El nuevo capitalismo criminal. Cuando los «bonus» de unos son los «malus» de otros, por François Bousquet


El capitalismo financiero ¿es criminógeno? La respuesta depende del interpelado. Jean-François Gayraud, alto funcionario de la policía nacional, plantea la pregunta en su último libro, Le nouveau capitalisme criminel, una investigación inquietante en la encrucijada de la geopolítica, la criminología y la economía.

"El capitalismo es el chantaje legítimo organizado por la clase dominante”. Al Capone no lo hubiera dicho mejor. Todavía no conocía el trading de alta frecuencia, objeto del libro de Jean-François Gayraud, comisario especialista en mafias y el criminólogo de alto nivel. Un hombre lleno de recursos en el cruce de caminos entra le economía y la criminología, dos disciplinas que no estamos habituados a ver asociadas. Pero tienen mucho que decir la una de la otra. Después de ·El Gran Fraude. Crimen, subprimes y crisis financieras· (2011), donde había comenzado a rastrear la delincuencia financiera puesta en marcha tras los grandes cracks (1929, 2008) ‒las crisis constituyen “oportunidades” para la estafa, similares a las de los períodos problemáticos que ven prosperar el crimen‒, Gayraud se ha convertido en un especialista en explorar los arcanos de la criminalidad de cuello blanco: no sólo de los banqueros corruptos, usureros y asaltadores de caminos, cuya historia económica no es la avaricia, desde John Law hasta Ferdinand de Lesseps, desde Charles Ponzi hasta Bernard Madoff, sino un fraude sistémico.

Siguiendo a Jean-Baptiste Say, la "ciencia" económica ha tomado el hábito de no ver en el fraude ‒fenómeno a lo sumo marginal‒ sino un “desplazamiento de riqueza”, en el que el dinero se conformaría con cambiar de manos. Hablar de criminalidad financiera es despertar de inmediato la indignación de los especialistas de los mercados, que han optado por eufemizar los comportamientos delictivos. Los préstamos tóxicos son calificados de “arriesgados” (de riesgo), las operaciones con información privilegiada son descritas en términos de “asimetrías del comportamiento” y las prácticas dudosas se asimilan a una “moral aleatoria”. ¡En qué términos tan elegantes se habla de estas cosas! Salirse de este marco es ofender la honestidad de los economistas. Ya seamos, nosotros, virtuosos, providencialistas, herederos de las Luces y de Adam (¡qué nombrecito!). Sabemos cómo «La riqueza de las naciones» se debió a los numerosos contactos que Adam Smith había tejido con los Tobbaco Lords (los señores del tabaco), que habían acumulados riquezas excepcionales en la Escocia del siglo XVIII, importando el tabaco de Virginia y Maryland, cultivado por ejércitos de esclavos. La “mano invisible”, gracias a la cual se enriquecían los hombres de negocios escoceses, en realidad estaba encadenada. Lo que se irrigaba y se transfería era “la sangre de los pobres”, según la palabra (y la parábola) de Léon Bloy, sin jamás suscitar la curiosidad de la teoría económica. He aquí el no-dicho inaugural del capitalismo: haber sido formalmente abolicionista (ésta era la posición de Adam Smith) sin dejar de recurrir al trabajo forzoso de los esclavos.

Así, el blanqueo comienza a partir de los libros de historia económica donde se va a transformar la explotación descarada en leyenda dorada. Tal fue "la dinámica del capitalismo", siguiendo el título del libro de Fernand Braudel, en el que éste recuerda cómo la rapiña, el pillaje, el saqueo y la falsificación desempeñaron un papel clave en el surgimiento del capitalismo en el norte de Europa a finales del siglo XVI. "Lo que está probado es que el mundo mediterráneo, a partir de la década de 1570, fue hostigado, apresado, saqueado por los barcos y los mercaderes nórdicos y que no construyeron su primera fortuna gracias a la Compañías de Indias y sus aventuras en los siete mares del mundo […] Inundaron el mediterráneo con productos a buen precio, frecuentemente baratijas, pero que imitaban a conciencia los excelentes textiles del sur, adornándolos con sellos venecianos universalmente reconocidos a fin de venderlos bajo esa etiqueta en los mercados habituales de Venecia. De golpe, la industria mediterránea perdía, a la vez, su clientela y su reputación”. Y concluye, a diferencia de los teóricos de la eficiencia de los mercados, que el triunfo de la Europa del norte “no tuvo una mejor concepción de los negocios ni el juego natural de la competencia industrial”. Una sola política: “ocupar el lugar de los antiguos ganadores, incluyendo el uso de la violencia”.

