El velo islámico, el ángulo muerto de las feministas #MeToo. Entrevista a Fatiha Agag-Boudjahlat, por Anne-Laure Debaecker


El sistema patriarcal árabe-musulmán perdura y se desarrolla gracias a los fundamentalistas musulmanes y a la bendición de los occidentales penitentes y de las neofeministas, denuncia Fatiha Agag-Boudjahlat.

“Las guerras identitarias siempre se hacen sobre el cuerpo de las mujeres”, explica la escritora feminista Wassyla Tamzali. Un análisis que comparte la autora en su nuevo ensayo, con prefacio de Elisabeth Badinter, que profundiza en la estrategia de dominio islamista mediante el velo femenino. La autora invita a salir del argumento “Mi cuerpo, mi elección” para preguntarse sobre una cuestión política convertida en un asunto clave.

“Combatir el velo es combatir un sistema”. ¿Cuál?

Se trata de combatir con las ideas y las palabras el sistema patriarcal árabe-musulmán que hace de la mujer y de su cuerpo una vulnerabilidad ambulante y la representación del honor de la familia. Consiste en un ser secundario, subordinado, sometido al tríptico virginidad, pudor y discreción. Perdura hoy bajo el asalto de líderes religiosos extremistas, pero perdura también con la colaboración activa de las mujeres mismas que, en mi generación, crecieron sin velo, y que funcionan como unas agentes de la “retrotradicionalización”.

Este sistema se beneficia de la bendición de burgueses penitentes y de seudofeministas que llegan a identificar el patriarcado blanco en cualquier minucia pero que luego se solidarizan con esta vuelta atrás, que cuenta con una inmunidad y una impunidad chocantes. El velo es ya una cuestión banal y se está convirtiendo en la norma. Es la mujer sin velo la que llama la atención en los suburbios, la que es señalada con el dedo, la que se convierte en anormal.

¿Qué estrategias se usan para imponerlo?

Son múltiples: tradicionales (la educación, el mimetismo, la presión comunitaria) y también modernos, apoyándose en las ideologías de moda, es decir:

— La inversión. El velo es un signo de empoderamiento en Occidente, de fuerza de acción femenina y feminista, ya que permite rechazar el diktat de la desnudez y de la belleza impuesta en nuestros lares. Sin embargo, simboliza exactamente lo contrario en los países árabes. Es extraño que este objeto cambie de sentido según el país donde se use.

— El consumismo. Esas mujeres estigmatizadas tienen poder adquisitivo, forman un nuevo nicho de mercado que las grandes empresas como Nike o Vuitton encuentran interesante.

— La iconización. Esas mujeres con velo son magnificadas, con modelos que lo llevan en portadas de revistas (lo cual es un poco contradictorio con el sentido de llevarlo). Esas bellas y exitosas mujeres llevan velos bonitos y aceptables para los burgueses occidentales, que cierran los ojos ante los burqas, niqabs y los velos de las niñas.

— La condescendencia. Es la hipocresía de los que no reaccionarán porque no les concierne, ni a ellos ni a sus hijos en sus barrios lujosos por lo que, si el velo sirve para que las mujeres puedan salir de sus casas… les parece bien. Pero es a la inversa: es el velo el que limita la circulación de las mujeres; ni la Ley, ni el Estado.

— El acoso a los jueces. A golpe de jurisprudencia, con un Consejo de Estado que no defiende su papel, sino que se pierde en una carrera para ver quién da más en materia de derechos y libertades, los fundamentalistas obtienen nuevos derechos y, por efecto dominó, piden más todavía.

“El velo es patriarcal”. ¿Por qué se dice eso si es el resultado, muchas veces, de una libre elección, apoyada con frecuencia por las feministas?

Gracias a la religión y a la tradición: las dos son el fruto de hombres. La religión permite adherirse a un sistema que es objetivamente desfavorable para la mujer. No acepto ya ese argumento de la libre decisión reducido a una capacidad de actuar. Es el nivel adolescente de la libertad. Es también el argumento de aquellos que defienden la prostitución y los vientres de alquiler, y que permite tapar el sistema de trata y la subordinación económica. Hay que cuestionarse la construcción del consentimiento. Esas feministas rechazarían el velo para ellas y para sus hijas.

Usted dice que “las neofeministas del #MeToo tienen ceguera y sordera cultural”.

Aquellas que buscan, combaten y denuncian el patriarcado en todos los ámbitos, incluso en la gramática y los títulos, no dicen nada sobre el velo y las obligaciones que conlleva (virginidad, pudor, discreción). África y el Medio Oriente son los ángulos muertos de las promotoras del #MeToo. Es una ceguera cultural voluntaria: esas occidentales prohíben a las orientales los estándares de igualdad y dignidad que exigen para ellas. Se burlan de las mujeres americanas que alaban la virginidad, pero no dicen nada sobre las reconstrucciones de himen realizadas en Francia, que no afectan a una sola comunidad religiosa.

