El islam y el islamismo. Precisiones sobre una religión política, por José Javier Esparza


El islam no es sólo una doctrina espiritual, sino que es también, y desde su origen, una religión política. Mahoma aglutina a una serie de clanes tribales que renuncian a su singularidad previa para abrazar el nuevo credo. En nombre de ese credo se extienden y ganan nuevos territorios que quedan incorporados a la comunidad de los creyentes por un lazo que no es religioso, sino político. Pero es que, además, Mahoma, el profeta, se inviste no sólo de la autoridad espiritual, sino también del poder temporal.

Algunas precisiones

El islam es una religión: Dios es Alá, que reveló su verdad al profeta Mahoma, el cual dejó impresa la revelación en el Corán. El camino recto que conduce a la salvación consiste en someterse a esa verdad revelada. Islam quiere decir precisamente “sumisión”. Esa religión nace en el siglo VII de nuestra era (cristiana), se extiende rápidamente por el norte de África y por Asia y es profesada hoy por alrededor de 1.200 millones de personas en 57 países. De ese número de fieles, muchos han partido hacia Europa y los Estados Unidos en un proceso sostenido de emigración económica. Se calcula que el número de musulmanes en los Estados Unidos estaría en torno a los 4,5 millones. En la Unión Europea, a fecha de hoy, la cifra se acercaría a los 20 millones. De esa diáspora –valga la judaica expresión‒, el principal receptor ha sido Francia, con más de 5 millones de musulmanes entre inmigrantes y descendientes.

Religión y política‒. En el curso de su historia el islam ha conocido numerosas corrientes doctrinales, frecuentemente vinculadas a trastornos políticos. Las dos corrientes más extendidas son el sunismo y el chiísmo. Ambas arrancan del conflicto por la sucesión de Mahoma a finales del siglo VII. En el plano religioso, el sunismo se caracteriza porque se remite estrictamente al Corán y a la Sunna, es decir, al libro de la revelación y a los dichos y hechos atribuidos al profeta. El chiísmo, por su parte, acepta el Corán y la Sunna, pero la Sunna chií es distinta y, sobre todo, los partidarios de esta facción (“chía” significa precisamente facción”) incorporan a su acervo la autoridad jurisprudencial de los imanes, los guías de la comunidad, en linaje que remite directamente a Mahoma. El último de los grandes imanes desapareció y se ocultó; desde aquel lejano tiempo se espera su retorno. Su lugar ha sido ocupado desde entonces por sucesivos imanes que, por así decirlo, guardan las esencias. Los suníes más radicales sostienen que esto es tanto como equiparar a los imanes con el Profeta, lo cual es blasfemia, y consideran a los chiíes como ajenos al islam verdadero. Por eso suníes y chiíes se hallan en conflicto permanente. Hoy el sunismo es profesado por cerca del 80% de todos los musulmanes; el chiísmo se reduce al 20% y su epicentro es Irán, con grandes comunidades también en Irak y Siria.

El islam no tiene propiamente un clero. Hay fieles que alcanzan unos conocimientos particularmente profundos en materia doctrinal y que amplían sus estudios en los grandes centros religiosos musulmanes –en Arabia Saudí o en Egipto‒, lo cual les faculta para dirigir a las comunidades en las mezquitas y predicar a los fieles, pero no son clérigos. Tampoco existe una autoridad religiosa que siente directrices aceptadas por todos o haga evolucionar la doctrina. La única fuente de verdad sigue siendo el Corán y la Sunna, y en principio cualquier fiel está en condiciones de interpretarla. Sobre este paisaje, la rama chií presenta una particularidad y es que posee un cuerpo de “expertos” –aunque no colegiados‒ capaces de interpretar los signos que envía el imán oculto antes de su retorno.

Ahora bien, el islam no es sólo una doctrina espiritual, sino que es también, y desde su origen, una religión política. Mahoma aglutina a una serie de clanes tribales que renuncian a su singularidad previa para abrazar el nuevo credo. En nombre de ese credo se extienden y ganan nuevos territorios que quedan incorporados a la comunidad de los creyentes por un lazo que no es religioso, sino político. Pero es que, además, Mahoma, el profeta, se inviste no sólo de la autoridad espiritual, sino también del poder temporal. Mahoma murió sin descendencia y sus sucesores consolidaron la comunidad islámica bajo el nombre de califato (“Califa” quiere decir literalmente “sucesor”). El califato es una realidad al mismo tiempo política y religiosa: se atribuye el gobierno sobre el pueblo musulmán y se rige por la ley islámica (la “sharia”). Ha habido varios califatos. El último fue el del Imperio Otomano, oficialmente disuelto en 1924. Este carácter simultáneamente político y religioso es clave para entender toda la historia del islam y, por supuesto, su actual circunstancia.

