Matteo Salvini se postula en Milán como líder de las derechas patrióticas europeas y denuncia el inmigracionismo papal, por Lionel Baland y Thomas Clavel


Desde el ascenso de su partido al poder en Italia, el dirigente de la Liga, viceprimer ministro y ministro del interior, Salvini recorre el país itálico de norte a sur, tomando la palabra, en las plazas públicas o en las salas de conferencias y en los mítines, ante enormes multitudes que llegan para manifestarle su apoyo y su afecto.

Esta popularidad se la debe Salvini a su carácter jovial y a su extraordinario sentido del contacto con el pueblo, pero también, y sobre todo, a su acción ministerial, que está dando sus frutos: la llegada de pateras transportando inmigrantes clandestinos casi ha sido detenida, la delincuencia y la mafia son combatidas frontalmente y el pueblo italiano se encuentra protegido de las agresiones mundialistas por un gobierno que reagrupa a los populistas, la Liga y su aliado, el partido antisistema Movimiento 5 Estrellas.

La Liga, que obtuvo más del 17% en las elecciones legislativas de marzo de 2018, se coloca ahora a la cabeza de los sondeos, con más del 30%, mientras otro partido patriótico, dirigido por Giorgia Meloni, denominado Hermanos de Italia, alcanza, según los sondeos, el 5%.

La carrera victoriosa de “il capitano” no deja indiferentes a los otros partidos patrióticos de Europa, que ahora ponen su mirada en Italia, eterno laboratorio político del continente europeo. Esta evolución abre posibilidades de reagrupamiento, en el seno del futuro Parlamento europeo que salga del escrutinio de mayo de 2019, de los diferentes partidos patrióticos surgidos en los diversos Estados miembros de la Unión europea.

Aprovechando esta privilegiada situación, Matteo Salivini organizó, el sábado 18 de mayo de 2019 en Milán, un gran mitin electoral que reunió a representantes de doce partidos patrióticos. Todos ellos tomaron la palabra en la plaza situada ante la famosa catedral del Duomo de Milán, al lado de la galería Vittorio Emanuele II: Weselin Mareschki (Volya, Bulgaria), Boris Kollár (SME Rodina, Eslovaquia), Tomio Okamura (SPD, Chequia), Jaak Madison (EKRE, Estonia), Gerolf Annemans (Vlaams Belang, Flandes-Bélgica), Anders Vistisen (Partido del pueblo danés), Laura Huhtasaari (Partido de los finlandeses), Jörg Meuthen (AfD, Alemania), Georg Mayer (FPÖ, Austria), Geert Wilders (PVV, Holanda), Marine Le Pen (Rassemblement national, Francia), se sucedieron en la tribuna antes del discurso de Matteo Salvini.  

Georg Mayer sustituyó al candidato del FPÖ a las elecciones europeas, Harald Vilimsky, quien se quedó en Austria a consecuencia de la dimisión del presidente del FPÖ, Heinz-Christian Strache, de la vicecancillería de Austria. Strache, junto al diputado Johann Gudenus, también dimisionario, han sido víctimas de la difusión de un vídeo realizado en 2017 en Ibiza que muestra a estos dos hombres, en compañía de la mujer de Strache, junto a la sobrina de un magnate financiero ruso del gas, reunión en la que supuestamente estarían negociando obtener financiación de Rusia para el partido FPÖ. Se trata de un video realizado por auténticos profesionales que, seguramente, disponían de información procedente de los servicios secretos.

Por otra parte, Matteo Salvini ha aprovechado el acto en Milán, en compañía de los principales líderes de la derecha nacional-patriótica europea, para criticar el pontificado inmigracionista del Papa Francisco. No sólo con argumentos políticos, sino apoyándose en los análisis de altos teólogos y dignatarios de la Iglesia católica.

«El verdadero soldado no se bate porque odia a los que tiene enfrente, sino porque ama a los que tiene detrás». Con esta cita de Chesterton, el vicepresidente del gobierno italiano ha comenzado su discurso arrancando los clamores de una multitud asistente. Añadiendo después: «Y lo que el verdadero soldado ama, son sus hijos, sus valores, su tierra y la Virgen que nos guarda y nos acompaña». El discurso político se teje con referencias cristianas dirigidas a una crítica directa del pontificado de Jorge Mario Bergoglio. Además, Salvini rinde un vigoroso homenaje a “Juan Pablo II, uno de los hombres más remarcables de la historia eclesiástica, pero también de la historia de la humanidad, un hombre que hablaba de la fraternidad de las naciones como la mayor virtud de Europa, la que se extiende del Atlántico a los Urales, pero jamás habló de la entrada de Turquía en Europa”. El jefe de la Liga celebra, a continuación, las raíces cristianas de Europa: “Traicionando nuestras raíces no construimos nada; no podemos acoger a los otros si olvidamos lo que somos”.

Y continuaba Salvini: “El Papa Francisco quiere reducir el número de muertos en el Mediterráneo, y eso es exactamente lo que nosotros estamos haciendo, con orgullo y espíritu cristiano. La política de puertas abiertas mata, nuestra rigurosa política, en cambio, salva vidas. Digámoslo claro: nosotros no queremos esclavos, deportaciones ni guetos”. 

Para Matteo Salvini, la ecuación está clara: al inmigracionismo culpable del soberano pontífice se añade automáticamente la mundialización desregulada. Así, después de rendir un vibrante homenaje a los padres fundadores de Europa y al general De Gaulle, Salvini ha fustigado a “los traidores que han tomado el poder en nombre de la finanza, de las multinacionales, del dios dinero y de la inmigración descontrolada ‒los Macron, Merkel, Juncker. Nosotros no somos los extremistas, los extremistas son ellos, que han precarizado a Europa”. 

Salvini concluía su discurso celebrando la vida, “la de los recién nacidos y la de los enfermos”, condenado implícitamente el aborto y la eutanasia. “¡La vida es sagrada!”, repetía Salvini con un lirismo de acentos místicos. “Ante mí, no veo una plaza llena de fascistas y de racistas, sino una plaza llena de amor y de vida, rica en emociones”.  

En cualquier caso, nada enturbia el acto celebrado en Milán por los patriotas europeos, acto con el que Matteo Salvini ha ratificado su liderazgo al frente de las nuevas derechas que optan por consolidar un numeroso grupo en el Parlamento europeo y cambiar las actuales tendencias mundialistas y antinacionales de la Unión europea. ■ Fuente: Boulevard Voltaire