La inmigración, oportunidad para el populismo, por Élisabeth Lévy


Élisabeth Lévy, escritora y periodista, directora de redacción de la revista francesa Causeur, nos ofrece una reflexión sobre la impostura de la inmigración, que no favorece ni a las poblaciones de acogida ni a las poblaciones inmigrantes, sino a los lobbies migratorios y, curiosamente, a los populismos que ven en este hecho una oportunidad política.

La doxa immigracionista reúne tres principios contradictorios: no hay problema migratorio, no se puede hacer nada contra él, es una maravillosa revolución. Pretendiendo imponer a los pueblos europeos un deber de acogida sin contrapartida alguna, el lobby inmigracionista le hace la cama a los populismos que dice combatir.

Hay que darle las gracias a Philippe Martinez. En una tribuna publicada en Le Monde, el secretario general de la CGT se alineaba con los principales tópicos disponibles sobre la inmigración: «El hecho migratorio es un fenómeno inevitable, estable y continuo en la historia de la humanidad». Y prosigue: «Pretender que se puede detener o controlar los movimientos migratorios es un engaño político y una postura ideológica. Los más altos muros no impedirán jamás que las personas huyan de los peligros para su vida, de la guerra, de la miseria económica o de las persecuciones». ¡Aceptadlo, no hay nada que hacer! Por lo demás, él se vanagloria de que la coexistencia cultural es un enriquecimiento, incluso un encantamiento. Decir otra cosa sería recurrir a las «viejas recetas de la extrema derecha». Primero, no hay problema migratorio, segundo, no puede hacerse nada, tercero, la inmigración es una maravillosa revolución: este enunciado en tres tiempos, que evoca furiosamente a Freud, prohíbe, por supuesto, que la cuestión sea examinada rigurosamente. Claramente, se demanda a los pueblos de Europa que no vean lo que pasa ante sus ojos, incluso exigiéndoles que lo acepten e incluso que aplaudan. Y Martinez concluye con la inevitable llamada a nuestro buen corazón: nosotros debemos, escribe, «acoger humana y dignamente a aquellos que huyen de su país. Esto se llama fraternidad». Qué pena que la fraternidad no valga para aquellos que tienen el sentimiento de convertirse en extranjeros en su propio país, a quienes se les prohíbe pronunciar su frustración y su inquietud.

Inútil intentar hacer entender a nuestro fogoso sindicalista que una nación soberana deber tener el derecho de elegir a quién acoge sobre su suelo. En revancha, se podría exigir también que un presunto defensor de los trabajadores sea un poco más cauto sobre el flujo de solicitantes de asilo que, una vez aceptados, irán a engrosar las filas de los clandestinos, provocando la bajada de los salarios en los empleos poco cualificados.  Martinez se debió perder el curso del marxismo sobre el ejército de reserva del capitalismo. Pero él tiene la solución: regularización general. «Sería suficiente, escribe, darles a todos los mismos derechos que a los trabajadores franceses» Esto se da por supuesto. Pero debería hablar de ello con sus colegas de la patronal francesa, que son también muy favorables a la apertura de las fronteras a los inmigrantes.

Generosidad contra egoísmo, el mundo de Martinez es simple. Es la versión simplificada y tornasolada de Emmanuel Macron campando en una Europa dividida entre las naciones progresistas y acogedoras y las naciones populistas y egoístas. Lo cual no resiste a ningún análisis. La inmigración no divide a Europa en dos bloques, lo que se opone es una gran parte de las élites a una gran parte de los pueblos que, según los sondeos, afirman constantemente que ellos quieren detener los flujos migratorios. Entendámoslo: cualquier lector entenderá que Europa no puede asegurar a todos los candidatos una vida mejor, ni devolver a todos aquellos que rechaza acoger legalmente. Luchar contra los flujos migratorios no significa odiar a los inmigrados, ni abandonarlos a su suerte cuando su vida se encuentra amenazada. Pero ello impone, en ocasiones, reducir la tendencia.

