Las raíces del islamismo están en el islam, por Aurélien Marq


En un estudio del Instituto Montaigne, dirigido por Hakim El Karoui y titulado La fábrica del islamismo, se afirma claramente que el yihadismo es una ideología y un proyecto político. Pese a esta chispa de lucidez, este estudio olvida la dimensión religiosa del islamismo y fracasa en su intento de explicar su éxito.

La fábrica del islamismo tiene el inmenso mérito de decir claramente que el islamismo es una ideología y un proyecto político, y no como pretenden otros como Olivier Roy, una simple forma de delincuencia o de revuelta social (una “islamización de la radicalidad”), y que, en consecuencia, la lucha contra su empresa debe ser llevada en los frentes político e ideológico, no solamente en el social y en el de seguridad.

Este estudio adolece, sin embargo, de un defecto: olvida largamente la dimensión religiosa y espiritual del fenómeno. Pues, hablando el lenguaje de los mitos, de los símbolos, de los rituales, las religiones y las espiritualidades se dirigen a lo más íntimo y profundo de la psique humana, con un fuerte potencial de movilización de grupos e individuos. Así, el islamismo no es sólo una ideología política. Es un totalitarismo político-religioso, una metafísica, y todo aquel que lo ignore corre el riesgo de pasar de lado sobre sus características más importantes.

Rechazando encerrarse en la observación del yihadismo para trazar el manto que lo inspira, lo alienta, lo justifica, y a continuación abordando todos los islamismos para extraer sus rasgos comunes y sus diferencias (wahabismo, turco-islamismo, hermanos musulmanes, etc.), los autores de La fábrica del islamismo hacen prueba de una gran lucidez. Pero se tiene, a veces, la impresión de que también hacen gala de etnocentrismo al establecer, entre fenómenos políticos y religiosos, una distinción, ciertamente natural para los espíritus laicos, pero extraña al islam, donde la organización social y política está imbricada en la religión.

Insisten justamente en la absurdidad de los «discursos tercermundistas que imputan a Occidente la fuente de todos los males» y el hecho de que «existe, con toda evidencia, una historia y unos valores cuyo desarrollo no es debido a Occidente». En este punto, el estudio cita el remarcable trabajo Fascinación de la yihad: furor islamista y derrota de la paz, de Gabriel Martínez-Gros: «Adjudicar la centralidad a Occidente viene a infantilizar a los islamistas y a negar el vigor y la seriedad intelectual de su discurso. ¿Podría hablarse de los nazis como víctimas de una crisis económica sin interesarse por el contenido de su discurso racista?

Así, se afirma que «la ideología islamista nace de la necesidad de dar una respuesta a la cuestión de la modernidad planteada por Occidente», con la expedición de Napoleón Bonaparte a Egipto. Ciertamente, evocan “premisas” anteriores, pero su enfoque adolece de un impasse sobre casi doce siglos de historia. Desde su origen, en efecto, el islam lo ha subordinado todo a la ley religiosa, la sharia, y ha admitido el uso de la fuerza para extender su religión. Desde la tradición islámica, el Profeta habría rechazado cualquier tipo de paz con la tribu de los Banu Thaqif hasta su conversión y la destrucción del santuario que estaba bajo su custodia. El “bello ejemplo” del Profeta es el propio de un jefe militar que reduce a los cautivos al esclavismo. La “sura número 9”, considerada como el penúltimo capítulo, que deroga a todas aquellas que puedan contradecirla, es una declaración de guerra al mundo para imponer el islam. Y en 1093, Al-Ghazali, uno de los pensadores más influyentes del mundo musulmán, condenaba la falasifa, la tentativa esbozada después por Al-Kindi para integrar en el islam las aportaciones de la filosofía griega. En suma, como dice Abdelwahab Meddeb: «El islamismo es la enfermedad del islam, cuyos gérmenes están en sus textos».

Rehusando ver que fenómenos comparables al islamismo preexisten en la modernidad occidental, los autores del estudio rechazan la responsabilidad original y principal de la crisis actual en Occidente, de ahí su insistencia en combatir el temor del islam tanto como del miedo al islamismo.

Disponemos, además, de herramientas útiles y necesarias para el examen de las causas y las responsabilidades endógenas del islam, como los trabajos de Souâd Ayada, que ve en el islam dos metafísicas antagonistas, siendo una de ellas lo que denomina “el islam de las teofanías”, según la cual Dios se deja ver por mediación de todas las formas de belleza, trascendencia en la inmanencia que reconcilia amor, inteligencia y conocimiento del otro, que Nour el Houda Ismaïl-Battikh resume como «enteramente subordinada al reconocimiento de una trascendencia separada (…) inaccesible, por esencia, al orden de lo humano, y que no podría producir más que una visión del mundo empobrecida y truncada, cuyo poder negativo culminaría en sus repercusiones jurídico-políticas». Se podría citar también a Marie-Thérèse Urvoy, Rémi Brague, Édouard-Marie Gallez, Philippe Capelle-Dumont, Alain Besançon... Se teme esencializar el islam, pero ¿tiene una esencia, algo que le distinga de lo que no es? Si bien es importante evitar la confusión entre los musulmanes y los islamistas, no hay que caer en la ingenuidad. Con todo, al menos hay entre los autores del estudio una forma de optimismo forzado. Así, los autores afirman que «los musulmanes sensibles a las tesis islamistas constituyen hoy una minoría en Europa». Desgraciadamente, esto es totalmente falso.

