La Historia contra la memoria inventada: realidad y negación de la Leyenda negra hispanofóbica (I), por Arnaud Imatz


Desde comienzos del año 2000, las virulentas controversias sobre la Historia de España se suceden a buen ritmo, enfrentando de forma duradera a los entornos políticos, periodísticos y universitarios de la Península. En conjunto, son una muestra, entre otras, de la crisis cultural y de civilización de una época marcada por la omnipotencia de una oligarquía autoproclamada “progresista” que, en realidad, se caracteriza sobre todo por el nihilismo y la habilidad para fomentar o representar la agitación social. 

Una de las polémicas recurrentes que gusta a los medios españoles oficiales y oficiosos es la del origen, naturaleza y existencia de la Leyenda negra antiespañola. Confirma a su manera las hipótesis pertinentes e inquietantes del filósofo Michel Onfray, formuladas en su ensayo Théorie de la dictature (2019). A partir de la relectura de las dos obras célebres de George Orwell 1948 y Rebelión en la granja, Onfray se pregunta cómo podría estar hoy instaurado un nuevo tipo de dictadura e incluso un nuevo tipo de totalitarismo. Como respuesta, distingue siete tiempos principales con los que nos hemos familiarizado ya: destruir la libertad, empobrecer la lengua, abolir la verdad, negar la naturaleza, propagar el odio, aspirar al imperio de Maastricht y, por supuesto, suprimir la Historia reescribiéndola, industrializándola, borrando el pasado e inventando la memoria. 
  
Estas reflexiones de un socialista-libertario, conocido por su rechazo de la religión progresista pero también por su ateísmo y su anticristianismo , me vienen a la mente después de la lectura del libelo de “uno de los intelectuales de referencia de Podemos” (El País del 6/7/2017), profesor de filosofía en la Universidad Complutense, José Luis Villacañas, cuya visión parcial e incompleta del socialista-libertario se sitúa en las antípodas de la de Onfray. Escrito para responder al estudio riguroso de María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y leyenda negra (2016), que se ha vendido en más de cien mil ejemplares, el panfleto visceralmente hispanofóbico de Villacañas reproduce hasta la saciedad los hechos negativos más conocidos, los argumentos más gastados . Según el reduccionismo radical de este autor, toda argumentación histórico-racional que contradiga los fundamentos de su “progresismo societal” conduciría inevitablemente a la “vuelta a los presupuestos del nacional-catolicismo y al sentido imperial de la historia-patria impulsada por el franquismo”. Entonces habría que dejar fuera, en nombre de una memoria inventada de arriba a abajo, la aplastante mayoría de trabajos históricos serios publicados antes, durante y después del franquismo. Villacañas no debate. Él cree pensar, pero no hace más que insultar y detestar. 

Dicho esto, la hispanofobia está lejos de ser el monopolio del populismo libertario y neomarxista. Existe ya, desde hace siglos, dentro y fuera de España, y la encontramos hoy en las menciones de personalidades a menudo inesperadas. Los ejemplos recientes del Papa Francisco y del presidente de México lo demuestran. 

La época en la que la hipocresía proverbial de los jesuitas se veía compensada por la virtud cardinal de la prudencia parece bien lejana. Las sorprendentes e intempestivas declaraciones del Papa Francisco están ahí para aportar la prueba de ello periódicamente. Peronista, anticomunista, ferviente opositor a la Teología de la Liberación en su juventud, reconvertido después y, finalmente, apoyado por el grupo “progresista Saint-Gall” (anti-Benedicto XVI), con el fin de poder acceder al pontificado, Bergoglio (“embrollo” para sus detractores) no se expresa ya ex cathedra, pero habla de todo y de nada sin preocuparse por saber si siembra o no la confusión en el mundo cristiano. En lugar de pedir perdón por los curas pedófilos o por los curas y grupos cristianos terroristas criptomarxistas actuales, el Papa argentino parece preferir demonizar, sin matices ni la más mínima perspectiva histórica, a los “colonizadores” cristianos españoles por los “crímenes” que cometieron contra los pueblos autóctonos. 

