Crítica de la teoría de género, por La Manif pour Tous


La Manif pour tous es un colectivo de asociaciones que organiza las mayores manifestaciones en oposición al matrimonio homosexual en Francia, habitualmente denominado “mariage pour tous”. Este colectivo nos ofrece un auténtico “manual antigénero”. 

I. Origen y desarrollo de la ideología de género
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La palabra género se utiliza principalmente para:

‒ Servir de eufemismo, en inglés, en lugar de la palabra sexo, cuyo sentido tendía a especializarse para designar la actividad sexual: por ejemplo, en las versiones inglesas de documentos internacionales con el objetivo de promover la igualdad entre sexos (en inglés: igualdad de género).

‒ Designar las maneras variables que una sociedad dada emplea para percibir y organizar la diferencia entre los sexos: el género es, entonces, el sistema de códigos que regula las imágenes, los roles y lo que se espera de cada uno de los dos sexos.

‒ Teorizar la diferencia entre el sexo biológico, por una parte, y el sexo psicológico y social, en el caso de ambigüedad genital (hermafroditismo) o de problema con la identidad sexual (transexualismo): posibilidad de un género psicológico en contradicción, o en dislocación, con el sexo biológico.

La segunda acepción es aquella que se utiliza hoy para combatir los “estereotipos de género” (en la escuela, por ejemplo), mientras que la tercera está en la base de los combates por el reconocimiento de las “identidades de género” (por ejemplo, en el movimiento LGTB). La “deconstrucción” del género, inspirada sobre todo por Judith Butler, defiende en los dos casos la idea de que el sexo mismo es una “construcción social”.


Así, el punto común de las diversas formas que toma hoy la ideología de género es rechazar el arraigo de la condición femenina o masculina en un cuerpo sexuado naturalmente. Una frontera estanca debe separar lo que se considera como un puro origen biológico, sin valor intrínseco, y aquello que surge de la libertad individual (elección de identidades subjetivas, “roles” adoptados en la vida social, etc.).

Nos referiremos en este documento únicamente a esta última tendencia, que designaremos con el término “ideología de género”, en la medida que:

‒ No interfiere con algunos combates legítimos de los movimientos feministas que luchan contra ciertos estereotipos reductores.

‒ Sirve de pretexto para las intervenciones masivas del Estado, en nombre de la liberación de los individuos, en el terreno educativo, en detrimento de la libertad y de la responsabilidad propias de los padres.

‒ Tiene una definición clara: la ideología de género es una posición filosófica y sociológica que afirma que la identidad sexual no es más que una construcción social, independiente de toda realidad biológica como el cuerpo sexuado.

II. ¿Quién apoya el desarrollo de la ideología de género?

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Brevemente, se pueden destacar los campos de conocimiento y sectores militantes que son hoy en día los defensores de la ideología de género:

1. Las Ciencias Sociales

 

No todas las Ciencias Sociales pero, ahí donde existen, los departamentos de estudios de género, o algunos equipos de investigación que reivindican explícitamente la perspectiva de género. Los estudios de género son un campo en sí mismo en el mundo académico americano y, en general, en las universidades identificadas con este modelo (países anglófonos, Europea del Norte, etc.). Generalmente, esos departamentos de estudios de género han venido a sustituir el lugar que ocupaban los estudios feministas o sobre la mujer, ramas importantes de lo que se llama globalmente los “estudios culturales”. Son departamentos surgidos en las facultades literarias, particularmente influidos por el estructuralismo y las corrientes intelectuales derivadas de él. Se pueden encontrar historiadores, sociólogos, antropólogos, psicólogos, etc.

La tradición francesa, más “universalista”, es todavía hoy bastante reticente en cuanto a la constitución de departamentos especializados de ese tipo, pero existen investigadores y equipos de investigación especializados en ese campo (algunos equipos tienen incluso un apéndice militante bajo la forma de una asociación que interviene en el entorno escolar). Las perspectivas feministas, por ejemplo, se han integrado con frecuencia, y en general de manera satisfactoria, en los departamentos de Historia o de Ciencias Sociales. Pero puede ser que esta tradición francesa esté en vías de desaparición.

2. Las instituciones internacionales

 

No parece existir ningún trabajo verdaderamente fiable sobre la cuestión, pero se puede legítimamente suponer que la perspectiva de género inspira a algunos actores de este entorno. El recurso a la palabra “género” es, a veces, un simple oportunismo lingüístico, pero otras veces puede cubrir una adhesión real a la ideología de género. Los programas orientados hacia la “gender equality” contienen a menudo unos ejes clásicos sobre la escolarización de las niñas, por ejemplo; otros ejes sobre la “salud reproductiva” (contraconcepción y aborto) y, en relación con el SIDA, sobre todo, la lucha contra las discriminaciones o contra la criminalización de las prácticas homosexuales.

