Las vacaciones del Homo festivus, por Élisabeth Lévy


Un fantasma fascina al mundo del turismo. Recorrer el planeta para sacar selfies con el riesgo de destrozarlo ha entrado en la categoría de los derechos humanos. Para calmar nuestras conciencias, unos ecologistas tecnólogos imaginan poder reconciliar naturaleza y turismo transformando una parte de nuestras zonas rurales en reservas naturales de pago.

Es la nueva frontera de la especie; puede que la única religión planetaria capaz de plantarse ante el ecologismo. Un proyecto global que reconcilia a ricos y pobres, gobernantes y gobernados. Una propuesta que nadie rechazaría. Ciento setenta años después de Marx, podemos decir que un fantasma recorre el mundo: el fantasma del turismo. Haría falta ser un cascarrabias para no alegrarse. Después de haber medido la importancia de una nación por sus victorias militares, su producción artística o por sus logros tecnológicos, un nuevo indicador consiste en el número de turistas atraídos y los beneficios realizados en las terrazas de los bares.

No pensemos que este monstruo creado por la democratización del consumo es un privilegio exclusivo de Occidente. De Pekín a Riyad, de Kuala Lumpur a La Habana, unos funcionarios se rompen las meninges para convertir en atractivas, accesibles y rentables las maravillas creadas por el genio humano o divino, mientras que el touroperador chino que puede traer un rebaño de quinientas cabezas de clases medias es cortejado con pasión por los responsables de los destinos.

La invasión turística no es el fruto de la curiosidad humana, está debidamente organizada por una industria floreciente con la ayuda de gobiernos e instituciones internacionales. Cada país, cada región y cada pueblo se esfuerzan en obtener el premio en la competición mundial atrayendo al turista ya que se trata de vender, en un marco en que la diferencia cultural importa menos que la media de las compras realizadas.

¿Qué nos ha pasado para que nuestra última ambición sea adaptar y señalar nuestras ciudades y valles, incluso bosques y montañas, para que puedan recibir cada día más visitantes? ¿Para que el viaje se convierta en un desplazamiento en el que escogemos el punto de llegada en el último momento entre las ofertas “todo incluido”? Philippe Muray responde que nos ha llegado el fin de la Historia, que es “también el de la geografía o, por lo menos, es el comienzo de la guerra declarada a lo que esa geografía pudo significar en los tiempos pasados. Una guerra que tiene como objetivo establecer en todos los lugares la “Pax festiva”.

Para entender la transformación del planeta en “universo excursionario” y la de nuestros viejos lugares en parques de atracciones donde el turista viene a contemplar los vestigios de lo que el turismo destruye, no hay mejor guía que el escritor que ha sido el cronista implacable de esta mutación. El turismo es, en efecto, la actividad festiva y posthistórica por excelencia desde el momento en que, bajo la idea de aprender de las diferencias, no ha hecho más que ponerlas bajo su vara de medir reclamando que nos adaptemos a ella y a sus necesidades calibradas. Nada se parece más a una multitud bajando de un autobús en Roma después de veinticuatro horas de viaje que otra multitud bajándose del mismo vehículo en San Petersburgo o en Normandía. “Es toda la paradoja lúgubre de nuestro tiempo: borrar el “otro lugar” a través de la uniformización mundialista, y vender después ese “otro lugar” destruido como “otro lugar” auténtico, certificado”, escribe Muray. A esto, hay que añadir que el turista contemporáneo no se alimenta solo de hamburguesas, quiere también comer y divertirse. Pide su lote de festivales, conciertos y otras reuniones, quiere tradiciones olvidadas y recicladas al gusto de hoy, y grandes eventos deportivos.

Desafortunadamente, todos esos esfuerzos tienen resultados. Los turistas lo saben. Ni los ladrones, ni la falta de baños públicos, ni los transportes en huelga, nada puede con el flujo continuo que se vierte sobre las grandes ciudades europeas orgullosas de haberse convertido en “ciudades-mundo”.  Se ha convertido en una tradición anual que un ministro anuncie las “cifras del turismo” con sonidos triunfales y la prensa aplaudiendo.

Lo más sorprendente es que, cuando el automovilista es sospechoso de atentado a la salud de los niños, el turista que provoca las misas devastaciones viva en total impunidad. Ninguna fuerza humana no parece, en efecto, capaz de limitar nuestra voracidad de experiencias únicas estandarizadas y de belleza certificada (ninguna tiene la voluntad, sobre todo). En París, por ejemplo, el autónomo y su furgoneta son perseguidos por el ayuntamiento, pero los autocares cargados de grupos venidos del mundo entero pueden escupir sus humos a la cara de los peatones y sobre los inmuebles que los propietarios están obligados a limpiar regularmente. Resultado, en 2018, más de mil millones de seres humanos han atravesado una frontera por razones de ocio, de los que la mitad tenían destino hacia Europa, y la Organización Mundial del Turismo calcula que serán cerca de dos mil millones en el año 2030. Consecuencia: “el primer sector económico mundial no es la industria petrolera o el automóvil, sino el turismo”, nos dice Le Monde.