El mismo razonamiento podría reproducirse sobre otro episodio fundador del capitalismo, aunque más tardío: el de los “barones ladrones”, los J.P. Morgan, John Rockefeller, Johns Hopkins, Andrew Carnegie y otros bribones de este tipo, que acumularon a finales del siglo XIX colosales fortunas por unos medios que los piadosos almanaques de Benjamin Franklin ‒fuente de “la ética protestante y el espíritu del capitalismo”, según Max Weber‒ hubieran reprobado. El comentario vale también para los “golden boys” y las “corporate raiders”, condotieros y filibusteros de las finanzas, dignos herederos de los “barones ladrones”, que, a principios de la década de 1980, abrieron el camino a la desregulación destejiendo el sistema instaurado en Bretton Woods. En desorden y por citar sólo a un puñado: Michael Milken y su "crédito Milken" compuesto de “bonos basura”; Erwin Jacobs, llamado “Irv el liquidador”, o Dennis B. Levine, que inspiró “La hoguera de las vanidades”, sin olvidar a un hombre tan avispado como Georges Soros, en el origen de los “fondos buitre”. Todos ellos virtuosos en los montajes financieros y en la especulación desenfrenada. Los inversores institucionales, bancos y fondos de pensiones, sólo tuvieron que precipitarse en la brecha: una "licencia para devastar", por usar la expresión de John Kenneth Galbraith, brillantemente conquistada por los “traders” y los “raiders” superlativamente inventivos que desplazaron el centro de gravedad del capitalismo: del aparato productivo hacia la renta ‒el trabajo improductivo y parasitario. Si el Estado tuvo alguna vez algún monopolio, éste no era tanto el de la violencia legítima ‒otra concepción heredada de Max Weber‒ como el de la ilegalidad. Porque sólo el Estado podía sustraerse a la ley común. Sin embargo, este monopolio de la ilegalidad fue incautado por los mercados financieros en la década de los años 1980 en detrimento de los Estados (y frecuentemente con su consentimiento). 

Este es el gran relato que Gayraud retoma en su obra «El nuevo capitalismo criminal», una investigación densa y detallada, que puede concebirse como “el libro negro del capitalismo financiero”. Persigue todas las formas de blanqueo de capitales ‒y no son pocas: desde los narcobancos que se han establecido como tiendas en la calle, hasta el control mafioso de las economías niponas (la “recesión yakuza”), mexicanas (el “efecto tequila”), balcánicas (las “pirámides albanesas”). Pero la gran originalidad de su obra es desnudar el “trading de alta frecuencia”, la gran innovación financiera de las dos últimas décadas que, combinada con la desregulación, ha revolucionado los mercados financieros.

