La guerra entre feminismos, por David L´Epée


Las polémicas en torno a la teoría de género casi podrían hacer olvidar que el feminismo puede adoptar otras formas que el neopuritanismo de una “teoría de género” represora de la feminidad. Mejor: la defensa de la causa de las mujeres, lejos de negar los datos naturales, podría, por sí misma, contribuir a la rehabilitación de la diferencia sexual.

«Nuestro enfoque, escribe Camille Froidevaux-Metterie en su último libro, "La revolución de lo femenino", es el de una reapropiación positiva de las temáticas corporales desde una perspectiva feminista». Un programa lleno de trampas, ya que la autora sabe cómo llamar la atención de los lectores más progresistas, para desactivar la bomba: ella quiere «revertir la cuestión de la singularidad sexual volviendo sobre la trampa de la esencialización» e incidir sobre la «rehabilitación de la dimensión encarnada de la existencia en la tradición fenomenológica», de la «materialidad de la experiencia vivida». Apoyándose en Merleau-Ponty, recuerda que la experiencia primordial, la del propio cuerpo (Leib en Husserl) es el sentido carnal; rompiendo con las tradiciones cartesianas y kantianas, parte del principio de que el conocimiento se arraiga en una experiencia concreta y encarnada. .

Si las feministas antinaturalistas hubieran reemplazado su lectura histórica habitual (la dominación masculina como alfa y omega de todas las miserias del mundo) por una lectura fenomenológica, no sólo habrían evitado emitir sobre el pasado juicios anacrónicos, sino que hubieran podido explicar la adhesión de las mujeres a su propio confinamiento en el espacio privado. Lejos de ser reducible a una alienación de tipo ideológico, esta adhesión se explica más bien como la perpetuación de un ethos corporal transmitido de generación en generación. «Las mujeres continúan viviendo y pensando su relación con el mundo en función de la limitación física que durante tanto tiempo se les ha impuesto [...] No conociendo nada, durante mucho tiempo, de sus vidas concretas, sólo aspiran a sacar el máximo provecho de este estrecho marco».

La autora demuestra, como ejemplos probatorios, que esta predisposición femenina por el dominio de lo privado, lejos de ser un arcaísmo retrógrado, se realiza, de hecho, en la fase de la modernidad, en la medida en que los cuidados domésticos y el gusto por el interior se inscriben dentro del marco más general de la personalización del espacio individual, preocupación en definitiva muy contemporánea. Existe un ideal doméstico no alienante que se presenta como el producto de una historia: la historia del cuerpo femenino dentro del espacio público y privado (sobre la defensa del ideal doméstico y de las mujeres ideales que han optado por permanecer en casa, hemos leído con interés el libro de Lude Choffey "La espantosa impostura del feminismo").

Poniendo en cuestión el feminismo de la segunda ola que pretendía liberarse de los imperativos biológicos, Camille Froidevaux-Metterie observa que es justamente esta utopía de la “desencarnación”, este rechazo de la corporeidad, lo que explica el desencanto de muchas jóvenes hoy en día respecto al feminismo. Este último, en su negación de la carne, es comparable a la mojigatería judeocristiana y a ciertas doctrinas antiguas o modernas que han tratado de secularizar esta negación –como fue el caso, por ejemplo, de la igualdad de sexos platónica que, separando las funciones biológicas y sociales de las mujeres, las virilizaba tratando de desencarnarlas. «La desvalorización filosófica del cuerpo como relevante del dominio de lo contingente, de la materia y de la pasión, ha sostenido la tentativa feminista de deslegitimación de la corporeidad femenina».

¡Cubrid este cuerpo, que yo no pueda verlo!
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El objetivo de la autora, a continuación, tiene todo su sentido: rehacer el cuerpo, especialmente el cuerpo femenino, en un objeto epistemológicamente legítimo, a fin de ofrecer a las mujeres el lugar al que tienen derecho en una realidad «que no puede hacer la economía de la encarnación». El “antropo“ (humano desexuado) no existe y la mujer, más todavía que el hombre, vive conformada a una temporalidad dictada por su cuerpo». «Un lugar lineal y trágico, orientado hacia un fin», marcado por la pubertad y la menopausia como puertas de entrada y salida de la fecundidad. Mientras que los hombres pueden, en virtud de su relación con el cuerpo, vivir durante mucho tiempo bajo el doble fantasma de la infertilidad cotidiana y de la paternidad perpetua. «Las mujeres no pueden actuar como si los otros no existieran, mientras que los hombres llegan muy bien a hacer esto mismo. La clave tiene que ver con la centralidad de la corporeidad en la existencia femenina».