3. Los “profesionales” de la educación

 

No nos referimos a los docentes, sino a los expertos que trabajan para el Ministerio de Educación o indicados por él para encargarse de la “lucha contra los estereotipos de género”. Se trata de una preocupación ya antigua en el sector de la Educación, alimentada sobre todo por la insistencia y el agravamiento del desequilibrio entre los sexos en diferentes sectores de la enseñanza superior (preponderancia de hombres en los estudios de Ingeniería, de mujeres en Medicina, etc.). A esta preocupación se añade, desde hace unos veinte años, el fenómeno de la “violencia sexista” o bien “homófoba” en el medio escolar.

4. Las redes intelectuales militantes

 

A veces, pero no siempre, ligadas a grupos de investigación universitarios, estas redes se expresan a menudo a través de una revista emblemática. Agrupan a investigadores independientes, organizan coloquios, promueven traducciones de obras importantes, intervienen en el medio escolar o en las empresas a través de conferencias o exposiciones, etc. 

5. Las minorías activas

 

Siguiendo el modelo de asociaciones de gays y lesbianas, aparecidas sobre todo en el momento de la epidemia de SIDA, se han constituido también asociaciones de transexuales, por ejemplo, que reivindican pertenecer al entorno del género. L’Inter-LGBT tiene como objetivo federar el conjunto de estos movimientos que, muchas veces, son solo grupúsculos, para darles una visibilidad mediática y política.

III. ¿Por qué esta ideología tiene tanta repercusión?

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1. Es una noción vaga, por lo tanto sirve de cajón de sastre

 

Está muy claro que la vaguedad que rodea a la noción de género es lo que la vuelve apta para toda clase de reivindicaciones. El género es un concepto atrapatodo que permite agrupar a buen número de militantes a los que nada asegura que sigan unos objetivos compatibles: feministas preocupadas por la igualdad entre hombres y mujeres; militantes de minorías sexuales preocupados de hacer reconocer los derechos de “todas las sexualidades”; activistas trans y queer en lucha contra el “dimorfismo sexual” (la idea de que solamente hay dos sexos), etc. 

A esto se añade la gravedad que esta palabra técnica parece aportar a las conversaciones: gravedad a veces muy real, como en el caso de algunos trabajos históricos o sociológicos sobre el “género”, a veces pura apariencia, como en el caso de la mayoría de las especulaciones de Judith Butler.

2. Un segundo empuje para el feminismo radical

 

Hablar de “género” permite renovar un discurso feminista agotado, abriendo a la vez nuevos horizontes de radicalidad. Ése es, con toda probabilidad, uno de los desafíos esenciales: si, en algunos ámbitos, el feminismo ha tenido éxito en nuestras sociedades (todos nos beneficiamos de la transformación de las relaciones hombre-mujer), en otras cuestiones el feminismo ha fracasado. Y así ha sido en la medida en que las diversas “conquistas” feministas (acceso al mundo del trabajo, derecho a la contraconcepción, al aborto, reforma del divorcio, etc.) no han producido como por encanto una sociedad realmente igualitaria. Peor todavía, numerosos indicadores permiten suponer que la condición femenina se ha fragilizado, que nuevas formas de precariedad y de explotación han prosperado en el terreno de la “liberación de la mujer”.

La referencia al género permite al feminismo radical perpetuar un credo progresista sugiriendo que, si los progresos esperados no se han realizado, si las desigualdades persisten, si la diferencia hombre-mujer continúa a visualizarse de manera negativa muchas veces, etc., es porque no se ha ido demasiado lejos.

El género sirve para legitimar un discurso sobre los “estereotipos sociales” (en materia de diferencias hombre-mujer) “interiorizados desde nuestra primera infancia” y se trata, entonces, de hacerlo surgir y de reformarlo mostrando que el género está detrás, por así decirlo, desde el nacimiento. Por ejemplo, desde el momento (por tomar un ejemplo favorito de los defensores del género y muy revelador) en que vestimos al niño de azul y a la niña de rosa (si es que esto se hace todavía). Dicho de otra forma, el “condicionamiento” comienza desde el principio; por lo tanto, es desde ese momento cuando hay que luchar contra ello. De ese combate, el género es el vector privilegiado.

3.  Los gobiernos ya no se ocupan de lo social; ahora se ocupan de lo societal

 

Las oligarquías políticas de la actual Europa están confrontadas a dos limitaciones muy pesadas sobre su acción: primero, las obligaciones de la globalización (que se ha convertido en la versión actual del Destino griego y el pretexto de un nuevo fatalismo); después, las exigencias de Bruselas. Cada vez es más difícil hacer una política económica y social, o incluso una política sin más.

