El retorno del proteccionismo y sus adversarios, por Jacques Sapir


La amplitud y la profundidad de la crisis han reactivado el debate sobre el proteccionismo. Un debate sensible, a juzgar por la virulencia de los defensores del librecambio, transformado en fetiche. Intencionalmente o por ignorancia, el proteccionismo aparece como un verdadero tabú; la única solución sería la permanente deflación de los salarios. El rechazo a identificar el librecambio como la causa de la crisis muestra que sus partidarios han abandonado el universo de la reflexión para entrar en el del pensamiento mágico.

Esta crisis tiene la apariencia de una crisis financiera, surgida de la imprudencia de los bancos y de los banqueros, de la avidez de los traders (corredores de Bolsa) irresponsables y, para aquellos que pretenden ser más lúcidos, de la ausencia de regulaciones. En realidad, el rápido aumento del endeudamiento y de la insolvencia de los hogares es la traducción financiera de la deflación salarial; es decir, de la caída de la proporción de los salarios en el reparto de la riqueza, inducida por la presión que ejerce el librecambio, tanto a través de los productos importados como de la posibilidad de deslocalizar la producción.

El librecambio entraña un doble efecto depresivo: directo sobre los salarios, e indirecto por medio de la competencia fiscal que hace posible. En efecto, para preservar el empleo, los gobiernos de los países donde las empresas están sometidas directamente a la competencia de la producción a bajo coste y con débil protección social, tratan de preservar el nivel de las ganancias en su territorio (condición necesaria para evitar las deslocalizaciones), transfiriendo las cargas sociales de las empresas hacia los trabajadores. A la presión sobre los salarios se agrega una fiscalidad más injusta y una reducción de las prestaciones sociales (el salario indirecto). Esto incide en el ingreso de la mayoría de los hogares, que sólo pueden mantener su nivel de consumo recurriendo de manera creciente al endeudamiento, justo en un momento en que se hacen más frágiles sus recursos financieros...

En el corazón de la crisis, no son los bancos los únicos responsables desde este punto de vista, cuyos desórdenes no son aquí sino un síntoma, sino más bien el librecambio, cuyos efectos vienen a combinarse con los de la finanza liberalizada.

Ámbito, formas y consecuencias de la deflación importada de los salarios
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En los Estados Unidos, la parte de la remuneración del trabajo en los ingresos nacionales cayó al 51,6% en 2006, su punto histórico más bajo desde 1939, contra, por ejemplo, el 54,9% en 2000. Para el período 2000-2007, el crecimiento del salario real medio sólo fue del 0,1%, mientras que el ingreso del hogar medio bajaba del 0,3% por año en términos reales. La bajada ha sido incluso más fuerte para los hogares más pobres, que vieron bajar sus ingresos el 0,7% por año en el mismo período. Resulta sintomático que, a partir del año 2000, la progresión del salario por hora no se corresponde con las ganancias de la productividad.

El libre comercio también presiona a los gobiernos para transferir la financiación de las prestaciones sociales de las empresas hacia los asalariados. De 2000 a 2007, el coste del seguro de salud en los Estados Unidos (+ 68%) y el coste de la educación (+ 46%) aumentó fuertemente, mientras que la proporción de habitantes sin cobertura social ha pasado del 13,9% al 15,6%. Incluso Paul Krugman, que durante mucho tiempo había pretendido que “la mundialización no es la culpable”, ha debido reconocer que la deflación salarial importada vía librecambio ha jugado un rol importante en este proceso.

No es sorprendente, por tanto, en estas condiciones, que el endeudamiento de los hogares norteamericanos se haya disparado. Representaba el 63% del PIB de los Estados Unidos en 1998 y el 100% en 2007.

El fenómeno se produce igualmente en Europa, donde se combina, en la zona euro, con la política del Banco central europeo (BCE), que añade su peso a las fuerzas depresivas importadas. Ciertos países han seguido el modelo americano, como España, Irlanda y el Reino Unido, donde asistimos a un empobrecimiento relativo y en ocasiones absoluto de la población. En estos países la deflación salarial importada se traduce en una explosión del endeudamiento de los hogares, que ha superado en 2007 el 100% del PIB, lo cual ha producido un fenómeno de insolvencia comparable al que se ha manifestado en Estados Unidos.

Incluso en los países relativamente alejados del modelo norteamericano, la deflación salarial es patente.