Si este destino biológico comporta un elemento de angustia, aquellas mujeres que desean liberarse (por la GPA, los DIU de progesterona, las pastillas para mejorar o suprimir las reglas, la restauración química del ciclo menstrual después de la menopausia y otras innovaciones tecnocientíficas) justifican a menudo este deseo por el hecho de que han sido durante siglos clasificadas en “la parte inferior y despectiva de la corporeidad”. Sin embargo, esta minoración, anteriormente ejercida por lo que suponemos fueron los poderes patriarcales y judeocristianos, se perpetúa en la actualidad por los mismos que pretenden liberar a las mujeres. Camille Froidevaux-Metterie vuelve así sobre «la estigmatización feminista de la belleza y de la coquetería, la preocupación estética no sería algo reducible a un acto de consumo dictado por el mercado, sino que, en su lugar, podría presentarse como una emancipación, una tentativa de apropiación positiva de un cuerpo durante demasiado tiempo instrumentalizado y domesticado».

Hace un tiempo, la propia Camille Froidevaux-Metterie dirigía, con Marc Chevrier, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Quebec, una obra colectiva que reunía las contribuciones de un coloquio celebrado en 2012 en Montreal sobre el tema del devenir sexual de los individuos en democracia, "De mujeres y hombres singulares". En su artículo “El sujeto femenino entre encarnación y relación”, anuncia ya la tesis de la revolución femenina: «Si los hombres pueden vivir como seres desencarnados y abstractos, cada uno de ellos figurando por sí mismos como la universalidad de la condición masculina en tanto que criterio y medida de todas las cosas, las mujeres no pueden abstraerse ni extraerse de una relación con los demás y hacia sí mismas que pasa necesariamente por el cuerpo». Se lamenta, en este texto, de que la crítica feminista de las madres decididas a consagrarse a sus hijos a expensas de sus carreras profesionales, tenga muchas similitudes con la crítica de la prostitución. En ambos casos, se trata de una crítica de la mujer reducida a su animalidad, a través de la maternidad o de la lujuria, dos elementos indisociables de la corporeidad femenina. Doble expresión de un mismo puritanismo, de una misma desconfianza hacia lo dado por la naturaleza en general y hacia la indistinción sexual en particular.

Bajo la apariencia de una liberación sexual, ¡liberarse del sexo!
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La única cosa que puede explicar esta desconfianza por parte de algunas feministas es el lado problemático, alienante, incluso represivo, que podría presentar la corporeidad femenina en el pasado. Se creyó durante mucho tiempo, después de Galeno, que los órganos sexuales femeninos eran sólo órganos masculinos invertidos, regresados al interior del cuerpo para encontrar el calor. En general, se creía, al igual que los médicos de Catalina de Médicis, que la infertilidad era detectable por la respiración, postulando la existencia de un conducto directo entre la vulva y la boca. Se supuso, como el Dr. Jean Bienville, que el consumo de café o chocolate favorecía el “furor uterino”. Se practicaba alegremente la clitoridectomía (ablación del clítoris), considerando el clítoris como un vestigio peniano o como una zona erógena infantil indigna de una mujer adulta. Se creía, como ciertos estudiosos del siglo XIX, que el baile producía un onanismo congestionando el útero, igual que la equitación o la utilización de la máquina de coser.

Ésta es la historia del desconocimiento del sexo femenino que retrata Diane Ducret en su último libro, "La carne prohibida". Ella revolotea de un sujeto a otro de la historia, de las comadronas, los consoladores (objeto de burla en Ronsard), los cinturones de castidad (denunciados por Voltaire), de la industrialización de los tampones higiénicos, de la violación en masa como arma de guerra o, incluso, del estatuto del vello púbico y de su ausencia. Un ensayo un poco desordenado y que se conforma con aflorar los problemas, pero que tiene el mérito de recordar, bajo la pluma de una autora favorable a la causa de las mujeres, que la emancipación de la mitad de la humanidad no pasará por la negación del cuerpo (en el sentido de sexo, en el caso de su libro), sino, al contrario, por su rehabilitación.

