Psicología del «conspiracionismo», por Alain de Benoist (I)


Suponemos ya conocidos los trazos generales de las teorías conspiracionistas, o teorías del complot. Esto es, aquellas teorías que interpretan partes enteras de la historia ‒y singularmente de la historia contemporánea‒, o incluso el conjunto de la historia humana, como el resultado de la intervención de "fuerzas oscuras" actuando de manera subterránea para alcanzar fines impensables. 

La conspiración reviste, en general, una forma jerárquica, piramidal, separando los manipulados inconscientes, los cómplices activos y los propios manipuladores. Se utiliza para "dominar el mundo", es decir, controlar la vida política, la actividad económica y el tejido social. Dispone para hacer esto de agentes privilegiados. Ella emplea todos los medios incluso los más despreciables y los más odiosos, para sustituir a los poderes establecidos, visibles, por la autoridad de un poder superior, oculto, desprovisto de toda legitimidad.


Ciertas teorías conspiracionistas se abstienen de designar explícitamente a los responsables de la conspiración y se contentan, por ejemplo, de hablar de "grandes iniciados", de "corrientes gnósticas" o de "superiores desconocidos". La mayor parte, sin embargo, atribuyen la responsabilidad de complot a colectividades o categorías de personas identificables, o que dicen ser de organizaciones o sociedades secretas existentes realmente y con ambiciones y poderes desmesurados, ya sea postulando la reunión de tal o cual categoría de personas en asociaciones "invisibles" que tienen por objeto la puesta en marcha del complot. Tal es el caso de teorías bien conocidas sobre el "complot masónico" o también teorías que se apoyan en los "Monita secreta" atribuida a los jesuitas y sobre los pretendidos "Protocolos de los sabios de Sion". Estas teorías se combinan frecuentemente entre ellas, como muestra el tema del "complot judeomasonico", que hace de la masonería una "invención judía" destinada a los no-judíos: la masonería, sociedad secreta, pero visible, se encuentra así convertida en una organización invisible supuestamente controlada. En otros casos, en fin, las teorías siguen el ejemplo las unas de las otras: los judíos, los jesuitas, los masones, devienen entonces, no los responsables primeros del complot, sino los útiles privilegiados de una conspiración más vasta que los utiliza para sus fines.

La mayor parte de las grandes teorías del complot aparecen con la modernidad, concomitancia probablemente significativa, aunque podemos ciertamente identificar las formas anteriores. Estas se multiplican a finales del siglo XVIII, desde antes de la Revolución Francesa, que les proporciona un nuevo desarrollo. En Italia, la literatura conspiracionista se remonta, al menos, a Cagliostro (1743-1795), donde las pretendidas "confesiones", publicadas por la Iglesia, suscitan una multitud de libros y folletos sobre el "complot masónico" contra el trono y el altar. En Alemania, Ernst August von Gochhhausen involucra, desde 1786, los planes de "dominación mundial" de los masones y los iluminados de Baviera en un escrito titulado Enthullung des Systems der Weltburguer-Republik. Del lado francés, el nombre más conocido es el del abad Augustin de Barruel que publica en Londres en 1797 los dos primeros volúmenes de sus Memorias para servir a la historia del jacobinismo, en las cuales el atribuye la Revolución a la acción conjunta de los filósofos de las Luces, de los francmasones y de los Iluminados de Baviera. En misma fecha, John Robinson, considerado como el Barruel inglés, retoma la misma tesis en una obra que será traducida en Francia dos años más tarde.

No tenemos la intención de presentar aquí un análisis histórico, ni siquiera tipológico de la literatura conspiracionista. Hay numerosos libros ya consagrados a este género abundante, cuyo carácter obsesivo y repetitivo muchos han subrayado. Raros son sin embargo los autores que se interrogan sobre las constantes psicológicas que testimonian las teorías del complot. O parece que estas teorías reenvían a actitudes mentales características, que es interesante identificar con el fin de identificar el camino y la reaparición periódica. Como escribe Raoul Girardet en su ensayo sobre los mitos políticos, tras sus innombrables variaciones narrativas, todas las teorías del complot testimonian una "misma construcción morfológica". Es esta construcción morfológica lo que trataremos de explorar, al menos en forma de una primera aproximación.