Hace algunos meses, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, solicitaba el arrepentimiento de España por la Conquista de América. Para no quedarse atrás, el imam de una mezquita de Sevilla reclamaba excusas oficiales al rey Felipe VI por las exacciones cometidas durante la Reconquista. En un artículo irónico y mordaz, “Pedimos perdón” (ABC, 29 de marzo de 2019), que traduje al francés se publicó bajo el título “¿Debe España pedir perdón a México?” (Le Figaro, 18 de abril de 2019), el académico español Serafín Fanjul sugería que España debería asumir el mal que ha hecho, pero reivindicar también el bien considerable que ha aportado al Nuevo Mundo.

Me gustaría recomendar la lectura atenta de ese extraordinario artículo https://www.abc.es/opinion/abci-pedimos-perdon-201903282336_noticia.html  y http://www.lefigaro.fr/vox/monde/serafin-fanjul-l-espagne-doit-elle-demander-pardon-au-mexique-20190418). Evidentemente, en ese texto breve y conciso, Fanjul no puede aportar más que una breve respuesta a las numerosas preguntas que les surgen a los lectores. Así, es útil completar sus ideas con una reflexión más amplia sobre el origen y desarrollo de la Leyenda negra española desde hace más de cinco siglos. Para hacerlo, retomaré aquí lo esencial de los argumentos, temas y hechos expuestos en mi prefacio al excelente libro del joven hispanista Nicolas Klein Rupture de Ban. L´Espagne face à la crise (Ed. Perspectives libres, 2017).

La historia de España es realmente prodigiosa: es una de las cinco grandes naciones que han construido la Historia Universal y que ha dejado una huella imborrable en el mundo. Pero es también víctima de un desamor histórico patente. Klein escribe a este respecto: “Podemos hablar, por lo menos en el caso francés, de una verdadera hispanofobia mediático-cultural, en el sentido básico del término: un miedo a España, al hecho español, unido a la decadencia, al marasmo económico, al arcaísmo político y tecnológico, a la insignificancia cultural (aparte de algunas “españoladas” de más o menos buen gusto) y a la inexistencia diplomática y geopolítica. Los medios franceses, a la vez espejos y vectores de influencia, proyectan en el vecino transpirenaico sus propios fantasmas de decadencia, exagerando los rasgos más oscuros, exhibiendo los efectos de la crisis más que explicarlos y matizarlos. La ignorancia de la mayor parte de los franceses sobre España era abismal; se ha convertido ya en insondable”.  

La Leyenda negra antiespañola existe desde hace siglos y perdura todavía bajo ciertas formas en este comienzo del siglo XXI. La hispanofobia no se ha evaporado; simplemente ha sido reformulada y renovada en parte. No se comprende a España como la potencia temible, amenazadora, demoníaca, fanática, atrasada e inculta, pero se la sigue percibiendo como un país arcaico, finalmente “a remolque del resto de Europa Occidental, tanto en materia económica como tecnológica, política o intelectual”. 

Evidentemente, la España imperial no es la única potencia que ha sido objeto de una propaganda fóbica a lo largo de la Historia. No hay imperio ni gran potencia que no haya tenido su leyenda negra y su leyenda dorada. Los romanos ya eran considerados unos bárbaros crueles, incultos y estúpidos por los griegos. Les reprochaban su sangre impura, su inferioridad racial, su ausencia de antepasados nobles, su deseo insaciable de poder y de riqueza, el orgullo, la codicia, la impiedad, las costumbres licenciosas, la perversión sexual, etc. El repertorio de prejuicios fóbicos es siempre restringido y limitado. Solo cambia el acento puesto sobre uno u otro aspecto según los lugares y las épocas. 

La singularidad de la propaganda fóbica antiespañola se debe a su incomparable intensidad y tenacidad a lo largo de los siglos. Parece que la expresión “leyenda negra” tiene su origen en Francia en 1893, bajo la pluma de autores que escriben sobre el Imperio napoleónico. En España, Cayetano Soler y Emilia Pardo Bazán son quienes la emplean por primera vez en 1899. Más tarde les siguen Vicente Blasco Ibáñez, Julián Juderías, Rómulo D. Carbia, Philip W. Powell, Joseph Pérez o María Elvira Roca Barea, entre otros. La Leyenda negra antiespañola es simplemente “la opinión según la cual los españoles serían inferiores a otros europeos porque no tendrían las cualidades habituales de los pueblos civilizados”. Según esta visión fóbica, todos los grandes episodios que jalonan la Historia de España habrían estado marcados por las peores calamidades: la Reconquista, un ejemplo de fanatismo religioso; la Conquista de América, un modelo de pillaje y genocidio; las guerras europeas de la Reforma y la Contrarreforma, una manifestación extrema de intolerancia, salvajismo y violencia...