El feminismo racialista se vuelve así contra las mujeres. ¿Cómo?

Porque criminaliza la universalidad de los derechos y de la dignidad, y devuelve a las mujeres a los estándares de su comunidad de pertenencia, étnica o religiosa. Porque se han apropiado de una herramienta sociológica para hacer de ella una palanca de promoción racialista: la interseccionalidad. Este concepto, en origen, tenía como objetivo analizar el “doble castigo”, la acumulación de opresión que afectaba a las mujeres de color, por ejemplo: opresión como mujer, opresión como negra. Pero olvidando un tercer aspecto porque no entra en la agenda ideológica de indigenistas e islamistas: la opresión sufrida por las mujeres en el interior de su grupo social por los hombres de dicho grupo.

Esas falsas feministas atacan y se burlan de la Iglesia Católica, pero rechazan cualquier crítica al islam ortodoxo. Por lo tanto, esas feministas niegan la posibilidad de ser libres a aquellas mujeres que no son de su mismo grupo social.

¿Cuáles son los peligros del “acercamiento razonable” solicitado por algunos?

Si esos acercamientos son razonables será porque la ley no lo es. Hay que ver más lejos que el simple Derecho. Será todo el edificio de derechos y deberes de un Estado-nación el que estará amenazado a base de pequeños y repetidos golpes. El peligro es instaurar un doble sistema de normas, ya visible en algunas decisiones de la Justicia. Nos dirigimos, sin decirlo, hacia unas leyes personalizadas, con unas sentencias que tendrán en cuenta el origen étnico de los acusados y serán juzgados teniendo en cuenta sus prácticas culturales de origen. “Son sus costumbres y hay que respetarlas” (se ve el menosprecio que está siempre presente en la condescendencia…), “no se les puede pedir que sean tan civilizados como nosotros”. ¿Nosotros? ¿Quiénes hemos nacido y crecido en Europa? Si se hiciera un estudio, se vería que los orientales son menos juzgados y menos condenados en casos de violencia conyugal perpetrada sobre orientales, pero más si lo ha sido contra occidentales.

Con el velo está en juego también una noción de la libertad…

La libertad sin contenido ético y sin horizonte de interés general no es más que una licencia. ¿Una capacidad para la acción? Puedo hacerlo, luego lo hago. Puedo matar, y mato. ¿He ejercitado mi libertad? Ninguna libertad es total en Europa, con excepción de la libertad de opinión.

Los límites de la libertad son importantes y permiten construir un conjunto político como es una nación. Esto es lo que el Tribunal de Estrasburgo ha reconocido varias veces explicando que la religión no lo justifica todo. Yo puedo escoger fumar, beber y drogarme a pesar de que sé que entraré en una dependencia perjudicial. Puedo conducir muy rápido, aunque sé que me pongo en peligro, a mí y a otros conductores. En los suburbios, la libertad se reduce al grado de conformidad con las exigencias de los líderes masculinos de la comunidad.

Por otra parte, esas mujeres con velo son libres en Europa. Se ponen el velo por elección o por oportunidad, por piedad, etc. Pero no nos engañemos ni que nos engañen: sus derechos y libertades no vienen de una práctica iluminada del islam, sino del Estado de derecho occidental en el cual ellas viven y que interviene para impedir cualquier restricción de esas libertades. El ideal islámico no es la Francia tolerante. Es Arabia Saudita; es un Estado bajo la sharia. Ahí encontraremos pocos ciudadanos que defiendan los derechos de las minorías, ni ninguna minoría sexual.

¿Qué sucede con la laicidad?

La laicidad no tiene nada que ver en este tema: se trata de la dignidad de las mujeres y de la protección de la infancia. Se prohibieron los concursos de mini-misses porque se sexualizaba a los niños y estaban sometidos al poder de sus padres. El velo de las niñas tiene el mismo resultado: hay que prohibirlo. En cuanto al velo de las mujeres es su elección; Occidente respeta la libertad de ser fundamentalista. Pero que lo asuman. No le corresponde a la sociedad, ni a los que no comparten mi fe, el adaptarse. La religión es una elección. El grado de ortodoxia religiosa también se escoge (y los islamistas trabajan para hacer creer que la ultraortodoxia es la única manera auténtica de ser musulmán).

La laicidad se aplica en las escuelas públicas hasta los 18 años, y a los funcionarios durante su trabajo. Este principio jurídico está sometido a los vaivenes de la jurisprudencia y su Observatorio se mueve para vaciar el contenido republicano y acercarnos al modelo anglosajón multiculturalista. Ahora es en nombre de la laicidad cuando las personas religiosas reclaman más derechos. Igual dignidad para las mujeres y protección de la infancia: he ahí dos principios universales prioritarios. Y que no deben estar reservados solo para las mujeres blancas. Fuente: Valeurs Actuelles