La primera observación que podemos hacer es que las teorías del complot, incluso aquellas que no dejan de hablar de fuerzas secretas, de potencias invisibles, de acción subterranea, etc., proponen ellas mismas un esquema que, lejos de ser opaco, se funda al contrario bajo el postulado de una extraordinaria "transparencia" de la acción histórica. De hecho, se reduce a una especie de causalidad mecánica y lineal. Los acontecimientos son producidos mecánicamente por agentes ocultos, que manipulan a los hombres como apretando un botón para obtener el efecto deseado. Este trazo característico resulta a decir verdad la naturaleza misma de la teoría. La "prueba" del complot reside en su eficacia, y para que sea eficaz es necesario que los efectos obtenidos sean conformes a las intenciones iniciales. Paradójicamente, hay en esta concepción una cierta inspiración racionalista, aunque emana de autores frecuentemente antirracionalistas. Ella postula una historia racional, caracterizada por acontecimientos que serán posibles referir a causas únicas y a actos voluntarios determinados. Xavier Rihoit remarca a propósito de esto que "tejido de paradojas, el conspiracionismo es el hecho humano que, de una parte, se adhiere a verdades de fe, dogmáticas e inaccesibles a la razón, pero que, de otra parte, no cesan que querer hacer la realidad histórica perfectamente transparente y las conductas humanas imparablemente lógicas".

El carácter total de la conspiración hace esta "transparencia" todavía más irreal. Evocando la Revolución de 1789, el abad Barruel escribe "Todo, incluso en sus formas más espantosas, ha sido previsto, meditado, combinado, resuelto, sentenciado: todo ha sido el efecto de la más profunda maldad, ya que todo ha sido preparado, dirigido por hombres que solo eran los hilos de conspiraciones largo tiempo urdidas en sociedades secretas, y que han sido capaces de elegir y acelerar los movimientos propicios a los complots". La palabra importante, aquí, es evidentemente "todo". No solamente los conspiradores tienen el don de la ubicuidad ("ellos están por todas partes"), además tienen el poder de controlar la historia a su manera. No solamente manipulan a los hombres, sino eligen su momento. Ellos "aceleran los movimientos propicios" cuando la hora esta propicia. Ellos prevén el desarrollo de los acontecimientos hasta en sus menores detalles. Ni margen de error ni zona de incertidumbre; todo está previsto, todo responde a un plan. Todo esta "orquestado".

La teoría conspiracionista es por consiguiente sobre todo una teoría antagonista, incluso negacionista del azar y de la suerte. Una expresión típica de este género de literatura es precisamente la fórmula: "No es por azar si...". No solo toda ocurrencia simultanea puede ser así reinterpretada en términos de causalidad, pero también se utilizarán formas patológicas, delirantes, del pensamiento analógico.

Es así que el abad Barruel explica la forma triangular de la hoja de la guillotina, no por la mayor eficacia del borde biselado, sino por la voluntad de los revolucionarios de dar al "cuchillo republicano" la forma del triángulo masónico. No es por azar, afirma con el mismo espíritu el dirigente negro antisemita americano Louis Farrakhan, si los dólares llevan sobre su reverso un águila coronada de trece estrellas (correspondientes a los 13 Estados aliados en la guerra de la independencia americana), porque enlazando estas estrellas unas con otras, obtenemos... ¡la estrella de David! Raoul Giradet, por su parte, reporta que, en el siglo XIX, "una cierta prensa antisemita denunciara en las excavaciones del metro parisino una prueba del complot judío dirigida a planear sobre la capital entera una permanente amenaza de destrucción". La misma idea reapareció recientemente entre ciertos grupos de extremistas rusos a propósito del metro de Moscú, cuyo trazado supuestamente reproduce signos cabalísticos. Constatamos por lo tanto una resurgencia de las temáticas. La negación del azar permite así acumular "pruebas" mediante hechos anodinos reinterpretados tanto como "marcas diabólicas", es decir de "firmas" que para el ojo entendido señala la realidad del complot. "En este sentido, dice Xavier Rihoit, y esto es otra paradoja, los conspiracionistas, pese a su tradicionalismo declarado, no hacen más que dar pruebas de una mentalidad típicamente moderna: piensan que la realidad histórica es integralmente descifrable y excluyen escuchar cual es la razón: la suerte, el accidente, la excepción, el azar".

