Vox o el fin del modelo español, por Éric Zemmour


España era la última en resistirse. En nombre de Europa, del humanismo, del traumatismo franquista. La última en no tener diputados de “extrema derecha” o “nacional-populistas” en el Parlamento. La última en servir de “barrera”. La última en experimentar una alternancia del viejo mundo entre socialdemócratas y cristianodemócratas. Incluso Alemania había cedido. 

Desde las últimas elecciones legislativas, España ya no podrá presumir de su “excepción ibérica”. El partido Vox ha experimentado un notable avance (consiguiendo 24 diputados de un golpe) en una batalla electoral en la que los escaños eran muy caros en votos y donde la participación ha sido bastante alta (76%).

Las razones de semejante avance son de una banalidad previsible: en primer lugar, y sobre todo, la inmigración y el islam. Como en Alemania con la AfD, como en Italia con la Liga, como en Francia con el Front National. Sólo quedan los ciegos que continúan no viendo lo que todos ven y, sobre todo, sin decir lo que ven, según la célebre fórmula de Charles Péguy. 

Durante mucho tiempo, España se resistía porque su situación era atípica. Los inmigrantes no permanecían mucho en España, salvo en Cataluña, a causa de los bajos salarios y las bajas prestaciones. El país quería ser el mejor adepto de Europa, el alumno aventajado de Bruselas y los jueces europeos. El mejor apoyo de Alemania, también. Cuando la Italia de Salvini cerró sus puertos a los migrantes, España abrió los suyos. Durante cuarenta años, la era postfranquista se había contaminado de antipatriotismo. Medios de comunicación, universidades, escuelas, desarrollaban un discurso militante de “autoodio”. Todo era triturado: la Reconquista, los Reyes Católicos, el descubrimiento y colonización de América, el Imperio de Carlos V… Incluso la tauromaquia. El feminismo, dominado por el lobby LGBT, atacaba y ridiculizaba el “machismo” nacional. Cataluña intentaba secesionarse. Se prohibía la lengua castellana. Y hacían venir en masa a trabajadores marroquíes para mejor “desespañolizar” la “nación”. En este contexto de "suicidio" nacional, buscado por la extrema izquierda de lo políticamente correcto, la crisis de 2008 agravó aún más la situación. El modelo económico, basado en la especulación inmobiliaria, se derrumbó. Los españoles, por su parte, sufrieron una real austeridad con bajadas de salarios de hasta el 25%.

Por lo tanto, la revuelta vino de la extrema izquierda con Podemos. El famoso populismo de izquierda tan admirado por Jean-Luc Mélenchon e incluso por las grandes mentes como Jean-Claude Michéa. Un populismo que se limitaba a la lucha de los de abajo contra los de arriba. Del pueblo contra las élites. Pero ¿qué pueblo? La pregunta no tardó en plantearse. Esta es la cuestión que establece el límite del populismo de izquierda. La cuestión identitaria. La cuestión que devuelve automática y naturalmente a los pretendidos populistas al redil de la izquierda tradicional. 

Entonces, los líderes de Vox plantearon la cuestión del pueblo. La cuestión del islam y de esos militantes islamistas que quieren reconquistar Andalucía a través del “vientre de sus mujeres”. Y todas las cuestiones adyacentes, las del feminismo, la familia, la demografía, que también se derrumba en España, del lugar de los hombres en la sociedad... Las tradiciones, la historia, la nación. Cuestiones que provocan enfado. Y no dejan de enojar. Fuente: Le Figaro Magazine