Europa, c'est fini! Devolver Europa a los europeos, por Georges Feltin-Tracol


Apostamos porque la decadencia europea aún no ha terminado. La Europa durmiente incluso se ha convertido en la presa soñada de todas las voluntades demográficas, geopolíticas, económicas, culturales y espirituales del mundo. La constatación es aterradora.

Europa sufre, en primer lugar, una colonización de repoblación exótica por el hecho de la inmigración. Nuestros compatriotas no comprenden que ello no deriva solamente de los fenómenos religiosos de islamización de los suburbios… La focalización sobre la islamización del continente, consecuencia inmediata de la inmigración, no debe ocultar las deletéreas maniobras de Washington que, por la intermediación de organizaciones sectarias evangélicas neoprotestantes, sueña con transformar Europa en otra América, incluso en un Brasil más septentrional. 

La inmigración es, al mismo tiempo, un arma económica (bajada de salarios) y geopolítica (constitución de diásporas organizadas y reivindicativas). La Gran Sustitución, según la excelente fórmula del escritor Renaud Camus, no es sólo demográfica; es también de orden espiritual, con una proliferación de mezquitas y megaiglesias. Los padrinos de la ideología inmigracionista son los mundialistas, los etnomasoquistas y los “banksters” financieros. Su insidioso trabajo se beneficia de una inquietante “huelga de cuna” que expresa un colapso demográfico sin precedentes, a menos que nos remontemos a la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) que devastó el mundo germánico. La ausencia de una fuerte natalidad no es, en sí misma, una calamidad, si seguimos las reflexiones del pensador tradicionalista radical Julius Evola o del ecologista decrecentista Pentti Linkola. Sin embargo, la no renovación natural de la población alboeuropea añadida a la “peste blanca” (expresión del historiador Pierre Chaunu para evocar el envejecimiento de la población) excitan el deseo de apropiación de los recursos naturales, las tierras fértiles y las riquezas hidrográficas por parte de los pueblos jóvenes envidiosos y revanchistas por su pasado colonial. Pero no acusamos a estos pueblos ávidos de querer continuar la historia, cuando la mayoría de los europeos desean, por el contrario, salir de la misma para consumir con total tranquilidad.

Podríamos imaginar que la construcción europea inaugura una “fortaleza continental”, un estallido vitalista frente al declive, una necesidad de renovar la política. Es forzoso constatar que el proyecto de unión continental excluye conscientemente cualquier gran proyecto geopolítico y militar por miedo a redescubrir la guerra. La politogénesis europea podría invocar el patrocinio, si no de Ares, al menos sí el de Atenea, Apolo o Zeus. En realidad, ¡es bajo la protección de Hermes, dios del comercio y de los ladrones, que Europa se ha colocado!

Desde el terrible fracaso de la CED (Comunidad europea de defensa) en 1954 y la imposibilidad de formar un estado-mayor europeo a causa del veto británico, la Unión europea se concentra sobre lo accesorio y olvida lo esencial. Así, la Comisión bruselense exige que los preservativos tengan una longitud y una anchura máximas. La fabricación de bombillas está sometida a una reglamentación que ocupa catorce páginas. El pepino debe tener un arco de curvatura que no exceda de tal o cual medida. Más todavía, los puerros deben ser blancos (prueba evidente de racismo, ¿o no?) o blanco verdoso en menos de un tercio de su longitud total... En fin, sabed, que los frijoles, la coliflor y los melones dependen de treinta y seis diferentes reglas comunitarias ¡Nos estremecemos sólo de pensar que Bruselas llegue a ocuparse de la Gran Política!

No acusamos, sin embargo, a la Unión europea de todos los males. Por ignorancia o desconocimiento, se nos olvida el papel determinante del Tribunal europeo de derechos humanos con sede en Estrasburgo que restringe la libertad de expresión. Mencionemos, así, la funesta acción de la OMC (Organización mundial del comercio), que exige el librecambio más mortal para todas las economías del globo.

Además, no debe imputarse a la inmigración la responsabilidad unilateral de la decadencia demográfica europea. Resulta sobre todo del innegable triunfo sobre nuestras mentalidades de la ideología liberal-libertaria. Querer combatirla implica un rechazo completo y consecuente de toda forma de liberalismo, ya sea económico, social, individual, religioso, cultural o político. El fin del comunismo tuvo el inmenso mérito de iluminar la maldad intrínseca de la doctrina liberal.

