Mañana, ¿todos defensores del decrecimiento?, por Pauline Porro


Se reconocen las épocas de crisis en el hecho de que producen ideologías radicales. De los defensores del decrecimiento a los adeptos al transhumanismo, todos quieren llegar a la raíz de los problemas; pero sus soluciones trastornan nuestras sociedades. 

Durante mucho tiempo sin audiencia, la idea del decrecimiento sale de su marginalidad frente a la evidencia cada vez más compartida de un sistema mortífero que conduce a la humanidad, y al conjunto de los seres vivientes, a su destrucción.

Crítica radical a nuestra sociedad consumista y productivista, el decrecimiento establece enlaces entre las disciplinas y hace intercambiar ideas a numerosos intelectuales de diferentes corrientes. ¡Una vez más un pensamiento complejo y difícil de presentar en una entrevista! “Para comprender el decrecimiento, hace falta un Doctorado en todas las disciplinas”, explica Vincent Liegey. “Es un pensamiento multidimensional y defenderlo en los medios es muy resbaladizo”.

La salida del culto al progreso como único horizonte

Llevar la bandera del decrecimiento no se reduce a reclamar que se invierta la curva del crecimiento. Al contrario, explican sus defensores, ¡nada peor que una sociedad del crecimiento que no crezca! El horizonte no es la recesión, ser Grecia o Venezuela, sino la salida de la ideología del crecimiento, del culto al progreso infinito, y abogar por un regreso a la sobriedad y al sentido de los límites. Como lo señala el filósofo Olivier Rey, si “el decrecimiento apunta en primer lugar a dar marcha atrás a la dinámica frenética de industrialización de la producción, de mercantilización de las actividades y de tecnologización de la existencia que arrasa la Tierra y las vidas humanas, [...] eso no significa privarse, sino reencontrar aquello de lo que nos priva un crecimiento demencial, es decir, una relación equilibrada con el mundo”. Un cambio radical de paradigma que supone también una descentralización del poder político, más democracia directa, y también una reducción del tamaño de las entidades políticas.

No a un crecimiento infinito en un mundo finito

En la creación del término está el americano Nicholas Georgescu-Roegen quien, en 1979, publica la obra “Decrecimiento, entropía, ecología, economía”. El matemático muestra que los modelos económicos dominantes ignoran las leyes fundamentales de la física. Y llega a una conclusión de sentido común: no se puede soñar con un crecimiento infinito en un mundo finito. Si la expresión es de uso reciente, el filósofo asociado a ella encuentra un eco lejano en los pensadores de la Antigüedad tanto de Oriente como de Occidente. Desde Epicuro y su elogio de la moderación a Buda que renuncia a su vida palaciega para preferir la sobriedad.

Denunciando los puntos muertos del individualismo, el decrecimiento conecta con la inspiración primera del socialismo, así como con el pensamiento anarquista. Se inscribe también en la línea de los movimientos críticos con la revolución industrial, la modernidad y la técnica. Además, la toma de conciencia ecologista ha contribuido a la emergencia del proyecto decreciente. Fuera de las fronteras francesas, numerosas luchas por la emancipación, a imagen del movimiento zapatista, se alimentan de este imaginario.

En Francia, el movimiento decrecentista nace del encuentro a comienzos del año 2000 entre la crítica del desarrollo, reunida alrededor del economista Serge Latouche, y el colectivo contra la invasión publicitaria “Casseurs de pub” en el que milita Vincent Cheynet. Después de dos décadas de apisonadora neoliberal y del desmoronamiento del bloque del Este, algunos claman por el fin de la Historia mientras que la mundialización de los intercambios se instala como horizonte inabarcable. Se trata de proponer a la vez un eslogan provocador no reciclable en el marketing y de reaccionar a la impostura del desarrollo sostenible que recoge las alabanzas de los liberales de todas clases. “En el momento en el que se nos dice que no hay alternativa, nosotros decimos que hay una, y es el decrecimiento”, afirma Serge Latouche, figura de esta corriente. El decrecimiento, “palabra-obús para descolonizar nuestros imaginarios” se convertirá en el nombre de la revista mensual fundada por Vincent Cheynet y Bruno Clémentin en 2004. “La revista de la alegría de vivir” reivindica su lugar como “primera revista diaria de ecología política”. Hay que admitir que una postura ecologista bien armada no puede apuntar al fin del sistema capitalista y pregonar el decrecimiento. Lejos de los sueños de Yannick Jadot de baterías eléctricas y de automóviles autónomos…

El Papa, Manon Aubry y Alain de Benoist: ¿todos juntos?

Con sus ramificaciones múltiples, la nebulosa decrecentista no podía evitar las disensiones. En el origen del Partido por el decrecimiento, en 2006, Serge Latouche declaró su hostilidad por la politización del movimiento, por su “falta de madurez política”. Por el lado de las propuestas concretas, se está lejos de una disciplina soviética. Si las relocalizaciones, la salida de lo nuclear o la reducción de las desigualdades generan acuerdos, la extensión del ámbito de la gratuidad o del salario para siempre dividen a la familia decreciente. Para Vincent Cheynet, estas medidas pertenecen a una “revuelta pueril de mendicante del Estado”. Él apuesta por una rehabilitación de la austeridad, otro nombre del rechazo de las cosas ilimitadas. Una visión demasiado conservadora para Paul Ariès, que realizó un comunicado “contra la austeridad y el crecimiento”.

La traducción concreta del movimiento supone, por otra parte, situarse en el tablero político. Sin embargo, “esta filosofía se opone a la vez a la izquierda por su rechazo de la ideología progresista y a la derecha por su anticapitalismo”, observa Vincent Cheynet. Una constatación que le conduce a rechazar la separación izquierda-derecha, en la línea del pensamiento del filósofo decrecentista Jean-Claude Michéa, para el que derecha e izquierda representan las dos fuerzas del liberalismo, económico y societal. Y se opone, por lo tanto, a la PMA (procreación médicamente asistida) y a la GPA (gestación subrogada), intrusión de la tecnología en la esfera íntima, calificando a sus promotores de “perfectos tontos útiles del capitalismo liberal”. Otros, como Paul Ariès, abogan por anclar el decrecimiento en las culturas de izquierdas. Para cuadrar la ecuación, el decrecimiento ha atraído a su causa a ciertos aliados “incómodos” como lo es Alain de Benoist. Teórico de la Nueva Derecha, publicó en 2007 el ensayo Demain, la décroissance! Penser l´écologie jusqu´au bout, editado en español bajo el título Objetivo: Decrecimiento. Por una ecología integral.

Y es que, desde hace poco tiempo, el decrecimiento tiene viento de popa. “Ha llegado la hora para aceptar un cierto decrecimiento en algunas zonas del mundo”, invocaba el Papa Francisco en su encíclica Laudato si, dedicada a la ecología humana. La reciente revista de ecología integral Limite quiere estar incluida en la corriente, mientras que Manon Aubry, cabeza de lista de la Francia insumisa a las elecciones europeas, anunciaba en la web Reporterre, el 6 de mayo de 2019, que su movimiento estaba “progresivamente en la línea del decrecimiento”. El investigador Luc Semal señala, por su parte, que el decrecimiento ha sido “una de las incubadoras de los discursos actuales sobre el colapso”. Observemos que, si los “preparacionistas” se equipan para el colapso y construyen un búnker para su tribu, los decrecentistas intentan el reto de “ser humanos en los tiempos difíciles que se anuncian”. Y concluyen que “saldremos todos juntos de la dificultad o no saldremos”. Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: Marianne