobado en noviembre del 2000 por los 57 estados musulmanes por unanimidad, se ven las recomendaciones que están hoy en el día a día de varios países occidentales. El documento insiste mucho en el hecho de exigir la enseñanza de la lengua árabe en la escuela. O también, alienta hasta el extremo a abrir centros culturales, escuelas coránicas, mezquitas… empuja a las comunidades a reivindicar el reconocimiento de su forma de vida dentro de la sociedad occidental como, por ejemplo, lo que concierne a la alimentación o a la forma de vestirse. El asunto va hasta pedir que los jueces islámicos ayuden a las comunidades musulmanas que viven en Occidente a solucionar ellas mismas los conflictos que puedan suceder en el seno de la comunidad, fuera de las instituciones judiciales del país. Ahí se puede ver perfectamente el enfoque comunitarista y separatista y, por desgracia, en un cierto número de territorios de Francia constatamos que su manera de hacer y de vivir ya está implantada. Pero nada es ineluctable. Bastaría con que el Estado despliegue una respuesta estatista y cultural ante esta ofensiva de las mismas características, para ayudar a los alcaldes y concejales que se ven sobrepasados ante lo que se les ha venido encima.

Las fuerzas en acción detrás de esta estrategia son principalmente grandes potencias petroleras que tienen una influencia muy fuerte en nuestras economías occidentales. ¿Qué actitud debería tener Francia para limitar dicha influencia sin dar un pretexto a esos países para poner en contra de Francia a los ciudadanos de confesión musulmana?

Para empezar y tristemente, el hecho de que los ciudadanos musulmanes que viven en Francia (sean franceses o no) estén posicionándose en contra del país ya está en marcha. Es una derrota que se comprende. Si se observa el ejemplo inglés, yo subrayo en mi libro que un círculo de reflexión, la Sociedad Henry Jackson, publicó hace unos años que la influencia de los estados del Golfo era decisiva en la propagación del islam en la sociedad inglesa e incluso denunció las ayudas bastante generosas a movimientos potencialmente o claramente encaminados a ser terroristas. Con lo cual, el antagonismo ya existe.

La dificultad es considerable: nuestras economías son, en estos tiempos, muy dependientes de lo que quieran hacer estos estados. Observo en primer lugar que los estados del Golfo no son los únicos productores de gas en el mundo, y que muchos otros estados producen petróleo y gas. Quizás haya una forma de equilibrar nuestros proveedores de energía en un sentido menos favorable a los de los estados del Golfo. En segundo lugar, pienso que los millones de euros que ganamos vendiéndoles armas se pierden en costes indirectos o costes directos por la destrucción de nuestra cohesión social y de nuestra forma de vida. Ahí también deberíamos cambiar de perspectiva.

En tercer lugar, veo la debilidad por no decir la cobardía de nuestro Jefe de Estado, Emmanuel Macron, en relación a los saudíes después del asesinato del periodista Kashoggi. Veo claramente que el cambio de actitud y la firmeza que deberíamos tener respecto a esos estados no están previstos en la agenda.

En cuarto lugar, sabemos que esos estados financian muy directamente centros culturales, mezquitas, y que muy probablemente dejaron instalarse al ISIS cuando este estado terrorista apareció hace algunos años. Existen todo tipo de razones para mostrar firmeza respecto a estos estados pidiéndoles que dejen de financiar proyectos en nuestro suelo. No se puede, en el contexto que describo, seguir dejando a Qatar invertir decenas de millones de euros en Seine-Saint-Denis como lo hizo hace unos años, y no se trataba de pintar los pasos de cebra ni de cambiar las bombillas del alumbrado público. Creo que una toma de conciencia es necesaria del peligro que representa la Estrategia de los estados musulmanes, y de extraer todas las consecuencias en el plano económico, diplomático y, sobre todo, en el plano de nuestro reequilibrio en términos de compra de energía y de venta de armas. Son giros importantes e indispensables si no queremos vernos sumergidos al final por la fuerza de estos estados.

Pero hay que saber también que, en realidad, esos estados son extremadamente frágiles. Quedaron fragilizados por la crisis del ISIS; están socavados por los wahabitas y otros fundamentalistas religiosos; debilitados por los conflictos internos que tensan las relaciones entre responsables políticos y religiosos en algunos lugares o allí donde el conflicto entre chiitas y sunitas, con el conflicto entre Arabia Saudí e Irán como telón de fondo, está más presente. No hay que sobreestimar la fuerza de estos estados. El momento ha llegado de tomar ventaja de esta situación afirmando nuestra voluntad de hacer prevalecer nuestra civilización sobre el islam. Lo que significa que habría que reapropiarse de todos los motivos de defensa de una civilización más que dejar que se desarrolle otra nueva.

¿Cree usted que la acción del presidente francés en este punto es satisfactoria?

No, claramente no. La acción de Emmanuel Macron no es satisfactoria en ningún punto. No ha tomado conciencia del peligro. El islam y su proliferación están alimentados, por una parte, por el retraimiento del poder público. En segundo lugar, no hay ninguna voluntad de afirmar la primacía de nuestra civilización sobre cualquier forma de cultura y de civilización. Después, no hay ninguna voluntad de controlar los flujos migratorios mientras que son esos flujos los que alimentan la presencia del islam en Francia y que los fundamentalistas han aprovechado esos flujos para reforzar sus posiciones en algunos territorios en Francia. Esto es muy claro y todo el mundo puede constatarlo. Por otra parte, la diplomacia respecto al Próximo Oriente es una catástrofe. El hecho de que se considere a Rusia como un adversario en estos temas mientras que claramente es un país que puede ser nuestro aliado más seguro en la lucha contra la proliferación del islam, es un error. Finalmente, para dar un último ejemplo: la manera en la que la ceremonia del 11 de noviembre se desarrolló, poniendo en un lugar de honor al presidente de Turquía y al presidente de Kosovo (el único estado musulmán en Europa), en un contexto donde nuestros amigos serbios, cristianos ortodoxos, han sufrido mucho de esta vecindad con musulmanes… todo ello muestra bien la flexibilidad por no decir la negligencia con la que el señor Macron trata a los representantes de esa comunidad musulmana internacional que nos persigue. El Presidente Erdogan ya lo dijo hace unos años en una de sus campañas electorales: su objetivo era el de hacer que se instalara la sharia en Europa. El hecho de que, habiendo dicho eso, esté presente en la primera fila en las ceremonias del 11 de noviembre me parece un error político absolutamente incomparable.

