La Iglesia católica debe abrir los ojos sobre las realidades profundas de la inmigración. Entrevista a Jean Messiha


Jean Messiha analiza la posición del Papa y de la Iglesia sobre las cuestiones migratorias en relación con la “geopolítica del Vaticano”. Denuncia también la visión superficial y buenista que reina en la jerarquía católica. 

Usted acusa a la Iglesia católica de haber protegido a un inmigrante en situación irregular (que incendió la catedral de Nantes, NdT). ¿No entra usted en contradicción con el espíritu de benevolencia pregonado por el Evangelio?

Sí y no. La Iglesia siempre ha estado en su papel de acoger a los oprimidos. Pero ahora no se trata de nada de eso. La cuestión no trata de que la Iglesia católica atienda a los pobres, sino más bien del papel que juega la Iglesia católica como institución y, sobre todo, el Papa en cuanto a favorecer la inmigración en todas sus formas. El Papa Francisco es un Papa que, por primera vez, viene de un país del Tercer Mundo donde se encuentran las comunidades católicas más numerosas. El Papa debe tener, por supuesto, un discurso respecto a esas comunidades católicas allí en el mismo momento en que la práctica del catolicismo se hunde en Francia en particular y en Occidente en general. Este sesgo sirve al Papa para orientar su opinión o sus declaraciones sobre la cuestión migratoria.     

En efecto, su mensaje va dirigido en primer lugar a África y a Sudamérica que son hoy los principales centros del catolicismo. Sin embargo, presta menos atención a los católicos occidentales que son cada vez menos numerosos. La geopolítica del Vaticano toma en consideración la presencia de las comunidades católicas en función del número de practicantes a lo ancho del mundo. En esta perspectiva, Francia forma parte de los países donde el Papa alienta la llegada de inmigrantes ya que sabe muy bien que, al otro lado, hay una multitud enorme de personas de religión católica que quisieran llegar a Francia. 

Así pues, lo favorece. En consecuencia, nos encontramos en ese tipo de situación paradójica en la que la Iglesia está en primera línea para acoger a personas que, desde el comienzo, no está previsto que estén entre nosotros. 

Las destrucciones anticristianas han aumentado considerablemente en los últimos tiempos. ¿Cree que la jerarquía católica francesa ha tomado conciencia de la gravedad de la situación?   

Pienso que el incendio voluntario de una catedral por un inmigrante clandestino que está acogido en su seno no ha hecho a la Iglesia católica francesa tomar conciencia de los peligros y las consecuencias potenciales de una inmigración masiva y descontrolada. No sé qué más les hace falta. No se trata de prohibir socorrer a los pobres o los miserables que llamen a la puerta de las iglesias. Se trata más bien de que la Iglesia católica tome conciencia de que, bajo los guías amables de la visión humanitaria y del humanismo que se utilizan e instrumentalizan para favorecer la llegada masiva de inmigrantes a Europa, se esconden en realidad unas lógicas mercantilistas y profundamente antihumanas. ¿Qué piensa la Iglesia católica de los inmigrantes presentes en Calais o en las afueras de París? ¿Es esa la visión que queremos tener de Francia y del cristianismo? 

Hay que prohibir todo lo posible y frenar la inmigración clandestina, y la inmigración a secas. Ni Francia ni la Iglesia católica tienen los medios de acoger a más personas. Retomando una frase muy acertada de Margaret Thatcher, cuando el buen samaritano ayudó al pobre que fue atacado y desvalijado por unos bandidos, tenía los medios de pagar el albergue y los cuidados para esa persona vulnerable y frágil. Si no hubiera tenido los medios, probablemente habría seguido su camino por muchas otras razones. 

Desde el momento en que se puede acoger, entendiendo por ello una acogida decente que permita tener los medios no solo de llegar a Francia, sino también una economía floreciente que ofrezca trabajo como era el caso en los años 50 y 60. Hoy en día, ya no estamos en esa situación. 

Los franceses ya no tienen los medios de sostener a centenares de miles de personas que, en su mayor parte, no tienen nada que ofrecer al país sino todo para cogerlo. Nuestros servicios públicos se hunden y nuestra economía va a conocer un cataclismo después de la crisis del Covid. Si hay medios para los inmigrantes, esos medios deben ser reorientados con urgencia hacia nuestras necesidades nacionales y nuestros conciudadanos. Hay que interesarse primero por los miembros de su familia antes de ir a ver las necesidades del vecino. 

¿Piensa que la Iglesia católica debería expresarse públicamente sobre los temas relacionados con la inmigración?

Sí, ya que la Iglesia católica tiene un enfoque para criticar la cuestión migratoria. Incluso los inmigrantes clandestinos recogidos por los barcos a lo largo de las costas libias han pagado mucho dinero, incluso endeudándose, para pagar su viaje. No hay que creer que se recoge a esas personas así como así, y que no han pagado nada para venir. Según varios estudios, pagan entre cuatro y seis mil euros para venir a Europa. Una vez instalados aquí, reembolsan los préstamos que pidieron en sus países. 

Ahí se da una explotación de la miseria humana por mafias bien organizadas. No veo por qué la Iglesia católica cierra los ojos. Por el momento, la Iglesia no se interesa más que en la superficie epidérmica de este iceberg migratorio que consiste en no ver a las personas más que en nuestras costas. Les invito a realizar un análisis mucho más en profundidad y más adecuado a lo que explica la presencia de esos desventurados en nuestras costas, arriesgando su vida y su salud. ¿Por qué la Iglesia no dice nada sobre esas cadenas organizadas que juegan con la vida de las personas y que las endeudan para prometerles un paraíso que no existe? La Iglesia católica debe trabajar en esta cuestión a brazo partido y terminar con esa visión buenista que consiste en mirar simplemente a los pobres llegar a nuestras costas y decir que hay que ayudarles. Se les debe ayudar antes de tener que ayudarles después. ■ Fuente: Boulevard Voltaire.