El abandono explícito por la izquierda de la lucha de clases y después del electorado obrero, además de cualquier voluntad de luchar contra el capitalismo, condujo en 1983 a una “preferencia del inmigrante”. De manera mimética, la “preferencia transgénero” hace surgir a las minorías sexuales como la nueva figura del excluido absoluto, convertida en beneficiario y agente principal de las próximas transformaciones sociales. La izquierda ha visto en las minorías homosexuales unas víctimas de la Historia a quienes ofrecer una revancha. Es decir, un sustituto del proletariado y del mesianismo proletario, por una nueva “batalla de los derechos humanos”.

Al mismo tiempo, la moda está en el movimiento, la innovación, el progreso. Hay que “moverse”. El socialista reformista alemán Eduard Bernstein (1850-1932) tuvo esta fórmula reveladora: “El objetivo final, cualquiera que sea, no significa nada para mí, el movimiento lo es todo”. Había inventado el lema para nuestra época. Entonces, si no se puede hacer política pero hay que “moverse” de todas formas, lo consiguen realizando reformas societales.

El marco sería bastante simplificador si pretendiéramos construir una separación derecha-izquierda en el tema del género. Ningún elemento, ni en los hechos ni en los programas de los partidos de derecha, deja ver que una modificación en esta tendencia esté prevista por el momento.

4. La Historia es un perpetuo progreso; hay que ser moderno

 

Es el argumento principal de las personas que no se oponen a estos cambios. Tienen miedo del juicio de los medios de comunicación, de la Historia o simplemente del vecino. Luchar contra el Progreso es convertirse en un Amish, pedir la vuelta de la Monarquía Absoluta, etc.

Sobre todo, esas personas, políticamente progresistas, no tienen la formación necesaria para discernir con criterio. A imagen de la frase de Clemenceau sobre la Revolución francesa, piensan que las conquistas sociales hay que cogerlas todas en bloque. Combatir una de ellas sería poner en cuestión todos los temas precedentes (divorcio, aborto, etc.).

5. Hay que destruir el orden antiguo para construir un orden nuevo

 

En este apartado es donde encontramos a los ideólogos.

Diferenciar es discriminar: el género, decía Joan Scott, “significa principalmente unas relaciones de poder”. Dicho de otra forma, de lo que se trata con los “estereotipos de género” es siempre una forma de dominación: dominación de los hombres sobre las mujeres, de los heterosexuales sobre los homosexuales, de los individuos straight sobre los queer, etc.

Hay que combatir las normas: no se trata ya de servirse del género para modificar las relaciones entre los sexos sino de convertirlo en el instrumento de una crítica radical del dimorfismo sexual mismo, y de su consecuencia funesta: la “heternonormatividad”, es decir, el “privilegio” socialmente acordado a la heterosexualidad. De ahí las dos direcciones principales del pensamiento queer (a la manera de Judith Butler): la valorización de la homosexualidad como una sexualidad al menos tan legítima como la otra (nada predispone naturalmente a los hombres a querer a las mujeres y recíprocamente); y por otro lado la valorización de las “identidades sexuales” movibles o atípicas, contra la idea de que habría exclusivamente, o principalmente, dos sexos.

La sociedad no es nada, el individuo lo es todo: la tesis de la universalidad de la dominación es conducida por la aspiración utópica (ya en marcha en varios sectores de la civilización moderna) para construir una sociedad donde ninguna diferenciación sería legítima, o por lo menos solo podrían existir diferencias libremente escogidas y asumidas. Desde un punto de vista teórico e intelectual, se podría decir que esta tesis equivale a afirmar que el individuo es, en todo, superior a la sociedad; dicho de otra forma, que la sociedad no existe: puesto que, y es la enseñanza principal de las Ciencias Sociales, solo hay sociedad humana allá donde hay unas reglas, unas diferencias y unas posiciones complementarias. El discurso del género, cuyo objetivo es “desnaturalizar” el sexo, llena hoy una función considerada por muchos como imperiosa: permite promover, con una fuerza inédita, el reconocimiento de las identidades subjetivas (identidades escogidas y asumidas), en detrimento de lo que espera la sociedad de parte de sus miembros.

La sociedad puede, entonces, desaparecer: la actual veneración por el género es el signo elocuente de que, por primera vez en la historia, nos encontramos con una sociedad desinteresada radicalmente de su perpetuación; la cual se da, precisamente, en el encuentro sexual entre hombre y mujer.

6. La destrucción de la sociedad no impide hacer negocios; al contrario

 

En los últimos meses, la “causa homosexual” ha sido apoyada oficialmente, ante la Corte Suprema de Estados Unidos, por 278 empresas privadas. Entre ellas, gigantes de las TIC: Apple, Google, Facebook, Amazon, Microsoft, Adobe, eBay, Intel, Oracle, Twitter…A ello hay que añadir grandes compañías de otros ámbitos: Goldman Sachs, Johnson&Johnson, Nike, CBS, Starbucks e incluso Disney. Esas empresas cuidan también su imagen. Jane Shacter, profesora de Derecho en la Universidad de Stanford dice que, para esas empresas, apoyar el matrimonio homosexual es una manera de decir: “somos el futuro”.

