La gran confrontación: Éric Zemmour y Daniel Cohn-Bendit en un debate televisivo, por Roland Jaccard


Recientemente, la cadena LCI de la televisión francesa enfrentaba, en un debate de tres horas, a Zemmour y Cohn-Bendit, una gran confrontación, como no podía ser de otra forma, un gran espectáculo sobre un tema ingrato: la Unión europea, de la que todo el mundo sabe que es como un tren bloqueado en un túnel, incapaz de avanzar ni de retroceder, mientras que los imperios americano, chino y ruso aceleran como un tren de alta velocidad.

“Yo soy de aquí” contra “yo soy de todas partes”
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Lo más fascinante en este debate fue observar cómo se oponían dos concepciones filosóficas. La de Zemmour encarnada por la famosa frase de Hobbes: “El hombre es un lobo para el hombre” (sobre todo, si es musulmán, añadiría Zemmour), mientras Cohn-Bendit, en un arrebato utópico sostenía que, en el hombre, nada de lo que es humano debe ser extraño. De ahí el violento intercambio entre Cohn-Bendit, para el que los valores, o si se prefiere, los derechos humanos, son universales, mientras que para Zemmour son un producto francés destinado a la exportación como que el queso brie o el champán, y lo que importa es que cada nación defienda ferozmente su territorio y su forma de vida.

El refugio de Zemmour
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Forzoso es darle la razón a Éric Zemmour: realmente hay que ser francés para imaginar que cada civilización o religión no consideran sus valores como superiores a los de cualquier otra en el mundo. Vale lo mismo para la gastronomía. No hay un hombre universal, incluso si debemos lamentarlo: hay ingleses, chinos, cameruneses (aquí detengo la lista) que tienen sus códigos de honor y que raramente coinciden. Se puede soñar, como un joven estudiante del público, con una identidad europea que se construiría, al cabo de varias generaciones, mediante el programa Erasmus, pero Zemmour no tuvo inconveniente en reprocharle su ingenuidad y en intentar hacerle comprender que él no era, gracias al Erasmus, más que un pequeño soldado atolondrado al servicio del imperio del Bien.

La mala fe de Cohn-Bendit
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El debate dio un giro hacia la confusión cuando se trató el tema del judaísmo, que es, también, una mezcla de provincialismo y de universalismo. Cohn-Bendit tuvo la honestidad y la inteligencia de recordar cómo sus posiciones estaban ligadas a su ADN familiar. En revancha, mostró una alucinante mala fe al comparar las violaciones en masa en Colonia (Alemania) cometidas por inmigrantes con las pesadas técnicas para ligar de los italianos. Quien sí mostró una ejemplar valentía fue un jurista parisino ‒interpelado durante la emisión por David Pujadas‒, quien después de haber vivido las experiencias del Bataclán y de Calais, no tuvo ningún miedo en denunciar los estragos que el islam comete en Francia y en Europa. Cohn-Bendit quiso atemperar sus palabras hablando del islamo-fascismo, bajo la mirada burlona de Zemmour, el cual debía pensar más bien en el peligro real del islamo-izquierdismo. Pero ya era demasiado tarde. El mal estaba hecho. Fuente: Causeur