Islamismo y “guerra santa”‒. ¿Y eso que se llama “islamismo” qué es? El islamismo no define por entero al islam, pero procede de él y sólo por él se explica. Lo que entendemos por islamismo es la pretensión, en nombre de la ortodoxia religiosa, de extender el gobierno de la ley coránica a todas las esferas de la vida (empezando por la política), lo cual, por otra parte, guarda perfecta coherencia con la letra y el espíritu del Corán. Es lo mismo que a veces se llama fundamentalismo o integrismo. En este marco, el yihadismo representa un paso más allá: yihadismo viene de yihad, que es la palabra árabe para designar la guerra santa, es decir, la imposición del islam por la fuerza de las armas. En realidad, yihad significa propiamente “lucha” o “esfuerzo” y es una de las obligaciones capitales de cualquier musulmán. Su interpretación en términos literalmente bélicos es discutible; muchos sostienen que en realidad se trata de una “lucha espiritual” interior. Pero, en cualquier caso, es la interpretación bélica la que ha prevalecido dentro de la propia órbita cultural islámica, máxime cuando el propio Corán abunda en prescripciones de orden guerrero. El yihadista, pues, es un islamista que opta por la lucha armada para imponer su fe. No todos los musulmanes son islamistas. No todos los islamistas son yihadistas. Pero es un hecho que los yihadistas se han convertido, a ojos de muchos musulmanes, en la auténtica vanguardia del islam.

¿Por qué ha crecido el radicalismo –esto es, el islamismo‒ en la comunidad islámica, tanto en Europa como en los países de religión musulmana? Fundamentalmente, por un choque cultural sin solución posible. El islam, como religión, tiene un problema muy serio: su incapacidad para distinguir entre el poder político y el religioso, entre el mundo de las leyes civiles y el mundo de la fe y la moral. Cuando esa fusión de planos se aplica a rajatabla, el islam queda condenado a no poder vivir pacíficamente sino en sociedades íntegramente musulmanas. Y, desde luego, lo hace incompatible con las sociedades modernas, secularizadas, que descansan sobre una separación absoluta entre orden político y religión.

Las grandes transformaciones‒. Hasta fecha relativamente reciente, este era un problema secundario porque la población musulmana permanecía en sus países de origen y éstos, en general, mantenían sus estructuras políticas y sociales tradicionales, es decir, islámicas. Ahora bien, después de la segunda guerra mundial cambiaron muchas cosas. El mundo musulmán entró en un proceso de grandes transformaciones que están en el origen de cuanto hoy sucede.

Primera transformación: los viejos imperios murieron y en su lugar aparecieron estados dominados por nuevas oligarquías –algunas, no tan nuevas‒ que predicaron la modernización de sus respectivos países. El proceso había comenzado antes con la construcción de la nueva Turquía tras la caída del imperio otomano, pero se aceleró sensiblemente a partir de 1940 con el nacimiento del partido Baath –en Siria e Irak‒ y sus esquemas de “socialismo nacional árabe”, así como con el panarabismo de la inmediata posguerra, cuyo mejor exponente es seguramente el Egipto de Nasser. Esa modernización implicaba con frecuencia el abandono de la ortodoxia islámica como guía de la organización social y política, con la consiguiente irritación de los sectores sociales más aferrados a la doctrina religiosa.

Segunda transformación: el renacimiento de las corrientes fundamentalistas a partir del auge económico de Arabia Saudí. La historia del islam es, en buena medida, una sucesión de movimientos fundamentalistas. En el último siglo, el movimiento predominante ha sido el wahabismo (por el predicador del siglo XVIII Ibn Abdul Wahab), una corriente doctrinal específicamente árabe y suní que reivindica el retorno a la pureza primigenia de los ancestros. Esa corriente recibe el nombre de “salafismo”, de la palabra árabe “salaf”, que significa precisamente “ancestro”. La teoría es esta: todos los problemas de los musulmanes provienen de un olvido de la pureza originaria; por tanto, hay que retornar al principio, al fundamente mahometano de la fe, para salvar al pueblo musulmán. El wahabismo fue algo marginal hasta que el clan árabe Saud, que lo había adoptado como doctrina, se hizo con el poder en Arabia en la década de los 30. El dinero del petróleo hizo el resto: Arabia Saudí empezó a patrocinar mezquitas por todas partes y a formar a “doctores de la ley”, y la formación que recibían era esencialmente wahabista. Al mismo tiempo, en Egipto surgía otro movimiento determinante: el de los Hermanos Musulmanes, que incidía en el mismo planteamiento salafista, es decir, de retorno a la pureza originaria. Frente a la pérdida de valores asociada a la modernización, y agravada por los problemas económicos, por todas partes se empezaba a predicar lo mismo: retornar al islam primigenio.

