El salafismo, producto transgénico de la mundialización, por François Bousquet


Nos cuentan que sólo hay un puñado de salafistas en Francia, poco más de 30.000 adeptos, un tercio de ellos conversos. Estadísticamente marginales, su ejemplar piedad les confiere, sin embargo, una legitimidad única y exclusiva y un prestigio sin igual en los barrios periféricos. Constituyen, al mismo tiempo, una secta medieval ‒intolerante, beata, milenarista‒ y una herejía modernista contra la autoridad que se reclama de la tradición. Un neotradicionalismo que ha ganado la batalla del pasado, recreándolo pieza a pieza.

"El señor islam no existe", dice la socióloga Dounia Bouzar. En vista de la pluralidad de los “islams”, podría no estar equivocada. Pero ello no impide constatar que, si hay musulmanes que se proclaman los únicos guardianes de la fe, estos son los salafistas. En Pensar el islam en la laicidad (2008), Franck Frégosi los asimila a una “iglesia islámica pura”, una asamblea de “puros”, propietarios del dogma original. Han adoptado, por su cuenta, un “hadith” (o hadiz) apocalíptico: “Llegará a mi comunidad lo que les sucedió a los hijos de Israel. Ellos se dividieron en 72 sectas. Mi comunidad se dividirá en 73 sectas ‒una más. Todas irán al infierno, excepto una”. Los salafistas, por tanto, son la comunidad electiva que promete el paraíso a los creyentes.

Difícil de definirlo, en tanto el salafismo es una palabra atrapa-todo, polisémica, una especie de albergue español de todos los integrismos en su versión árabe-andalusí, que se inspira en el conjunto de corrientes rigoristas del islam. “El salafismo, el fundamentalismo y el reformismo pertenecen al mismo campo semántico”, precisa Hamadi Redissi en su indispensable "Pacto de Nadjd o cómo el islam sectario se ha convertido al islam" (2007).

El salafismo aboga por un islam amnésico de su propia historia, en vacío, in vitro, religiosamente profiláctico, discriminatorio (a la manera de los maníacos y los fóbicos) entre lo puro y lo impuro, el “halal” del “haram”, entre el creyente y el incrédulo, entre el hombre y la mujer. Opone un tiempo anterior a todo, el de la revelación ‒fija, inmutable, inmaculada y continuamente reactualizada‒, a largo plazo, viva, precaria, contradictoria, según concepciones indiferentemente braudelianas y bergsonianas.

Su principal preocupación se resume en la reconexión con el mito de una edad de oro histerizada, objeto de una fantasía de reapropiación. Los primeros tiempos de la Umma, la “comunidad de creyentes del islam”, el islam tal y como lo habría enseñado su “profeta” y difundido sus primeros compañeros ‒los “salaf”, o mejor: los “salaf al-salih”, los “piadosos ancestros” y los “piadosos predecesores”, puros entre los puros.

Si lo propio de los fundamentalismos consiste en reinventar una tradición, siempre se trata de una tradición apócrifa, reconstruida a posteriori, en pasta de cartón, condenada a parecerse a un pésimo decorado de cine o a un documental de ficción sin alma. Un artefacto religioso, dicho de otra forma: una falsificación, la cual debe ser más verdadera que natural, a fin de producir un efecto de autenticidad. En la visión fundamentalista, el contexto (la historia humana) mancilla el texto (la palabra divina). Hace falta, por tanto, desterrar el primero y atenerse a un literalismo tan salvador como exigente: el Corán y la Sunna, sin otra mediación que la de Mahoma y las tres primeras generaciones del islam (“los mejores de mi comunidad son los de mi generación, la que viene después y la que viene después de ésta”). Únicas “escrituras” en salsa islámica.

Entre los salafistas se verifica cómo lo religioso se ha modificado genéticamente en estas últimas décadas. Ahora, deriva más de la ingeniería molecular que de la disputa teológica, antes practicada con ciencia por los ulemas, los clérigos y las viejas escuelas de interpretación, poderosas reliquias que los salafistas quieren eliminar. Más consecuentes que sus competidores en materia de demagogia religiosa, ellos levantan acta de la muerte del islam histórico. En su lugar, ellos recrean químicamente un paleoislam de síntesis a partir de su ADN fosilizado: la edad de oro de la ciudad de la Medina donde reinaba la armonía en la unidad, si bien su islam no es increado, sino recreado y clonado como en un Jurassic Park islámico. Tal es el “momento cero del islam” (convertido para ellos en una realidad) que exorciza Kamel Daoud, el autor de Meursault: contra-enquête (2013, premio Goncourt 2015), en implacables intervenciones que le han valido una “fatwa”. De ahí nuestra sideración frente a los aliens híbridos del Estado islámico, a los velociraptors de Boko Haram, a los gangster-yihadistas de los suburbios europeos educados en el islam carcelario. Pero todos ellos no son más que duplicados de nuestros fantasmas mutantes, de nuestros terrores cinematográficos, de nuestro transhumanismo experimental. La destrucción de los pueblos y de las identidades, que habían pasado la prueba del tiempo, ha conducido a una tabula rasa, páramo esterilizado donde nada crece, salvo esas monoculturas “fuera de la tierra” que son el salafismo y el evangelismo, enemigos hermanos. Porque, de hecho, no actúan de forma diferente: aquí, como en todas partes, destruyen la biodiversidad étnica, religiosa, cultural, para sembrar soja transgénica y barbudos por todas partes.

