Ya no se puede confiar en las estructuras institucionales, que se están desmoronando, sino construir redes paralelas. Entrevista a David Engels, por Yannick Urrien


Su anterior libro La decadencia. La crisis de la Unión europea y la caída de la República romana, que establece una analogía entre la decadencia de la civilización europea y la de Roma, ha tenido gran impacto puesto que incluso Michel Onfray ha declarado que es un gran texto y que se ha quedado impresionado por su trabajo y su capacidad de análisis. Su nuevo libro se titula ¿Qué hacer? Vivir con la decadencia de Europa. ¿Se trata de una guía para poder superar el paso hacia una nueva civilización?

Este nuevo libro es la continuación lógica del anterior y lo escribí muy rápido después de aquel. Aunque lo dejé de lado durante un tiempo, me satisface que se publique ahora, ya que la situación está más madura para dicha obra. ¿Qué hacer? es la consecuencia "privada" del análisis abordado en La decadencia. En efecto, está bien darse cuenta de que la civilización europea está en cuesta abajo, incluso en vías de desaparición, pero la verdadera cuestión que sobresale es saber qué hacer como individuo consciente de esta situación y apegado a la supervivencia de su civilización. Siento este sufrimiento de una manera muy intensa y he escrito este manual como un vademécum muy personal que muestra pistas con el fin de sobreponerse a ese sentimiento de pérdida, seguir siendo fiel a la herencia histórica de Europa y al deber de transmitirla a nuestros herederos.

¿No se trata de la teoría de la evolución natural de las especies, donde los más fuertes y conquistadores reemplazan a los más débiles?

Tengo una perspectiva muy diferente a la del darwinismo: al contrario, estoy convencido de que todas las grandes civilizaciones siguen un desarrollo muy parecido, con un nacimiento, un crecimiento, una madurez, una decadencia y, al final, la esclerosis e incluso la desaparición. En la Europa del siglo XXI, estamos en los últimos sobresaltos de nuestra civilización. Lo que sucede hoy no es tanto el resultado de una acción externa sino más bien el de una evolución bastante normal que empuja a esta civilización europea, como sucedió en la Antigüedad, a una lenta desaparición. Para el historiador que soy, es intrigante a observar pero, como padre de familia, ¡es difícil vivir con la idea de que mi propia civilización se está desmoronando! La cantidad de aquellos que se sienten herederos de la tradición europea disminuye de día en día: ¿en cuánto tiempo la mayoría se convertirá en una minoría entre otras? Sin embargo, me gustaría luchar para que, durante el mayor tiempo posible, pueda haber personas que se consideren orgullosas como europeas y cuiden esta herencia.

Un conflicto de civilizaciones se resume por la llegada de personas del exterior que quiere reemplazar una civilización. Pero observamos que se trata aquí de una sociedad fragilizada que quiere abatir su propia civilización… ¿Estamos en un combate de civilizaciones o en una decadencia natural?

Verdaderamente, estamos en una situación muy ambigua. Por un lado, somos los herederos de una civilización europea que va envejeciendo claramente: careciendo de fuerza de resistencia, se ha dejado dominar por una élite que juega con esta debilidad y esta tendencia a no querer defender nuestros propios valores, nuestra cultura y nuestras tradiciones, y que sigue lo que llamamos la agenda del “políticamente correcto”. Por otra parte, esta debilidad interna atrae a los inmigrantes de todas partes, sobre todo del mundo africano y musulmán, que quieren encontrar nuevas condiciones de vida y explotan esta falta de voluntad y de poder asimilador. Es un hecho que se conoce en otras civilizaciones: por ejemplo, hacia el final de la República romana, se constata un fenómeno migratorio sorprendente de personas que emigran hacia la ciudad de Roma y que intentan aprovecharse de las ventajas políticas y de las ayudas sociales, que consiguen cambiar gradualmente la identidad cultural de esta ciudad y provocan una resistencia identitaria por parte de los “populistas”. En el fondo, no hay nada nuevo en la evolución actual… Pero eso hace que sea más trágico todavía el hecho de tener que vivir en un periodo tan vulnerable. 

Según usted, el europeo debe afirmar su identidad como un acto de resistencia. Pero usted sabe que eso no es posible en numerosos países…

Es por ello que he tomado la difícil decisión de abandonar mi Bélgica natal para instalarme en Polonia, porque esa decadencia en la civilización de nuestra sociedad ha cogido tal amplitud en Europa occidental que quería permitir a mi familia el vivir en un marco donde el hecho de ser europeo y de situarse con orgullo en la continuidad de una historia centenaria sea todavía algo normal y no una cuestión sobre la que haya que disculparse. Sin embargo, aunque el Occidente europeo se encuentre en una decadencia mucho más marcada que en Europa del este, no hay que engañarse: antes o después, la decadencia de Occidente va a llegar a la parte central y oriental de Europa, aunque solo sea por la crisis económica y financiera que se acerca con rapidez. Pero tengo la esperanza de que, gracias al conservadurismo de estos países del grupo de Visegrado, en unos cincuenta años tengamos todavía la impresión de vivir en Europa cuando vayamos a Varsovia o a Budapest, mientras que esta sensación ya está desapareciendo cuando vamos a París, Londres o Bruselas.

Usted se pregunta: “¿Cómo dejar nuestra herencia, que está en peligro, a nuestros descendientes?” ¿A través de una cultura paralela?

