Vox, la necesaria radicalidad de un movimiento popular, por Sertorio (I)


Vox ha surgido como un banderín de enganche, como un batallón de Spengler, como un dos de mayo frente a la política de traiciones y cobardías de los partidos del régimen del 78. Esta joven formación presenta en su favor un activo nada despreciable: ha sustituido al Estado a la hora de combatir la traición separatista.

Un inesperado movimiento popular
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La grave crisis de 2017 ha tenido el efecto de que resurja el sentimiento nacional español, sofocado por cuarenta años de propaganda y adoctrinamiento en un sentido contrario, en el que las identidades regionales se hipertrofiaban y todo lo común era objeto de minusvaloración y desprecio por parte de las instituciones. En los muy débiles movimientos de la oligarquía política frente al desafío de la Generalidad de Cataluña, era evidente el miedo a decir la palabra maldita ‒España‒ y la tendencia a sustituirla por sucedáneos como “Europa” o la “Constitución”. Los partidos del régimen sacaban el trapo azul de Bruselas al lado de la enseña rojigualda y trataban de aguar el vino recio del renaciente patriotismo español con el agua tibia del “patriotismo” constitucional. No les sirvió de nada.

El sentimiento patrio entre los españoles tiene el grave defecto de que está estigmatizado por medio siglo de propaganda denigratoria, por el menosprecio por las élites presuntamente cultas y por el abandono de los poderes públicos. Hasta el año 2017, España era poco menos que una referencia futbolística y su bandera una colorista decoración en las plazas de toros. Recordemos que ni siquiera tenemos un himno nacional en el verdadero sentido del término: los sones sin letra de la Marcha Real contrastan con la emoción que transmite ver a las masas cantar la Marsellesa o el himno ruso.

Cuando la Generalidad desafió al Estado y perpetró un acto de lesa patria, la reacción de la casta política fue callar y otorgar. Nadie, ni en el Gobierno ni en la oposición, plantó cara a un reto que afectaba a la existencia misma de España. Apenas le faltó tiempo a la izquierda para asociarse a la secesión o mostrarse comprensiva y negociante con los golpistas. Y el gobierno de la derecha liberal trató de templar gaitas y de reconducir la crisis con un aquí no ha pasado nada que dejó atónita a la nación. Los sublevados de la Plaza de San Jaime contaban con ello. Nadie esperaba que sucediera lo que pasó: el pueblo se echó a la calle en Madrid, en Barcelona y en otras grandes ciudades. España, pese a los intentos de la élite por convertirla en una mera referencia administrativa, no estaba muerta y se alzaba contra sus enemigos al modo tradicional castellano, el rey y el pueblo contra los oligarcas, como si de Fuenteovejuna o El alcalde de Zalamea se tratase. Fue entonces cuando los tibios se vieron desbordados y surgió una formación política que encabezó la reacción nacional desde fuera del Parlamento, completamente al margen de las instituciones y sin ninguna relación con el establishment. Se trata, como el lector habrá adivinado, de Vox.

Vox es la responsable directa de que los traidores de octubre de 2017 comparezcan por sus delitos ante la justicia, pues nadie, ningún partido de la oligarquía política, había presentado la menor queja o denuncia ante las instancias oportunas por una fechoría tan grave como intentar separar un territorio del Estado. Si no fuera por la acusación particular de Vox, Puigdemont seguiría mangoneando en Barcelona y Junqueras y compañía andarían sueltos por las Ramblas. La inútil aplicación por el gabinete del expresidente Rajoy del artículo 155 de la Constitución nos da buena prueba de ello. Es decir, que ni el Gobierno, con toda su tropilla de abogados del Estado, fiscales, policías y servicios secretos, ni la oposición, con sus poderosos medios de masas, pensaron en ningún momento en defender a España, por la simple razón de que no creen en ella. Y esto, el pueblo, muy desengañado respecto a su predatoria clase dominante, lo ha entendido a la primera. Como en 1808, la gente se echó a la calle ante esta nueva francesada y ahora va a ser muy difícil que vuelva a sus casas, porque las reacciones de los dos gobiernos que la nación ha padecido desde octubre de 2017, muestran bien a las claras que la política oficial de la oligarquía es sólo un “pelillos a la mar”, la aceptación tácita del chantaje separatista. El reto no ha terminado.