Esta Leyenda negra comienza en el siglo XVI, cuando el Imperio español empieza a cristalizar todos los resentimientos. Los libelos inspirados por ciertos humanistas italianos, después por los protestantes de Europa del Norte (Países Bajos, Inglaterra y territorios de lengua alemana) o incluso por los judíos que huyeron de la obligación de convertirse al catolicismo, son innombrables. Autores italianos, alemanes, holandeses, ingleses, franceses y, más tarde, norteamericanos, todos contribuyen a forjar una imagen detestable de España. Una buena parte de esta propaganda se alimenta de la autocrítica española que ha sido siempre muy fuerte en la Península, en particular durante el Siglo de Oro. Hoy en día, entre los periodistas y una minoría de historiadores, es incluso de buen tono negar la existencia de esta Leyenda negra. Esta no sería más que la consecuencia de la percepción falsa que tenían los españoles de su imagen en el extranjero. Esta negación de la realidad histórica, en nombre de una supuesta paranoia colectiva, que habría tenido su causa en el aislamiento del país, no es más que una artimaña, un elemento más de la Leyenda negra.  

Después de la toma de Granada, y durante todo el siglo XVI, la lista de obras artísticas (novelas, comedia, teatro, música) compuestas en Europa para glorificar la hazaña de los Reyes Católicos es extremadamente amplia. En el siglo XVI y todavía en el XVII, muchos libros extranjeros exaltan la epopeya de la Reconquista, sobre todo en Francia e Inglaterra, pero muchos autores critican ya ásperamente la potencia imperial española. El español es percibido como serio, orgulloso, reflexivo y con querencia por el orden, pero enseguida la descripción halagadora cede su sitio al retrato calumniador y reprobador.    

Se ha creído durante mucho tiempo que la Leyenda negra había surgido en los Países Bajos en el contexto de las guerras de religión. Pero, en realidad, los primeros prejuicios antiespañoles se manifiestan en Italia a finales del siglo XV debido a la primera expansión imperial en el Mediterráneo. Vuelven a resurgir después en diversas épocas y en diversos lugares. Un grupo numeroso de humanistas italianos empieza a insultar a los españoles acusándolos de tener la sangre mezclada con los pueblos semitas árabes y judíos. El futuro Julio II trata de “marrano” al Papa de origen español Alejandro VI (Borgia). Otros humanistas de Italia consideran a los españoles inferiores por su sangre visigoda. Ser godo equivalía a ser antiromano, medieval y bárbaro. 

La idea según la cual España sería una nación anclada en la Edad Media y no tendría nada que ver con el Renacimiento data de esa época. Sin embargo, es radicalmente falsa ya que España es, al contrario, uno de los motores de ese Renacimiento. Millares de italianos se integraron en el Imperio ya que la Administración y el Ejército imperial ofrecían numerosas posibilidades de promoción social. Las quejas contra la dominación española vienen, en esencia, de las clases privilegiadas, decepcionadas con un poder que se apoya sobre todo en la clase media. La Administración imperial respeta generalmente las viejas leyes, cartas, fueros y autonomías locales. Finalmente, si la Italia de la época hubiera tenido que defenderse sola contra los turcos y enfrentarse sola a sus problemas internos no habría podido dedicar tanto talento y dinero a sus creaciones artísticas. El Imperio español existía y subsistía porque mejoraba las condiciones de vida en muchos territorios y en muchas capas de la población. 

Uno de los tópicos de la Leyenda negra antiespañola es el saqueo de Roma (1527) por los ejércitos de Carlos V. Se olvida con toda intención, por supuesto, que la soldadesca estaba dirigida por el condestable duque de Borbón, que de 34 000 hombres más de la mitad (14 000) eran alemanes, que había un gran número de italianos y que los españoles eran solo cerca de 6000. Sin duda, había tantos protestantes como católicos entre los que participaron en esta acción. 