¿Qué es el comercio de alta frecuencia? Una nueva forma de concebir la especulación, en la interfaz de lo legal y lo ilegal, lo real y lo virtual, y que hará entrar la “economía-casino” en un nuevo universo digital gobernado por órdenes de gran magnitud cercanas a la física cuántica. Será suficiente para ello programar superordenadores capaces de ejecutar cientos de miles de órdenes bursátiles a velocidades supersónicas para obtener los máximos beneficios a partir de ínfimas variaciones de precios. Gracias a los algoritmos puestos a punto por subordinados informáticos y pequeños genios de las matemáticas ‒hoy por hoy, los trabajadores mejor pagados de Wall Street‒, los programas software recogen, clasifican, analizan, masas siempre mayores de información, antes de adquirir o vender cantidades siempre mayores de acciones, y todo ello en un puñado de microsegundos. La expresión de turbocapitalismo, que debemos al historiador Edward Luttwak, toma aquí todo su sentido: un capitalismo de la aceleración. “Cada segundo, millones de órdenes son ejecutadas en procesos tan rápidos, tan pesados y tan complejos, que se sitúan más allá de toda capacidad humana”. Se estima que el 75% de las instituciones financieras utilizan estrategias de comercio algorítmico. Ningún trader clásico puede sobrevivir. Estos programas informáticos son como aviones furtivos llenos de sensores. Utilizan las posibilidades de la inteligencia artificial, aprendiendo de manera dinámica, work en progress, como si fueran seres vivos, incluso comportándose como depredadores del tipo de los “aliens”. 
El antropólogo y economista Paul Jorion, el primero en el espacio francófono en haber descrito el mecanismo de las subprimes (y de haber presentido su riesgo sistémico), prologuista del libro de Gayraud, se pregunta si las máquinas y los autómatas financieron no habrán tomado ya el poder un una “red economizada” y en un ciberespacio financiarizado,  citando un informe de la FED, la Reserva Federal de los Estados Unidos, que recordaba a “La revuelta de las máquinas”, como si el trading prefigurase y anunciara de antemano, y por una vía inesperada, el mundo todavía por llegar de Terminator, Alien y otros Matrix. Sorprendentemente, este ciberespacio recuerda al elemento líquido de la piratería naval. “Se comprende entonces el porqué del derecho emergente que intenta vigilar policialmente este universo digital, construyéndose lentamente por referencia al derecho marítimo”, precisa Gayraud.

Detrás de la aparición del trading de alta frecuencia, encontramos grandes fondos especulativos y grandes bancos de inversión, un lobby omnipotente cuyas presiones ha terminado por ser asimiladas, al otro lado del Atlántico, a la “corrupción legal”. Sin su acción, la high frequency trading no habría podido ver la luz. Ellos son los que crearon un entorno jurídico a su medida. Una de las partes centrales del dispositivo fue la decimalización de las órdenes bursátiles, medida en apariencia anodina, pero que va a cambiar el tamaño de las órdenes fraccionándolas casi indefinidamente en su valor. La otra gran novedad es que los traders tienen ahora la posibilidad técnica de anular más del 90% de las órdenes lanzadas por ellos. Se trata de “órdenes fantasmas”, señuelos que Gayraud compara con los radares que permiten cartografiar el mercado en tiempo real y, por lo tanto, disponer de algunas milésimas de segundo de ventaja. En 350 milésimas de segundo parpadea un hombre: ¡es el tiempo necesario para que un algoritmo desencadene 7.000 transacciones! 

Time is money, repetía Benjamin Franklin. Era el siglo XVIII y América ya tenía prisa ‒pero todavía era de baja frecuencia. Con la alta frecuencia, perder o ganar un segundo, puede reportar o costar la bagatela de 100 millones de dólares. Los programas informáticos se aproximan hoy al microsegundo (millonésima de segundo), y pronto será el nanosegundo. Haciendo esto, el mercado evoluciona en escalas de tiempo cuántico ‒una “carrera hacia el cero”. El futuro Dios del comercio y su fantástica ubicuidad total. Dios, el diablo, Lloyd Blankfein, de Goldman Sachs ‒también conocido como la "Firma" o "Gobierno Sachs", ya que encontramos a muchos de sus cuadros en el seno de todas las administraciones, sean republicanas o demócratas‒ es un poco dios y diablo al mismo tiempo. Se jactaba en 2009 ante los periodistas de “hacer la obra de Dios”. Quisiéramos ver una broma en esta réplica. Se trata, sin embargo, de un poder demiúrgico el que poseen los “too big to fail” (demasiado grande para quebrar). ¿Cómo van a representar un riesgo sistémico si no disponen de un arma tan disuasiva como la bomba atómica?

