La derecha: una realidad antropológica, por François Bousquet (I)


«¿Por qué esta superioridad distintiva, electiva, que la predestina a grandes cosas, donde sólo aquellos que están a la derecha del Padre tomarán posesión del reino?»

Antes de entrar en el meollo de la cuestión ‒la antropología‒, tomemos un pequeño desvío por la anatomía. ¿Por qué la preeminencia de la mano derecha? ¿Por qué en casi todas las culturas y en todas las épocas de la humanidad, salvo la nuestra, ha habido una preeminencia ‒cualitativa, moral, espiritual‒ de la mano derecha? ¿Por qué esta supremacía, que se asemeja a una invariante antropológica, excepción hecha de un puñado de contraejemplos? Esta es la cuestión que se planteaba, en un artículo que fue un hito en 1909, un sociólogo bastante prometedor, Robert Hertz, muerto en las trincheras en 1915, lo que no le impidió inscribir su nombre en esta fabulosa constelación: la escuela francesa de sociología, junto a Émile Durkheim, Marcel Mauss, e incluso Lucien Lévy-Bruhl, tan maltratados por la posteridad. Sí, ¿por qué este privilegio de la mano derecha, que le ha valido para ser asociada a un ideal de nobleza, de rectitud, de pureza, de habilidad, de destreza (del latín “dextera”, la “mano derecha”)? ¿Por qué esta superioridad distintiva, electiva, que la predestina a grandes cosas, donde sólo aquellos que están a la derecha del Padre tomarán posesión del reino?

¿Y por qué, inversamente, esta inferioridad de la mano izquierda, también casi universal, que le ha valido para ser desvalorizada un poco por todas las culturas, o peor: diabolizada, por no decir estigmatizada (los últimos fuegos de esta demonización todavía eran visibles en la primera mitad del siglo XX)? ¿No era la mano del diablo? Ella que es torpe (maladroite, que está mal respecto a la derecha), siniestra (sinister, que está a la izquierda), de malvado augurio (el que se vaticina al que “se levanta con el pie izquierdo”).

Entonces, ¿por qué nuestras dos manos se ponen también en dignidad? ¿Por qué una tal asimetría en el tratamiento de este órgano tan determinante para nosotros en el proceso de hominización?

La neurología nos dice que esta dicotomía está potencialmente inscrita en la organización bilateral del sistema nervioso, pero la neurología no nos es aquí de mucha utilidad.

Si seguimos, por el contrario, el razonamiento de los padres de la sociología francesa, el hombre primitivo, el hombre religioso, que discriminaba la derecha de la izquierda, obedecía a un dualismo constitutivo que reflejaba sus estructuras mentales fuertemente polarizadas: el bien y el mal, lo alto y lo bajo, el día y la noche, lo masculino y lo femenino. Homo religiosus, nuestro ancestro, se veía como un microcosmos colgado en el macrocosmos, ambos regidos por un mismo dualismo, que se traducía en la ruptura inaugural de lo religioso, la que instaura lo sagrado y lo profano: al primero, la pureza; al segundo, la impureza.

Me diréis: ¿por qué hablar de la preeminencia de la mano derecha? No está lejos la mano derecha de la derecha en política. Y lo mismo sucede con la mano izquierda. Pero, ¿estáis tan seguro?, seguiréis preguntando. ¿No habría un nexo de causa y efecto entre la prevalencia de la derecha en las sociedades tradicionales, dominadas por el hecho religioso y el hecho comunitario, y la prevalencia de la izquierda en las sociedades modernas, secularizadas e individualistas? No hay que perder de vista, de paso, que, en un principio, en 1789, la derecha y la izquierda no eran más que indicadores espaciales en un hemiciclo, lo cual hemos acabado por olvidar, nosotros que estamos tan saturados de significados y sentidos. Los diputados de la Asamblea constituyente favorables al veto real, principalmente los nobles y el alto clero, se agrupaban naturalmente a la derecha del presidente de la asamblea porque el orden de presencia bajo el Antiguo Régimen reservaba los lugares de honor a la derecha. Así nacieron derecha e izquierda, dos conceptos que iban a universalizarse ‒es decir, que ellos responden a una demanda casi universal‒ a partir de este acto fundador, en apariencia, y en apariencia solamente, anodino.