Tercera transformación del mundo musulmán: a partir de los años sesenta y setenta, millones de musulmanes abandonan su lugar de origen para buscar mejor fortuna en las sociedades occidentales. Argelinos y marroquíes en Francia, pakistaníes en Reino Unido, turcos en Alemania… Toda esa población islámica va a arraigarse en sociedades completamente ajenas al mundo cultural musulmán: origen cristiano, separación neta entre Iglesia y Estado, leyes puramente civiles, libertad de culto, creciente libertad de costumbres, etc. La atención espiritual a estas comunidades emigradas se organiza con frecuencia en torno a mezquitas subvencionadas por el petróleo saudí y recae muchas veces en predicadores formados en el espíritu wahabista. Por esta vía el salafismo empezó a propagarse también entre las comunidades musulmanas de Europa. Recordemos su tesis central: la única solución para el musulmán es retornar a la máxima pureza original de la fe. Puede imaginarse el efecto de sus prédicas en el ánimo de unos fieles insertos en sociedades tan radicalmente ajenas al imaginario musulmán.

Del salafismo al terrorismo‒. Con frecuencia se dice que el gran hito en el radicalismo islámico fue la revolución iraní de Jomeini, que creó la primera república islámica en torno a la sharia. Lo de Irán fue ciertamente muy importante, pero hay que subrayar que, al tratarse de un país chií, sus efectos sobre el resto del mundo musulmán fueron muy limitados. Más decisivo fue el encuentro de wahabistas saudíes con salafistas de otros países en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética, en los años 80. Fue ahí donde nació Al Qaeda, la red terrorista del millonario saudí Osama bin Laden. Al Qaeda se convirtió en una suerte de espejo para millares de musulmanes suníes en todo el mundo. Los grupos salafistas se extendieron por todas partes con un discurso homogéneo y con acentos mucho más políticos que religiosos: el pueblo musulmán es sólo uno –la umma, la comunidad de los creyentes-, su forma natural de organizarse es la sharia –la ley islámica‒, la decadencia del islam en el mundo moderno no tiene otra alternativa que el retorno a la pureza originaria –salafismo‒ y para llegar a tal fin es imprescindible hacer la yihad –entendida como guerra santa‒ contra Occidente, que es el enemigo principal.

En la reconstrucción del imaginario salafista faltaba un elemento: recuperar el califato. Ahí es donde ha entrado el Estado Islámico, nacido de la red de Al Qaeda, pero de la que se separó con un planteamiento estratégico distinto: si Al Qaeda proponía la guerra en un frente que está en todas partes y cuyo centro no está en ninguna, el EI aspira a la creación de un espacio político concreto, material, a partir del cual volver a andar el camino. La capital del Estado Islámico, hasta junio de 2017, fue Raqqa, en el norte de Siria: la misma ciudad en la que comenzó, en el año 657, la división del islam en varias sectas.

El radicalismo de Al Qaeda y la abierta barbarie del Estado Islámico son muy minoritarios en el seno de la comunidad musulmana, incluso el salafismo es una corriente poco extendida en la base de los fieles. Sin embargo, estas exacerbaciones del “discurso” islámico tienen a su favor tres bazas que no es posible ignorar. La primera, que sus posiciones teóricas son absolutamente irrebatibles para cualquier musulmán: como se remiten a la pureza originaria, que es la única base formal de la doctrina, nadie podrá condenarlos como “heréticos”. Por cierto, que ese “retorno al origen” se extiende incluso a las prácticas más salvajes del estado islámico: muchas de las cosas que hacen –como entrar en un pueblo, decapitar a todos los hombres y vender como esclavos a mujeres y niños– aparecen literalmente en las historias del islam de los primeros tiempos.

La segunda baza es su carácter panislamista: en rigor, el islam no conoce naciones ni estados, sino que la auténtica comunidad político-espiritual es la umma. Así, cualquier ataque contra cualquier país musulmán es, de hecho, un ataque al conjunto de la comunidad. Cuando Occidente cree librar guerras “nacionales” contra un régimen o un país (Irak, Afganistán, etc.), el salafista interpreta que en realidad es una guerra contra el islam en su conjunto.

Y la tercera baza que juega a favor del salafismo violento es su público objetivo: una comunidad musulmana efectivamente en crisis, que encuentra muy difícil sobrevivir con su fe y sus costumbres en sociedades cada vez más secularizadas e incluso antirreligiosas, y además en franco retroceso socioeconómico. El paisaje se acerca demasiado a esa desesperanza en la que anida el mensaje redentor del retorno a la pureza primigenia.

Así las cosas, la cuestión que se le plantea al mundo musulmán es la siguiente: acertar a separar eficazmente los elementos religiosos de los políticos. Hay numerosas corrientes partidarias de reconsiderar el papel del islam en sociedades que no forman parte de la umma y adaptarse a ellas. Muchos otros, sin embargo, consideran que desde los propios presupuestos del islam es tarea imposible. El reputado arabista francés René Marchand sostiene que el error es nuestro por considerar el islam como una religión más, cuando en realidad se trata de un credo tan religioso como político. En eso reside su carácter explosivo.

Verdades y mentiras sobre el terrorismo islámico

Es la guerra de nuestro tiempo: el yihadismo. Y cada vez que golpea, una catarata de tópicos se abate sobre la mente del atribulado ciudadano europeo. Aquí va un catálogo de verdades y mentiras sobre el terrorismo islámico.   
            