Si aun así el salafismo se implanta tan fácilmente es porque cumple dos condiciones de éxito en un mundo globalizado en el seno del cual la religión no es más que la coextensión de una identidad cultural e histórica: la desterritorialización y la deculturación. “El fundamentalismo es la forma de lo religioso mejor adaptada a la mundialización”, precisa Olivier Roy en “La santa ignorancia. El tiempo de la religión sin cultura" (2008), un libro que ha hecho historia, a pesar de un postulado de partida arriesgado: la convicción de que el islam radical va a terminar desapareciendo por sí solo con motivo de su invariable fracaso cuando se instala en el poder (como si fuera suficiente que algo esté condenado al fracaso para que los hombres renuncien a ello). Golpeado por todas partes, el islamismo radical renace en todas partes, sin ofender al islamólogo. No obstante, sus análisis sobre la metamorfosis de lo religioso son de lo más estimulante. 

Olivier Roy señala que la secularización, lejos de haber abolido lo religioso, le ha proporcionado autonomía y fluidez, liberándolo de sus marcadores políticos e institucionales “Separando lo religioso de nuestro entorno cultural, escribe, la secularización le hace aparecer, por el contrario, como un hecho religioso puro”, cualquiera que sea la zona horaria. El espacio de lo teológico-político, aquel que antes ocupaban las iglesias tradicionales (catolicismo, hanafismo musulmán ‒escuela ortodoxa del islam, protestantismo clásico) retrocede por todas partes, mientras que las religiones mutantes y posmodernas, desconectadas de su cuna original, ahora transnacionales y transculturales, progresan. Esto es cierto, en principio, del salafismo, perfectamente calibrado a la demanda global, religión virgen, como las tierras del mismo nombre, sin suplemento de alma artística, sin iluminación filosófica, sin contenido teológico ‒todos sospechosos de herejía, de paganismo, de iconolatría. Así va la “santa ignorancia”, cuando la fe evacua un impulso purificador de lo contextual, lo histórico y lo exegético. No queda más que “una estética alucinada por el vacío”, en palabras de Kamel Daoud. "Nada debe ir más allá, so pena de ser interpretado como un llamamiento a la decapitación”.

Con todo, los salafistas no siguen siendo menos huntingtonianos. Creen en el choque de civilizaciones (el choque, son ellos), pero las civilizaciones, como las religiones, están sometidas al mismo proceso de repliegue, de tal forma que pueden sustituirse por falsificaciones en modo de empleo elemental. Para ello, se recrea una cultura islámica facticia, cuya promoción se asegura a través de los elementos del lenguaje: inflación de fórmulas piadosas, exacerbación de una piedad ostentatoria y recurso a los códigos de vestimenta identificables. La barba (idealmente sin bigotes ensortijados), y la “djellaba” (chilaba, caftán), que se detiene reglamentariamente en los tobillos, como en la época del “profeta”. Por su parte, las mujeres llevan el “jilban” (hiyab), que cubre todo su cuerpo, excepto los pies y las manos; otras muchas, además, llevan el “niqab" (velo que cubre el rostro).

Según la distinción académica de Ernst Troeltsch, las iglesias demandan poco a mucha gente, mientras que las sectas demandan mucho a poca gente. Una inversión total y sin compartimentos. Sabemos dónde clasificar a los salafistas. En El salafismo hoy (2011), Samir Amghar recuerda cómo los salafistas son exclusivistas. Los Hermanos Musulmanes pueden frecuentar una mezquita salafista, lo contrario es inconcebible. De igual modo, los Hermanos Musulmanes pueden solidarizarse con la República Islámica de Irán o con Hezbolá, pero esto está excluido para los salafistas. Desde su punto de vista, el chiísmo es una herejía; el sufismo una desviación. Más generalmente, todas las interpretaciones posteriores a los “piadosos ancestros” ‒las "innovaciones blasfemas”, que se remontan, la mayoría de las veces, a los Abásidas, a más de un milenio‒ son rechazadas.

