El soberanismo populista del Siervo contra el cosmopolitismo liberal del Señor. Entrevista a Diego Fusaro, por Carlos X. Blanco Martín


En primer lugar, profesor Fusaro, muchas gracias en nombre de El Inactual por concederme unos minutos para esta conversación. En esta revista digital prestamos especial interés a los llamados populismos, un movimiento heteróclito que ha surgido últimamente con fuerza en toda Europa, conquistando escaños, cuotas de poder, capacidad numérica y masa crítica suficientes para condicionar gobiernos, legislaciones, agendas políticas. Pero a mí me da la sensación que una definición rigurosa de "populismo" aún no está a nuestro alcance. Parece un término puramente negativo, esto es, da la impresión de que se trata del conjunto de aquellas fuerzas políticas que, de una manera u otra, no son queridas por el Sistema, escrito así, con mayúscula.

El Sistema, o si se quiere, el Orden Mundial Globalista. del cual la Unión europea y todos sus socios forman parte, establece a priori qué partidos –bien a la derecha, bien a la izquierda- deben ser votados por el pueblo. Pero si el pueblo vota fuera de "lo correcto", entonces el voto es "populista". Formalmente (puesto que las democracias europeas son sólo democracias formales) el Sistema se resigna a concederles los escaños o las cuotas de poder que les correspondan, pero a esos "populismos", a cambio, hay que combatirlos con todas las armas (propaganda, falsas noticias, "cordones sanitarios" para su exclusión, criminalización) antes y después del paso del pueblo por las urnas. ¿Qué cree Vd., profesor Fusaro? ¿Comparte esta percepción sobre los populismos?

Por supuesto, comparto su lectura. El hecho de que la lucha de clases exista, en la situación actual, como contraste entre la soberanía populista del Siervo y el cosmopolita libre mercado del Señor, surge claramente si se plantea la siguiente pregunta: ¿cuál es la forma política de oposición a la élite tecnológica liberal que asume el dominado en esta situación?

La "variante populista", como la llamaba Carlo Formenti, es la forma política que asume en esta fase la lucha de clases desde abajo, frente a la forma globalista de la revuelta de las élites cosmopolitas. El populismo y la soberanía popular organizada en torno a la configuración del Estado no deben ser metafísicamente hipostáticos: son la base del choque de clases en el espacio del presente, ya que se presentan como el plan estratégico del choque entre el capital y el trabajo, entre el polo dominante y el polo dominado, entre el liberalismo globalista y la democracia socialista.

En la época del eclipse de la burguesía y el proletariado, ambos redefinidos ahora como una masa inmersa en la nacionalización popular, la dificultad radica, en primer lugar, en la identificación de una subjetividad clara que puede ser impulsora de la emancipación y constituirse en la oposición al globalismo.

De ahí la necesidad de salir de las disensiones fragmentadas que realmente existen y de la multiplicidad de conflictos, choques que se incomunican entre sí, que cruzan febrilmente el plano complejo de la sociedad.

El arduo intento de reconectarlos entre sí deberá completarse para tratar de crear un frente para el agredido que ―en la coordinación de todas las fuerzas que de una u otra manera se han acercado a la insurrección contra el clasismo global― debe saber crear una nueva gramática del conflicto y, con ello, una nueva lucha consciente del Siervo, precarizado como una subjetividad formada en la conciencia y organizado en la política, en la medida suficiente como para reconocerse a sí mismo en una geografía y en una historia.

El populismo ―es cierto― perturba y a menudo va más allá de las fronteras ideológicas tradicionales, pero lo hace para no abandonar, como así sería según el sueño liberal de Thatcher, la categoría de clase, sino para redefinirla más bien en el contexto cambiante y, por lo tanto, para hacerla plenamente operativa en el ámbito del conflicto y sus nuevas carencias. La identidad de la clase fürsich [para sí] se crea hoy principalmente sobre la base de una enemistad inexistente con respecto al capital: su base real no es tanto el hecho de ser conquistado por alguien y a favor de algo, como de situarse en contra, esto es, en oposición incondicional al orden hegemónico.

Por eso es importante trabajar, en primer lugar a nivel teórico, en la maduración de la conciencia de las verdaderas relaciones de poder ―que producen una nueva hegemonía cultural y política― y, en consecuencia, en la organización política del Siervo finalmente consciente de sí mismo, sabedor de su posición y de sus objetivos: que orbitará, en primer lugar, al calor previsible de la creación de un espacio que se verá marcado por las tragedias de la mundialización, en el que se restauren las formas de conflicto de clases biunívocas, del control político de la economía y de las dimensiones más amplias posibles de la democracia.