En este punto, la cuestión no es saber si el trading de alta frecuencia facilita o no la desviación de los comportamientos: porque es, en sí mismo, desviado. Gayraud no es el único en decirlo. Un banco tan poco sospechoso de anticapitalismo como el Crédit Suisse publicada en su página web un estudio (retirado precipitadamente) en el que señalaba su fuerte potencial manipulador y predador: High Frequency Trading. Measurement, Detection and Response. Las técnicas de manipulación Está, en primer lugar, la de la saturación, llamada “quote stuffing” (saturación, señuelo, relleno de cotización): se inunda el mercado con órdenes-fantasma. ¿El efecto buscado? Mistificamos a los otros titulares de órdenes, disimulamos nuestras intenciones y congestionamos el mercado. En 2010, el 74% de las acciones cotizadas en los Estados Unidos sufrieron un ataque de este tipo. Otra técnica: el “spoofing” (estafa, engaño) y el “layering” (superposición) que se dirigen a desestabilizar los libros de órdenes e influir temporalmente en los precios mediante un flujo masivo de órdenes tramposas, cuyo objetivo (no reconocido) es realizar una transacción en sentido inverso.

También hay pequeños acuerdos entre amigos, que el fiscal del estado de Nueva York, Eric Schneiderman, llamaba los “delitos de iniciados 2.0”. El FBI pudo demostrar, aunque no se abrió ninguna instrucción, que agencias de prensa como Blomber y Thomson Reuters proporcionaban a sus clientes con mayores fortunas un acceso privilegiado a sus datos económicos. Para la anécdota, pero es una anécdota multimillonaria, la agencia Reuters, que había firmado un contrato de exclusividad con la universidad de Michigan para ser la primera en publicar su índice de confianza del consumidor americano, negoció a continuación esta exclusividad al mejor postor. En la práctica, Reuters hacía públicos los datos en su página web en el día y la hora anunciados. Pero en los hechos, la agencia los difundía en acceso prioritario a sus clientes premium cinco minutos antes. Respecto a la élite de la élite, los fondos especulativos, ellos recibían la información unos segundos antes que estos últimos. En este minúsculo intervalo, docenas de millones de dólares cambiaban de manos. Thomson Reuters debió poner término a esta práctica en julio de 2013. Oficialmente, al menos. En realidad, estas “fugas” son tan numerosas que las administraciones americanas se han visto obligadas a cronometrar sus comunicados de prensa con relojes atómicos.

“Equivocarse es humano, pero, para colgarse verdaderamente, hace falta un ordenador”. El proverbio hizo furor en Wall Street, que siempre espera con calma el próximo apocalipsis que sus inconsecuentes actos van a desencadenar. El fin del mundo casi sucedió el 6 de mayo de 2010, hasta la fecha el único gran accidente imputable a las transacciones de alta frecuencia. A las 14:32 horas, un gran fondo de inversión vendía, por la vía de su programa informático, 75.000 contratos por una suma de 4,1 millardos de dólares. En la locura, el índice Dow Jones cayó 1.000 puntos. En el espacio de diez minutos, el mercado perdía y después recuperaba 700 millardos de dólares, Lo nunca visto en la memoria del especulador. Sería necesaria una suspensión de las cotizaciones para terminar con este aceleramiento. “El declive, seguido del repunte de los precios en uno de los principales mercados, el 6 de mayo, fue algo sin precedentes por su rapidez y su amplitud”, aseguraba la Securities and Exchange Commission, el gendarme de la Bolsa norteamericana, la cual tuvo que reconocer, no obstante, que en esa jornada no todo fueron pérdidas para todo el mundo.

Los incidentes del tipo mini-crack (flash crash) son tan numerosos y tan frecuentemente ligados al trading de alta frecuencia que este tipo de transacciones son señaladas sistemáticamente con el dedo, incluso cuando su responsabilidad no ha estado comprometida. No tienen, de momento, ningún efecto sistémico, pero ¿quién se arriesgaría a descartar escenarios del tipo "cisne negro", eventos imprevisibles de baja probabilidad, pero de desastrosas consecuencias? Uno de los mejores y más lúcidos criminólogos financieros americanos, William K. Black, experto del FBI, está considerando seriamente "una serie de fallos en cascada": “el 11 de septiembre o la Zona Cero” del trading de alta frecuencia.