En el siglo XVI, las ideas de inferioridad moral y de barbarie son también utilizadas en abundancia por la hispanofobia protestante. Sin embargo, se dieron tres cambios importantes. Primero, los españoles ya no son considerados inferiores por su sangre visigoda. A partir de entonces, para los protestantes, la impureza, la depravación moral y la barbarie de los españoles viene exclusivamente de su sangre semita. En segundo lugar, el valor intrínseco de los españoles desciende un nivel. Son desde entonces demonios, gente impía, cruel, cobardes y aliados secretos de los turcos. Tercera diferencia importante: los panfletos impresos en Holanda, Alemania e Inglaterra destilan una violencia y una grosería escatológica y sexual inimaginable hasta entonces en Italia. La sodomía, el “pecado católico por excelencia”, según decían los protestantes, que ellos no cometen, por supuesto, es representada en innumerables grabados de propaganda. 

Carlos I de España era, no lo olvidemos, Carlos V Emperador del Santo Imperio Romano, archiduque de Austria; era también soberano de los Países Bajos, rey de Nápoles y Sicilia. Él y su hijo Felipe II eran los soberanos legítimos de los territorios holandeses. Al contrario de lo que ha fingido la historiografía orangista, no hubo invasión, ni ocupación, ni anexión de los Países Bajos por los españoles. La rebelión no fue “popular”, sino que fue sobre todo alentada por la alta nobleza preocupada por la defensa de sus intereses. No se trató de una revuelta contra los impuestos o contra la financiación de la guerra, ni contra la Inquisición que nunca existió en los Países Bajos. No hubo tampoco unidad holandesa contra España, ni un conflicto exclusivamente entre católicos y protestantes. Se trató de una guerra civil que oponía a flamencos contra otros flamencos, un conflicto generalizado entre las ciudades y las provincias, una guerra entre los partidarios de la unidad (fuerzas centrípetas) y los partidarios de la separación (fuerzas centrífugas).

En 1573, de los 54 300 soldados dirigidos por el duque de Alba, 30 000 eran flamencos y 7000 eran españoles. Las 1073 ejecuciones que fueran ordenadas por el Gran Duque se convirtieron en 200 000 por la magia de la propaganda. Éstas hicieron de él un ejemplo de monstruo mientras que sus métodos no eran más severos o más expeditivos que los del príncipe de Orange y, sobre todo, menos salvajes que los de Isabel I de Inglaterra durante su represión sobre el partido católico. Otro ejemplo: en 1581, de los 60 000 hombres dirigidos por el gobernador de los Países Bajos, el italiano Alejandro Farnesio, 48 000 eran holandeses, 6000 españoles y 5000 italianos. No solo los hombres de la tropa eran mayoritariamente flamencos sino que lo eran también los oficiales. La proporción de españoles en los tercios de Flandes nunca superó entre el 10 y el 15% y, al mismo tiempo, los extranjeros se contaban por millares en las tropas orangistas. Estas tropas eran financiadas por España, por un lado y, por otro, por Francia, Inglaterra, príncipes protestantes alemanes y, en una débil proporción, por los nobles holandeses. 

Otra paradoja, la idea de Universitas Christiana, la de una Europa unida sobre la base de la religión y bajo la suprema autoridad del emperador, estaba arraigada en el Humanismo de Erasmo. Esta doctrina se oponía a la vez al protestantismo, que la desmitificaba convirtiéndola en la orgullosa pretensión de un déspota con la voluntad de someter al pueblo, y al protonacionalismo maquiavélico, que estaba en pleno auge entre los príncipes alemanes. Se oponía además a la idea de una Monarquía universal, más tarde encarnada en Francia por Luis XIV, y a la idea clásica del emperador dominus mundi. Erasmo rechazaba la omnipotencia de la razón de Estado, fundamento de la política de los reyes, y defendía la unidad de los cristianos miembros de un cuerpo místico cuya cabeza era Cristo. Carlos V estaba, desde hacía tiempo, en estrecha relación con Erasmo y no ocultó nunca su veneración por el humanista holandés. Se olvida, por otra parte, que el emperador estaba considerado más extranjero en Castilla y Aragón que en Flandes o en Alemania. Su sueño era ser el árbitro o el centro de gravedad del Sacro Imperio Romano que solo se calificó oficialmente como “teutónico o germánico” a partir de finales del siglo XVI. Tenemos que subrayar que, condenando la Reforma, Carlos V condenaba el derecho de los príncipes proreformistas a imponer su criterio a aquellos que querían seguir siendo católicos y, un punto clave, la prohibición de apropiarse de los bienes de la Iglesia. 