La lucha vertical desde abajo debe estructurarse como un conflicto de representación. En otras palabras, se debe instituir una nueva fuerza política, capaz de generar, de manera gramsciana, una "conexión sentimental" (Gramsci) con los dominados, interpretando sus necesidades y transformándolas en un proyecto político redentor (salus populi suprema lex esto).

¿Deberíamos entender que esos "populismos" europeos son realmente transversales, ni de izquierdas ni de derechas? ¿Se puede seccionar, en cada país, o en Europa entera, un "populismo de derecha" y un "populismo de izquierda"? ¿Qué fuerzas europeas se ajustarían, en su caso, a esas distinciones?

En primer lugar, como han señalado algunos de sus intérpretes, se parece más a una "mentalidad", es decir, a una forma de pensar más emocional que racional. Además, el populismo carece de textos programáticos fundadores similares al Manifesto marxista-engelsiano y, al mismo tiempo, se revela desprovisto de contenidos unívocos. Además, ha asumido elementos muy dispares, elementos de una naturaleza bastante heterogénea y, a veces, marginalmente distante, desde el populismo ruso hasta el populismo norteamericano, pasando luego por el siglo XX latinoamericano (Perón, Vargas, etc.).

En el marco del nuevo orden mundial turbo-capitalista, la pluralidad fisiológica de las formas y figuras del populismo parece estar, visto el asunto abstractamente, muy aumentada. Junto a los diversos populismos socialistas del área latinoamericana (desde la Bolivia de Morales hasta la Venezuela de Chávez), encontramos los populismos europeos, que son a su vez bastante diversificados y que pueden dividirse en "socialistas" (Mélenchon en Francia, Podemos en España, Movimiento Cinco Estrellas en Italia) y "liberales-conservadores" (Liga en Italia, Rassemblement National en Francia, Vox en España). Hay, de nuevo, populismos americanos, también en este caso diversificados según el enfoque socialista (Bernie Sanders) o liberal-conservador (Donald Trump).

Sobre todo, la llamada "tríada bolivariana" (Bolivia, Ecuador y Venezuela) ha creado un socialismo patriótico, soberano e internacionalista. Ha bloqueado el camino de la globalización del neoliberalismo y ha impulsado el crecimiento de la inversión pública en áreas como la educación, la salud y la infraestructura. También ha ayudado a liberar a millones de ciudadanos de la pobreza y ha mejorado sus condiciones de vida. Ha escapado de la protección mortal del FMI y del consenso de Washington.

En esta realidad del populismo soberano sudamericano, al margen de las diferencias macroscópicas y de las contradicciones nada marginales, la defensa de los derechos sociales frente a la invasión de la lógica liberal ha sido garantizada en clave socialista y patriótica, populista y soberana: se ha luchado contra la apertura cosmopolita y contra su brazo armado, la monarquía del dólar de Washington. Es, de nuevo, reivindicado por la identidad nacional contra la (des)identidad globalista, la primacía del Nomos del político nacional contra la desregulación de la economía sin fronteras, la comunidad arraigada en pie frente al sistema de egoísmos anormales.

Sin tener en cuenta las diferencias decisivas entre las cifras concretas del populismo soberano, se pueden enumerar algunos de los rasgos distintivos del populismo. Existe, en primer lugar, la llamada constante a las oposiciones bipolares y modulares (Nosotros vs. Ellos, Bajo vs. Alto, Periferia vs. Centro), que contrastan con la tradición de conflicto de clases entre el Siervo y el Señor.

El pueblo, pues, no se concibe como un ente natural (según el modo Blut und Boden, que fue, por ejemplo, del nazismo), sino como una construcción política, histórica y social, surgida de la crisis de poder consolidado. No coincide con una jerarquía masificada y sujeta a un líder supremo, sino con una subjetividad y protagonista de su propia historia, que encuentra en el liderazgo carismático un guía entre iguales.

Además, se da una referencia positiva a lo local, pensado en antítesis contra lo cosmopolita y contra lo inauténtico de la homologación planetaria. En su figura más clásica, la antítesis se concibe como el hiato entre lo autónomo-nacional del lugar y la apertura cosmopolita de los flujos.

