Al encuentro de los «conservadores de izquierda». ¡Adiós al progresismo!, por Alain de Benoist (y III)


El izquierdismo al rescate del capitalismo
______________________________________

Y así llegamos a la situación actual, donde la Forma-Capital ha logrado “liberalizar” íntegramente la cultura, así como las costumbres familiares y sexuales, para gran placer de una izquierda que ha sustituido el deseo de revolución por la revolución del deseo, comenzando por el deseo de dinero. “La nueva izquierda ha continuado promoviendo la transgresión de las costumbres derivadas de la sociedad disciplinaria, y también ha contribuido a la legitimación del capitalismo neoliberal”, observa Maxime Ouellet. La izquierda, en efecto, se reúne con el liberalismo en la medida en que se adhiere ahora a una concepción de la libertad que se resume en el deseo individual, en el lenguaje de los derechos, en la desvinculación social. No valoriza más que una libertad abstracta y desarraigada, que va pareja con el individualismo y el “sinfronterismo”, lo cual implica la supresión de todo aquello que pudiera limitarla haciéndola depender de un contexto sociohistórico preciso, objetivo que se corresponde exactamente con la lógica del sistema capitalista. 

Haciendo de la fluidez de las identidades (en particular las que no habían sido reconocidas por el compromiso fordista, se trate de mujeres, de minorías étnicas o de formas de vida “alternativas”) la condición indispensable de la emancipación, sustituyendo las luchas sociales por las luchas identitarias por el reconocimiento de aquellas nuevas identidades, abogando por el desarraigo, la deconstrucción de las costumbres y las formas de vida tradicionales, defendiendo un modelo de “sociedad abierta” que legitima el advenimiento de un mundo unificado de portadores de derechos y de individuos solubles en el mercado, la izquierda moderna y postmoderna llega al encuentro de la Forma-Capital, en la medida en que “los valores que están asociados a la ideología de la red ‒fluidez, flexibilidad, ausencia de relaciones duraderas‒ son, precisamente, las que son preconizadas en la configuración actual del capitalismo”.

Por lo tanto, los “conservadores de izquierda” están legitimados para sostener que el antitradicionalismo de izquierdas impide formular una crítica rigurosa de la dinámica destructora del capitalismo, en la medida en que esta dinámica destruye, sobre todo, las estructuras tradicionales de la vida. Proponiendo la transgresión de todos los límites, la reivindicación sin fin de los derechos privados y la “lucha-contra-todas-las-discriminaciones”, el progresismo societal y cultural, vehiculado especialmente por los lobbies feministas y antirracistas, le hace el juego al capitalismo mundializado.

La izquierda se encuentra así en un callejón sin salida. Habiendo renunciado a su inspiración y su proyecto original, fantaseando ahora sobre la adición de “singularidades emancipadas” en una universalidad puramente abstracta, oculta la cuestión de la justicia social en beneficio de las luchas por el “reconocimiento” de la “diversidad” y las “identidades múltiples”, como si las desigualdades fundamentales no resultaran, en primer lugar, del liberalismo y del capitalismo, como si la “lucha-contra-todas-las-discriminaciones” pudiera servir como sustituto del anticapitalismo. No teniendo ya la voluntad ni los medios intelectuales para analizar la esencia de las relaciones sociales, la izquierda ha quedado al albur de los poderes del mercado.

En cuanto a la izquierda que se opone a estas derivas “culturales” y a este nominalismo postmoderno, se reduce, frecuentemente, a un marxismo vulgar, una especie de “altercapitalismo” que privilegia la lucha de clases o el modelo keynesiano, pero siempre negando totalmente la cuestión de la identidad ‒enfoque que, finalmente, es escasamente diferente al que consiste en apelar al “buen capitalismo” (re)territorializado o a la “economía real” contra la “economía de casino”.