En un notable ensayo, La gran separación. Por una ecología de las civilizaciones, Hervé Juvin explica que «la libertad de movimiento de las poblaciones es el detonante de todos los liberalismos. Puede llevar en su dinámica todas las mutualizaciones, todas las socializaciones, y no es la menor de las paradojas ver a las bellas almas de izquierda entregarse sin sospechar del monstruo que alimentan y que les devora». Matriz del inmigracionismo, el liberalismo también ha suscitado esa otra ideología categorial que es el feminismo.

Desde la década de los años 60, esta opinión perversa y demente socava todos los fundamentos de la sociedad europea y sueña con terminar definitivamente con un mítico patriarcado. Ciertamente, algunos combates feministas fueron honorables y justificados (la igualdad salarial, por ejemplo), pero hemos llegado hoy a un punto de no-retorno con un rigorismo feminista con las proposiciones más extravagantes. Las feministas histéricas (valga la redundancia) quieren prohibir las bofetadas y los azotes que los padres dan a sus hijos. Otras reclaman la despenalización de la toxicomanía y exigen, por el contrario, la penalización de los clientes de los prostíbulos. El feminismo, aborto del liberalismo y del espíritu del 68, es un materialismo hostil a los mandamientos de la naturaleza. «La lógica puramente materialista de la paridad ha triunfado, deploraba Dominique Venner en su Historia y tradición de los europeos. Insertar una especie de pene masculino en una anatomía femenina resume la ambición y el impasse del feminismo. Su horizonte no es el femenino, sino el masculino. Su objetivo último es hacer de la mujer una copia del varón, adoptando el estilo y los valores masculinos, negando, por tanto, los valores de la feminidad».

Las más extremistas de las feministas vuelven sobre esta finalidad e instan al hombre a abandonar sus valores masculinos, sinónimo de conflictos y masacres, para adoptar sus valores femeninos. La publicidad desarrolla fácilmente la imagen del “metrosexual”, ese tipo que no es ni una cosa ni otra... sino todo lo contrario. Así vemos la calamitosa teoría de género (gender) y esa proposición grotesca de la ley sueca que obliga a los hombres a miccionar sentados… ¡Atención, el “imperio del bien” pronto colocará al Big Brother sobre el asiento de los inodoros!

El feminismo no es más que una faceta de la empresa de disolución de nuestras ordenadas sociedades. Paralelamente, se afirma el sinfronterismo. Hervé Juvin lo define como la «coexistencia de todos los hombres sin otra separación que el planeta; identidad de todos los hombres llamados a obedecer las mismas leyes, a adoptar costumbres compatibles y valores conformes», incluido el multiculturalismo.

Emanación de una política masiva de inmigración, el multiculturalismo está mal denominado, porque para las múltiples culturas que supuestamente aportan una diversidad enriquecedora, este multirracialismo o multietnismo no es, de hecho, más que un “monoteísmo de mercado” (Roger Garaudy), una hipertrofia del “haber” sobre el “ser”. Lejos de garantizar la perennidad de las culturas y de los pueblos, Juvin previene que «el sinfronterismo es la vía de la destrucción de la diversidad humana». Esta erradicación corresponde a los criterios fundadores de la sociedad abierta.

Defendida por el multimillonario George Soros, principal contribuyente de la Open Society Foundation, la sociedad abierta se edifica sobre la neutralización de lo político, la valorización del individualismo y la primacía de lo económico. Estos tres puntos conciernen a una construcción europea desviada, desde su origen, por las intenciones de sus padres fundadores: Jean Monnet, Conrad Adenauer, Robert Schuman, Alcide De Gasperi. Para estos “europeístas”, la unidad europea no es un objetivo en sí mismo, es un amplio mercado liberal y tecnocrático en el que la administración de las cosas sustituye al gobierno de los hombres. Es también una de las últimas etapas antes del advenimiento de un conjunto occidental transatlántico o del establecimiento de un Estado universal. Pero «la utopía de un gobierno mundial, señala Hervé Juvin, es la tentativa de una dictadura mundial. La sociedad abierta es nuestro peor enemigo desde el momento en que dice que todos somos los mismos».

Sometida al feminismo, al multiculturalismo y al economicismo, la actual Unión europea de los tratados de Maastricht, Ámsterdam, Niza y Lisboa, sigue siendo el mejor ejemplo de esta sociedad abierta en la cual todas las diferencias culturales, lingüísticas, sexuales, religiosas y étnicas, son borradas por las diferencias construidas por el dinero. Estimamos que «el multiculturalismo pretende enriquecer las culturas y los pueblos mezclándolos, removiéndolos, mixtificándolos, señala Hervé Juvin; debilitarlos, reducirlos al espectáculo y al comercio de la baratija».