¿Qué papel juega hoy el marxismo en la crítica o en la conformación de los movimientos llamados "populistas"? A mi juicio, el abandono vergonzante de la tradición intelectual del marxismo, con la consiguiente pérdida de interés en la "cuestión social" (derechos laborales, análisis y crítica de la explotación, lucha por la justicia y la equidad social) es correlativo o, incluso, está causalmente conectado con el extravío ideológico de la actual izquierda europea. Quiero decir que la actual izquierda política europea ha puesto el foco en una serie de supuestos derechos de las minorías, pero ha dejado de lado al "pueblo", a la inmensa mayoría de un pueblo, como lo son las clases trabajadoras y medias. En una expresión, que a mí me parece afortunada, y que debemos en España al escritor Juan Manuel de Prada, la izquierda política ha sustituido los derechos del trabajo por los "derechos de bragueta" (homosexualismo, transexualismo, ideología de género, promoción de la sexualidad no reproductiva y antinatalista, etc.). ¿Qué valoración haría Vd. sobre estos procesos?

Debe quedar claro que la superación de los Estados nacionales soberanos es perseguida por el capital y sus máscaras, con el pleno apoyo del arco iris de la nueva izquierda y del poscomunismo, sólo ante la intensificación a escala planetaria de los procesos de extorsión de plusvalía en detrimento de los perdedores de la globalización, una masa de malditos. La superación de los Estados-nación, que los maestros del discurso y las brigadas fucsias del eterno antifascismo justifican en términos de neutralización de un posible retorno del fascismo, es un momento decisivo en el triunfo del nuevo totalitarismo globalista de los mercados especulativos.  Para el liberal de derechas de Danaro à la George Soros, el Estado nacional soberano es intolerable por las razones ya explicadas, es decir, por su naturaleza de espacio democrático de derechos de ciudadanía inalienables (y no totalmente comercializables):es decir, por esa dimensión que el neolingüismo de los circenses al servicio de la elite cínica competitivista descalifica en bloque con la categoría de "proteccionismo", contrastándola con el espacio abierto de la apertura ilimitada a los flujos (flujos de capital, flujos de personas condenadas a vagar y flujos de deseos de consumo) y la liberalización integral sin fronteras y protecciones de un orden político.

Para la izquierda del traje fucsia del consumismo-mundo-consumista a lo Toni Negri, el Estado-nación de derecho es intrínsecamente fascista y, por lo tanto, digno de ser demolido. En su superación, el arco iris y la nueva izquierda globalista, alineados con el discurso liberal contrario al de Marx y al de las clases oprimidas, ven la posibilidad de una mayor anarquía: no se dan cuenta de que tal situación beneficia sólo a los más fuertes, es decir, a los señores del anarquismo competitivo, al gran capital desregulado y al sistema globalista intrínsecamente anarquista.

Las brigadas fucsias de la arcaica rebelión de izquierdas del arco iris se engañan a sí mismas con la idea de que están luchando contra el fascismo, que ya no existe, cuando en realidad están luchando por el anarquismo-capitalismo de los mercados desregulados y de la competitividad planetaria no regulada.

Según uno de los principales supuestos del nuevo orden mental, la posible solución siempre se demoniza de nuevo con el único propósito de hacerla impracticable. Así, en el conflicto entre el capital global y los gobiernos nacionales, en lugar de ser entendidos como baluartes de resistencia frente al nihilismo de clase del globalismo mercantilista, la izquierda fucsia de disfraz deslegitima estos baluartes como totalitarios y regresivos, o incluso como "comunidades imaginarias", según la expresión de Benedict Anderson.

El sueño di-anárquico que la nueva izquierda post-gramsciana cultiva irresponsablemente siempre se invierte dialécticamente en la pesadilla del anarquismo-capitalismo (el capitalismo desorganizado tematizado por Offe), es decir, en ese canibalismo libre que coincide con la licencia, para el dominante, de masacrar sin limitaciones -de una manera desregulada- al dominado. La impostura de la izquierda fucsia y arco iris está en el contrabando, mezclando lo socialista por internacionalismo (que presupone la existencia de naciones) lo que, en sentido estricto, es el cosmopolitismo liberal, es decir, el campo de conflicto a favor del Señor competitivo.

Con una actitud que siempre oscila entre la incomprensión de la relación de poder y su legitimación activa, las izquierdas fucsias creen subrepticiamente ―y en esto radica el corazón de su error― que "el contraste del cosmopolitismo implica un repudio del internacionalismo": donde, como veremos más adelante, es el internacionalismo socialista el que implica un fermento tanto del nacionalismo imperialista como del cosmopolitismo. No puede haber internacionalismo socialista en ausencia de Estados nacionales que se reconozcan libres y hermanos.

