¿Hacer lo que queremos nos lleva realmente a la libertad?, por Diego Fusaro


La sociedad cosmopolita, no border, bajo la forma de mercancía, toma cada vez más la forma de la abadía de Thélème, descrita por Rabelais en el capítulo LVII de Gargantúa y Pantagruel: en este monasterio al revés, los internos viven bajo la bandera de un hedonismo totalmente desregulado, cuya esencia está contenida en el propio nombre de la abadía.

Thélème, de hecho, deriva del término griego thélema, "voluntad": si en el monasterio cristiano hay anulación de la voluntad individual, en Thélème, por otra parte, la voluntad del individuo es la reina suprema, que es la única que debe responder a sus propios deseos. La Ley es anulada o, más precisamente, reabsorbida en el Deseo desregulado y anómalo del individuo. Por esta razón, el único verdadero artículo de fe de la abadía de Thélème y, por extensión, de la "noche del mundo" de hoy del cosmomercadismo, es condensado por Rabelais en el imperativo "haz lo que quieras" (fais ce que voudras).

El goce individual, desinhibido y transgresor, es la única ley en la época del olvido de todo límite y de toda mesura. De esta manera, la libertad decae al rango del capricho individual sin ninguna limitación. Rabelais escribe sobre los telemitas: "sus vidas no estaban regidas por leyes, estatutos o reglas, sino por su voluntad y libre arbitrio".

Rabelais subraya cómo esta libertad, coincidiendo con la arbitrariedad individual, tiende a convertirse dialécticamente en la figura opuesta al libre desarrollo del individuo libre y autónomo que piensa con su propia cabeza. De hecho, da vida a una especie de moral gris del rebaño, en la que todos terminan haciendo, pensando y queriendo las mismas cosas: «Gracias a esa libertad, en cambio, fueron llevados por la emulación a hacer todo lo que uno veía como placer. Si alguien dijo: ¡Bebamos! Todos bebieron. Si alguien decía: "¡Juguemos! Todo el mundo estará jugando. Si alguien dice: Vamos a los campos a divertirnos, todo el mundo irá allí».

El individualismo libertario, en el que el deseo ocupa plenamente los espacios de la ley, se plantea así como enemigo del individuo en el acto mismo con el que pretende promoverlo: se invierte en una homologación masiva, en la que los individuos se inclinan de manera acéfala al conformismo. Se convierte, como en Théléme, en una religión en todos los sentidos.

En resumen, en estas páginas, que marcan la génesis de la modernidad, encontramos un insuperable retrato-robot de la actual masa solitaria de consumidores y de los súper hedonistas, de aquellos que elevan su capricho al nivel de la ley y, sin darse cuenta, se aniquilan a sí mismos en el conformismo masivo de la civilización consumista. Traducción: Carlos X. Blanco Martín. Fuente: ilfattoquotidiano.it