Alemania ha reaccionado con una política de deslocalización masiva de la subcontratación. Se ha pasado así, gracias a la apertura de la Unión europea a los países de Europa central y oriental, de la lógica del “made in Germany” a la del “made by Germany”. Al mismo tiempo, el gobierno alemán ha transferido a los hogares (vía TVA) una parte de las cargas que pesaban sobre las empresas. Esta estrategia ha permitido un fuerte excedente comercial en detrimento de sus socios de la zona euro, a los que Alemania reexporta la deflación salarial, pero al precio de un débil crecimiento en razón de una demanda interior deprimida a pesar de un aumento inquietante del endeudamiento de los hogares (68% del PIB).

En cuanto a Francia, los gobiernos de los últimos años han tratado de reaccionar a la mundialización mediante políticas llamadas “reformas estructurales”. Esos años, alargando la duración total del trabajo y poniendo en causa las prestaciones sociales, no han logrado sino ratificar los efectos de la deflación salarial importada. Como lo constata el Centro de investigación por el estudio y observación de las condiciones de vida (CREDOC): “… globalmente, la situación de las clases medias se parece más a las de bajos ingresos que a las de altos ingresos”.

La forma más espectacular de esta política se encuentra en las deslocalizaciones hacia países de salarios más bajos y débiles reglamentaciones sociales y ecológicas. Pero el chantaje al empleo ejercido sobre los trabajadores y sus sindicatos en lo que respecta a las adquisiciones sociales y a la subida de los salarios, constituye su forma más importante.

El librecambio participa también de la degradación de las condiciones de trabajo que conocemos desde hace una década. El chantaje por la deslocalización es uno de los principales argumentos utilizados por las direcciones de empresas para poner en causa acuerdos y reglamentaciones sociales anteriores. Esto tiene consecuencias importantes sobre la situación sanitaria de los asalariados, como el crecimiento de patologías inducidas por el estrés del trabajo que resulta de la presión chantajista de la deslocalización. Si estas patologías tienen un coste médico del 3% del PIB, como indican los estudios epidemiológicos totales, el vínculo entre las lógicas de la deflación salarial y el deterioro de las cuentas sociales en Francia y en los principales países europeos, parece bien establecido. Entonces, es esta deriva (o la que aparece como tal) de las cuentas sociales la que sirve de pretexto a los diferentes gobiernos para cuestionar una serie de derechos, transfiriendo los costes hacia los asalariados.

Las “reformas estructurales”, por tanto, contribuyen, directa e indirectamente, a crear las condiciones de insolvencia de la gran mayoría de los hogares. Está en el centro de la crisis el endeudamiento hipotecario que hemos conocido en los Estados Unidos, en el Reino Unido y en España. Pero existe también en otros países donde se traduce en una fragilidad creciente de las familias y el impresionante aumento de la cuestión planteada por el “poder adquisitivo”. Incluso en Francia, donde los bancos fueron bastante prudentes, el endeudamiento de los hogares, estable hasta el año 2000, progresó brutalmente del 34% del PIB al 47,6% en 2007. La aparición, desde hace una docena de años, del fenómeno de los “trabajadores pobres”, tanto en Francia como en Alemania, está directamente ligada a estas políticas.

Los orígenes de la deflación salarial
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La deflación salarial encuentra su origen en las políticas depredadoras sobre el comercio internacional, puestas en marcha por los países del Extremo Oriente desde 1998-2000, a través del marco del librecambio generalizado e impulsado por la Organización mundial del comercio (OMC). Sin embargo, estas políticas predadoras son, ante todo, reacciones al choque que representa la crisis financiera de 1997-1999. Este es el caso de China, que debió absorber, en razón de la negligencia y de la incompetencia del FMI, una buena parte del choque de la crisis asiática dejando a sus vecinos reconstituir los excedentes comerciales y financieros en su perjuicio. China y sus vecinos fueron empujados a desarrollar políticas depredadoras en el comercio internacional. Éstas han sido implementadas por devaluaciones bastante fuertes, políticas de deflación competitiva y limitación del consumo interior. Estas políticas, a través del librecambio, han inducido un potente efecto de deflación salarial en los países desarrollados.