Fue, además, el Tratado de Maastricht de 1992 el que certificó la la "conversión de los comunistas italianos al neoliberalismo". En esa ocasión se moldeó la mentalidad cosmopolita definitiva de esta izquierda amigable con el mercado, ahora convencida de que cualquier oposición al mundialismo sin fronteras no era ya la posible defensa de las clases dominadas contra la ofensiva del mercado unificado sin fronteras, sino el errático camino del cierre en banda a la identidad, identidad que ellos creían que necesariamente debía combinarse con el sector derechista de la política.

¿Cree que el marxismo sigue siendo la herramienta indispensable para dotar a los llamados "populismos" de la munición necesaria para cambiar el Sistema o, al menos, para reorientarle de manera más favorable a las clases trabajadoras?

Creo que el marxismo debe convertirse ahora en soberanista y populista, en un sentido internacionalista y no nacionalista: debe crear una internacional de Estados supranacionales, democráticos y socialistas, en contraste con el cosmopolitismo del libre mercado y el nacionalismo regresivo (que es el individualismo del capitalismo traducido al nivel de las naciones). El Señor, que fue nacionalista, es ahora cosmopolita. El Siervo, por su parte, debe ser soberanista e internacionalista, nunca nacionalista en sentido regresivo o, alternativamente, cosmopolita en clave liberal. El nacionalismo, como individualismo capitalista referido a la nación, aplica la competitividad del bellum omnium contra omnes al vínculo con otras naciones: si pudiera, lo neutralizaría para proteger su propio egoísmo de ganancias. El cosmopolitismo, por su parte, lucha contra la dimensión nacional en nombre de la apertura y la libre circulación regulada.

El internacionalismo, por último, valora la dimensión nacional, pero no nacionalista: sabe bien que no se puede ser internacional, sin ser nacional, y que no se puede ser democrático y socialista sin derribar el nacionalismo imperialista y su evolución globalizada, el cosmopolitismo del libre mercado como dominio planetario de una sola nación y una sola forma de depender, existir, hablar y relacionarse entre sí.

Por esta razón, el internacionalismo socialista, que combina el populismo soberanista con el internacionalismo y la democracia socialista, se opone firmemente tanto al nacionalismo imperialista como al cosmopolitismo del mercado. Validar la idea rectora de una constelación nacional (y no posnacional, a lo Habermas) de patria ecomunitaria, socialista y democrática solidaria, respetuosa de su integridad irreductible y, al mismo tiempo, unas patrias concebidas como hermanas y no como competidoras en la arena de la guerra de todos contra todos.

¿Cree Vd. que el marxismo, y una parte de la izquierda aún no contaminada por la "ingeniería social" al servicio del Sistema tiene alguna posibilidad de colaboración con otras corrientes contrarias a esta Unión Europea y que compartan la necesidad de una defensa de las identidades, las tradiciones, la soberanía nacional, la religión, la familia, etc.? ¿Cree que el ejemplo de un intelectual de la "Nueva Derecha", como Alain de Benoist, cooperando con Costanzo Preve, eminente marxista y revolucionario, sería generalizable? ¿Habría posibilidades para un espacio "populista" amplio, transversal, tanto de izquierda como de derecha, para la colaboración de intelectuales y activistas contrarios al Sistema?

Sí, estoy totalmente de acuerdo. El momento ineludible para la creación de un nuevo frente de ataque se resume en las palabras de la Tesis de Lyon de Gramsci (§ 29): "Reunirse en torno a uno mismo y guiar todos los elementos que, de una manera u otra, son empujados a rebelarse contra el capitalismo". Reunirse en torno a lo propio y guiar no significa volver a caer en la fragmentación de las oposiciones ―diferentes por presuposiciones y objetivos― falsamente conectadas, sino más bien reunir los desacuerdos y las protestas. Significa insertarlos en un horizonte común que, a través de síntesis sin precedentes, les da unidad y dirección, así como una koiné, una gramática compartida que es inasimilable para el polo opuesto; de modo que la orientación teleológica sigue siendo permanentemente la emancipación del hombre, la liberación respecto de la barbarie del clasismo planetario y del monoculturalismo del mercado, en vista de la simplicidad que es difícil de lograr, es decir, de una sociedad democrática de individuos igualmente libres y solidarios. También podría concebirse, con Kant, como el "reino de los fines" (Reich der Zwecke), es decir, como una democracia de individualidades comunales libres, consideradas cada una teóricamente y tratadas concretamente como un fin en sí mismas.