Los musulmanes que se adhieren “plenamente” a las tesis islamistas son, quizás, una minoría, pero una inmensa mayoría es totalmente sensible a las mismas. Tarik Yildiz ya lo ha demostrado en relación con la juventud musulmana en Francia. Por lo demás, cuando se afirma que «el discurso salafista ha logrado imponerse como la referencia a partir de la cual los musulmanes deben pensar su concepción de la práctica religiosa», el Instituto Montaigne lo reconoce implícitamente. No olvidemos que, en los países musulmanes, los partidos islamistas obtienen frecuentemente la mayoría, incluso entre los electores residentes en Europa.

Es forzoso constatar que el islam humanista, al que apela la gente de buena voluntad, existe realmente, pero no tiene el éxito manifiesto que desearíamos. Ciertamente, este islam humanista carece de medios, medios que nuestros Estados occidentales deberían proveer sin reservas, aun a regañadientes, para hacer frente a la propaganda islamista. Además, los gobiernos y los medios occidentales rivalizan en complacencia, por ejemplo, frente a aquellos que pretenden que el uso del velo es el ejercicio de una libertad, cuando lo que traduce es la adhesión a una doctrina que postula que las mujeres no deber tener los mismos derechos civiles que los hombres.

Queda decir que el problema no es un déficit de oferta (ausencia de discursos moderados entre los musulmanes), sino de demanda (los discursos moderados no movilizan a nadie). ¿Por qué los musulmanes de la famosa “mayoría silenciosa” no se levantan para oponerse, no sólo al yihadismo sino al islamismo? Quizás porque no quieren, o no lo suficiente, sin perjuicio de que en el mundo musulmán existan ciertas voluntades tendentes a liberarse del oscurantismo, como lo demuestra la existencia de algunos hombres y mujeres que se rebelan contra el uso del velo.

Remarcable fotografía del islamismo contemporáneo, el informe de El Karoui es también una ocasión perdida. No percibiendo más que las últimas resurgencias de su objeto, sin tratar su parte más antigua y más peligrosa, elude un dato esencial: si el islamismo no es la totalidad del islam, tampoco es una simple deriva, sino que forma parte integrante del mismo. En consecuencia, sin esta constatación, las pistas de solución están incompletas.

La solución no reside en una nueva interpretación de los textos del islam, como se ha sugerido en otra parte, sino en la libertad de criticarlos. No se trata de proponer un relato alternativo al de los islamistas, sino un relato que lo neutralice y que legitime la conciencia moral del hombre. En su fuero interior, numerosos musulmanes sienten la perversión del proyecto totalitario islamista, pero no se adjudican el derecho de decir “yo no estoy de acuerdo” frente a unos versículos violentamente conquistadores y un relato de sumisión incondicional. Mientras, los demás se complacen en un resentimiento legítimo por el islamismo. Hay que volver a la distinción de Plutarco entre la “religión”, búsqueda de lo divino en el respeto mutuo entre los hombres y los dioses, y la “superstición”, abandono de todo juicio moral y racional en beneficio de la sumisión a lo arbitrario. El hombre ¿puede someterse a un orden que cree procedente de un dios sin el juicio de su conciencia? La clave está en la fe en un “Padre” que tiene fe en sus “hijos”, un “Creador” que tiene fe en su creación, un Dios que tiene fe en el Hombre. Es la cuestión planteada por Yadh Ben Achour: «El hombre libre, amigo de dios, ¿no es mejor que el hombre esclavo de su dios?»

Desde hace milenios, este cruce heleno-romano-celto-germano-eslavo-cristiano-humanista que llamamos Occidente, ha hecho su elección por la responsabilidad individual. Cuando el pueblo pregunta “¿qué debemos hacer?”, Esquilo hace decir a Atenea, después de que todos hayan expuesto sus argumentos, “que cada cual se pronuncie según lo que crea justo”. Ningún relativismo aquí, sino la conminación a buscar juntos la verdad, debatir sobre lo que es justo, después elegir en alma y conciencia, y asumirlo. “Aquel que lucha contra dios”. Es cuando el hombre llega hasta el límite de sí mismo cuando descubre que lo divino sale a su encuentro. Sapere aude, ten la valentía de servirte de tu propio entendimiento.

No podremos vencer al islamismo si no asumimos orgullosamente esta herencia, la cual proponemos a todos aquellos que acogemos en nuestra tierra y que rechazamos dejarla destruir a causa de sus sombras. Ello implica la osadía de decir a los musulmanes que el islam es el primer responsable del islamismo, pero tendiendo la mano, sin dar lecciones, a todos aquellos que tengan la valentía de rebelarse contra la cara oscura de su religión. ■ Fuente: Causeur