Vínculos que obstaculizan los vínculos liberadores
______________________________________

Oponerse a la lógica de la ilimitación inherente al Capital (el beneficio no es posible más que en un régimen de acumulación que nunca se detiene) implica, mayormente, restaurar un sentido del límite ‒lo que nos lleva a las aspiraciones ecologistas y a la teoría del decrecimiento. Esto implica también rechazar el modelo de mundialización que domina actualmente. “El internacionalismo, hoy, se ha convertido en individualismo cosmopolita, remarcan Martin y Ouellet, mientras que el socialismo significa la posibilidad para cada cual de pertenecer a una comunidad política y a una comunidad de sentido por encima de la abstracción universalista y desarraigada del valor mercantil”. La oposición a la mundialización se legitima porque, favoreciendo la expansión de la forma mercantil al conjunto de las relaciones sociales a escala planetaria, instituyendo al capital como único sujeto histórico y al valor como norma universal de regulación de las prácticas sociales, también generaliza la destrucción de las formas sociohistóricas, culturales, institucionales y simbólicas de la existencia común. Desde el momento en que la mundialización se identifica con un universal abstracto que niega la humanidad, esta última debe, a su vez, negar esta negación para afirmarse como libertad. 

La rehabilitación “conservadora” de los valores y tradiciones populares precapitalistas es, en esta óptica, perfectamente legítima, a condición de que se realice sin idealización ni nostalgia. No se trata de proponer un retorno al pasado, lo que sería imposible (nadie aceptaría, además, vivir en las condiciones que vivían los campesinos en el Antiguo Régimen), sino un recurso, lo que implica llevar sobre él una mirada crítica, selectiva, o más exactamente, dialéctica, a fin de identificar lo que en él hay de “efectivo” (wirklich), como habría dicho Hegel. Karel Kosik no se equivocaba al hablar de “dialéctica de lo concreto”. 

George Orwell creía que la sociedad no debía construirse desde arriba, sino sobre bases democráticas, a partir de un cierto fondo antropológico común, de un sentido común, de una sensibilidad común cimentada por la “decencia ordinaria” de las capas populares. El comunismo, en el mejor sentido del término, supone que el bien común sea considerado como el bien más precioso y que la sociedad se conciba como una comunidad que se autogobierna. Luchar contra la empresa del capital exige lo común, lo colectivo, las solidaridades locales, los vínculos orgánicos y las soberanías reconquistadas frente al mundo de la reproducción económica. El rol de la política es, en sí mismo, producir lo común. Pero, “para que haya algo común, debe existir una proximidad cultural, y no sólo de principio o institucional” (Laurent Bouvet). Lo común no excluye el desacuerdo (sin el cual no habría vida política), pero exige valores compartidos. No podemos promover el “vivir-en-común” (vivir en el multiculturalismo) cuestionándolo y generalizando la desconfianza, la hostilidad recíproca o la desarticulación social. El vínculo es lo que une, pero también lo que reúne. Hay vínculos que traban y aprisionan, pero hay otros que liberan. Hay que encontrar los “vínculos que liberan”.

Frente al arrasamiento del mundo por el valor, frente al despliegue planetario de la Forma-Capital, los discursos que se limitan a reclamar una redistribución más igualitaria de las riquezas son tan inoperantes como las teorías de John Rawls (cuya teoría de la justicia no es más que una reformulación socialdemócrata de la teoría neoliberal de las elecciones u opciones sociales), de Hardt y Negri (el recurso a las “multitudes” sin ninguna mediación institucional), de Gilles Deleuze (la emancipación de las “singularidades productivas”) o de Michel Foucault. 

Liberarse del capitalismo no es sustituir a la burguesía por el proletariado, en una perspectiva de simple lucha de clases, permitiendo a este último apropiarse de los medios de producción, ni limitarse a denunciar las “indecentes riquezas” o las prácticas  "riqueza indecente" o las malvadas prácticas de los “banqueros” y de los villanos “especuladores”, cuando no las “fortunas anónimas y vagabundas” de un chivo expiatorio (como los “Rothschild”); se trata de liberarse de las prácticas constitutivas de las formas fetichizadas de subjetividad inducidas por la mediación del dinero. No se trata de liberar el trabajo, sino liberarse del trabajo en tanto que forma de organización de la relación social. No se trata de buscar el “crecimiento para todos”, sino de terminar con la ideología del crecimiento. “Emancipar la sociedad del capitalismo significa salir de la ontología del trabajo y del valor que conduce a los individuos a una guerra de todos contra todos y los somete a la dominación despersonalizada del cálculo interesado”. Los “conservadores de izquierda” pueden ayudarnos.  Fuente: Éléments pour la civilisation européenne