Más en profundidad, los apasionados del mercantilismo parecen interesarse a una explosión de las estructuras familiares, fundadas sobre la alteridad sexual. La homosexualidad y sus variantes es el movimiento, la afirmación extrema del individuo, demiurgo de sí mismo e insaciable consumidor. Se percibe a la familia como un bastión donde se perpetúan los estereotipos, los valores tradicionales, la solidaridad del grupo, el prestigio de la autoridad: a este nivel, debe ser sometida a la acción decidida de los reformadores sociales, guiados por los “expertos” en liberación individual. Para aquellos que quieren vender continuamente algo nuevo, efímero, el individualismo y el aislamiento del individuo, el movimiento perpetuo y el dinamitado de las referencias son condiciones muy favorables. En suma, Adam Smith y algunos educadores actuales, representan el mismo combate.

De todas formas, es posible que la alianza del neocapitalismo y la causa homosexual sea simplemente un hecho circunstancial o de ideología, ligado al militantismo personal de un puñado de grandes jefes enseñando su propia homosexualidad o su actitud amiga de los gays. La fórmula “el matrimonio gay es buena para los negocios” no es admitida por todos los economistas ni por todos los empresarios.

IV. Por qué esta ideología es peligrosa

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La ideología de género es destructora, oscurantista, antisocial, antipopular igual que lo es antinatural.

1. La ideología de género es de naturaleza revolucionaria

 

A partir de los años 90, la ideología de género sale de los entornos académicos y se convierte en una máquina de guerra para un pensamiento deconstructor basado en la sospecha. Las diferencias aportan, según su perspectiva, relaciones de dominantes sobre dominados cuya solución es necesariamente una lucha violenta que lleva a la transformación revolucionaria de las relaciones sociales. La ideología de género tiene entonces un potencial de subversión de las relaciones sociales conocidas. Para ello ha pasado por el rasero transformador de los estudios sociales y literarios de las universidades americanas, influidas por pensadores franceses de la deconstrucción de los años 1960. Apoyado por el desarrollo de las tecnologías, el género se convierte en una bandera que federa y sirve para una revolución antropológica.

2. La ideología de género es de naturaleza totalitaria

 

La ideología de género es un instrumento eficaz al servicio de lo que el historiador y crítico social americano Christopher Lasch (1932-1994) ha llamado el “Estado terapéutico”. Dicho de otra forma, la tendencia, específicamente contemporánea, a concebir el Estado como un agente encargado de hacer desaparecer el “sufrimiento”.

Esta gran misión, cuya cara más visible es la “lucha contra las discriminaciones”, supone la movilización de los expertos: los trabajadores de los “estudios sobre el género”, considerados indispensables a la buena comprensión, y sobre todo a la mejora, de las instituciones sociales. Los ciudadanos ordinarios, sumergidos por sus prejuicios, no son fiables. Son incompetentes, estúpidos y probablemente bastante malvados. En todo caso son peligrosos: para los demás, para los que son “diferentes”, para sus hijos, para su pareja, etc. No son unos ilustrados: es por lo que el Estado debe reemplazarlos, con la ayuda de expertos en vida social como son los especialistas del género.

A esos expertos salidos del campo de las Ciencias Sociales (o, más bien, de algunos sectores de ellas) se añaden hoy, cada vez más, esos otros expertos como son los ingenieros de la biotecnología, es decir, todos aquellos que trabajan para convertir en posible técnicamente (y, a fin de cuentas, en intrínsecamente deseable) la fabricación de niños, transformados en objetos materiales de deseo.

La emancipación de las mujeres, de los homosexuales, y de todos los miembros de las “minorías morales” en búsqueda de reconocimiento, pasan por dominar con mano enérgica el proceso educativo primero, y después todas las instituciones y organizaciones donde se produce el encuentro entre individuos diferentes. En todas partes, bajo la forma de nuevos reglamentos, nuevos programas y nuevas leyes, hay que reemplazar las normas sociales antiguas por las que corresponden a los cánones de la nueva sabiduría.

Finalmente, la capacidad para crear nuevas palabras que engloben conceptos irreconciliables es un indicador orwelliano de totalitarismo. Así, utilizar la palabra género no solo para evocar las diferencias de condición reales entre hombres y mujeres, sino también para ir hasta una ideología de deconstrucción de la antropología clásica, nos parece que refleja una mentira intelectual. ¿Para qué más claridad?

