China: camuflaje, disimulo y propaganda, por Agnès Gaudu


¿Ha mentido China? ¿Escondió cuestiones sobre la epidemia de Covid-19 surgida en su territorio? Los servicios de información norteamericanos indicaron, a principios de mayo, no haber encontrado elementos que confirmen la hipótesis de un error de manipulación de laboratorio. La hipótesis más plausible sigue siendo, pues, la contaminación a partir de animales salvajes. Para el presidente chino Xi Jinping, la búsqueda de responsabilidades políticas en el origen de la pandemia no está de ninguna manera en su programa. 

Después de semanas de polémica con Washington, el 18 de mayo, durante la asamblea general (virtual) de la OMS, terminó por aceptar a regañadientes una investigación internacional, pero bajo condiciones. Pekín exige que la investigación se desarrolle sin límites territoriales (en China, pero también en EEUU), que sea liderada por la OMS y solo en el terreno científico. Sin embargo, si retomamos los primeros episodios de la pandemia, no hay ninguna duda de que la cultura del secreto que caracteriza a la administración china ha estado funcionando desde el comienzo, que fue lo que frenó la adopción de medidas de salud pública que habrían protegido mejor a su población y, por lo tanto, a la del planeta. 

En China, cuando se produce un accidente, el primer reflejo de las autoridades locales es el camuflaje. Se trata de evitar la búsqueda de responsabilidades y de moldear lo que se podrá decir del suceso con el fin de ofrecer a las autoridades centrales todas las señales exteriores de que la situación está bajo control. Para conservar su carrera, el dirigente del Partido hará que se castigue a los que hablen demasiado, se expulse a los periodistas y se amenace a los lanzadores de alerta. La aparición del Covid-19 al principio del invierno 2019-2020 activó instantáneamente estos mecanismos. En pleno frenazo económico (consecuencia de dos años de guerra comercial con Estados Unidos), la provincia de Hubei pensó que tendría que apañárselas con un poder cada vez más centralizado y más represivo alrededor de Xi Jinping. El Nuevo Año lunar llegaba el 25 de enero y, en la cercanía de las fiestas, millones de chinos pasarían por Wuhan, uno de los nudos ferroviarios del país, para reunirse con sus familias. Para las autoridades locales, ninguna cuestión debía estropear la felicidad de nadie, y menos todavía la de los grandes dirigentes.

Que la municipalidad de Wuhan, la provincia de Hubei y sus autoridades sanitarias hayan tardado en reconocer la situación de crisis es un hecho constatado por testigos del sector médico. Uno de los relatos más impresionantes es el de la responsable de Urgencias del Hospital Central de Wuhan, Ai Fen. Se sabe hoy que el primer caso de Covid-19 se remonta allí al 17 de noviembre. En cualquier caso, Ai Fen acogió a su primer paciente el 16 de diciembre. El 27 de diciembre, los resultados de análisis indican la presencia de un coronavirus cercano al SRAS. El 30, ella informa a sus colegas. Ocho médicos reflejan su preocupación en las redes sociales. Fueron castigados el 1 de enero por la policía por “propagación de noticias falsas” y se hizo ver su indignidad en la televisión central los días 2 y 3 de enero (uno de ellos, Li Wenliang, murió de la enfermedad el 7 de febrero). Llamada al orden por sus superiores, se le prohibió a Ai Fen que cualquier información saliera del hospital. Día tras día, la doctora iba constatando las señales de una transmisión de la enfermedad entre humanos. En la primera quincena de enero, intentó por su cuenta poner medidas de seguridad que pasaran desapercibidas al público. Lo peor, se le decía, era sembrar el pánico. La continuación fue una sucesión de medias verdades y verdaderos errores. Un nuevo coronavirus fue identificado a principios de enero; fue secuenciado el 5 por un laboratorio de Shanghai que, a la vista de que la Comisión nacional de Salud no hacía caso de sus resultados; compartió su descubrimiento el día 11 con los científicos del mundo entero. El periódico de Hong Kong South China Morning Post afirmó entonces que se cerró el laboratorio por “rectificación”, un término que indica una investigación disciplinaria o política. Pero la información no fue desmentida por Pekín, que capitalizaba, en términos de imagen, esa apertura aparente alabada por la comunidad científica internacional.