¿Es del Daesh o no es del Daesh? ¿De verdad esto es el islam? Pero, ¿cómo, si el terrorista no era una persona religiosa? ¿No será solo un perturbado? O quizá se trata de un problema de integración social. ¿No será nuestra la culpa? Esto se arregla con diálogo y convivencia. O cerrando las mezquitas salafistas. O bombardeando al monstruo en su origen. Porque quieren derribar nuestra democracia. ¿O no? Veamos.

¿Es el Daesh o no es el Daesh?‒. La pregunta de si un tipo que asesina a “cristianos” en el metro de una ciudad europea “pertenece o no al Daesh” no tiene más valor que el meramente policial –que, cierto, no es poca cosa‒ a la hora de saber a qué se enfrenta uno exactamente en un caso concreto. El Estado Islámico no es un club al que un fulano se afilie para ser yihadista. Más bien, un fulano es –o se hace‒ yihadista y, cuando actúa, levanta la bandera del Daesh, haya estado o no directamente en sus filas. A veces habrá estado en Siria e incluso habrá combatido en el frente; otras veces será simplemente un acomodado musulmán europeo o norteamericano que encuentra en las prédicas yihadistas del Daesh un estímulo para sus ansias asesinas. El Estado Islámico, normalmente, asumirá la autoría y acogerá al terrorista como “uno de nuestros soldados”, lo haya sido formalmente o no. Precisamente esa acogida póstuma es la mayor gloria posible para el terrorista.

El yihadismo actual no funciona como una organización jerarquizada y piramidal; eso desapareció con Al Qaeda, que empezó a emplear una estructura reticular poblada de grupos enteramente autónomos. Al Qaeda era –y sigue siendo‒ una organización, ciertamente, pero sólo unas pocas acciones eran decididas en la cúpula, que más bien se dedicaba a garantizar la fluidez logística: armas, explosivos, tarjetas de identidad, viajes, campos de entrenamiento, dinero, etc. y, por supuesto, la nutrición ideológica. A partir de ese momento, el terrorismo islamista empezó a funcionar de manera completamente descentralizada: una célula en cualquier parte perpetraba un atentado y acto seguido levantaba la bandera del grupo. Así Al Qaeda logró estar en todas partes sin estar en ninguna. El Estado Islámico (Daesh) sí ha querido controlar un territorio concreto –el califato de Al-Bagdadí‒, y en sus filas se han formado muchos que luego han vuelto a sus países para realizar atentados, pero la estructura del yihadismo, en lo esencial, sigue siendo tan inaprehensible como en tiempos de Al Qaeda. Los grupos o milicianos aislados que reivindican sus acciones en nombre del Estado Islámico se reconocen sin duda en el yihadismo del Daesh, pero no hace falta que éste imparta la orden, ni siquiera que el terrorista haya militado en él.

El yihadismo contemporáneo ha entendido hace años que su acción será más eficaz cuanto más disperso esté el frente y cuantos menos lazos directos unan a los combatientes. Eso lo teorizó Mustafá Setmarián en su “Llamada a la resistencia islámica global” –precisamente, una crítica a lo que él consideraba exceso de centralización de Al Qaeda‒ y desde entonces el fenómeno no ha dejado de proliferar. En síntesis: que cualquiera pueda matar en cualquier parte, sea una célula más o menos formal, sea un simple grupo de amigos, sea incluso un individuo aislado. Ayer se mataba así en nombre de Al Qaeda y hoy en nombre del Estado Islámico. No hace falta que nadie dé la orden porque ésta ya se ha dado en el Corán, y no hace falta que nadie marque la estrategia porque ésta es muy simple: atacar. Los servicios de seguridad europeos lo saben perfectamente, aunque sus políticos no lo quieran ver.

“Esto no es el islam”‒. Típico argumento “buenista” que intenta redimir al conjunto de los musulmanes apartando a las manzanas podridas. Es innegable que la gran mayoría de los musulmanes no son terroristas. Ahora bien, es un hecho que los terroristas de hoy sí son musulmanes. Del mismo modo, el islam no puede reducirse a la “yihad de la espada”, esto es, a la imposición de su fe por la violencia, pero la yihad violenta es uno de los rasgos específicos del islam desde hace catorce siglos y siempre ha estado presente en esa civilización. E igualmente, la experiencia –por ejemplo, en Molenbeek‒ demuestra que puestos a elegir entre la manzana podrida yihadista y el “infiel”, la comunidad musulmana preferirá siempre al primero.

Para marcar la oposición entre islam y yihadismo, con frecuencia se subraya el hecho de que la mayoría de las víctimas del terrorismo islamista son precisamente musulmanes. Es verdad, pero esto también forma parte del problema estructural del islam desde la Edad Media. El islam, en su curso histórico, ha ido acumulando tensiones conflictivas sin solución –es decir, a muerte‒ entre suníes y chiíes (desde el siglo VII) y entre musulmanes ortodoxos y supuestos “malos musulmanes” (desde el siglo XIII por lo menos). Las corrientes salafistas han reactualizado sin cesar esos conflictos al mismo tiempo que amparaban la yihad contra el infiel cristiano o pagano. Precisamente el yihadismo ha sido históricamente uno de los más serios obstáculos de la cultura musulmana para construir un orden social pacífico. La gran novedad es que ahora eso aparece en suelo europeo.