No es relevante cuál es la historia de los individuos, cuál es su origen, cuál es su credo de origen. Lo que importa es sólo la dirección hacia la cual están dispuestos a avanzar juntos: y debe afectar la superación operativa del modo de producción capitalista y el establecimiento de relaciones democráticas y comunitarias entre individuos igualmente libres a escala mundial, siempre respetando las raíces culturales y nacionales-populares específicas.

También en palabras de Gramsci, es fundamental llegar al momento "en el que se toma conciencia de que los propios intereses económicos, en su desarrollo presente y futuro, superan al círculo económico, un grupo puramente económico, y pueden y deben convertirse en los intereses de otros grupos subordinados". En otras palabras, es necesario fomentar una conexión entre dominados que sepan trascender las barreras "corporativas" vinculadas a sus especificidades profesionales y puramente económicas y que sepan crear una unión general de los subordinados, es decir, de aquellos ―el viejo proletariado y la vieja burguesía que se han fusionado en la clase in fieri del precariado― y que están bajo el dominio de la aristocracia financiera.

Por lo tanto, es necesario, al mismo tiempo, que los fragmentos sobrevivientes de la clase media comprendan que su enemigo no es hoy el proletariado, que también está inmerso en la disolución; y que este último, por otro lado, se dé cuenta de que su enemigo no es hoy la burguesía, que ya está desintegrada: la comunidad enemiga de ambos, contra la cual deben pensar y actuar juntos, es la aristocracia financiera globalista, el polo dominante que está aniquilando con éxito tanto al proletariado como a la burguesía, goza con las derrotas de éstos ante la globalización redefinidas las clases vencidas como clases coloridas y desiguales plebeyas, precarias clases post-burguesas y post-proletarias.

Persistir en invocar la pureza de una revolución unívocamente proletaria, excluyendo otros grupos y fragmentos provenientes de diferentes clases y movimientos con diferentes historias, significa asumir la parte del "alma bella" que, en nombre del principio abstracto, pospone sine die el momento de la acción concreta. En palabras de Lenin, "quien espera una revolución social nunca la verá. Es un revolucionario de palabra, que no entiende la revolución" como una unión redentora de las fuerzas de los vencidos de la globalización competitiva.

Vd. habla a menudo de "turbocapitalismo" ¿Qué es? ¿Cómo definiría este sistema económico en la fase en que nos encontramos? ¿Nos situamos hoy en una fase sustancialmente distinta del capitalismo? La financiarización y la robotización como características del sistema económico mundial, ¿pueden acabar verdaderamente con la Civilización, con el Hombre mismo?

El turbocapitalismo es el nuevo capitalismo absoluto-totalitario que ha tomado forma desde el 68. Es “absoluto” en dos acepciones que están conectadas: está “plenamente realizado” (absolutus) en la medida en que “disuelve” (solutus ab) todos los límites materiales e inmateriales que antes lo frenaban (conciencia de clase, religión de la trascendencia, ética comunitaria en el sentido hegeliano, moralidad en el sentido kantiano, etc.). Con una integración del léxico marxiano, el turbocapitalismo coincide con una inédita “subsunción total” de la sociedad en el capital devenido en totalidad: este último satura capilarmente hasta la última célula de la existencia, de la producción del imaginario, haciendo imposible la conciencia de la contradicción que produce ininterrumpidamente un mundo mejor y diverso. En el plano de la temporalidad, las prestaciones totalitarias del capital, reproduciendo siempre más rápidamente las condiciones vigentes, desertizando cualquier futuro diferente, obligando a un “ser-sin-tiempo” (título de mi libro de 2010), anulando la idea misma de la temporalidad histórica como lugar de cambio. La naturalización deshistorizante de la fase “tética” que vuelve de forma intensificada porque ha “superado” la temporalidad dialéctica de la fase “antitética”.

