La ideología liberal-libertaria es la última transformación de la religión del Progreso. Entrevista a Matthieu Baumier, por Alexandre Devecchio


Con el libro Viaje al fin de las ruinas liberal-libertarias, el escritor Matthieu Baumier analiza las razones ideológicas de los males de la época que nos ha tocado vivir. Ve en el liberalismo económico y la primacía del deseo individual las dos caras, izquierda y derecha, de una misma ideología destinada, según él, al fracaso.

Su libro se titula “Viaje al fin de las ruinas liberal-libertarias”. ¿Cómo define usted esa ideología?

El término “ideología” puede designar un conjunto de ideas más o menos organizadas o aceptadas, susceptibles de orientar los comportamientos de los individuos. Si nos atenemos a esa definición, la ideología liberal-libertaria es el reflejo de nuestro tiempo, la que estructura nuestra sociedad. Para Jean-Claude Michéa, es el encuentro entre el pensamiento económico liberal y lo que él llama el pensamiento libertario, refiriéndose a la primacía del deseo individual que se ha impuesto. El análisis me parece justo. Esta primacía del individuo es el punto de encuentro entre el social-liberalismo, lo que llamamos habitualmente la “izquierda” y el liberalismo-social, lo que solemos llamar la “derecha”. Para mí, son las dos caras de una misma ideología. No hay diferencia fundamental entre esas supuestas derecha e izquierda. Los promotores de la ideología liberal-libertaria ejercen el poder desde hace cuarenta años, desplazando a los extremos a quien piense de otra manera diferente. El año 2017 en Francia no fue la victoria de una nueva forma de hacer política sino la continuación del mismo poder ideológico liberal-libertario por otras vías. Esta ideología es, desde mi punto de vista, todavía más amplia: es una verdadera fe en lo ilimitado y la certitud de que solo hay un único camino. Así, se trata de la última transformación de la religión del Progreso. Hablo evidentemente del progreso como ideología, según la cual estaríamos caminando hacia un mundo mejor con la condición de tomar con voluntarismo el camino en nuestras manos, o en marcha, y no de los progresos que conoce cualquier sociedad.

Paradójicamente, ¿esta ideología ha alterado el ideal de libertad hasta el punto de ofrecer una deriva totalitaria?

Más bien “totalizante”: Es el pensamiento dominante en el mundo político, intelectual, cultural y mediático. El ideal de libertad del liberalismo está, en efecto, alterado, algo así como si las ideas liberales se hubieran vuelto locas. Como toda idea política, el liberalismo es multiforme, puede tender hacia diferentes futuribles. Una forma de liberalismo se ha radicalizado para convertirse en oligárquico. Una minoría de individuos, a escala planetaria, que tienen la misma visión del mundo, controla la mayor parte de las riendas del poder y maniobra para imponer este modo de funcionamiento a escala global, apoyándose en la industria de la felicidad, la “happycracia”. Este modelo liberal-oligárquico es productor de ruinas, en general, y de su propia ruina en particular. La locura del reparto de las riquezas y del poder entre un número cada vez más restringido de individuos les encierra en la enfermedad mental: ¿cómo amasar cada vez más en un mundo donde los recursos son limitados por naturaleza?

En su introducción, usted rinde un homenaje a Guy Debord, Martin Heidegger, Jean Baudrillard y Georges Bernanos. ¿Qué representa cada uno de esos pensadores para usted? ¿Cómo pueden ayudarnos a comprender nuestra época?

Me parece interesante alimentar el propio trabajo intelectual con la confrontación y la lectura, e incluso la meditación, de las concepciones del mundo de pensadores diferentes. Debord, Heidegger, Baudrillard y Bernanos tienen, a pesar de todo, un punto en común: sus obras anticipan y anuncian el mundo en el que hemos entrado. Cada uno de ellos muestra, a su manera, cómo una imagen virtual del mundo se nos impone, queriendo ser la verdadera realidad, y el papel que juega la tecnología en este proceso. Simuladores, robots, razonamiento, espectáculo… Poco importa el concepto, esos cuatro intelectuales han pensado lo que nos llega ahora: una “desrealización” de la realidad cotidiana.

Las ruinas liberal-libertarias son, sobre todo, los suburbios franceses desintegrados. Usted creció en las afueras de París, en el cinturón rojo. ¿Cómo se ha llegado a la secesión de esos barrios?