El yihadista es una persona religiosa‒. Error. El yihadista mata en nombre de una religión, pero eso no significa que deba llevar una vida de estricta observancia de la ley coránica. Por una parte, es sabido que al militante le está permitido disimular su fe para llevar a buen fin su empresa. Por otra, es importante recordar que el islam no funciona como una religión esencialmente espiritual, sino que posee una poderosa dimensión política inseparable de lo religioso. En el caso del salafismo, es decir, del integrismo islámico, estamos ante una teología política cuyo objetivo es la construcción de la umma, la comunidad de los creyentes, como una realidad simultáneamente política y religiosa. El yihadista no se mueve por fines espirituales: se mueve por objetivos políticos que, en su mente, son al mismo tiempo religiosos. La muerte en la yihad –darla y recibirla‒ le redimirá de sus insuficiencias en el plano de la fe.

“No es un yihadista, es un perturbado”‒. Otro argumento buenista: el asesino no mata porque sea un islamista radical –nos dicen‒, sino porque es un demente. Últimamente, cada vez que un yihadista mata –en Orlando, en Niza o en Barcelona‒ aparecen decenas de informaciones sobre el estado mental del terrorista con el objetivo implícito de hacernos creer que estamos ante el caso individual de un psicótico. No es verdad. Ciertamente, hay que estar muy mal de la cabeza para matar como en Niza o en Orlando, pero eso no quita para que el motor que ha movido al demente sea el que es: el yihadismo, es decir, la convicción específicamente musulmana de que matando al prójimo se impone eficazmente la fe en el mundo y se salva el alma propia. Otra cosa es que este tipo de planteamientos arraiguen preferentemente en tipos con problemas de relación personal o de identidad individual. Pero no matan por perturbados, sino por yihadistas.

“Es un problema de integración social”‒. Cada vez que el asesino yihadista resulta ser un joven de nacionalidad europea, los medios de comunicación se apresuran a subrayar el problema de la marginación, el paro o cualquier otra circunstancia dramática para explicar por causas sociales el fenómeno. Sin duda las causas sociales influyen, pero, a juzgar por el muy dispar estrato social de los yihadistas europeos conocidos, hablar de marginación o exclusión es pura retórica: los que no procedían de familias relativamente acomodadas, habían vivido de subsidios públicos durante largo tiempo. Por otro lado, la exclusión en la Europa presente no es un problema que afecte sólo a los musulmanes, y no por eso la gente se lanza a matar. ¿Hay una causa social en el yihadismo en suelo europeo? Sí: la conformación de guetos étnicos, conforme a las políticas multiculturalistas que el pensamiento dominante ha predicado desde hace treinta años. Es en esas comunidades cerradas sobre sí mismas donde han proliferado los discursos de radicalización, especialmente en las generaciones más jóvenes.

La culpa es de Occidente por las guerras en Oriente Medio. El Occidente contemporáneo tiende a creerse culpable de todo cuanto acontece en el mundo, y por eso es tan frecuente oír que la causa del yihadismo es la guerra de Irak o cualquier otro desmán de la política exterior occidental. Es verdad que Occidente ha cometido graves errores en su política hacia los países musulmanes (casi tantos como los propios países musulmanes hacia sí mismos), pero su influencia en el yihadismo es solamente circunstancial. Primero, el yihadismo ya existía mucho antes de la era moderna. En segundo lugar, la génesis del yihadismo contemporáneo –pongamos por ejemplo la Yihad Islámica egipcia, en los años 70‒ tiene por objetivo derrocar a los regímenes “infieles” de los propios países musulmanes. Y tercero, y quizá, sobre todo, conviene recordar que el yihadismo actúa igualmente en Pakistán –contra la república islámica pakistaní‒, en la India –contra el gobierno hindú‒, en Afganistán –contra cualquiera‒, en Nigeria o Mali –sobre todo contra los cristianos negros‒, etc. No, el yihadismo existiría igualmente sin guerra de Irak.

Esto se arregla con diálogo y convivencia‒. Como los países europeos parecen extremadamente interesados en mantener en su interior una fuerte proporción de población musulmana, ya sea por razones de interés electoral o por mero cálculo demográfico, desde las instancias oficiales se apela una y otra vez al diálogo y la convivencia como antídotos contra el radicalismo. En Francia han acuñado la meliflua fórmula de “vivre-ensemble” (vivir juntos) para envolverlo en celofán. Instrumentos: cesiones rituales a los musulmanes (por ejemplo, celebración institucional del ramadán) y patrocinio oficial de mezquitas e imanes “presentables” para mostrar que aquí “cabemos todos”. Lamentablemente, el yihadismo no se arregla con “diálogo y convivencia” porque el yihadista no quiere dialogar ni convivir. Aún peor: los mismos sentimientos experimenta cualquier musulmán ortodoxo que aspire a vivir en un orden social conforme a sus principios, que son incompatibles con los del modo occidental de vida. El diálogo y la convivencia siempre pueden ser buenos, pero ni mucho menos va a encontrarse aquí la solución. De hecho, en la Europa presente no han faltado nunca diálogo ni convivencia. ¿Balance?