3. La ideología de género aumenta los problemas en la infancia

 

De la misma forma que la fragilización de la institución familiar y la multiplicación de las familias “fuera de la norma” traen problemas en la infancia y la adolescencia es por lo que hace falta hoy batallones de trabajadores sociales, educadores y psiquiatras para afrontarlas; podríamos apostar que la difusión de la nueva teoría en la escuela y en los usos sociales va a provocar todo tipo de problemas y neurosis en los jóvenes. Las dificultades lamentables que tienen muchos niños adoptados, a pesar de la reconstitución de un entorno tan cercano como fuera posible a una familia biológica, y a pesar del amor verdadero que tienen los padres adoptivos por sus hijos, nos muestra sin cesar que los niños tienen el derecho, allá donde sea posible, a disfrutar de un entorno estable, protector y lleno de cariño para su desarrollo.

Las ideologías y teorías vanguardistas de educación muestran sin cesar sus límites. Así, los experimentos fundados sobre la ideología de género que comenzaron en Noruega han sido frenados. La ligazón natural de los progenitores por su descendencia, su voluntad de garantizarle un desarrollo equilibrado, su rechazo de ver a los expertos continuar sus experimentos arriesgados sobre las generaciones futuras son más argumentos contra el desarrollo de semejante ideología.

4. La ideología de género contribuye al empobrecimiento social

 

Una sociedad que se diera como objetivo principal el reconocimiento de las identidades subjetivas sería una sociedad dramáticamente desquiciada por actitudes narcisistas, minusvalorando la importancia de las ataduras sociales. Una sociedad justa, o una sociedad decente, reconoce que el verdadero respeto por las personas no pertenece solo a la Ley o a la fuerza del Estado, sino que supone y exige constantemente el esfuerzo personal, el trabajo interior, el ensanchamiento por el amor de todas las estrecheces de espíritu y de corazón.

Una sociedad que pregona el ultraindividualismo tiende a despreciar a los abandonados, los miserables, los enfermos, los ancianos y más generalmente a las víctimas de todas las nuevas formas de pobreza social. Una sociedad que pregona el movimiento perpetuo y la transgresión como fines en sí mismos rompe los enlaces generacionales y las solidaridades efectivas que surgen de ellas (ya sea los abuelos que se ocupan de sus nietos como los hijos que se ocupan dignamente de sus padres dependientes). En un mundo afectado por la violencia del ultraindividualismo y del mercantilismo, romper las solidaridades tradicionales familiares y sociales (dar, recibir, devolver) corre el riesgo de hacer caer una parte muy considerable de nuestra sociedad en la indignidad social. Es por ello que aquellos que piensan, a menudo con el apoyo de su experiencia personal, que la familia fundada en la pareja conyugal sigue siendo uno de los mejores lugares para que cada persona, sean cuales sean sus características singulares, reciba la atención, el amor y la protección exigidas por su dignidad inalienable, no pueden más que denunciar la ideología de género y el proyecto de sociedad que conlleva.

5. La ideología de género es oscurantista

 

Por su cuestionamiento de la biología, la ideología de género pasa por una forma elaborada de oscurantismo, justificando la observación de la filósofa feminista Sylviane Agacinski:

Nos indignamos hoy de ver en Estados Unidos militantes religiosos sostener el dogma creacionista contra las ciencias de la vida, pero no nos sorprende que una teoría de la sexualidad, reducida a la cuestión del placer y de las orientaciones sexuales, haga lo mismo poniendo en sospecha esas mismas ciencias.

En esa línea, en un artículo publicado en Le Monde el 4 de septiembre de 2011, el paleontólogo Pascal Picq protestaba, en nombre del respeto a los elementos biológicos, contra la introducción del género en las clases de Ciencias Naturales en los institutos.

Anexo 1: Breve historia del género

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Para orientarse en el actual discurso sobre el género, hay que hacer un breve repaso de la historia del concepto. Se distinguen tres etapas, sabiendo que cada etapa ulterior no anula la precedente, sino que se acumula a ella.

1. Génesis del concepto: distinguir entre sexo y género

 

Si dejamos de lado algunas curiosidades más antiguas (la distinción sexo-género formulada en 1915 por un médico confrontado al hermafroditismo), la génesis del concepto está situada en el campo altamente especializado de la psiquiatría y de la medicina, en el cruce del estudio y de la cura de dos síndromes: el hermafroditismo, hoy llamado intersexualidad (caso de individuos afectados, en diferentes grados, por una ambigüedad de sexo); y el deseo de pertenecer al otro sexo, denominado transexualismo desde los años 1970.

El psiquiatra americano Robert Stoller, que trabaja con pacientes transexuales y el médico endocrinólogo John Money, que estudia la intersexualidad, elaboran la distinción sexo/género para dar cuenta de la distancia entre el substrato biológico (el sexo) que hace de alguien un hombre o una mujer, y por otra parte el género, que sería, según los términos de Stoller, “el grado de masculinidad o de feminidad” presente en un individuo.