La cuestión esencial
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Al contrario de lo que sucede en otros países de Europa, el sentimiento español es como el Vesubio: parece apagado, pero cuando estalla se lleva por delante todo lo que encuentra; y al igual que en 1808 y 1936, sólo surge en las ocasiones desesperadas: lo nuestro es el milagro. Y hoy la cuestión decisiva es la unidad nacional. Crisol de pueblos, España no es una nación de naciones, como predican los tibios y los emasculados intelectuales a sueldo de Bruselas, sino una unión de pueblos diferentes reunidos bajo una autoridad común: lo que antaño se llamó Las Españas. Desde 1834, el Estado liberal no ha sabido edificar una estructura política que adapte a los tiempos modernos aquel sólido caos organizado que fue la España del Trono y el Altar.

Vox es el partido que defiende inequívocamente la unidad nacional y que va a seguir teniendo que levantar y defender esa bandera frente a su principal enemigo, que no es el endeble separatismo (que no nacionalismo ni soberanismo) catalán, sino la casta política de Madrid, que dividió en diecisiete taifas lo que antaño fuera un país unido. En 1976, tras cuarenta años de firme liderazgo unitario en España, el separatismo era inexistente, aunque sí se exigía una necesaria descentralización y un cierto grado de autogobierno regional en algunos territorios. En 1978, se establecieron las malhadadas autonomías, diecisiete unidades administrativas con muy amplias atribuciones, cada una con un hecho diferencial real o imaginado, pero que desde su inicio han tendido a enfatizar lo que nos separa y no lo que nos une, pese a más de medio milenio de vida en común. La acción esencial de los separatismos regionales ha sido la invención de inexistentes conflictos entre sus “naciones” y España ‒falseando la verdadera historia de fenómenos como las guerras carlistas, por ejemplo‒ y haciendo que desaparezca de los libros de texto catalanes, vascos, baleares y navarros la Historia de España, de la cual estos pueblos han sido muy protagonistas y que hoy ignoran de manera supina. La andadura conjunta de la comunidad hispana no existe en la educación de los feudos autonómicos y lo ha hecho con la complicidad activa de los gobiernos de Madrid, que han entregado a sus socios separatistas la escuela y la cultura a cambio de alianzas tácticas de baja estofa.

Vox ha comprendido que las autonomías son el cáncer de la nación y que deben ser erradicadas o reformadas en profundidad. Las comunidades autónomas han aumentado el gasto público de manera insostenible con el sólo fin de mantener a clientelas políticas subvencionadas que obstaculizan e impiden el bien común. Basten como ejemplo las guerras del agua entre las administraciones regionales o el desastre bancario de las cajas de ahorros, instituciones financieras provinciales, antaño muy sólidas y respetables, que se pusieron en manos de políticos dependientes de los gobiernos autónomos, quienes han provocado la crisis económica más grave que ha conocido el país desde el siglo XIX.

La izquierda española es profundamente antinacional. Aliada en 1936 al separatismo y frustrada por los cuarenta años de supervivencia del régimen franquista, los marxistas españoles siempre se han opuesto a un poder central fuerte, ya que identifican (no sin cierta razón) a España con Franco, aunque en realidad sería más adecuado decir con la Tradición triunfante. No es de extrañar que los dirigentes de Podemos eviten la palabra España con todo tipo de piruetas verbales, igual que lo hacen los separatistas, y hablen de Estado español, Península Ibérica (incorporando Portugal a España) y demás ocurrencias por el estilo. Es decir, la izquierda apuesta por la ruptura del Estado unitario de manera decidida desde, por lo menos, 2004, cuando el gobierno socialista del expresidente Zapatero decidió asociarse al separatismo para romper con la herencia política de 1978. Fue entonces cuando acabó el régimen constitucional que hoy agoniza.   

La izquierda ha abandonado a una nación española que, sin embargo, siente su unidad intensa y entrañablemente. Esta deserción es la que permite a Vox capitanear un sentimiento popular sin competencia posible, ya que la derecha liberal es autonomista y europeísta, y sólo se envuelve en los colores nacionales de manera cosmética y poco convincente. Su inane patriotismo constitucional resulta incomprensible para las masas, que sienten su pertenencia a su tierra y a su historia, pero no a un código mal escrito y peor cumplido.

En fin, Vox es la necesaria reacción de un país al que la omnipotente izquierda cultural estaba castrando y silenciando. Y ha de hacerlo con resolución porque contra esa enseña se van a dirigir todos los embates de la oligarquía dirigente. También es un esfuerzo, casi en el último extremo, por reorientar la detestable política de este régimen difunto y tratar de evitar la fragmentación de España por sus enemigos. La unidad de España es el mensaje esencial de Vox porque es la cuestión de nuestro tiempo. Cuando su eco resuene en las paredes de los diversos parlamentos e instituciones en los que, sin duda, va a entrar, llegarán los verdaderos retos para este partido. (Continuará)