Lo que hay que hacer es cerrar las mezquitas salafistas‒. En el plano de “lo que hay que hacer” para frenar el fenómeno del yihadismo en Europa, muchas voces piden someter a estrecha vigilancia e incluso cerrar las mezquitas salafistas, es decir, aquellos centros de predicación donde se imparte la doctrina integrista, generalmente de cuño wahabista saudí. Y sí, eso hay que hacerlo, pero conviene tener presente que, hoy, la predicación ya no está sólo en las mezquitas, sino que circula con mucha mayor libertad en internet. Un imán radical en una mezquita puede hacer mucho daño, pero es controlable; por el contrario, no hay quien controle a la miríada de webs yihadistas que llaman a la “guerra” por todo el mundo. Por supuesto, existen medios para identificar a los usuarios de esas webs, pero la operación traería consigo una merma de libertad general que nadie está dispuesto a asumir.

Hay que bombardear al monstruo en su origen. Otra solución “mágica” que se oye en muchas bocas: bombardeemos al yihadismo en su origen –se supone que en algún lugar de Oriente Próximo‒ y se acabará el problema. Gravísimo error que presupone que el yihadismo es algo así como una organización dirigida desde su austera jaima por un cerebro portentoso que se alimenta de dátiles y leche de cabra, como el caudillo almorávide Yusuf ibn Tasufin. El yihadismo no es un monstruo corpóreo al que se le pueda cortar la cabeza para quitarle el aliento. Estamos ante un fenómeno simultáneamente político, cultural y religioso; específicamente musulmán, pero de carácter global, no local. Si queremos extirparlo de nuestras sociedades, las soluciones no pueden apuntar tanto al exterior como al interior. Y en el exterior, por cierto, lo que habría que hacer es más bien lo contrario: consolidar, y no bombardear, aquellas estructuras estatales que han podido neutralizar las contradicciones propias del islam.

Quieren derribar nuestra democracia‒. En las letanías rituales de nuestros políticos y opinadores, cada vez que hay un atentado yihadista surge unánime la fórmula: “quieren destruir nuestra democracia”. Porque “nos tienen envidia”, les faltaría decir. No, nada de eso: al yihadista le importa un bledo “nuestra democracia”. Ese es un argumento de consumo interno para que no se venga abajo la moral ciudadana (y, de paso, el sistema). El yihadista trataría de atentar exactamente igual si nuestros regímenes fueran monarquías absolutas, tetrarquías comerciales o repúblicas soviéticas. El enemigo del yihadista no es “la democracia”, sino el no-islam. En nuestro caso, la cristiandad, es decir, las naciones que proceden de un ámbito espiritual que no es el suyo. El yihadista quiere convertir todo el mundo en Dar al-Islam, casa del islam, y su carácter democrático o no le resulta indiferente. A la víctima de un degüello no se le pregunta si cree en el sufragio universal. Por lo mismo, es ridícula esa otra fórmula que presenta el actual combate como “la lucha global de la democracia contra el terror”, sorprendente figura que tiene la virtud de ocultar el nombre del enemigo (aun reconociendo que da mucho miedo). ¿A quién se intenta defender con estos eufemismos?

Quieren provocar el auge del populismo‒. La penúltima efusión políticamente correcta es de orden táctico: según dicen nuestros cerebros oficiales, en realidad lo que el yihadismo quiere es provocar el auge de los “populismos” (signifique eso lo que signifique) para bañarnos en sangre. Es verdaderamente triste, hasta lo criminal. He aquí que el poder, celoso de su hegemonía, utiliza a un enemigo externo e interno que, efectivamente, nos baña en sangre, para demonizar a una parte de la sociedad-víctima. Al final el malo de la película no es el yihadista asesino, sino el populista malvado, supuesto beneficiario de la violencia islamista. ¿Cómo extrañarse de que el crédito de nuestros gobernantes se esté agotando a ojos vistas?

Yihadismo en Europa: que digan la verdad

¿No estáis hartos ya de oír siempre la misma canción? “El terror no vencerá a la democracia”. “La barbarie no acabará con nuestras libertades”. “El problema no es el islam, sino los terroristas”. Y, ante todo: “Hay que evitar la islamofobia”. Basta ya. Digamos la verdad.