John Money explicó tardíamente que había terminado por utilizar el término género en referencia a la gramática: él veía una analogía entre el género (masculino, femenino, neutro) de las palabras, y el género de las personas que, según las normas culturales en vigor en su entorno, pueden ser masculinas, femeninas o con mezcla de las dos posibilidades.

Se puede, explica Stoller, ser un hombre más o menos masculino, o viril, y una mujer más o menos femenina: el género no es el sexo. Si el sexo está determinado por la biología (que a veces está confrontado a ambigüedades reales), el género está en función de la cultura a la que se pertenece, puesto que las expresiones de la virilidad y de la feminidad varían de una cultura a otra.

En este contexto, el género está definido como el “sexo social”. Los individuos pueden identificarse más o menos por entero, desde el punto de vista subjetivo, con los cánones de la masculinidad y la feminidad presentes en la sociedad a la cual pertenecen. Así nace el concepto de “identidad de género” que designa la pertenencia subjetiva, vivida, a uno de los dos sexos; o incluso el rechazo de pertenecer a su sexo biológico y, por lo tanto, la voluntad de cambiar de sexo (transexualismo).

Originariamente, los problemas de identidad de género eran considerados como patológicos. Ése era, simplificando un poco, el punto de vista de intelectuales, médicos, psiquiatras de los años 1960.

Pero desde los años 1970, y más todavía desde los años 1990, ese concepto de género fue recuperado por militantes, sobre todo transexuales (la T del acrónimo LGTB), que tienen claro querer reconocer su vivencia como fundadora de una identidad específica, que pide ser reconocida. El transexual “clásico” era alguien que deseaba pertenecer al otro sexo. Los progresos de la medicina (endocrinología y cirugía) dieron la posibilidad de satisfacer (en apariencia) ese deseo, puesto que hoy en día se puede modificar la apariencia exterior genital (pero no, evidentemente, cambiar realmente a alguien de sexo). Desde ahora, la tendencia militante es la de rechazar las operaciones médicas y de reivindicar una identidad transgénero, que existiría por sí misma.

2. Importación del género en las Ciencias Sociales

 

A comienzos de los años 70, la distinción sexo/género pasa del ámbito médico al de las Ciencias Sociales e Históricas. El préstamo a Robert Stoller es explícito en la obra de Ann Oakley, Sexo, género y sociedad (1972), que marca la utilización del género por el feminismo universitario.

Este feminismo universitario corresponde a la época donde el feminismo (de la segunda ola) buscaba una legitimidad académica y científica: aparición en las universidades americanas de departamentos consagrados a los estudios sobre la mujer o estudios sobre feminismo (convertidos hoy en estudios de género) siendo este cambio justificado por la necesidad de estudiar no solo a las mujeres por sí mismas, sino a las mujeres y los hombres, en sus relaciones y diferencias respectivas.

La distinción entre sexo y género, prestada de Stoller, parece entonces perfectamente adaptada para expresar la célebre idea de Simone de Beauvoir, «No se nace mujer: Se llega a serlo», en el momento en el que las feministas americanas redescubren El segundo sexo (publicado en 1949). El sexo, es decir, la naturaleza, la biología, es lo que hace al individuo macho o hembra; el género es la sociedad, es decir, la idea particular que una sociedad se hace de lo que debe ser un hombre o una mujer.

Las Ciencias Sociales de inspiración feminista van así dedicarse a estudiar sistemáticamente la manera en la que las diversas sociedades instituyen, “construyen” la diferencia de los sexos: ¿Cuáles son las expectativas particulares que una sociedad tiene de sus miembros femeninos? ¿Qué tareas se confían a las mujeres? ¿Qué rasgos de temperamento (por retomar un concepto elaborado por la antropóloga Margaret Mead en su trabajo sobre la diferenciación sexual en Oceanía) son considerados como específicamente femeninos, etc.?

Todos estos trabajos (en Historia, Sociología, Antropología) tienen en común subrayar la distancia, la separación, entre la “circunstancia” biológica (el sexo) y el “constructo” social (el género). De ahí un potente efecto de relativización: llevan a no considerar ya como evidente, “natural”, la forma en la que se conciben los roles y los caracteres respectivos de hombres y mujeres. Esta relativización aporta un efecto militante: puesto que el género es contingente, es posible, y generalmente deseable, hacerlo evolucionar, en el sentido de una igualdad más grande entre el hombre y la mujer.