Para acabar con lo sexualmente correcto
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Thierry Hoquet, especialista en filosofía de las ciencias naturales y autor de varios libros sobre Buffon y Darwin, intentó también conjugar las posiciones progresistas con este reconocimiento de las diferencias naturales a través de una noción que él llama “alternaturalismo”. En una contribución incluida en una obra colectiva publicada recientemente con motivo de un coloquio en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, "¿Mi cuerpo tiene un sexo? Sobre el género: diálogos entre biología y ciencias sociales", él hace un llamamiento a las ciencias sociales a “dejarse contaminar por el sexo” y trata de escapar a la falsa alternativa que existiría entre el naturalismo clásico y el constructivismo radical: la distinción hombre/mujer no sería reducible ni a la distinción sexual (macho/hembra) ni a la distinción de género (masculino/femenino). Este alternaturalismo que preconiza es un «naturalismo escéptico, que trabaja sobre la seudoevidencia de los conceptos», una especie de punto medio que evitaría la trampa moderna del antinaturalismo, el cual traza artificialmente una “brecha entre los humanos y el resto de los seres vivos”. El antropocentrismo, consecuencia teórica del antinaturalismo, es precisamente una de los reproches que él dirige a Judith Butler, papisa de la teoría de género.

Hoquet disecciona entonces un modelo mutante, el del alternaturalismo “queer” (del inglés, literalmente “extraño o poco usual”, actualmente se utiliza como un término global para designar a  las minorías sexuales que no son heterosexuales, heteronormadas o de género binario). Detrás de este concepto con aires oximorónicos (lo “extraño” o lo “raro” ¿no es una expresión particularmente radical del culturalismo?), se esconde, de hecho, un método argumentativo dirigido a relativizar las normas culturales en materia de sexualidad basándose en ejemplos encontrados en otros lugares de la naturaleza: si él atestigua que se encuentran en el mundo animal ejemplos de homosexualidad, de copulación no reproductiva o de inversión de actitudes sexuales comúnmente admitidas, él lo tiene más fácil para refutar las acusaciones de actos contranatura practicados por los seres humanos.

Hoquet, sin embargo, no se adhiere totalmente a este método: el “bestiario queer” no puede tener más que una función crítica, pero en ningún caso normativa; parece absurdo reemplazar una norma por otra, y asociar sistemáticamente norma y naturaleza es, en sí mismo, un error. Detrás de la fachada feminista y relativista de este bestiario, nosotros encontraremos el naturalismo clásico, simplemente invertido por el bien de una causa ideológica. Entonces, «el combate alternaturalista es teórico antes que político: a través de los esfuerzos del alternaturalismo, es el advenimiento de una biología mejorada lo que está en juego y no meras consideraciones vinculadas a lo “políticamente correcto”».

Un neopuritanismo
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Todas estas consideraciones bordean el buen sentido común y son obra de hombres y mujeres próximos a la causa feminista que encuentra su eco en el último libro de Bérénice Levet, "La teoría de género o el mundo soñado por los ángeles", que, a su vez, no se reclama totalmente del feminismo. De todas las docenas de libros que han sido publicados para hacer frente a la teoría de género en el paisaje francés es, que yo sepa, el único (con "Los demonios del bien", de Alain de Benoist), que desarrolla una crítica de tipo filosófico sin tener que reclamarse de una ideología moral o religiosa. Rechazando tanto el enfoque teológico (como el de Farida Belghoul, sobre la base de la iniciativa de las Jornadas de retiro en la escuela, que basa su rechazo a la teoría de género en su fe musulmana e invita a los católicos a unirse en nombre de sus propios valores religiosos) y el enfoque estrictamente biológico (pensando especialmente en los límites impuestos por la tesis de Nancy Huston en sus "Reflexiones desde los ojos de un hombre", ella inscribe su oposición a la teoría de género en una tercera vía, la del culturalismo. La ciencia, en efecto, no es suficiente para refutar la teoría de género, pues la sexuación es una modalidad de la experiencia vivida.

Una vez más, la relación con el cuerpo está en el centro de la polémica. En lugar de profundizar en las fuentes religiosas, Bérénice Levet prefiere remontarse a Descartes para encontrar el origen de la idea de ingratitud hacia lo naturalmente otorgado. Ella se opone a las tentativas de un pensamiento de lo limitado y de finitud, tal y como proponen Hannah Arendt, Simone Weil, Albert Camus o... Menleau-Ponty. Como Camine Froidevaux-Metterie, Bérénice Levet recuerda, en efecto, los méritos de la fenomenología, que «rinde al cuerpo, al cuerpo sexual, su papel central en la constitución del ser humano». Añadiendo: «Por lo tanto, no es una biología de la diferencia de los sexos lo que necesitamos, sino una fenomenología de la diferencia sexual».