Es un hecho que las medidas de alerta desplegadas por los gobiernos europeos están fracasando. Es un hecho también que para este nuevo tipo de terrorismo no valen los métodos convencionales de salvaguarda del orden público. No estamos ante un grupo terrorista organizado que actúe con una estrategia homogénea. Tampoco ante una acumulación azarosa de “casos aislados”. Estamos ante un proceso de violencia extrema de carácter simultáneamente religioso y político, arraigado en una comunidad concreta, pero implantada en países muy diversos, de manera que cualquiera puede matar en cualquier parte. Y lo más importante: no estamos ante un problema contemporáneo, sino ante la trasposición a suelo occidental de un fenómeno que acompaña al islam desde sus mismos orígenes.

La raíz del yihadismo‒. Quieren presentarnos el yihadismo como un problema marginal, cosa de algunos “chicos malos”, incluso como una suerte de demencia que aqueja a gente con problemas de adaptación social. Que dejen de mentir. Cualquier persona medianamente informada sabe que el yihadismo es un problema específicamente musulmán desde hace catorce siglos. ¿Significa eso que todos los musulmanes son yihadistas? No, por supuesto. Lo que significa es que el islam tiene en sí mismo, desde su origen, una serie de problemas estructurales que se alimentan entre sí y le conducen a esta situación. Y eso no se resuelve invitando a las comunidades musulmanas en Europa a cantar “Imagine”.

¿Cuáles son esos problemas estructurales? Primero, la confusión de los planos político y religioso, que hace muy difícil a las comunidades islámicas vivir bajo órdenes políticos no musulmanes. Segundo, la inexistencia de una autoridad jerárquica unánimemente reconocida que actualice la doctrina, lo cual empuja al creyente a una interpretación literal de los textos sagrados y, por otra parte, faculta a cualquiera para convertirse en portavoz de la verdad. Tercero, la justificación de la violencia como medio para imponer la fe, imperativo que, combinado con los dos anteriores, resulta simplemente letal también para la propia comunidad musulmana. En la práctica, esta naturaleza conflictiva se ha manifestado como una triple guerra: una, la eterna guerra interior ente musulmanes suníes y chiíes; otra, la guerra que los integristas, los salafistas, declaran a los gobiernos no suficientemente islamizantes; por último, la guerra que el yihadista declara a los no musulmanes. Todo cuanto hoy ocurre cabe en ese esquema. Hoy, como ayer.

Estos problemas estructurales del islam –hay que repetirlo– no son nuevos: datan de su mismo origen en el siglo VII. El yihadismo no nos golpea ahora porque los países europeos hayan andado metidos en las recientes guerras de oriente medio. Eso sólo son pretextos, tan válidos como cualesquiera otros. El argumento de la “culpabilidad occidental”, tan habitual en bocas de izquierdas, naufraga en cuanto se mira a Nigeria, Filipinas o Bangladés, escenarios igualmente de terror islamista. No: si el yihadismo golpea hoy aquí, en nuestro suelo, es fundamentalmente porque hemos “importado” a millones de personas de una civilización ajena, y con ella han traído sus tradicionales desgarros.

El yihadismo y Europa‒. El prejuicio ideológico no puede anteponerse a la realidad de los hechos. El poder desea hacernos creer que las comunidades musulmanas pueden vivir libremente integradas en el orden social y cultural europeo, y de hecho así ha parecido ser durante años, pero es una evidencia que hoy las cosas han cambiado trágicamente. Primero: el porcentaje de población musulmana ha crecido exponencialmente. Segundo: esa población, en buena parte, ha creado sus propias comunidades quebrando los viejos modelos de integración. Tercero: en su seno se ha expandido una radicalización identitaria que ha desembocado en la simpatía hacia el yihadismo. Cuarto: en el último año, además, nos hemos encontrado con una afluencia masiva de inmigrantes falazmente importada bajo la etiqueta de “refugiados”. La ola de violencia que estamos viviendo en este último periodo define por sí sola la entidad del problema. El poder desea hacernos creer que el terrorismo es sólo el producto de un grupo particularmente malvado –el Estado Islámico‒, pero es cada vez más una evidencia que el terror yihadista aparece sin vínculos orgánicos con estructura alguna. El poder desea hacernos creer que el islam puede ser una “religión de paz”, pero es una evidencia que los musulmanes europeos, y en especial las generaciones más jóvenes, están ampliamente penetrados por discursos que enseñan exactamente lo contrario. ¿Es difícil aceptarlo? Seguramente. Pero, hoy, eso es lo que hay.