En mi ensayo, refuerzo el análisis intelectual de lo que vivimos con hechos extraídos de la actualidad cotidiana. Es una forma de enseñar cómo una ideología se traduce concretamente en nuestras existencias. En el suburbio de mi infancia, tengo el recuerdo de un espacio enmarcado por el Partido Comunista, claro. Pero también, y no soy el único que lo ve, de un espacio donde vivíamos realmente en comunidad, contrariamente a la ilusión actual de la vida multicultural. ¿Qué ha cambiado? La secesión de los suburbios tiene varias causas: Por ejemplo, la pérdida de autoridad, e incluso la negación de que la autoridad sea una necesidad. ¿Qué pensar de esas familias donde una madre no tiene autoridad sobre su hijo adolescente porque es un chico? Más: La masificación de la inmigración. ¿Qué pensar del hecho de que el 40% de los jóvenes que vienen de la inmigración son desempleados o que el 14% de las mujeres que tienen hijos en Seine-Saint-Denis ha sufrido ablación femenina? Otras causas: El desarrollo del Islam y su pretensión de ir contra la forma de vivir europea, así como la colaboración de una parte de las “élites” políticas, culturales y mediáticas que han favorecido el desamor cuando no el odio a Francia con un fondo de arrepentimiento histórico generalizado; el dominio de la industria del deseo y del objeto técnico en nuestras vidas cotidianas; la transformación de algunas palabras en palabrotas: “identidad”, “derecha”, “instrucción”, “autoridad”, “policía”, “profesor”, “catolicismo”…

Usted dedica varias páginas a la postdemocracia. ¿Qué significa este concepto?

La postdemocracia, es ese momento más o menos democrático que vivimos. Con la publicación de La democracia totalitaria en 2007, yo afirmaba que estamos en un momento postdemocrático que guarda las apariencias de la democracia representativa y liberal, pero donde la democracia no es ya más que la imagen de sí misma. Vivimos en una imagen de un mundo que pensamos corresponde todavía al verdadero mundo. Estamos fuera de la realidad, en beneficio de una realidad imaginaria y divertida, como el Gran Debate nacional en el que estamos. Pero esa realidad solo puede volvérsenos en contra. ¿Cómo una tal tensión entre la realidad de la gente verdadera y la falsa realidad institucionalizada no va a generar violencias y sobresaltos? La postdemocracia es una violencia que se hace a los pueblos en varios ámbitos, tanto en lo que concierne a la política como en lo sagrado o lo humano, y se traduce en la voluntad de transformar la realidad del ser humano.

¿Es el movimiento de los chalecos amarillos una reacción a este callejón sin salida?

En sus comienzos, el movimiento de los chalecos amarillos tuvo algunas características de un movimiento populista: la espontaneidad, la petición de democracia directa, la multiplicidad de las reivindicaciones muy concretas. Es también un movimiento popular, una revuelta contra las “élites globalizadas”. Cuando la democracia no es más que la sombra de sí misma, puesta bajo tutela, que pensamos al miedo que provoca en cualquier político liberal-libertario la simple evocación de la palabra “referéndum”, entonces esto no puede más que generar erupciones populares. El poder dominante considera que el pueblo es un grupo de niños al que bastaría con indicar lo que hay que hacer. Pero… ¡mala suerte!, se trata de un pueblo carnalmente arraigado. Este movimiento es más que una reacción: es un síntoma que muestra que la democracia liberal está enferma. Sin embargo, las reacciones ya habían tenido lugar antes, durante el referéndum de 2005, La Manif Pour Tous, o también en varios movimientos sociales recientes.

¿Qué responde usted a los que ven en el aumento de los populismos un peligro para la democracia?

¿Quién ve un peligro en el despertar de los pueblos? ¡Solo los que tienen un claro interés en que los pueblos no despierten!

¿Cómo reconstruir sobre las ruinas liberal-libertarias?

Ningún mundo real está libre de límites, es por lo que el concepto que debe pensarse es el del Límite a todos los niveles. En el fondo, el mundo es limitado, con topes, en el sentido en el que los romanos lo entendían, ellos que tenían en la geografía un limes que separaba su mundo, la civilización, del de los otros, la barbarie. Del más allá del Límite venía la barbarie. Sucede lo mismo hoy en día: si no sacralizamos de nuevo un cierto número de cosas, en particular lo que concierne al ser vivo, las raíces, la educación o la soberanía, no en el sentido religioso de lo sagrado sino al sentido que es más importante para cada uno de nosotros relativo a la primacía sobre nuestras individualidades, entonces el Límite, y en consecuencia todos los límites, se sobrepasan enseguida. Más allá, es la barbarie. Límite o barbarie, en resumen. Es precisamente lo que estamos viviendo. Frente a este momento, la cuestión que se debe plantear es la de lo que queremos conservar, en el sentido de un futuro que dejar en herencia; lo que queremos reencontrar para poder transmitirlo. La situación de violencia que se conoce en Francia, única entre los países ricos, se debe, en mi opinión y en gran parte, a la ausencia de una verdadera corriente conservadora en el paisaje político. La tabla rasa permanente y el movimiento perpetuo no construyen nada que se pueda anclar de forma carnal.  Fuente: Le Figaro