Esto es lo que nos autoriza a volver al enunciado de Robert Hert. ¿Por qué la preeminencia de la izquierda se ha impuesto en política, en detrimento de la derecha, y en los mismos términos que el dualismo primitivo entre las manos derecha e izquierda? ¿Por qué todo lo que está situado políticamente a la izquierda ha sido hasta tal punto valorizado, hasta el extremo de ser sinónimo de generosidad, fraternidad, justicia y progreso? Y ¿por qué la derecha, políticamente hablando ha sido hasta tal punto desvalorizada, asociada al miedo, al repliegue sobre sí mismo, etc.? Hablo de desvalorización, pero también sería justo hablar de diabolización, exactamente como sucedía con la izquierda en las sociedades premodernas. Y esto es tan cierto que la izquierda ha sobreinvertido sobre esta división dibujando un muro de separación (del mismo orden, también, que la ruptura religiosa sagrado-profano) entre ella y el “diablo”. La derecha es, forzosamente, M. Hyde, la bastardía, la estupidez descarada y el gran capital, objeto de antigüedad y de desprecio, donde durante mucho tiempo se han cruzado los piojos y las sotanas.

Entonces, ¿por qué, en un caso, privilegiar la lateralización de un lado y del otro, una lateralización opuesta? ¿Por qué? Bien, porque lo que era valorizado en las sociedades tradicionales ‒y que funda una antropología de derecha‒ se encuentra desvalorizado en las sociedades modernas, que han descosido la comunidad y desencantado la religión. Esto explica la sustitución de la derecha por la izquierda y la prevalencia de esta última en las sociedades llamadas democráticas. O, por decirlo de otra forma, esta es la razón por la que la política se ha disociado de su matriz tradicional (ver Left and Right, de Jean Laponce), que ha elegido residenciar en la izquierda, siendo la derecha asignada a la derecha del Padre.

En este estado de las cosas, se puede plantear la casi universalidad de la preeminencia de la mano derecha en las sociedades predemocráticas y la casi universalidad de la preeminencia de la izquierda en las democracias secularizadas donde prevalecen el individualismo y el contractualismo. Pero, dicho esto, ¿hemos avanzado en la definición del contenido de la derecha y de la izquierda? Así lo creo. Y la ruptura más determinante en la historia de la derecha y de la izquierda es, precisamente, esta cesura religiosa y comunitaria, que por sí sola justifica una antropología de derecha. Volveremos sobre este punto.

Previamente, hay que decir algo sobre la dificultad del tema. La derecha, la izquierda, son como la expresión, que tanto le gusta citar a Jacques Julliard, de San Agustín sobre el tiempo: “Cuando se me pide decir lo que es el tiempo, decía el obispo de Hipona, yo sé perfectamente lo que es. Pero si se me pide definirlo, yo ya no lo sé”. Lo mismo pasa con la división derecha-izquierda. Todo el mundo sabe de lo que estamos hablando, pero nadie es capaz de dar una definición científica y unánimemente reconocida. Entonces, ¿Cómo aprehender la derecha y la izquierda?

Hay varias formas de responder a esta cuestión, tres principalmente.

La primera consiste en recurrir a una red de análisis funcional, funcionalista, instrumental, de la división. La división derecha-izquierda se explicaría por la lógica interna propia de la forma “democracia”. Está estructuralmente, objetivamente inscrita en su misma naturaleza, ser conflictual, entendiendo que la democracia enfrenta, al menos, a dos enemigos simétricos. Desde este punto de vista, Ortega y Gasset tenía razón: ser de derecha o de izquierda es reconocer una forma de hemiplejia. Pero una forma de hemiplejia a la cual no se nos permite escapar en democracia.