Los europeos hemos de cambiar de mentalidad. La Europa actual ha querido constituirse como un mundo libre de identidades y fronteras, capaz de acoger en su seno a cualquier persona, a cualquier comunidad. Para ello hemos gastado cantidades ingentes en programas de integración y asistencia social, al mismo tiempo que demolíamos nuestra identidad propia. Todavía hay quien piensa, incluso en las estructuras de las Fuerzas Armadas, que la “natural” superioridad de la racionalidad occidental terminará digiriendo el problema yihadista, mero trastorno de orden público que mañana se apaciguará bajo la caricia del bienestar y la prosperidad, como si el destino natural de cualquier ser humano fuera convertirse en un moderno burgués occidental (una perspectiva etnocentrista que, paradójicamente, pasa por “antirracista”). Nadie, quizá por complejos históricos, ha querido aceptar que esa idea de la sociedad sin identidad, de la sociedad en la que “todos caben”, es una idea exclusivamente occidental, es decir, que no deja de ser producto de una identidad determinada, y que no tiene por qué ser aceptada por otras culturas. Por eso han crecido en los márgenes de nuestras grandes urbes enormes comunidades musulmanas donde el yihadismo ha prendido no como reacción al malestar social, al paro, a la crisis, sino, sobre todo, como manifestación identitaria. Y nosotros, poniendo velitas y flores.

Y bien, ¿qué hacer? Actuar en consecuencia. No tiene sentido seguir promoviendo la “normalización” del islam en nuestras sociedades (festejando su ramadán o cediendo a sus menús escolares, por ejemplo) cuando el islam no es “normalizable”. No tiene sentido seguir favoreciendo la inmigración masiva de musulmanes cuando sus posibilidades de integración real son exiguas: en buena medida, el fenómeno de la inmigración musulmana ha trasplantado a Europa los desgarros que laceran a esas sociedades en su suelo natal, y esto no ha hecho más que empezar. Tampoco tiene sentido seguir estrechando lazos con las potencias musulmanas árabes (Arabia Saudí, Qatar, Kuwait, etc.) cuando consta que su dinero está detrás de la radicalización islámica de los últimos veinte años. Y, sobre todo, no tiene sentido pensar que Europa es una no-identidad donde todos caben, porque la realidad es que no todos desean caber.

Es urgente rectificar‒. La obsesión de nuestras instituciones comunitarias por presentar a Europa como esa no-identidad donde todo el mundo cabe choca contra estas feroces realidades: los musulmanes, o parte de ellos, están dispuestos a afirmar su identidad colectiva, una identidad que, en muchos aspectos, es incompatible con las normas europeas de convivencia cívica. Consecuencia lógica: al yihadismo en suelo europeo hay que combatirlo frenando la expansión del islam en nuestras sociedades. No hay otra opción. Por desgracia, parece que nuestros gobernantes piensan lo contrario. Desde que comenzó la denominada “crisis de los refugiados”, es decir, la afluencia masiva y descontrolada de inmigrantes al socaire del movimiento de desplazados de la guerra de Siria, los medios de comunicación hegemónicos, controlados habitualmente por empresas muy vinculadas a la gran finanza y al poder político, vendieron unánimemente una versión oficial de los hechos, a saber: Europa debía “acoger” a toda esa masa de población e integrarla en su seno, la inmigración era una “oportunidad” y los temores a las turbulencias islamistas no eran más que falsedades propaladas por la “extrema derecha”. Dos años después, la presencia cotidiana del terrorismo yihadista en Europa es una realidad y la afluencia de “refugiados”, sin ser la causa, tampoco ha sido ajena a esta espiral de muerte. La evidencia debería mover a cambiar de posición, a rectificar abiertamente. De lo contrario, esos mismos poderes estarán siendo ya no cómplices, sino responsables directos de la calamidad.

¿Es posible vencer al yihadismo? El yihadismo es un problema específicamente musulmán que sólo puede resolverse desde el mundo islámico. Pero nosotros, europeos, sí podemos hacer algo para prevenir las consecuencias del fenómeno. Primero, en nuestro suelo, truncar el desarrollo de comunidades culturales que no acepten las normas de convivencia generales y, en vez de integrarse, buscan implantar su propio orden. Y, además, en el plano internacional, favorecer la consolidación de estructuras estatales en el mundo musulmán que contengan el fenómeno dentro de márgenes políticos estrictos, como están haciendo Marruecos y Egipto, por ejemplo. Hasta hoy, la política europea ha sido exactamente la contraria: debilitar la identidad propia en beneficio de la ajena y secundar la descabellada política americana de desestabilización de los regímenes instalados en el mundo musulmán. Es urgente rectificar esa política. No descubrimos nada nuevo: todos lo saben en Bruselas, Berlín o París. Más dudoso es que algún líder político, en esta Europa castrada y acomplejada, dé el primer paso.

Es imprescindible plantearse aquí algo que para nosotros debería ser fundamental: el destino de Europa, de todas las naciones que hacemos Europa. Es normal que el enemigo ataque; lo que no es normal es que uno renuncie a defenderse. La Unión europea ha querido construirse como una no-identidad, como un espacio económico vacío y neutralizado, un laboratorio del final de la Historia en la indiferencia del mundo global. Es un horizonte que sólo promete aniquilación. El problema es mucho más que político y económico. Si queremos salir de esta viscosa impresión de camino cerrado, es preciso recuperar la conciencia de nosotros mismos, y eso pasa necesariamente por reivindicar la propia identidad histórica y político, única forma de señalar un proyecto colectivo. Exactamente lo contrario de lo que hoy proponen los mandamases del asilo europeo.