Desde comienzos de enero, las autoridades de Hong Kong y de Taiwán, alertadas por sus expertos y sus propias redes de información en China, ya sabían lo suficiente para poner en marcha medidas contra la epidemia, con vigilancia de sus fronteras a los pasajeros llegados desde Wuhan. A pesar de esto y de las observaciones de sus propios médicos en hospitales, la investigación sanitaria que estaba en marcha en China tenía como objeto comunicaciones científicas en las que se continuaba discutiendo la transmisibilidad del virus entre humanos. Y, ante la duda, se continuó sin decir nada a la población de Wuhan. Ninguna recomendación sobre mascarillas, ni limitación de las reuniones ni de desplazamiento de millones de chinos que volvían a sus casas. Al contrario, en la capital de Hubei, el 18 de enero, la célula del Partido del barrio de Baibuting no vio ninguna razón para anular un banquete que debía reunir a 40.000 familias. Se ignora cuáles fueron las consecuencias epidémicas de esta manifestación festiva. El poder central puso fin a esta negligencia tomando el control de forma casi militar. Así sucedió el 20 de enero: el presidente Xi Jinping en persona reveló la existencia de la epidemia y llamó a la movilización de todos los ciudadanos. Por entonces, la prensa internacional se preguntaba ya abiertamente sobre los retrasos en la comunicación de la ciudad de Wuhan (sus dirigentes no tardaron en ser destituidos) a la vez que la ciudad y el país adoptaban una actitud marcial. El 23 de enero se decretaba el cierre riguroso de la ciudad. Mucho más tarde, en marzo, el neumólogo de Cantón Zhong Nanshan (conocido por su rol en el frenazo al virus SRAS en 2003, fue el primer en revelar el carácter transmisible del Covid-19 entre humanos) expresó públicamente sus lamentos: si se hubiera confinado Wuhan cinco días antes, el impacto de la epidemia habría sido la mitad, como confió a la revista Caixin

Después de haber sancionado a los más altos dirigentes de la ciudad y de la provincia por este retraso de cinco a quince días, o más, ya no quedaba al poder central, para tener el control completo de la situación, más que hacer desaparecer los relatos independientes. El aparato represivo de Xi Jinping se puso en marcha. En el momento del confinamiento de Wuhan (en el colmo del doble lenguaje), los editoriales de la prensa oficial se llenaban de declaraciones en favor de la transparencia. Un balance de las víctimas de ofrecía entonces diariamente… del cual dudaba todo el mundo que estuviera sobre el terreno. Los periodistas multiplicaban los reportajes que describían las condiciones de extremo cansancio de los equipos médicos al borde de sus capacidades, pero esta libertad fue de corta duración: en febrero, los reporteros se vieron sancionados, y fueron expulsados y sustituidos por un ejército de periodistas explícitamente encargados por el poder para realizar noticias “positivas”. En las películas de propaganda, aparece Xi Jinping propulsado al frente de un ejército forzosamente victorioso y glorioso. 

La represión cayó, sin embargo, sobre los “periodistas ciudadanos” (los difusores de imágenes y mensajes en las redes sociales), detenidos por la policía en lugares indeterminados. Intelectuales, juristas, hombres de negocios se revolvieron contra el régimen y fueron interpelados. Entre enero y marzo, 900 personas se vieron sancionadas por sus expresiones en internet, según un informe de la ONG china Human Rights Defenders. En mayo, la represión cayó sobre quien quisiera guardar huellas de estos hechos: tres jóvenes de Pekín, que habían grabado en la plataforma americana GitHub todo lo que había sido publicado en la prensa china y en las redes sociales sobre la epidemia fueron arrestados. 

¿Hacen falta más indicios? Aunque el régimen no haya mentido voluntariamente, como mínimo, no ha dicho toda la verdad a su población. Los mecanismos de preservación del poder chino, que están en la base de todo, han predominado. Pero las falsedades del sistema, que normalmente solo afectan al destino de los chinos, han tenido, por primera vez, implicaciones directas e inmediatas para el mundo entero. Fuente: Le Un.