El rechazo del azar entraña una extraordinaria descontextualización. Si el acontecimiento no sea considerado imprevisto, pero certifica al contrario de la realidad de un plan que podemos interpretar como una suerte de contraorden natural, esto es que el curso de las cosas obliga a una lógica que le es exterior. La conspiración engendra los acontecimientos, pero no es alcanzado por ninguno de ellos. Esto explica la historia, pero se sitúa a si mismo fuera de la historia. El complot se define, por lo tanto, no solo por su ubicuidad, sino por su transhistoricidad. En el límite, existe en todos los tiempos como en todos los lugares: la historia manipulada por los conspiradores no es más que la realización de un proyecto elaborado fuera de ella. Notamos a propósito de esto que la masonería, en cuanto que se atribuye a si misma origines fabulosos remontándose a la construcción del templo de Salomón, cuando no a Adán y Eva, a podido favorecer indirectamente la idea de que el complot, de los cuales seria el motor que atraviesa los siglos; en Alemania , desde 1778, el dominico Ludwig Greinemann, de Aix-la-Chapelle , no duda en afirmar que los judíos responsables de la muerte de Cristo son francmasones, que Herodes y Poncio Pilatos animaban logias masónicas, y que Judas, antes de entregar a Jesús, se hizo afiliar a una logia.

Bien entendido, las teorías del complot tienen sobre todo una función explicativa. Tiene por objeto dejar claro aquello que, en primer lugar, parece desafiar al entendimiento. La Revolución Francesa, verdadero terremoto en la historia de las monarquías europeas, ha sido percibido por numerosos contemporáneos como un acontecimiento tan formidable como incomprensible. ¿Cómo es posible que el "orden natural" sea derribado? ¿Cómo tantas cosas pueden ser desordenadas en tan poco tiempo? Esto no puede ocurrir normalmente, y todavía menos por azar. Y como las causas visibles no parecen lo suficientemente convincentes, seguro que hay causas invisibles. A partir de aquí las teorías del complot pueden aportar su explicación. Lo mismo ocurre en todos los periodos de inquietud colectiva, angustia, periodos donde precisamente "no comprendemos que pasa" periodos donde se esparce el pesimismo porque todo parece en crisis. Es entonces cuando las mismas cuestiones retornan. ¿Porque va todo mal? ¿Porque todo parece afectado de una irremediable decadencia? ¿Porque lo negativo parece arrastrar lo que antes era visto como positivo, natural, lo que estaba dado por sentado? Todo mal debe tener una causa. Las teorías del complot identifican esta causa.

La tesis del complot se prueba por la función tranquilizante. Explicando a su manera, todo aquello que sin ella resta "incomprensible", convierte racional aquello que es desconcertante, ininteligible, que parece incoherente. Da una significación a aquello que parece revelar un sin sentido. Finalmente, sobre todo, ella hace el mundo más simple y lo despoja de sus contradicciones. En otros términos, ella reconduce la multiplicidad a la unidad: toda la diversidad, toda la complejidad de las cosas se encuentra aclarada por una idea única, fundamental. La explicación propuesta se convierte en una suerte de Hilo de Ariadna que permite salir del laberinto. "Explicación tan convincente, escribe Raoul Girardet, que se quiere total y de una ejemplar claridad: todos los hechos, sea lo que sea que levantan, se encuentran reducidos, por una lógica aparentemente inflexible, a una misma y única causalidad, a la vez elemental y omnipotente" Así, el orden puede retornar en medio del desorden. El mismo caos encuentra explicación. Todo se aclara.

No hay duda de que el éxito de las teorías del complot proviene sobre todo de esta extraordinaria simplificación que proponen, y es por lo que la modernidad, que se caracteriza netamente por una complejidad cada vez mayor de los hechos sociales, constituye para ellas un terreno privilegiado. Cuanto más complejo es el estado del mundo, más la simplificación radical que aporta la teoría parece salvadora. Lejos que su carácter "total" suscite un legítimo escepticismo, es al contrario este carácter lo que explica la amplitud y la facilidad de su propagación.

Vemos cuáles son, para sus adeptos, las virtudes de este género de teorías. Explicándolas, éstas tranquilizan. Pero además permiten también hacer una remarcable economía de esfuerzos. ¿Para qué entregarse a una multitud de investigaciones históricas, psicológicas, sociológicas para intentar dilucidar el sentido de los acontecimientos y la naturaleza de lo social, cuando la teoría del complot permite remitirse a una causa única? Lo mismo que la conspiración "explica" todo, a la inversa todo "prueba" la conspiración: la multiplicidad de los efectos es la marca misma de la unicidad de la conspiración. A primera vista, todo parece complicado, pero una vez identificada la causa, todo deviene prodigiosamente simple; no hay que buscar más lejos. Subsidiariamente la teoría también es igualmente generadora de buena conciencia: si las cosas van mal, no son los actores sociales los responsables, lo son las "fuerzas ocultas". Entramos en la lógica clásica del chivo expiatorio. (Continuará...)