La política húngara de «apertura al Este», por Ana Ballarín Verdún


Hace más de siete años que el gobierno de Orbán anunciaba su ambiciosa orientación en política extranjera titulada «Apertura hacia el Este». Como es habitual, el gobierno húngaro y el primer ministro fueron ampliamente criticados por «desviarse de Europa» y «alinearse del lado de regímenes autoritarios» como China, Rusia y otros. 

Los detractores y los opositores a esta política pretenden que ha dado pocos resultados y que pocos proyectos han sido concretados. Se trataría, entonces, de un fracaso y la estrategia sería errónea. En otros términos, abrirse al Este sería un grave error.

Los liberales son los críticos más virulentos de esta idea de apertura hacia el Este. Citan las violaciones de los derechos humanos, denuncian los regímenes opresivos e invocan otras razones análogas, mientras que otros hacen cálculos económicos como prueba irrefutable de que no es la forma adecuada para que Hungría salga hacia adelante.

Sin embargo, el aspecto más importante de la cuestión está en gran parte olvidada o minimizada, quizás porque es la más sensible. Es la dimensión política. Sólo algunos analistas escriben sobre este tema, porque es complejo de abordar. No es sencillo comprender, por ejemplo, lo que quieren los chinos en nuestra región. La mayoría de nosotros sólo podemos especular, simplemente porque no podemos conocer el porvenir. Esto nos lleva al punto central: la previsión y la preparación.

Viktor Orbán ha merecido numerosos calificativos por todas las partes, pero pocos son los que pongan en duda su capacidad para prever las tendencias mundiales y los cambios políticos. Algunos lo califican incluso de “visionario” o de “profético”. Aunque controvertido, su pensamiento y sus actividades “no-convencionales” le han ganado millones de partidarios en Europa. Su base política parece muy sólida en Hungría y sus partidarios están convencidos de que han elegido la mejor vía para que el país afronte el primer cuarto de siglo.

La restructuración del orden mundial, el aumento de las potencias del Este, los desacuerdos de Hungría con la Europa de Bruselas y la fosa ideológica entre la élite europea y los ciudadanos europeos, como es el caso de los húngaros, han creado una situación en la que Viktor Orbán no ha hecho otra cosa que prepararse para lo peor: un posible divorcio de la Unión europea bajo una forma u otra. Aunque nadie quiere que esto se produzca sin hacer lo que esté en su mano para reformar el sistema desde su interior, los dirigentes fuertes están preparados siempre para el peor de los escenarios.

¿Qué conclusión extraer de todo esto? El tiempo nos dirá quién tenía razón y quién percibía los vientos del cambio tan hábilmente. Orbán y los húngaros se encuentran en “primera posición” de una posible Europa reformada y numerosos países comienzan a darse cuenta de que China ha cambiado el juego de la política y la economía mundiales. Una cosa es segura: el denigrado primer ministro húngaro parece levantarse por las mañanas mucho más temprano que sus colegas europeos. En numerosas cuestiones, los hechos le han dado la razón y parece que la política de apertura hacia Rusia y China mediante la cooperación y el establecimiento de una nueva “ruta de la seda” podría ser la próxima visión correcta de Orbán. Aquellos que no están de acuerdo con esta apertura deberían empezar a concentrarse sobre los aspectos estratégicos y los ángulos geopolíticos de la misma. Además, harían mejor en aprender a ser más pacientes, sabiendo bien que no se trata simplemente de un juego de nombres y que las reglas clásicas en materia de constitución de alianzas no se aplican aquí. No solamente para Hungría, sino también para los países del Grupo de Visegrado, de la Iniciativa Tres Mares y otros de Europa, la búsqueda de socios y aliados en un Oriente en alza podría convertirse en una prioridad en los años venideros.