Los años 1968 y 1989 marcan una ruptura: saludado ilusoriamente como un proceso revolucionario de oposición al orden capitalista, el 68 debe ser interpretado de una forma diametralmente opuesta, como el mito de la fundación del capitalismo absoluto-totalitario, y más precisamente como el punto de paso decisivo de la fase dialéctica a la especulativa (del capitalismo al turbocapitalismo), y por lo tanto, como un momento completamente interno a la lógica dialéctica del capitalismo mismo, del cual constituye el decisivo punto de tránsito hacia la “individualización antiburguesa y ultracapitalista” (Costanzo Preve), esto es, como el momento decisivo del  decisivo paso hacia la "individualización antiburguesa y ultracapitalista" de hoy (Costanzo Preve), es decir, el momento decisivo de una clase, la burguesía, con “conciencia infeliz” (¿qué era Marx, sino un burgués con conciencia infeliz pasado a la lucha proletaria por el reconocimiento del trabajo servil?). Y desde 1989, con el derrumbe del Muro de Berlín, el cosmocapitalismo ha borrado toda frontera real o imaginaria que lo limitaba con mayor o menor precisión y se ha impuesto, a nivel simbólico, como la única realidad posible. Con el año 1989, el movimiento de "naturalización" pudo completarse: el capitalismo se convirtió en "especulativo", en tanto que la humanidad se veía reflejada en el espejo del mundo totalitario de los bienes y se veía cada vez más inducida a concebirlo como el único posible, en una total desertización del imaginario.

Así, el capitalismo llega a corresponderse, por decirlo como Hegel, con su propio “concepto” (Begriff): no es concebible ninguna otra forma ulterior de desarrollo. Después de haber agotado el trámite del pleno despliegue de su lógica, una forma histórica está lista para transformarse en una nueva y más alta figura: después de haber negado la metafísica griega del límite y haber cumplimentado la “mala universalización” de la globalización, como una generalización a escala planetaria, el capitalismo ha sentado las bases para una real universalización, es decir, para la efectiva realización de la unificación del género humano.

¿Cree que Europa está abocada a una unión de tipo "imperial"? ¿Lo cree posible, y si es así, lo cree deseable? ¿Podría darse en el futuro alguna federación distinta de la proyectada por los eurócratas de Bruselas, fundada en algún tipo de principio espiritual (Evola, Steuckers) o en una síntesis "arqueofuturista" (Faye) entre tradición y supertecnología? ¿Sería deseable geopolíticamente, forjando lazos con Oriente (Rusia, China, Cuarta Teoría Política de Duguin) y desacoplando vínculos con "Occidente" (EE.UU.)? ¿Qué aportación puede dar el marxismo a los movimientos llamados "populistas" a la hora de forjar estos propósitos futuros para Europa?

En síntesis, la Unión europea es la unión de la clase dominante europea contra la clase trabajadora y el pueblo europeo. Como hemos demostrado en el libro Europa y el capitalismo (2015) y en El nihilismo de la Unión europea (2019), la constitución de la actual Unión europea como “revolución pasiva”, es decir, en términos gramscianos, como asentamiento y fortalecimiento del dominio de los dominantes en la época post-1989, se inscribe plenamente en esta dinámica de desestructuración y de socavamiento del primado de lo político que es propio del Estado nacional soberano.

En definitiva, la Unión europea corresponde, por su esencia, a la reestructuración vertical del poder en el marco posterior a 1989 y a la unión de la clase dominante de Europa contra la clase trabajadora y el pueblo europeo mediante lo que se ha llamado, con razón, el “experimento euro”. Por este motivo, la lucha anticapitalista, en nuestro continente, es inevitable y principalmente la lucha contra la Unión Europea. Esta última, en cuanto realidad de Europa en la era global, según la fórmula de Giddens, es el emblema del espíritu de la globalización mercantil como victoria de la clase dominante líquido-financiera. El vínculo entre la eurozona y el liberalismo es tan evidente que, siguiendo los pasos de Sapir, se podría emplear directamente la fórmula de euroliberalismo.

Caso paradigmático de supranacionalización como instrumento privilegiado de la desdemocratización gestionada por la oligarquía cosmopolita, la fundación de la Unión Europea ha producido la cesión de la soberanía nacional de los pueblos: la cual no ha sido recuperada a un nivel superior, o sea, como una nueva soberanía del pueblo europeo unificado.

En cambio, las soberanías han sido cedidas a un ente privado, posnacional, y no democráticamente elegido, que corresponde al nombre de Banco Central europeo, un sujeto soberano, extranacional, privado y ajeno a los procedimientos de la democracia electiva y representativa. 

En otros términos, el gobierno de Roma, como los de Madrid y Berlín, han cedido su propia soberanía, sobre todo la monetaria, a una sociedad privada, el BCE, emanación directa de la clase globocrática dominante.

Esta última, gracias a su monopolio de los medios de información y comunicación, también ha logrado que esto, en el imaginario colectivo, coincidiera con la "democracia" y que, en consecuencia, cualquier movimiento dirigido a la recuperación de la soberanía nacional fuera a priori deslegitimado por antidemocrático y parafascista, en la cúspide de la inversión orwelliana entre palabras y cosas.

