Rusia, tierra prometida de la derecha radical, por Nicolas Lebourg


En Francia, la orientación hacia el Este afecta al conjunto de formaciones de la derecha radical, históricamente fragmentada, pero dominada desde hace más de treinta años por el Front National (hoy Rassemblement National). 

El primer viaje del presidente francés, Emmanuel Macron, a Rusia, nos recordaba la realidad de una estrategia de influencia rusa que, durante la campaña presidencial francesa de 2017, pareció jugar ampliamente la carta de la derecha radical.

Este movimiento es presentado, con frecuencia, como una ruptura en la historia de las extremas derechas. El estudio “Las extremas derechas francesas en el campo magnético de Rusia” demuestra que esta situación no es coyuntural sino estructural.

Rusia sin los soviets
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Bastante antes de la rusofilia del FN, encontramos esta tendencia en diversos militantes posteriores a la Segunda guerra mundial (con la constitución del Movimiento Social europeo, el Nuevo Orden Europeo o Joven Europa), en una ideología dirigida a superar los antagonismos entre europeos y a beneficiar una construcción continental. La mayoría de estos movimientos retomaban la expresión de “nacionalismo europeo” para calificar su ideología.

El desarrollo del antisionismo en la antigua Unión soviética después del affaire del complot de las “batas blancas” en 1953, convenció a estos jóvenes militantes de que Rusia podía proteger a Europa del “imperialismo americano-sionista” que quería establecer una gobernanza global en el mundo. Esta tendencia favorable a la Rusia soviética y socialista era comprendida, frecuentemente, como una evolución de la extrema derecha, que se estaría “izquierdizando”, de lo cual se extraía también la consecuencia de una fidelidad a los dogmas de la derecha radical respecto a un mundo organizado en grandes conjuntos etnoculturales. Fue una evolución análoga a la asumida por los radicales que se apasionaron por Rusia, una vez que la hipótesis comunista languideció tras la caída del Muro de Berlín.

Es cierto que el mito mantenido por algunas figuras de la extrema derecha, en cuanto a sus anteriores compromisos con la izquierda, contribuyó a esta ilusión: François Duprat cofundador del FN y su presunto pasado trotskista, Alain Soral con su hipertrofiada aventura en el Partido comunista francés, etc.

En las aproximaciones Este-Oeste de los radicales durante la dislocación de la Unión soviética, una parte de la intelligentsia francesa imaginaba ver el desarrollo de un “complot rojipardo”. Esta denominación nació en Rusia en 1992 para fustigar al Frente de Salvación Nacional, que reagrupaba a la extrema derecha populista y a los conservadores comunistas. En Francia y en otros países sólo fue una fantasía.

Se trataba, más que nada, del magnetismo de una ideología neoeurasista que proponía una nueva construcción orgánica de sociedades etnoculturales de Islandia al Pacífico. Construir una unidad política de Reikiavik a Vladivostok” formaba parte de ciertas y minoritarias utopías de la derecha radical europea, pero existente desde hace mucho tiempo. En aquel momento, era lógico y racional que sus partidarios esperasen que el fin de la Unión soviética pudiera abrir el camino en este sentido. Este neoeurasismo llevó a ciertas organizaciones a apoyar a los rusófonos en la guerra desatada en Ucrania, mientras otros, como el Grupo Unión Defensa, era una de las raras organizaciones en apoyar el bando ucraniano. El FN, por ejemplo, llegó a romper relaciones con el partido homólogo ucraniano.

En general, el apoyo a Rusia atraviesa el conjunto de estas corrientes de la derecha radical, como es el caso de la organización Igualdad & Reconciliación, el movimiento antisionista radical de Alain Soral. Además, después de que Alain Soral rompiera con el FN en 2009, su grupo efectuó como primera acción independiente una manifestación pro-Putin.  

La Liga de Defensa Judía y Alain Soral ven en Vladimir Putin a un aliado estratégico. Esta tendencia sólo es aparentemente contradictoria, porque el conjunto de esta dinámica se basa en el deseo de refundar el orden mundial creando un mundo multipolar y de naciones soberanas, una sociedad menos multicultural y posmoderna, así como una estructura económica menos dictada por el juego de los mercados. Son ideas que alcanzan el corazón ideológico común de estas extremas derechas.

Rusia, muralla contra el multiculturalismo
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A la transnacionalización del mundo que rechazan, la extrema derecha opone entonces una transnacionalización de la política. Después de la Segunda guerra mundial, pero sobre todo después de la guerra en la ex-Yugoslavia, las extremas derechas europeas, que antes se organizaban en el marco del espacio transatlántico, ahora desplazan su horizonte hacia Moscú. En particular, tras la guerra de Kosovo en 1999, las extremas derechas incorporaron el argumentario que hace del islamismo el medio de un complot de los Estados Unidos para asegurar su dominación.

Este fenómeno se amplificó por la escisión del FN: los militantes radicales introdujeron en la extrema derecha el discurso serbio sobre el totalitarismo islamista al asalto de Europa para justificar su escisión del FN, el cual no vería que existe una continuidad entre la “delincuencia y el terrorismo árabe” y la “amenaza iraní”. Éste es un momento esencial para comprender la tendencia favorable de Francia por Rusia, concebida ésta como la única potencia apta para establecer una muralla, a la vez, contra la globalización unipolar bajo el dominio norteamericano y contra el islamismo.

Un fenómeno de futuro
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En este asunto, Marine Le Pen ha jugado un rol importante. Sus propias concepciones geopolíticas deben mucho, en su origen, a una de sus antiguas plumas preferidas, el militante eurasista Emmanuel Leroy, hoy implicado personal y políticamente en Donbass y en Modavia, a través de su asociación humanitaria, la organización de coloquios, etc. Este apoyo a Rusia en su política ucraniana también contaba con la esperanza en términos de ayudas políticas y financieras, como fue el caso, no demostrado, de que el FN había recibido un préstamo ruso de 11 millones de euros.

En definitiva, no cabe ninguna duda de que el modelo de “democracia iliberal” que gana terreno en los países del Este, e instalado ya en la Rusia de Putin, es el modelo que persigue instaurar el FN en Francia, es decir, la posibilidad de una gobernanza de tipo más autoritario y menos liberal con su mirada puesta en el Este de Europa. Esta polarización no es coyuntural. La fase actual de redistribución en el seno de las derechas radicales, con la primacía de un partido hegemónico como es el FN, no es ajena a todo tipo de transferencias e interacciones en este espacio político-ideológico. ■Fuente: The Conversation