El deber de humanidad no puede ser ilimitado. Cuando se le dice al lector que sus demandas no sólo son irrealistas, sino moralmente escandalosas, y que, de todas formas, el futuro de su país será multicultural, le plazca o no, seguramente se sentirán desposeídos de sus más elementales derechos como ciudadanos. ¿En qué momento aceptarán los franceses que la cultura francesa no tiene derechos particulares en su propio país? Que cuestiones tan fundamentales, tan determinantes, como la inmigración y la integración escapen, desde hace tantos años, a la deliberación ciudadana, debería inquietar a los contempladores de nuestra apatía democrática. ¿Hay que cambiar al pueblo? Se dirá que los franceses, finalmente, no han votado mayoritariamente por Marine Le Pen, que prometía atacar frontalmente este problema, Cierto, El momento es muy grave, pero no hasta el punto de jugarse el porvenir de un golpe. ¿Habrá que esperar a que el problema se resuelva por sí mismo? ¿Se encontrará en otro partido el derecho de los franceses a elegir su propio destino? Como lo resume Marcel Gauchet, no es contra el populismo, sino contra las causas del populismo, que hay que luchar. La continuación de una inmigración que no logra controlarse ni integrarse es una de las principales.

Convendría volver, punto por punto, sobre la doxa inmigracionista y el chantaje emocional sobre el que se apoya, analizados por Ingrid Riocreux. También hay que detenerse sobre la existencia de lo que puede llamarse un lobby de la inmigración. No se trata de fuerzas oscuras guiadas por sombras pensantes, sino de todo un mundo de asociaciones bienintencionadas cuya razón de existir es la de acoger a todos aquellos que puedan ser considerados migrantes, es decir, a los solicitantes de asilo, a los refugiados, que normalmente llegan a Europa por vía marítima. No se trata de cuestionar la dedicación de estas benévolas personas ‒que Pierre Henry, presidente de “Francia tierra de asilo”, les está agradecido por haber respondido a las cuestiones, que él juzgaba provocadoras, de Daoud Boughezala. Pero es un hecho que las organizaciones, como las especies, trabajan por su propia supervivencia. Desde 2015, estas estructuras subvencionadas por los poderes públicos han reclutado personal, han abierto locales, han creado servicios. Una ralentización de los flujos de inmigrantes no sólo entrañaría el fin de una bella aventura humanitaria, sino también consecuencias mucho más prosaicas como la contratación de personal o el disfrute de un estatuto internacional.

Erwan Seznec ha demostrado que las peregrinaciones del buque Aquarius, abundantemente relatado por los medios, tenía por objetivo menos salvar vidas que culpabilizar a la opinión pública y forzar a los gobiernos a tomar una decisión imposible: o abrís las vuestras puertas, vuestras fronteras y vuestros corazones, o seréis responsables de la muerte por ahogamiento de los niños. Así, existe una estrecha colaboración entre los “organizadores/pasadores” y las ONG, contentándose los primeros en transportar a sus clientes hasta el límite de las aguas internacionales y abandonarlos con un teléfono móvil con el número de SOS-Mediterráneo. De ahí el escándalo que nadie quiere ver: la actividad de las ONG en el Mediterráneo no ha supuesto una reducción en el número de ahogados, sino que se ha visto acompañada de un recrudecimiento notable de estas terribles muertes.

Los gobiernos europeos deberán encontrar un medio de salir de la trampa que se han tendido ellos mismos: concibiéndose como guías supremos del campo progresista, dispuestos a combatir la lepra italo-húngara, se prohíben encarnar una tercera vía entre los partidarios de la apertura integral de las fronteras y el frente del rechazo. Sus ridículas exageraciones sobre la barbarie populista refuerzan su sentimiento de desprecio por el pueblo, lo cual les sitúa automáticamente en el campo del angelismo. Las próximas elecciones europeas les recordarán que los ciudadanos europeos no son ángeles. Fuente: Causeur