Usted propone dar valor a la civilización cristiana para evitar ese sentimiento de humillación: ¿Por qué insiste usted en ese punto?

Pienso que una parte de este combate es un combate cultural. Los estados musulmanes no se han equivocado. Están claramente comprometidos en la definición de un programa que no busca más que arraigar las comunidades musulmanas en su fe y en su cultura, con el objetivo una vez más de que se propaguen y se conviertan en dominantes en Europa. No lo hacen con el objetivo de que los musulmanes, estando más seguros de lo que son, se integren en un sistema que les es extranjero, sino que el objetivo es acrecentar sus fuerzas para que se conviertan en dominantes.

El combate es cultural. Nos pertenece a nosotros el reapropiarnos de nuestra propia civilización, comprender de dónde venimos, lo que somos, lo que debemos al cristianismo, es decir, esa idea según la cual la dignidad de las personas, su igualdad, son valores que no pueden ser derrotados. En este punto, debemos rechazar absolutamente cualquier forma de trato diferenciado de las personas de la misma forma que hemos heredado la laicidad del cristianismo, y que toda organización social que no haga la separación entre el poder temporal y el poder religioso debe ser pura y simplemente condenada y combatida. Lo mismo pasa respecto a las personas y a las artes. Sería inconcebible que no se pueda, sobre todo en Francia, vivir en un país donde no se tenga el derecho de pintar paisajes y personas. Los musulmanes no tienen derecho a representar figuras humanas o la naturaleza en el arte. No tienen tampoco derecho a tocar música: todo esto es incompatible con nuestra forma de vida.

Usted afirma que el Estado no debe sobrepasar los límites fijados a su acción en la ley de 1905. Macron parece inclinarse hacia la solución del concordato. ¿Es deseable y realizable? ¿Qué política podría hoy encauzar esta estrategia en esas reglas?

Creo que se trata primero de reafirmar el poder del Estado. No puede haber discusión posible con personas que cuestionan abiertamente la ley bajo la cual vivimos todos. Con todas las libertades que se derivan de ello. Hablemos de los horarios separados en las piscinas: es cierto que no es ilegal considerar que un horario pudiera estar reservado a las mujeres en una piscina para evitar que estén en contacto con los hombres ni de cerca ni de lejos, pero reconocerá que semejante disposición es totalmente contraria al espíritu de nuestras leyes y nuestra cultura. No es contrario a la ley el hecho de que haya menús halal en los comedores de los colegios, o de no servir carne de cerdo porque esto pudiera desagradar a algunos. Pero en eso también, si no es ilegal, es perfectamente contrario a nuestras tradiciones culinarias, a nuestra forma de enfocar nuestra relación con la comida y a nuestra cocina, por lo tanto, a nuestra cultura. Se ve que, detrás de cada reafirmación del poder público en los detalles de la vida cotidiana, se encuentra esta voluntad de decir que nuestra cultura es así y que se ruega adaptarse a ella si se quiere vivir en nuestro territorio.

Después, no hay que sorprenderse de que, si los niños franceses aprenden en la escuela desde hace décadas todas las razones para no amar a su país, los niños musulmanes, por su parte, no tengan razones para amar a Francia tampoco. No hay que sorprenderse sino rectificar. La reimplantación de prioridades pedagógicas en Historia, el aprendizaje de la lengua francesa y de todo lo que nos ha enseñado la sociedad occidental, la necesidad de transmitir una herencia, es decir, el sentimiento de recibirla y de comunicarla debe reintegrarse sin dudarlo en los programas escolares.

Finalmente, hay un tercer aspecto que me ha llamado mucho la atención porque ya había tenido la impresión hace dos años, pero ha sido confirmada tras la lectura de este documento estratégico: los estados musulmanes describen a Occidente como una sociedad en vías de decadencia. En el fondo, nos dicen: no sabemos vivir en una sociedad que no reconoce la autoridad de sus instituciones; donde la responsabilidad y la autoridad parental son barridas todos los días, donde se deja a los jóvenes consumir drogas, pornografía y alcohol sin reaccionar, y donde no se hace distinción entre el bien y el mal (y se rechaza el hacerlo) y donde los poderes públicos despliegan toda su energía en erradicar el hecho religioso de la vida social. Los musulmanes dicen que no saben vivir en un mundo así. He dedicado un capítulo a este análisis islámico de Occidente. Confieso que yo también tengo dificultades para vivir en un mundo así. Pero creo que más allá de todo lo que podamos decir en el plano de las leyes y las relaciones internacionales, hay una cierta forma de vuelta a la moral que es necesaria. Es una palabra antigua pero que todo el mundo comprende perfectamente. Los franceses piden a gritos que vuelvan las referencias. Los musulmanes viven en una civilización que tiene referencias y medios para transmitirlas. Estamos en cierta manera en un combate desigual en este punto. Si no tomamos conciencia de esto muy rápido, tendremos probablemente problemas frente a la voluntad de conquista de los estados musulmanes. ■ Fuente: Atlantico.fr