Lo cierto es que se ven cada vez más algunos autóctonos protestar, como en Barcelona o en Venecia. Varias asociaciones se conmueven por los daños irreparables infligidos a las joyas del patrimonio. Pero, en el fondo, nadie osaría oponerse a la legitimidad misma del turismo de masas. Es verdad que los Estados no suelen tener dinero para mantener el patrimonio. Es por esta razón que, en los años 80, inventaron una política ofensiva para atraer más visitantes extranjeros. Los cuales crean los daños y los perjuicios que necesitan reparaciones que llevan a pedir más dinero, es decir, más multitudes. Que crean más daños. En este esquema, no hay otra salida que la huida hacia adelante.

Sin embargo, solo los temas de dinero no explican la tolerancia de la que se beneficia el turista, cuando el trabajador es designado como el agente de la catástrofe climática. En la era del low-cost y de internet, recorrer el planeta se ha convertido en un derecho humano más, puede ser incluso el único que sea hoy superior en dignidad al del planeta mismo. El turista tiene todos los derechos, incluyendo el de reclamar que, en las catedrales, los horarios de las misas sean adaptados para no molestarles demasiado. Reconociendo que es urgente reflexionar sobre la mejor canalización del flujo de visitantes, Le Monde precisa que no se trata de quitar a los chinos o a los indios el derecho de tomar parte en esta democratización del viaje. De hecho, no vemos con qué argumento se prohibiría a estos últimos venir a ver la Mona Lisa mientras que, desde hace treinta años, se repite a las clases medias occidentales que la movilidad es la esencia de la existencia. Esto lleva a que el pueblo, incluso cuando está notablemente arraigado en su lugar de origen, quiere también su dosis anual de puesta de sol y de autenticidad preparada. Perfecto, hay para todos los bolsillos.

La paradoja del asunto es que, en el momento en el que la transformación del mundo por el turismo está en vías de realizarse íntegramente, nadie quiere ser tratado de turista, no desde luego las clases sociales con mejor educación. El turista siempre es el otro. El paleto que se desplaza en rebaño. Los de más nivel, viajan. Salvo que, cuando sudan esperando visitar Angkor, las Pirámides o el Santo Sepulcro, ricos y pobres se parecen bastante.

Al turista que no se confiesa ser tal, como usted y yo, le gusta avanzar enmascarado, por ejemplo, detrás de la voluntad de extender nuestros valores o de abrirse a otras culturas. Para dar consistencia a estas tonterías, la “guía del marrullero” (Muray) y otros han inventado el turismo ético y ciudadano. Si creemos a Muray (del que siempre me he preguntado si no había inventado esta maravillosa cita), un responsable de una gran guía de viajes habría declarado incluso: “Lo único que se vende bien es la moral, y hay que buscar mucho ahí dentro”. 

Hoy, a todo el mundo le da igual el oprimido, es la Tierra la que hay que salvar (sin dejar de destrozarla). Para convencer al europeo que puede, sin peligro para su conciencia, viajar a la otra punta del planeta, hay que prometerle que es algo ecológico, lo cual es para morirse de risa. Usted puede, pues, comprar un viaje respetuoso con el medio ambiente a las Seychelles o a Patagonia. 

Imaginamos entonces que la huella de carbono del sector es todavía más lamentable que la de las centrales de carbón chinas y los conductores de diésel reunidos. Sin embargo, podría ser que el ecologismo y el turismo celebren dentro de poco su reconciliación. En efecto, es urgente encontrar otras tierras a convertir. Todos los apaños del mundo no podrán cambiar nada: un flujo añadido en los monumentos saturados terminará por provocar daños irreparables. ¿Cuánto tiempo puede el palacio de Versalles recibir más de quince mil visitantes al día? ¿Habrá que crear un día réplicas de todos los monumentos como se hizo con las cuevas rupestres?

Sin embargo, rechazar turistas es inimaginable, aunque solo fuera en nombre de la democracia. Los tecnócratas de los ministerios de Ecología han encontrado la solución: se han dado cuenta de que determinadas partes de Europa, sobre todo en montaña, están casi desérticas, pobladas solo por algunos pastores. Sin embargo, la ganadería huele mal, contamina, no aporta nada y desnaturaliza la naturaleza. Ya quisieran devolver esos vastos terrenos a las bestias salvajes y, por supuesto, a los miles de visitantes que estarían dispuestos a pagar para observarlos. Entre tanto, se despediría a los animales con los que la humanidad trabaja desde hace milenios mientras que nos alimentamos con proteínas de síntesis. Los ganaderos, por supuesto, tendrían oportunidad de reconvertirse en esos parques de Yellowstone a la europea. Habrá que conservar, sin embargo, algunos especímenes para un futuro parque temático dedicado a la agricultura donde se contará cómo, antiguamente, las vacas fabricaban leche después de haber comido hierba.  Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: Causeur