Desde el affaire Madoff, las agencias de regulación se muestran un poco más vigilantes, pero no van más allá de las escasas sanciones administrativas. Nada en el ámbito penal. El “too big to fail” (demasiado grandes para caer) se duplica aquí por un “too big to jail” (demasiado grandes para ser perseguidas). En resumen, la impunidad total. Por boca de su ministro de justicia, el general Eric Holder, el gobierno americano admitió en marzo de 2013 ante una comisión del Senado: “Me temo que el tamaño de estas instituciones [hablaba del HSBC] es tan grande que resulta muy complicado para nosotros perseguirlas”. Y poniendo por delante los peligros que una acción justa haría pesar “sobre la economía nacional, incluso sobre la economía mundial”: Moraleja: “es el gobierno el que admite tener miedo de perseguir a los muy poderosos ‒algo que nunca había sucedido, ni siquiera en la edad de oro de Al Capone o de Pablo Escobar”, como reconoce desolado Matt Taibbi.

“Ustedes son bookmakers [corredores de apuestas] y están menos sometidos a regulación que en tiempos del Far West”, lanzaba una senadora demócrata a los dirigentes de Goldman Sachs durante una audiencia de la banca ante una comisión de investigación en el momento del “affaire” Abacus, nombre del fondo “exótico” (léase, tóxico) comercializado por Goldman Sachs y creado por el inenarrable Fabrice Tourre, un empleado francés de la banca. Llamado "AAA", este producto era, nada menos, que un verdadero “shitty deal” [asunto de mierda], según las propias palabras de Tourre. Como Kerviel en Francia, el trader sirve de fusible a la banca, que escapa a las persecuciones y las acusaciones, mediante una compensación financiera. Brillante, divertido y cínico, tan arrogante como insignificante, el personaje bien merece unas palabras. Apodándose a sí mismo como “Fabulous Fab”, guarda muchas semejanzas con Patrick Bateman, el héroe de American Psycho, la novela de Bret Easton Ellis, que pone en escena a un “golden boy”, accesoriamente psicópata. ¿Una oveja negra? Esto es lo que el sistema querría hacernos creer.

Los últimos resurgimientos del affaire Kierviel* quizás cambien las reglas del juego. Ratificando el arresto dictado por la Corte de apelación, que imputaba la totalidad de las infracciones a Jerôme Kerviel, la Corte de casación ¿va a relanzar la cuestión de la responsabilidad de la banca (y de los bancos)? ¡Quién sabe! Seguimos, sin embargo, muy lejos de algo así. La justicia busca culpables, cuando es todo un sistema el que falla, un sistema en cuyo interior el fraude está inscrito genéticamente. Es, por así decirlo, la asignatura pendiente. Esto ya lo señalaba Jean de Maillard, vicepresidente del tribunal de gran instancia de Orleans, en L'Arnaque, la finance au-dessus des lois et des règles (2010) [La Estafa, la finanza por encima de las leyes y de las reglas].  Frente a las trampas generalizadas, los agentes del FBI, junto a todos los analistas financieros, llegan a la misma conclusión: es como si nos enfrentáramos al crimen organizado… pero sin sindicato del crimen. El crimen perfecto. ■ Fuente: Éléments pour la civilisation européenne

* Jérôme Kerviel es el hombre que protagonizó el mayor fraude de la historia en enero de 2008 cuando causó la pérdida de 4.900 millones de euros debido a actividades fraudulentas. Kerviel, de nacionalidad francesa, fue administrador de operaciones financieras en la Société Générale en París, uno de los bancos más prestigiosos de Francia (el segundo en importancia) y uno de los más grandes de Europa, en donde protagonizó el desajuste financiero más grande de la historia que hizo temblar los mercados en todo el mundo, NdT.