La economía china continúa, desde hace más de treinta años, con un rapidísimo reajuste tecnológico en relación con los países desarrollados, como lo muestra el índice de similitud de sus exportaciones con las de la Organización de cooperación y desarrollo económico (LCDE). Al mismo tiempo, el coste salarial, directo e indirecto, no ha evolucionado. El aumento en calidad de sus exportaciones amenaza a medio plazo a la totalidad de los empleos industriales. El índice de similitud, que mide la similitud de las exportaciones de un país con las de los países de la OCDE, está en constante aumento en el caso de China, pero también de otros países emergentes. El mito de una especialización internacional, en la que los países emergentes se concentrarían en los productos simples mientras que los países desarrollados mantendrían el control sobre los productos sofisticados, se derrumba. El efecto de la deflación salarial sobre las economías desarrolladas no puede, de esta forma, sino acentuarse.

La deflación salarial importada se ha instalado también en la Unión Europea con el proceso de ampliación. Una parte del efecto de la deflación salarial en Europa es, en efecto, directamente imputable a las estrategias de entrada de “nuevos socios”. Países como Chequia, Eslovaquia, Rumanía, pero también en menor medida Hungría y Polonia, han disfrutado deliberadamente del dumping fiscal, de tasas de cambio ventajosas, de cargas sociales reducidas y de exenciones obtenidas en la aplicación de las reglamentaciones ecológicas para atraer inversiones de la deslocalización. Teniendo en cuenta el tamaño de estos países y de sus mercados, resulta evidente, en efecto, que los inversores no van por el mercado interior, sino para hacerlos servir como plataforma de reexportación hacia los países del núcleo histórico de la Unión Europea.

Los mitos del librecambio
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Podríamos, entonces, considerar que esta deflación salarial es el precio a pagar para que otros países se desarrollen. Tal es, por otra parte, uno de los mitos propagados por los adversarios del proteccionismo: el librecambio beneficia a los países más pobres. Nada es más inexacto.

El impacto del librecambio establecido por la OMC sobre los países más pobres ha sido sensiblemente negativo. Si los primeros resultados publicados en 2003 proclamaban ganancias del orden de los 800 millardos de dólares, cada sucesiva revisión de los modelos utilizados ha conducido a una disminución de estas estimaciones. Ahora bien, estos modelos están concebidos, en realidad, voluntariamente o no, para maximizar los efectos positivos de la liberalización de los intercambios. Se caracterizan, en efecto, por la ausencia de consideración de las pérdidas de ingresos generados por el fin de las barreras tarifarias ‒las cuales están lejos de ser despreciables. En estas condiciones, que los recientes resultados de los modelos tradicionales sean cada vez menos favorables a los efectos del librecambio, deben ser comprendidos, entonces, como una prueba mayor de la debilidad de la argumentación en su favor. Añadir que el Banco Mundial y la OMC integran a China entre los países llamados “pobres”, lo cual hoy es bastante discutible. Si la retiramos de la muestra, el resultado de los efectos del librecambio sobre esos países es negativo, sea cual sea la metodología empleada.

La pérdida de ingresos por los trabajadores de los países desarrollados no va a compensar a los trabajadores de los países emergentes, sino que sirven para enriquecer todavía más a una pequeña élite cuya riqueza se ha disparado literalmente en los últimos años. En los Estados Unidos, el 0,1% de los más ricos acumulaban el 7,5% de los ingresos nacionales en 2005, contra el 5% en 1995 y el 2,9% en 1985. El nivel de 2005 coincide con el de 1929 (7,6%). Las mismas causas generan los mismos efectos. En efecto, si en un primer tiempo, los países que se beneficiaban de las inversiones de la deslocalización veían acelerarse su crecimiento, posteriormente se han visto los efectos negativos de estar sostenidos por la ayuda de las grandes empresas europeas y norteamericanas. Así, el empobrecimiento relativo, e incluso absoluto, de los trabajadores de los países desarrollados ha engendrado la crisis actual, que se traduce por una contracción brutal del consumo, lo cual viene a penalizar a los países exportadores. En el juego del librecambio y de la deslocalización y la deflación salarial, nadie sale ganando, excepto aquellos que se embolsan los beneficios y que conservan en lugares privilegiados.