Sí. Para los próximos veinte años, hay que prepararse para una crisis muy importante en Europa occidental, cuyos disparadores inmediatos serán económicos, pero que provocarán una avalancha de otros factores numerosos de crisis. En efecto, una vez que ya no habrá ayudas sociales ni pensiones, lo que quede de la solidaridad cívica será pulverizado y desatará una lucha intensa entre los diferentes grupos sociales y culturales que forman esta Europa occidental cada vez más fragmentada. Para poder sobrevivir en ese marco, mientras que la mayor parte de nuestros dirigentes no parecen llevar la cultura occidental en su corazón –defienden más bien una cierta visión globalista– nos encontramos propulsados sobre nosotros mismos y no podemos contar ya ni con el Estado ni con las estructuras sociales y las instituciones, que se están desmoronando, sino que hay que crear redes paralelas. Los musulmanes entendieron eso hace mucho tiempo y su fuerza reside en la solidez y la cohesión de sus diferentes estructuras sociales, familiares o religiosas. Los europeos, sin embargo, no han interiorizado esta situación: si quieren sobrevivir a los años de crisis que vienen, tendrán que crear rápidamente “sociedades paralelas” a todos los niveles, ya sea en el plano profesional, familiar, geográfico, religioso, político, etc.

El único punto en el que usted ha podido equivocarse en el anterior libro es en que se estimaba que la decadencia de  Europa, en analogía con la República romana, se desarrollaría a lo largo de un siglo. En realidad, todo va más rápido y, según su criterio, tendrá lugar en el transcurso de una vida humana…

No del todo: En La decadencia, yo anunciaba una fase de inseguridad civil que se extendería a lo largo de una veintena de años, haciendo el paralelismo con las guerras civiles en Roma, y después el establecimiento de un tipo de Estado autoritario que sería el único que podría recrear algo parecido a un orden. Más o menos es hacia lo que vamos y el paralelismo sigue siendo exacto. Confieso, sin embargo, verme sorprendido por la rapidez de los acontecimientos y el hecho de que, incluso mis visiones más pesimistas, parecen cumplirse… Querría haber conservado una pequeña esperanza de que se podría evitar lo peor y que, con una cierta sabiduría política, podríamos estabilizar un poco los acontecimientos y asegurar una transición más serena. Pero está claro que ya vamos hacia un modelo muy conflictivo a lo largo de las próximas dos décadas…

Sin embargo, tenemos la sensación de que el Estado es fuerte y que da todavía la apariencia de resistir…

El disparador de la crisis futura no vendrá forzosamente de Francia, sino puede que de Italia, con su economía muy debilitada y su deuda financiera inmensa. Pero es cierto que Francia y España presentan también igualmente factores de inseguridad muy impresionantes para los años que vienen. De hecho, no hay que subestimar tampoco la situación muy delicada en Alemania. Esta puede aparecer, desde el exterior, como un Estado bastante estable y fiable, pero este país está en ebullición en su interior y se polariza cada vez más entre dos bandos enfrentados. Además, el “milagro alemán” está basado en una dependencia casi total de la exportación y sobre una expansión masiva de los trabajos con remuneración muy baja. La apariencia de estabilidad en Europa es engañosa. De hecho, ¿quién, en 1989, habría apostado por el desmoronamiento del bloque del Este?

Se dice muchas veces que el enemigo está en el interior: usted subraya que la crisis viene del interior, pero no se puede hacer nada cuando se es rehén de un fenómeno suicida…

En efecto, aunque no negaré de ninguna forma el problema fundamental de la inmigración de masas, la decadencia de los valores sociales, familiares y religiosos es, por lo menos, igual de grave, particularmente en Francia, y esta crisis identitaria y psicológica es bastante más difícil de abordar que los desafíos llegados del exterior. Con unos cuantos textos legales, se pueden cerrar las fronteras, pero es difícil transformar el comportamiento de toda una civilización para hacerla retornar a la razón, y sobre todo al amor por las propias tradiciones. Como historiador, lo que más me sorprende es este desentendimiento de la mayor parte de los europeos occidentales respecto a su propia historia. En mi carrera de profesor he podido constatar cómo, en mis clases, los estudiantes descubrían la historia europea, la historia de Roma o la historia de China con la misma sorpresa e igual impresión de exotismo: por lo que parece, muchas personas están ya totalmente desconectadas de sus tradiciones y no perciben que la historia de Occidente sea su herencia, sino algo que ya está muerto, y desde hace bastante tiempo. Evidentemente, es muy difícil insuflar una nueva vida en esa situación. En mi nuevo libro, he estudiado la faceta más bien individual de esta perspectiva. En el que estoy escribiendo ahora, Renovatio Europae, que forma un díptico con ¿Qué hacer?, intento dibujar, con la colaboración de algunos colegas procedentes de toda Europa, unas pistas hacia una reforma “conservadora” del espíritu europeo. Pero es evidente que la lectura de esta obra provocará la división…

¿Qué piensa usted de la creación de una cartera “para la protección del modo de vida” europeo en el seno de la Comisión europea?

He visto eso con gran interés. No quiero hablar mal de ello, pero la gran cuestión es saber qué se entiende por “protección del modo de vida europeo”: si se trata de defender nuestro hedonismo, nuestro materialismo, el pasotismo o el autoodio por nuestra propia civilización, siendo todo ello declarado como “individualismo” europeo. Ya puede imaginarse lo que pienso… Pero si se trata de defender una civilización profundamente arraigada en los ideales del mundo grecorromano y en las tradiciones religiosas judeocristianas, sería magnífico. Pero lo dudo mucho. Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: kernews.com