También en este caso, la revuelta de las élites del "nihilismo de la Unión europea" es material, ya que a través de la cesión de soberanía y de la supresión de derechos sociales, se eliminan espacios de democracia y formas de posible control de lo económico. Pero también es, al mismo tiempo, una revuelta cultural, ya que el monopolio del orden del discurso y de la gestión de la superestructura permite a los dominantes persuadir a los dominados de que la cesión de la soberanía popular es intrínsecamente buena y que todo lo que se oponga a este proceso es totalmente malo. 

En perfecta conformidad con el programa condensado por von Hayek en la fórmula de “desnacionalización del dinero”, se ha reconocido tanto el déficit democrático estructural (y no accidental, ni transitorio) de la Unión Europea, como su neocolonialismo financiero, que decide sobre la vida y la muerte de los pueblos de los Estados europeos; Estados que ―vale la pena recordar― han renunciado a su propia soberanía monetaria, sin recurrir a la estética de la tortura ligada a bombas y tanques. Y han caído, ipso facto, al rango de "euroesclavos", en el enésimo triunfo de la economía supranacional.

Como consecuencia del cumplimiento del proceso de desoberanización organizada, la política económica y el futuro de los pueblos europeos, se deciden ahora en los consejos de administración, en lo que Habermas llamaba la “espiral tecnocrática”. La política ha sido “neutralizada”, en el sentido apuntado por Schmitt, es decir, redefinida como una variable dependiente de lo económico, elevado ahora a un rango superior no reconocido de legislador absoluto.

Sobre estas bases descansa también lo que nos gustaría definir, sin perífrasis edulcoradas, como la “irreformabilidad” de la Unión europea: irreformabilidad que deriva geométricamente del hecho de que no puede, “por sus propias contradicciones”, reformar y redemocratizar un espacio que había sido pensado y creado ad hoc para llenar el vacío de la democracia europea, situando los procesos decisionales en las estancias cerradas y posdemocráticas de la aristocracia financiera.

En sus rasgos esenciales, el gran relato ya estaba preparado y operativo desde el final de la Segunda guerra mundial. La modernización de los países europeos ―piedra angular del gran relato― debía realizarse mediante la “europeización”, esto es, mediante la renuncia a la propia soberanía nacional, identificada sin reservas con el peligro del renacimiento de los conflictos que habían teñido de sangre y lágrimas la era de los extremismos.

El objetivo, en verdad, era secretamente opuesto y claramente clasista, orientado al desmembramiento de la soberanía democrática, al debilitamiento de la intervención pública en la economía y al dominio estable sobre la clase trabajadora (con dinámicas convergentes de restricción de sus derechos y de revocación de sus conquistas).

¿Qué estrategia podría adoptar el marxismo y la izquierda menos contaminada por el Sistema para devolver al pueblo las armas críticas, centrar el foco en la explotación laboral y en la lucha por su identidad y dignidad, lejos del llamado "marxismo cultural"?

La desconexión del imperialismo a la que aspiraba, hace tiempo, el patriotismo socialista de los países no alineados y colonizados, debe ser ahora la orientación de todos los países del continente europeo (además, ellos mismos tratados como colonias por el capital), a fin de que puedan recuperar la soberanía e implementar el internacionalismo como cooperación entre iguales.

La soberanía ―insistimos en ello― no es un fin, sino un medio para constituir un nuevo espacio internacional de cooperación sobre una base paritaria y solidaria entre los Estados nacionales. Dado que no es posible una oposición constructiva al globalismo (excepto bajo una forma utópica y, en última instancia, conservadora de los teóricos de la “global democracy”), la única forma viable que queda es la de la oposición destructiva.

La reconquista de la soberanía nacional ―contra la Unión Europea, contra el atlantismo, contra el FMI, etc.― es la única posibilidad de obtener el control democrático sobre los propios recursos y la propia política económica. Y es por esta razón que la élite cosmopolita, con el pleno apoyo del circo mediático, ha desencadenado una ininterrumpida campaña de demonización hacia el soberanismo populista y hacia la idea misma del Estado soberano nacional, es decir, hacia la única realidad que puede, en concreto, desequilibrar la relación de fuerzas y negar a los usureros de la turbofinanza el pago de la deuda impuesta por el FMI, el BCE y la Banca mundial en general.

Además, sólo en el cuadro de la lucha de clases nacional el proletariado puede llegar a tomar el Estado y, en consecuencia, a la gestión social de los medios de producción, base para la creación, en un segundo tiempo, del comunitarismo cosmopolita como relación solidaria entre los Estados democráticos no clásicos.