Existe, sin embargo, un segundo mito, utilizado para intentar desacreditar el proteccionismo. Se afirma que las medidas de proteccionismo adoptadas después de la crisis de 1929, la habrían agravado provocando un colapso del comercio internacional. De hecho, los factores determinantes fueron la inestabilidad monetaria, el aumento de los costes del transporte y la contracción de la liquidez internacional. Los partidarios del librecambio olvidan siempre mencionar la conversión de Keynes, que era a principios de los años 1920 un resuelto partidario de librecambio, al proteccionismo a partir de 1933. Keynes no variará jamás esta última posición y sus proyectos de reorganización del sistema monetario y comercial internacional concedieron un importante papel al proteccionismo, al tiempo que condenaba la simple autarquía.

La necesidad del proteccionismo
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Las medidas proteccionistas, que permiten modular los intercambios con el exterior, al contrario que la autarquía, que es un repliegue sobre sí mismo, se imponen de esta forma. Es la condición sine qua non de toda política de revalorización salarial que permita volver solventes a los hogares e incrementar la demanda. Aumentar los salarios sin tocar el librecambio es, o bien una hipocresía, o bien una estupidez. Por otra parte, sólo el proteccionismo puede detener la espiral de infraoferta fiscal y social que hoy se ha instaurado en Europa.
 
Ciertamente, se puede argumentar que la introducción del proteccionismo no va a modificar mecánicamente el comportamiento de las empresas. El patronato empresarial, una vez protegido de la competencia exterior, puede intentar mantener su ventaja. Sin embargo, habrá perdido el argumento que es su principal fuerza. Es cierto que hoy, en Francia, como en los principales países europeos desarrollados, por el hecho de la presión de las producciones a bajo coste, no se puede elegir sino entre la deflación salarial (directa e indirecta a través de la transferencia de las cargas hacia los asalariados) o la deslocalización y el desempleo. Pero quitando tal argumento a la patronal empresarial, dotamos a los asalariados de una posibilidad de imponer, mediante sus luchas, una mejor distribución de la riqueza producida. El proteccionismo no es una panacea ‒nada lo es en economía‒ pero es una condición necesaria sin la cual nada es posible. 

El objetivo de este nuevo proteccionismo debe ser claramente precisado. No se trata de aumentar todavía más los beneficios, sino de preservar y extender las adquisiciones sociales y medioambientales. Se trata así de penalizar, no a todos los países donde los salarios son más bajos, sino a los países cuya productividad coincida con nuestro nivel pero que no lleven a cabo políticas sociales y ecológicas igualmente convergentes. Se trata de impedir que el comercio mundial tire de todo el mundo hacia abajo.

El marco de la Unión europea es imperfecto para tal retorno del proteccionismo. Si se impone el restablecimiento de una importante tarifa comunitaria, está claro que el espacio europeo es hoy tan heterogéneo que permitirá seguir prosperando las políticas de dumping fiscal, social y medioambiental.

Además de la tarifa comunitaria, conviene entonces pensar en el retorno de los montantes compensatorios monetarios (MCM) que existían en la década de los años 1960. Estas tasas, provisionales, vendrían a compensar las diferencias de los tipos de cambio, pero también las normas sociales y ecológicas entre los países de la zona euro y los otros miembros de la Unión europea. Tal intercambio no se producirá por sí mismo e implicaría un conflicto en el seno de la UE. Si el establecimiento de medidas coordinadas está lejos, la mejor solución, a medio plazo, es la amenaza de medidas unilaterales por un país europeo de gran tamaño y desarrollo, para permitir la apertura del debate en el seno de la Unión europea. Ello conduciría a la creación de círculos concéntricos en el seno de la UE que permitieran respetar las diferencias estructurales que existen entre los países miembros.
 
Los montantes resultantes de la tarifa comunitaria deberían ser repartidos entre la provisión de un Fondo social europeo y las ayudas dirigidas a los países exteriores que se comprometan, en el marco de ciertos acuerdos, a implementar sus protecciones sociales y ecológicas. El montante de las MCM debería financiar ese “Fondo de convergencia social y ecológica” en favor de los países de la UE que alcanzarán gradualmente esa doble convergencia. Hay que comprender aquí que la alternativa al proteccionismo y a las MCM, sería ver cómo los demás imponen sus elecciones en materia social y ecológica, en lugar de imponer las nuestras. El librecambio es la muerte de la democracia.