Las sociedades del Antiguo Régimen se escenificaban a través de un simbolismo orgánico ‒se habla entonces de organicismo. El cuerpo político se refleja en el cuerpo del rey, y recíprocamente. Así, estas sociedades se representaban a sí mismas. Pero, la muerte del rey entrañaba una ruptura en el orden simbólico. Ya no había más incorporación de lo social en una figura que la trascendiera y con la cual pudiera identificarse. Desde ese momento ya no hay identificación posible con el cuerpo del rey, la democracia recurre a otra forma de identificación. Esta forma es procedimental: es el dualismo democrático, gran proveedor de identidades, tanto más fuertes y divisorias en cuanto ellas se reducen, en última instancia, a dos términos, la derecha y la izquierda, la mayoría y la oposición.

Esta es la razón por la cual la tesis de la superación de la división derecha-izquierda se enfrenta al funcionamiento mismo de la democracia. En Francia, en particular, donde la naturaleza del escrutinio a dos vueltas garantiza la perennidad.
 
He aquí resumida, en pocas palabras, la lectura funcionalista de la división derecha-izquierda. La democracia no puede prescindir de ella por razón de que dicha división la constituye y la organiza.

La segunda forma de aprehender nuestro tema es intentar una aproximación histórica, enfoque comúnmente compartido por los historiadores de las ideas políticas. ¿Cómo? Historizándolo, reduciéndolo a su contexto histórico, aun a riesgo de relativizar su alcance.

No sin razón, los historiadores observan que el contenido de la derecha y de la izquierda nunca se ha estabilizado. Pensemos en los numerosos cruces entre la derecha y la izquierda. Tomemos el nacionalismo: ha pasado de la izquierda, a finales del siglo XVIII, a la derecha, a finales del siglo XIX. Lo que llamamos todavía la ecología y el regionalismo ha hecho el camino inverso: de la derecha a la izquierda. Pero, habiendo dicho esto, ¿le quita algo a la pertinencia de la división? No estoy seguro del todo. Con toda evidencia, no se concibe a la nación, la ecología o el federalismo de la misma forma según nos situemos a derecha o a izquierda del tablero político. Los soldados de Valmy, en 1792, que gritaban “¡Viva la nación!” no eran los mismos que gritaban “¡Viva la nación!” un siglo más tarde. En la izquierda, la nación se confunde con la República que tiene vocación de universalizarse. En la derecha, la nación preexiste a la República: es una comunidad de origen, de destino y de costumbres anterior a su constitución política.

He aquí lo que se puede decir a propósito de este primer comentario: las fluctuaciones históricas del contenido de la derecha y de la izquierda.

Segundo comentario, siempre en un enfoque historicista y contextual. Es la cuestión de la pluralidad de las derechas. Siempre ha habido derechas ‒y también izquierdas. Estas derechas son, o pueden parecer, como incompatibles, cuando no antagonistas, entre ellas. ¿Qué tienen de común los orleanistas, los legitimistas y los bonapartistas del siglo XIX? ¿Y hoy entre los liberales, los conservadores y los populistas?

Qué es lo que aproxima a los conservadores y los populistas, si queremos admitir que la tentación del conservadurismo es jugar a las élites contra el pueblo; y la del populismo jugar al pueblo contra las élites.

¿Igual entre los conservadores y los reaccionarios? Los conservadores defienden el statu quo, es decir, la defensa de lo que es; y los reaccionarios defienden el statu quo ante, el statu quo anterior, es decir, la defensa de lo que ya no es, o si se prefiere, la defensa de lo que era.

¿Y qué hay de los conservadores y de los liberales? Los conservadores apelan a la regla de la prudencia desde el momento en que se trata de cuestionar el orden natural de las cosas (lo que hoy llamaríamos el principio de precaución); mientras los liberales ven en ello una traba a la libertad de empresa, importando poco el nombre que le den: el orden espontáneo de Friedrich Hayek, el jefe del neoliberalismo, que entiende que todo desorden termina por estabilizarse en un nuevo orden; o la destrucción creadora de Joseph Schumpeter, que entiende que sólo se destruye lo antiguo para crear mejor lo nuevo. (Continuará...)