Los europeos, finalmente, están descubriendo las pesadas molestias de la sociedad abierta, entre las que se encuentra la abolición programada de las fronteras. Por supuesto, «es demasiado pronto, explica Juvin, para concluir que el espacio Schengen siga vivo, pero está claro que la Unión europea deberá tratar la cuestión de sus fronteras exteriores, a falta de ver un movimiento de restablecimiento de las fronteras nacionales convertirse en un fenómeno irresistible, como respuesta evidente al aumento de la violencia social desencadenada por la competencia de todos contra todos». Como indica Hervé Juvin, «la sociedad abierta es, primeramente, el crimen organizado, las mafias financieras y económicas, y no es casualidad si algunos financieros (de actividades criminales) contribuyen en la promoción, a través de think-tanks y fundaciones, incluidas las ONGs, que son objeto de una sorprendente tolerancia en el seno de la Unión europea y de una también sorprendente promoción por parte de las Naciones Unidas». Frente a la sociedad abierta, preferimos sin complejos la sociedad cerrada, la cual confiere al Estado una soberanía incontestable. 

El gran jurista y geopolitólogo alemán Carl Schmitt consideraba que la política se basa, en gran medida, en la designación del enemigo. «Los europeos no sólo son víctimas de las convulsiones introducidas por el nihilismo y la “revolución permanente” de la sociedad liberal, observaba Dominique Venner. Los desplazamientos de fuerzas que siguieron a las dos guerras mundiales han hecho que Europa sufra con complacencia la dominación intelectual de una potencia mundial que se ve como la anti-Europa». El principal enemigo del destino europeo, por lo tanto, son los Estados Unidos de América, ese símbolo perfecto de la modernidad, el progreso y el mestizaje. Feminismo, multiculturalismo, inmigracionismo, economicismo, sociedad abierta, son las excrecencias peligrosas del modelo yanqui de colonización mental.

Los Estados Unidos encarnan un inmenso peligro para los europeos precisamente en razón de una innegable proximidad antropológica. «Los norteamericanos, escribía Pierre Drieu La Rochelle en La juventud europea, no son sino los peores europeos que cambiaron de continente para disfrutar más fácilmente de su juego de brutos captados por lo abstracto. Los europeos los envidian y no sueñan más que con parecerse a ellos».  Dejemos de querer imitarles y reanudemos la búsqueda de nuestra europeidad. Esta América cada vez menos europea y cada vez más “mezclada”, actúa frecuentemente como vanguardia del mundialismo bajo el falaz pretexto de acciones humanitarias y caritativas, porque «la humanidad es la máscara del interés nacional americano, igual que es la máscara también de la revolución del capitalismo convertido en planetario», constata Hervé Juvin. Lo implícito fundamentalmente de la sociedad abierta, tal y como ella es vehiculada por la industria del descerebramiento hollywoodiense, es la de preservar «la sociedad multicultural (que) es una sociedad violenta, violenta de represión, violenta de censura y prohibiciones, violenta de desposesión y desnaturalización». 

Por su impotencia, Europa parece acabada. El aumento de una fuerte corriente euroescéptica es un signo que no engaña. ¡Los eurócratas han fallado! Asistimos al fin de un mundo, el del Occidente globalizado. La Unión europea ya no tiene ese atractivo de esperanza y el presidente norteamericano ya no es el más poderoso del mundo… ¡es Vladimir Putin! Juvin afirma: «Lo fluido, lo líquido, lo edulcorado, debe llegar a todas partes; y he aquí que nosotros volvemos a encontrar lo duro, lo rugoso, lo cerrado. Aquellos que soñaron con ser ciudadanos del mundo, nómadas de los negocios, se frotan los ojos». Los dirigentes europeos no están a la altura de los desafíos. Los políticos europeos son personajes insignificantes. Pocos escapan a esta insignificancia. Los gobiernos de Europa no tienen hombres de Estado dignos de ese nombre, al margen, por supuesto, de Putin o de Orbán. Y no hablemos ya de la situación al otro lado del Atlántico, mil veces más angustiante. He aquí el porqué de «la vieja tierra habitada por lo trágico, los muertos y la memoria, señala Guillaume Faye en Las nuevas claves ideológicas. Europa, paradójicamente, tiene más posibilidades de sobrevivir que esa sociedad americano-occidental habitada por el ateísmo (maquillado bajo la máscara prosaica de la falsa religión de los derechos humanos) y por la juvenilidad optimista y radicalmente efímera de la civilización tecnológica». Es ahora evidente que «los próximos años van a estar marcados por la cuestión de la identidad, o mejor dicho, de las identidades».