Los repetidos fracasos de todas las tentativas para construir una “Europa social”, gran ilusión de los socialistas y los ecologistas, simplemente han conducido a la armonización fiscal. Sin medidas susceptibles de penalizar las estrategias de dumping social, fiscal y medioambiental, la ley de la “oferta a la baja” se ha impuesto. Hace falta añadir aquí también que la combinación de librecambio y de rigidez monetaria que se imponen al funcionamiento actual de la zona euro, ha hecho necesaria, desde el punto de vista de las empresas, la inmigración clandestina. Por definición, un inmigrante clandestino es un trabajador no cubierto por el derecho social vigente. El recurso a la inmigración clandestina deviene entonces en el equivalente a una devaluación de hecho y a un desmantelamiento de los derechos sociales, que permite a la empresa hacer frente a la presión de la competencia importada. Es hipócrita pretender luchar contra la inmigración clandestina manteniendo las estructuras económicas que la convierten en una lógica opción para los empresarios.

El retorno al proteccionismo, digan lo que digan los gobiernos, deviene inevitable. Lo vemos en los Estados Unidos. Lejos de ser un factor negativo, el proteccionismo podría permitir una reconstrucción del mercado interior sobre bases estables con una gran mejora de la solvencia, tanto de los hogares como de las empresas. Esta es la razón por la que implica un importante elemento para la salida de la crisis actual y deber ser rápidamente enfocado un punto de vista central sobre el debate público despojado de sus fetiches y tabúes.

¿Ignorantes o falsarios?
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Para desacreditar las tesis de sus adversarios, los partidarios del librecambio falsifican la historia, haciendo creer que las medidas proteccionistas adoptadas después de la gran depresión de 1929 habrían agravado dicha situación. Se puede fácilmente, sin embargo, demostrar que la caída del comercio internacional tuvo otras causas distintas al proteccionismo (que conviene no confundir con la autarquía, en el caso de las medidas adoptadas en Alemania e Italia a partir de 1933 y 1935).

En primer lugar, constatamos que la producción interior de los grandes países industrializados cae más rápidamente que el comercio internacional. Si esta contracción había sido la causa de la depresión que los países conocieron, debería verse a la inversa. Hace falta señalar, a continuación, que la parte de las exportaciones de mercancías en el PIB pasó del 9,8% a 6,2% para los principales países industrializados occidentales desde 1929 a 1938, ésta estaba lejos de ser la más alta, que fue la del 12,9% en 1913. En fin, la cronología de los hechos no se corresponde con la tesis que considera que las medidas proteccionistas estuvieron en la base de la contracción del comercio internacional.

Lo esencial de la contracción del comercio se juega entre enero de 1930 y julio de 1932, antes de la introducción de medidas proteccionistas, o incluso autárquicas en ciertos países, con la excepción de las medidas norteamericanas aplicadas a partir del verano de 1930, pero de efectos bastante limitados. De hecho, es la liquidez internacional la causa de la contracción del comercio. No es sorprendente porque la liquidez condiciona el comercio, sea directamente (la capacidad para pagar), sea indirectamente (la capacidad de los negociadores para acceder a los medios de transporte).

La contracción del crédito es una causa mayor de contracción del comercio. La cuestión de la liquidez es bien central. Un estudio de la NBER muestra, por otra parte, que es la inestabilidad monetaria (que genera la crisis de la liquidez internacional), pero también el alza brutal de los costes del transporte, lo que induce la contracción del comercio durante los años 1930. 

La lectura de la década de los años 1930, que pone en acusación a las políticas proteccionistas, está equivocada. Sin las medidas proteccionistas (que hay que distinguir de las medidas autárquicas de Alemania e Italia), las políticas de estímulo no hubieran podido ser aplicadas y la crisis se hubiera agudizado. Estas medidas proteccionistas permitieron a ciertos países evitar crisis brutales en el balance de sus pagos, que en caso contrario les hubiera obligado a pasar a la autarquía. El proteccionismo es, en efecto, una garantía contra la autarquía porque permite garantizar la solvencia de los Estados y evitar a estos últimos la obligación de replegarse sobre sí mismos o de introducir un comercio puramente administrado (como sucedió en el invierno de 1933/34 con Alemania).

Hay que añadir, además, que el período 1860-1913, que frecuentemente se denomina como “la primera mundialización”, no atestigua para nada un vínculo entre crecimiento y librecambio, sino más bien lo contrario.

Por último, pretender que el proteccionismo fue la causa de la Segunda guerra mundial, revela, cuando menos, un profundo desconocimiento del nazismo y del fascismo, pero sobre todo una enorme mala fe. ■ Fuente: Le Monde diplomatique