El trabajo de la historiadora feminista americana Joan W. Scott marca un giro en la historia del concepto. En El género: una categoría útil de análisis histórico (1986), enuncia que el género es un “elemento constitutivo de las relaciones sociales fundado sobre las diferencias percibidas entre los sexos». Dicho de otra forma, el género ya no es solamente la faceta social del sexo; es el principio que hace que una organización social dada esté fundada sobre la diferencia de los sexos. Una organización social tiene género en la medida en la que se apoya, implícita o explícitamente, sobre una cierta concepción de la diferencia hombre-mujer.

Joan Scott añade que el género es siempre una manera de “significar las relaciones de poder”. Dicho de otra manera, en buena lógica feminista, sostiene que toda organización social con género se apoya sobre la sujeción de las mujeres a los hombres (es un estereotipo del discurso feminista considerar todo discurso sobre la “complementariedad” viéndolo como una forma de enmascarar la “dominación masculina”).

Este uso del género, preponderante en las Ciencias Sociales, es probablemente el que está hoy más extendido. Es el que legitima sobre todo la voluntad de introducir la “sensibilización del género” en la educación, como medio de luchar contra la desigualdad hombre-mujer.

El dispositivo intelectual puesto en marcha se puede resumir en tres etapas:

a) La diferencia hombre-mujer es, globalmente, una pura construcción social, puramente contingente, es decir, sin fundamento en ninguna circunstancia natural.

b) Tal y como está actualmente construida, la diferencia hombre-mujer es malsana, desigualitaria, injusta, fuente de opresión.

c) En consecuencia, nos sentiremos todos mucho mejor cuando nos hayamos desembarazado de esta diferencia, o por lo menos cuando hayamos radicalmente modificado la manera de concebirla.

3. El género contra el sexo: el momento “postestructuralista”

 

El trabajo de Joan Scott (que habría que completar con muchas otras referencias: Denise Riley, Gayle Rubin, etc.) está entre dos universos: el de las Ciencias Sociales más o menos clásicas, y el de los estudios literarios que, en Estados Unidos, fueron el lugar de elección de la “French theory”, es decir, la importación del pensamiento de autores franceses como Michel Foucault, Jacques Lacan, Jacques Derrida, Louis Althusser, etc., que se agrupan a veces bajo la apelación de “postestructuralismo”.

Aquí, es el nombre de Judith Butler el que se impone como la referencia. Se cita a menudo su nombre como representativo de la ideología de género: pero más bien habría que decir que Judith Butler dedica su energía intelectual no a teorizar sobre el género, sino al contrario, a convertir la teoría en imposible. Su trabajo, dedicado a una obra cuya ambición declarada es sembrar el “desconcierto en el género” es principalmente negativo. El objetivo es hacer tambalearse todas las categorías establecidas, “subvertir” las nociones aparentemente estables como la del sexo o la identidad femenina. Butler es representativa del pensamiento queer: su paradigma en materia de sexo y de sexualidad es el individuo queer, es decir, a veces homosexual, pero mejor todavía el “trans”, cuyos artificios de apariencia y conducta revelan la verdad de toda “identidad” sexual. Una “identidad sexual” sería siempre del orden del juego, de la apariencia: un rol que se tiene con más o menos distancia irónica.

En la fase precedente del discurso sobre el género, la referencia era el dimorfismo sexual: se trataba esencialmente de cuestionar la organización social de las relaciones entre los dos sexos. En la fase postestructuralista, el desafío evoluciona netamente. Ya no se trata de servirse del género para modificar las relaciones entre los sexos, sino más bien de hacer de él el instrumento de una crítica radical del dimorfismo sexual mismo, y de su consecuencia funesta: la “heteronormatividad”, es decir, el “privilegio” socialmente acordado a la heterosexualidad. De ahí las dos direcciones principales del pensamiento queer: la valorización de la homosexualidad como una sexualidad tan legítima como la otra (nada empuja naturalmente a los hombres a amar a las mujeres, y recíprocamente); y, por otra parte, la valorización de las “identidades sexuales” movibles o atípicas; contra la idea de que habría exclusivamente, o incluso principalmente, dos sexos y solamente dos.

Aunque se pueda extraer una tesis de los libros de J. Butler (que no cesan de corregirse y de presentarse como un pensamiento reivindicado como evolución perpetua), quedará como la que dice que “el género precede al sexo”. Que lo precede y lo construye, es decir, que es el discurso (socialmente elaborado) el que hace existir (o que da una apariencia de existencia) al sexo. Al final, la realidad biológica del sexo también debe ser “deconstruida”, es decir, se revela como una simple construcción. Es un nominalismo radical: tenemos la ilusión de una cierta consistencia de los sexos porque hemos escogido reagrupar un cierto número de características físicas en la unidad arbitraria de un sistema biológico; y hemos escogido hacerlo así para hacer posible la servidumbre de una parte de la población en relación a la otra.