Según el ya mencionado pasaje del Manifiesto del Partido comunista, la confrontación entre dominados y dominantes en el orden de la producción capitalista es, ante todo, “un choque nacional”: el proletariado de cada país debe, en primer lugar, reconciliarse con la propia burguesía nacional en el marco del Estado nacional.

Si no se lee a la luz de los automatismos irreflexivos, el Manifiesto de 1848 no entona un canto ditirámbico en honor de la globalización, como a veces falsamente es presentado a través de una doble práctica de normalización anestesiante de Marx y de su incorporación, en forma “descafeinada”, como diría Slavoj Zizek, al código de lo políticamente correcto y de lo éticamente corrupto del globalismo.

Según lo que ya se ha expuesto al considerar la posición de Lenin sobre la cuestión de los Estados Unidos de Europa, el internacionalismo no es la supresión del Estado nacional, ni la unión de los Estados nacionales al orden capitalista. Coincide, en cambio, con la relación pacífica y solidaria entre naciones, entre Estados nacionales soberanos, en los que el “siervo” triunfa sobre el “señor”, transformándolo en un Estado democrático socialista.

Sólo mediante la práctica del concreto conflicto en el espacio político del Estado nacional, donde oprimidos y opresores pueden enfrentarse, existe la efectiva posibilidad, para los primeros, de desembarazarse de la opresión de los segundos. Marx era plenamente consciente ―lo explicitará principalmente en el primer libro de El Capital― del hecho de que las conquistas del movimiento obrero siempre tienen lugar en el marco del Estado nacional, mediante la limitación del horario y la jornada laboral, la introducción de normas en defensa de la condición proletaria y la protección del trabajador.

En otras palabras, las conquistas se hacen operativas por la capacidad del proletariado de imponerse en los Estados nacionales, a través del trámite de la lucha que estos últimos están obligados a considerar. La astucia del capital mundialista consiste en eliminar de los Estados-nación la posibilidad para el dominado de obtener sus conquistas en espacios específicos. 

Por lo tanto, la superación de la “globocracia” mercantilista sólo podrá realizarse en el contexto internacional cuando el proletariado se haya impuesto en sus respectivos Estados nacionales capitalistas: sólo entonces, en la negación tanto del nacionalismo imperialista como del mundialismo clasista, podrá realizarse el internacionalismo como un vínculo entre las naciones, como relación solidaria entre naciones comunitarias.

En el fondo es lo que habían sugerido, aunque de forma diferente, Gramsci con la categoría “nacional-popular” y el austromarxista Otto Bauer en su ensayo Die Nationalitätenfrage und die Sozialdemokratie (1907). Es aquí donde se define y valoriza la nación ―literalmente, “el lugar donde se nace”― como una “comunidad de destino”, es decir, como una experiencia común del mismo destino mediante un intercambio constante y una incesante interacción.

Oponiéndose con énfasis, tanto a la globalización de los mercados como a su vector específico, el nacionalismo imperialista, Bauer valoriza la lengua (“comunidad de comunicación”) y el elemento cultural (“comunidad de cultura”) como fundamentos de la nación. Si bien esta última se entiende en un sentido no biológico y naturalista, sino más bien como una experiencia espiritual vinculada a la concreta vida del pueblo y del ethos.

Por tanto, ahora es necesario afrontar el fundamentalismo de la economía, neutralizando su campo operativo, pensando globalmente y actuando localmente, a fin de que la anarquía comercial de la economía despolitizada y su letal entropía, sean sustituidas por la “sociedad regulada”, como la calificaba Gramsci, es decir, por un nuevo bloque histórico en el que prevalezcan el orden, la igualdad, la libertad y la horizontalidad democrática.

El Estado nacional soberano debe volver a ser el lugar operativo del conflicto contra los nuevos señores posnacionales y contra el capitalismo mundializado, de modo que, en un segundo momento, pueda aplicarse el tertium genus del internacionalismo de la comunidad de Estados-nación soberanos, solidarios y comunitarios, no mundialistas, ni nacionalistas.

Mientras permanezcamos en el terreno de la economía despolitizada global, la fuerza capitalista seguirá estando destinada a vencer, por las razones que hemos señalado: mientras continúe la explotación, además en formas más intensas que en el pasado, debe producirse el conflicto entre los señores y los siervos. El Estado nacional soberano puede y debe ser democrático. La economía global, sin la política, nunca será democrática.