Durante la guerra de Schmalkalden (1546-1547), las tropas imperiales contaban significativamente con 16 000 lanceros alemanes, 10 000 italianos, 5000 belgas y flamencos, y solamente 8000 españoles. Tampoco se trataba de un enfrentamiento entre alemanes y extranjeros sino de una guerra entre una mayoría de combatientes alemanes que se encontraban en los dos campos. Había, por supuesto, españoles en los ejércitos de Carlos V y en los de Felipe II, pero había sobre todo alemanes que defendían la unidad política y religiosa del Imperio (una Europa unida y plurinacional avant la lettre) contra la secesión de los protestantes. Y estos últimos se llevaron la victoria finalmente.

Para los católicos alemanes del siglo XVII los españoles eran unos aliados y los defensores de la fe, mientras que para los protestantes eran la encarnación de Lucifer, del Anticristo, el Mal absoluto. Iniciada por Martín Lutero, la demonización de los españoles llegó a un nivel verdaderamente obsesivo con el príncipe de Orange. Uno de los temas favoritos de la propaganda orangista era la acusación realizada contra Felipe II de haber asesinado a su propio hijo don Carlos. Cuando se admitió la falsedad de la acusación siglos más tarde, simplemente se dijo “que no lo había hecho pero que habría sido capaz”... Antisemita feroz, Lutero asimilaba los españoles a los judíos pero también a los musulmanes. Humanista y gran propagandista de la Reforma, Ulrich von Hutten los tenía por mamelucos, marranos, perezosos, traidores y cerdos. Lutero asimilaba constantemente los españoles a los turcos. Estaba convencido de que los españoles y los turcos eran aliados en secreto. La misma acusación fue retomada después por el príncipe de Orange cuando buscaba él mismo un acuerdo con los turcos y les otorgaba una oficina comercial en Anvers.

En Inglaterra, la propaganda antiespañola comenzó a partir de 1534, fecha en la que Enrique VIII se proclamó cabeza de la nueva Iglesia anglicana. A su vez, el rey de Inglaterra se apresuró en denigrar la impiedad católica. El español es para él y sus clérigos la encarnación del traidor, el hipócrita, el lascivo y el sanguinario. El sistema de espionaje y delación instaurado en Inglaterra es tal que haría palidecer al inquisidor español más descuidado. En algunos años, los católicos fueron barridos del país. La reina Isabel I (1558-1603) fue responsable de más muertos en algunos años que la Inquisición española en toda su historia. Los condenados fueron ahorcados y desmembrados. Cuando se trata de hombres, sus órganos genitales eran arrancados en vivo.

Mientras que los españoles encarnaban la intolerancia fanática de la Inquisición, los ingleses eran, por supuesto, los defensores de la libertad de conciencia, de la libertad de expresión y la tolerancia religiosa… Estos valores eran, en efecto, respetados por los protestantes, pero solo por y para los protestantes, jamás para los católicos. Conocemos la manera en la que los católicos irlandeses fueron tratados durante cerca de tres siglos (de 1569 a 1850). En Inglaterra, hay que esperar a 1829 para que algunas leyes represivas contra los católicos empiecen a ser abolidas. En 1850, la ley perseguía todavía a todos los miembros de la jerarquía católica. Ningún cementerio católico estaba permitido. Tuvo que llegar el siglo XXI para que el primado de la Iglesia anglicana admitiera por fin oficialmente que Shakespeare era católico...

Esta intolerancia de facto no era solo privativa de los anglicanos. Era la norma en todos los territorios protestantes. Hasta 1860, todos los suecos, daneses o noruegos que renunciaban a la religión oficial, eran castigados con el exilio y la confiscación de los bienes. En los Países Bajos, los católicos no salieron de la semiclandestinidad hasta 1852, al cabo de tres siglos. En Alemania, el “Kulturkampf” no tenía otro objetivo, todavía entre 1871-1878, que erradicar la amenaza católica contra la unidad de Alemania. En Estados Unidos, la discriminación contra los católicos duró hasta la década de 1960.