Es importante decir que la “deconstrucción” del sexo por Butler es esencialmente retórica, es decir, verbal; que Butler misma estima que la lengua, como reflejo de “intereses” particulares, nos hace trampas dándonos palabras de las que nosotros creemos que designan realidades exteriores a la lengua; y que solo el relativo virtuosismo retórico de Butler puede explicar la fascinación que ejerce en un público predispuesto a adherirse a estas tesis radicales. Butler es notoriamente oscura en sus escritos; es cuestionada, a veces muy violentamente, por feministas apegadas a la seriedad de la investigación y de la reflexión, así como por todas aquéllas que comprenden que el feminismo, en tanto que defensa de las mujeres (sobre todo ahí donde éstas son realmente explotadas y violentadas) es convertido en caduco por una teoría que sostiene que la categoría “mujer” no se corresponde con ninguna entidad real.

El pensamiento queer de Judith Butler no es, ciertamente, todo lo que existe sobre el género: pero está claro que su éxito y el reconocimiento que rodea a Butler y sus discípulos contribuye notablemente a convertir en sospechosa toda utilización del género. Por su cuestionamiento de la biología, la ideología de género pasa por una forma elaborada de oscurantismo, justificando la observación de la filósofa feminista Sylviane Agacinski:

Nos indignamos hoy de ver en Estados Unidos militantes religiosos sostener el dogma creacionista contra las ciencias de la vida, pero no nos sorprende que una teoría de la sexualidad, reducida a la cuestión del placer y de las orientaciones sexuales, haga lo mismo poniendo en sospecha esas mismas ciencias.

Anexo 2: El género, un concepto polimorfo

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Aquellos que reivindican el término del género dicen a menudo: la “ideología de género” no existe, lo que existe son “estudios de género”. Esta declaración es inatacable en la medida en que, en efecto, los estudios de género han conquistado en pocos años su derecho de propio en la mayor parte de las universidades, primero en el mundo anglófono, después en Europa del Norte y, poco a poco, en toda Europa Occidental.

Sin embargo, la declaración oculta totalmente el hecho siguiente: hablar de “estudios de género” deja suponer que el género es un objeto de estudio al mismo nivel que, por ejemplo, los mamíferos marinos, las guerras de religión o el desempleo de masas. Sin embargo, el verdadero problema es que no existe ninguna definición ni siquiera vagamente consensual del género. Ese concepto es hoy utilizado y definido de muchas formas, de tal forma que ya nadie sabe verdaderamente qué es el género. Aparecido en los años 60 en el discurso intelectual, la palabra género no ha parado de cambiar de sentido, sin que las nuevas acepciones sustituyan a las anteriores por entero.

Por ejemplo, uno de los usos corrientes de género, por oposición a sexo, sirve para designar la dimensión cultural, o incluso social, de la diferencia entre sexos: hay dos sexos (biológicos) y también dos géneros (sociales). Nos inspiramos entonces en Simone de Beauvoir para decir: “No se nace mujer, se llega a serlo”. Dicho de otra forma, la biología hace machos y hembras, y es la sociedad la que hace hombres y mujeres, es decir, seres vivos cuya masculinidad o feminidad se expresan según unos códigos propios en cada sociedad. En esta acepción de género, hay dos géneros como hay dos sexos.

Pero otros hablan también hoy de una pluralidad (y no solamente una dualidad) de géneros, para designar las diversas “identidades sexuales” posibles, las cuales estarían formadas por la combinación de rasgos relativos al sexo (masculino, femenino, intersexual o hermafrodita, transexual, etc.) y de rasgos relativos a la sexualidad (heterosexual, homosexual, bisexual, etc.). Se obtiene entonces todo tipo de géneros de forma que, en algunos países, ya se han tomado medidas para reconocer la mayor diversidad posible de géneros.

Otros hablan únicamente de género en singular. Es la tendencia dominante en Ciencias Sociales actualmente, donde se señala al género para designar el sistema que reparte las funciones, las cualidades, las aptitudes en función del sexo: hay género por todas partes y se tiende a realizar una distinción invocando la diferencia hombre-mujer. El género está ahí cuando hay expectativas diferentes según se esté ante un hombre o una mujer, cuando se reserva un trabajo determinado a un hombre, una función determinada a una mujer, etc. Se habla de una práctica, de un “discurso de género” cuando una práctica o un discurso está estructurado, consciente o inconscientemente, por la idea que nos hacemos de la diferencia entre el hombre y la mujer.

¿Un género? ¿Dos géneros? ¿Tres, cinco o veinte géneros? No es una cuestión empírica: ya se ve que la posibilidad de hablar de género, de dos géneros, de una pluralidad potencialmente infinita de géneros está determinada por el concepto que se adopte. Hay entre esos conceptos unas diferencias lógicas (no tienen las mismas propiedades). No son reducibles uno al otro. En el estado actual de la discusión, el término de género está afectado por una ambigüedad insalvable.