Por comodidad, se tiene la costumbre de dividir el salafismo en dos grandes tendencias, entre las cuales hay, sin embargo, una gran porosidad: un salafismo politizado, minoritario, ocasionalmente revolucionario, que puede bascular en el yihadismo; y un salafismo pietista o quietista, inspirado en el wahabismo y en los jeques de la península arábiga, que tiene la característica principal de ser ultraconservador, tanto a nivel social como moral, abogando por un retiro relativo de una sociedad percibida como impía. El salafista quiere cambiarse antes de cambiar el mundo, al menos en un principio. “Dios no modifica nada en un pueblo antes de que éste no cambie lo que hay en él”. ¿El método? Confesionalizar la sociedad en mayor medida que politizar el islam. Teóricamente, los salafistas no se comprometen en la acción política ‒lo que les distingue también de los Hermanos Musulmanes. Pero, de hecho, el dinero saudí ayuda, y a través de la financiación de mezquitas, de centros islámicos, de periódicos y revistas, televisiones, sitios web y otras organizaciones de beneficencia, ellos entran en política, en Argelia, en Egipto, en Oriente Medio. La mundialización del salafismo es, en primer lugar, obra del wahabismo, la ideología oficial del reino saudita.

Hamadi Redissi ha demostrado perfectamente las afinidades electivas entre el salafismo y el wahabismo. El primero es un producto derivado del segundo. Bajo Ibn Abd al-Wahhab (1703-1792), el wahabismo fue rechazado inicialmente como una secta intransigente ‒se acusaba a su fundador de ser un falso profeta, lo que le valió el sobrenombre de “el extraviado que extravía” ‒antes de dominar el sunismo. Su gran fuerza habría sido la de anticipar en dos siglos el despertar de los musulmanes. Es la Nahda, el Despertar del islam a la modernidad, que recuerda a los “Grandes despertares” americanos (Great Awakenings), períodos de “revivalismo” religioso y de oleadas evangélicas. 

El wahabismo lo simplifica todo. Así, ha constituido la respuesta más eficaz del islam a la crisis de la tradición y al choque producido por la irrupción repentina y brutal de Occidente, que dejó en el mundo árabe-musulmán una profunda herida narcisista. “Europa entra en escena, soberana e increíblemente superior”, señala Hamadi Redissi. Frente a un islam latente, retórico y esclerotizado, se dibuja entonces, a modo de contrapeso y contraofensiva, una nueva fe, indistintamente fundamentalista, reformista o salafista. El wahabismo será su primera expresión. Destruirá dos elementos esenciales de la religión popular: el culto a los muertos y el culto a los santos. En nombre del unitarismo islámico, las tumbas no pueden sustituir a las mezquitas como lugares de oración y santificación ‒los santos son asimilados a un resurgimiento del politeísmo‒, no pueden figurar como intercesores, so pena de pecar de un “asociacionismo” incompatible con el Dios exclusivo que, por definición, no puede tener socios ni asociados. Partidarios de un puritanismo extremo, los wahabitas rastrean lo impuro por todas partes y en cualquier lugar: to purify, “purificarse”. Lo que se traduce en la prohibición del tabaco, de la seda, del oro, del juego, del deporte, de los instrumentos musicales, etc. Ellos cargan contra el paganismo que aflora de los libros místicos de los sufíes y en los “beduinos ignorantes, santos innovadores, ulemas extraviados”.

En su obsesiva búsqueda de la pureza, los wahabitas saquearon y profanaron las ciudades santas de Kerbala (1801), La Meca y Medina, incluida la tumba del “profeta” (1803-1806). De ahí las innumerables resistencias del islam histórico en su contra. El secreto de familia ha sido tan bien conservado (hoy continúa el saqueo de las ciudades santas) que los saudíes pasan por ser los garantes de la tradición. Si “la secta wahabita ha sido rehabilitada por la comunidad”, explica Hamadi Redissi, es porque “la herejía se ha convertido en la nueva ortodoxia islamista”.

Salafismo en el islam, evangelismo en los protestantes (sin violencia, en este caso, lo que cambia considerablemente la situación): es la concepción clásica de la religión la que entra en crisis, la de las religiones heredadas ‒los tiempos de “La religión por memoria” (1993), por retomar el título del libro de Danièle Hervieu-Léger‒, lo cual engloba una vasta zona gris que va de la fe a la impiedad, en un grado de actitudes religiosas (o antirreligiosas) que van desde el fiel hasta el librepensador, pasando por el creyente no practicante al agnóstico. Esto es lo que ha desaparecido con la secularización y el advenimiento de lo “puro religioso”. De esta forma, los matices sociales de un purgatorio religiosamente difuso se han desvanecido, igual que una cultura religiosa común, compartida tanto por los creyentes como por los no creyentes. Ahora, no hay más que una alternativa: o bien el infierno, o bien el paraíso, a los que se envían a “los locos de Alá” y a los “demonios incrédulos”. En el fondo, este círculo vicioso se resume en un cara a cara imposible entre Charlie Hebdo y los hermanos Kouachi, igualmente sacrílegos: la religión del ateísmo ante el desafío de la santa ignorancia. ■ Fuente: Éléments pour la civilisation européenne