En realidad, la libertad religiosa, la libertad de expresión y la tolerancia religiosa de los países protestantes, tan alabadas por su leyenda dorada, siempre fueron fantasías o mitos. Cada confesión protestante creó su nueva iglesia, su nuevo clero, su nuevo catecismo, su nuevo dogma y su nueva liturgia. La persecución de los católicos en esos países no fue nunca considerada una manifestación de intolerancia. Era, como mucho, una medida de profilaxis. La situación de los católicos en los países protestantes era, en suma, bastante parecida a la de los protestantes en países católicos. 

En el siglo XVIII fue en Francia donde se desarrolló la hispanofobia. La podemos encontrar en Pierre Bayle, Montesquieu, Voltaire, Raynal, Jaucourt o Masson de Morvilliers, por citar solo a algunos. Sabemos que el paradigma racial del siglo XIX toma sus ideas en la cultura filosófica de finales del siglo XVIII. Diderot, d´Alembert, Voltaire o el barón de Holbach (y más tarde los sansimonianos del siglo XIX) no creían en la igualdad de las razas. Desde entonces, España no escapa a sus prejuicios. Ya no era el agente de Lucifer, sino una tierra de ignorantes, bárbaros e incultos. Era un país intolerante, intransigente, supersticioso, sin ningún espíritu científico, que no formaba parte de la civilización. El estado económico y cultural de la Península era considerado lamentable y los responsables eran, por supuesto, el catolicismo y la Inquisición. El Santo Oficio no tuvo nunca la más mínima política intervencionista en materia de comercio, industria o finanzas, pero eso daba igual. La historia de la Inquisición francesa no parecía preocupar tampoco a los filósofos de las Luces. En cuanto a los protestantes, en ningún caso podían ser considerados intolerantes; luchaban contra la intolerancia y la intolerancia solo podía ser católica. Debido a sus ideas preconcebidas y sus prejuicios, Voltaire y sus discípulos no comprendían que la libertad de expresión no estaba más amordazada en España que en los países del Norte. Al contrario, precisamente porque los hombres de la Iglesia estaban protegidos en España y porque pertenecían a una institución que el monarca no podía controlar, eran libres de decir lo que querían decir.

Voltaire y la mayoría de los filósofos de las Luces eran todos, también, más o menos antisemitas; ni la expulsión de los judíos (1492) ni la de los moriscos (1568) parecían preocuparles demasiado. Sin embargo, fueron la historiografía liberal y el romanticismo literario los que se interesaron algunos años más tarde. Voltaire y Diderot conocían las “cartas selladas” (lettres de cachet) ya que ellos mismos las sufrieron. Sin embargo, prefirieron ignorar la existencia del procedimiento de la Cámara Estrellada inglesa, método de privación de libertad y de los derechos más famoso de la Historia de Inglaterra (que duró de 1487 a 1642). Nunca ningún acusado español de un proceso inquisitorial habría podido tener la imposibilidad de defenderse como era el caso ante la institución de la Cámara Estrellada. Pero, a ojos de Voltaire, Diderot y los enciclopedistas, España, hiciera lo que hiciera, era siempre el colmo de la intransigencia, el Mal absoluto. Poco importa, de hecho, que un solo filósofo de las Luces, Pablo de Olavide (amigo de Voltaire y Diderot) fuera condenado por la Inquisición en 1778, y después amnistiado algunos años más tarde por Carlos IV.

Debido a no tener una religión nacional como en los países protestantes, los filósofos de las Luces franceses forjaron una ideología que justificaba la supremacía del Estado y la sumisión de la religión. Inglaterra era, a sus ojos, un modelo, un oasis de paz, de tolerancia y justicia. Sin embargo, tuvieron no menos de 375 motines y sublevaciones populares entre 1730 y 1795. En cuanto a las disposiciones legales anticatólicas, fueron múltiples (Acts of Uniformity, Test Acts, Penal Laws en Irlanda, Licensing Order, etc.). En los países anglosajones, Inglaterra, Estados Unidos, Canadá, Australia, etc. y, en general, en todos los países protestantes, “países de las libertades”, las autoridades siempre consideraron que estaban autorizados a utilizar métodos y prácticas que atacaban esas libertades para luchar contra sus enemigos, para hacer prevalecer los puntos de vista que estimaban justos. En eso no se diferenciaban en nada de España y de los países católicos.