Entre los autores mencionados anteriormente, la crítica de la teoría de género seguía siendo tímida: en Bérénice Levet es más resolutiva y se expresa más francamente. Sin embargo, sus argumentos no difieren tanto de los precedentes: es la aversión por la encarnación la que, una y otra vez, se convierte en el núcleo del problema. «Hay en el corazón del “género” un ascetismo, un puritanismo decidido a cortar las alas del deseo heterosexual que no nos debe dejar indiferentes». Así, ésta es la diferencia que nos abre a la alteridad y a la asimetría de los sexos que, por polarizante, permite el erotismo y, en consecuencia, el deseo. «La diferencia entre los sexos no sólo hace posible la filiación, la generación, sino que produce entre estos dos seres tan semejantes y tan diferentes, una magnetización vertiginosa, una llamada a los sentidos que tiene un fin en sí misma».

El arte francés del amor contra el género
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Frente a este deseo, que le infunde temor, la teoría de género ha elegido el resentimiento y el nihilismo. Podemos considerar que perder el tiempo en contradecir tales aberraciones equivale a luchar contra molinos de viento, aunque el peligro es bien real y el hecho de tomar partido por la naturaleza no garantiza, por tanto, la victoria. El carácter natural de lo dado o determinado no es suficiente para asegurar su propia salvaguardia, pues la naturaleza es también vulnerable. Y aquí es donde el aspecto culturalista de la reflexión de Bérénice Levet interviene.

No es ni por las leyes biológicas ni por los preceptos cristianos que ella decide apoyar su rechazo a la nueva ideología, sino más bien por la cultura francesa y, especialmente, en lo que en ella pueda haber de menos católico –ya sea gala, pagana, libertaria, galante, romántica o libertina. Continuando con la tradición de Mona Ozouf, que es cualquier cosa menos una antifeminista (nos remitimos a su excelente ensayo, "Las palabras de las mujeres. Ensayo sobre la singularidad francesa"), Bérénice Levet apela al espíritu francés, el menos puritano del mundo. «Veo pocas civilizaciones que hayan reunido tantos esfuerzos, dedicado tanta atención, consumido tanto tiempo, en la exploración y en la elucidación de la trama del deseo. La neutralización de las diferencias sexuales no es seguramente nuestro fuerte, lo masculino y lo femenino exhalan un perfume embriagador –y entendemos que el género se reserva un gran desprecio por este legado. Francia se singulariza dentro del concierto de las naciones occidentales por su compromiso con esta alteridad esencial y con la intriga que la envuelve».

Añade, además, que en una época donde el modelo de mezcla o mixtura es simultáneamente cuestionado, desde arriba, por cierta ideología universitaria de inspiración anglosajona que está «disconforme con todas las armonías de la partitura que todo Occidente, y particularmente Francia, han orquestado en torno al comercio de los sexos», y desde abajo, vía la inmigración musulmana –dos puritanismos diferentes y sin embargo complementarios–, se ha convertido en urgente defenderla. La cuestión planteada por la autora requiere una respuesta inequívoca: «¿Aspiramos a vivir en este mundo de ángeles desencarnados, o más bien no encarnados jamás, entrando en el laberinto de los posibles?»

La negación de la realidad –la naturaleza, el cuerpo, las diferencias sexuales– ha alcanzado las proporciones que todos conocemos a través de las expresiones más radicales de un feminismo constructivista basado en la teoría de género, que reclama inevitablemente una respuesta de todas las partes implicadas, hasta ahora demasiado discreta sobre estas cuestiones, pero bien entendido que no debe cederse ante los mandatos del nuevo dogma. No hace falta que las cosas vayan demasiado lejos para que los autores moderados, frecuentemente próximos a la causa feminista, salgan del bosque y tomen posición. Su discurso es interesante porque permite, optando por una perspectiva filosófica o científica, salir de ciertas caricaturas vehiculizadas por movimientos como Manif pour Tous (Colectivo de asociaciones opuestas al “matrimonio para todos”, particularmente al de personas del mismo sexo). Los medios de comunicación tenían así un hermoso juego para dibujar a los opositores de la teoría de género con los rasgos de tristes figuras mojigatas envueltos en su virtud católica. Lo que mostramos con algunos de los autores de los que acabamos de hablar es que, si hay mojigatería, ésta se encuentra en el campo de los que niegan las realidades carnales y no en el de aquellos que defienden su existencia. ■Fuente: Éléments pour la civilisation européenne