La vuelta del revisionismo y el miedo de nuestros dirigentes, por Caroline Galactéros


La ignorancia es un virus invasivo. Esa literalidad del pensamiento indigente que vocifera incongruencias y onomatopeyas creyendo (con)vencer a través del miedo, se apodera de nuestras sociedades y se extiende como un manto, precipitando la fractura social que simula denunciar. 

Estamos en plena regresión racialista en nombre del antirracismo, naturalmente, ya que no hay nada como la proyección victimista para atizar el odio; soportamos una ola de revisionismo histórico mundial liderada por multitudes abiertamente racistas que quieren acabar, atravesando los siglos, con los supuestos descendientes de “opresores” que no han hecho nada y que no quieren reducir nuestra democracia a una regresión comunitarista. Grupúsculos ultraviolentos, de financiación opaca, conducen en su odio debilitante a las multitudes reivindicadoras que se llenan con su autovictimización y con un revanchismo social nutrido desde hace tiempo con un igualitarismo incomprensible. Toman a pueblos enteros como rehenes y quieren darles una lección.

Pero la Historia es la Historia. Es así desde hace miles de años. No se trata de apoyar o rechazar este o aquel episodio. Se trata de aprender, comprender, contextualizar, concebir que lo bello haya podido nacer de lo feo, y que lo inverso también pueda ser cierto. No hay nada por lo que enfrentarse, odiar o destruir. Solo hace falta dejar de creerse el ombligo del mundo. La Historia enseña la humildad y la grandeza. 

El progreso desvirtuado

Se derriban las estatuas de Leopoldo II en Bruselas; se profana un busto del General de Gaulle (el descolonizador por excelencia) a pocos días del 18 de junio; se quiere tirar la de Colbert en la Asamblea francesa; se cambian los nombres de las calles de Burdeos añadiendo la mención “negrero”; se quita la divisa del blasón del Imperial College de Londres; se maldice a Winston Churchill mismo; se prohíbe la proyección en público de la película “Lo que el viento se llevó”; etc. En realidad, se quiere aplicar “la ley de la sangre”, como lo hacen siempre las mafias albanesas que asesinan a hombres, mujeres y niños inocentes porque, un día, unas generaciones antes, uno de los miembros de su lejana ascendencia les ha “ofendido” o fue culpable de un crimen que les afectaba. 

Todo eso recuerda también a los talibanes que decapitaban los budas de Bamiyan en Afghanistán, o a los insensatos de Daech que destrozaban con júbilo las maravillas de la arquitectura siria. Creemos que se puede negar mediante la destrucción concreta de vidas y de obras cualquier sublimación artística, cultural o política del hecho colonial e, incluso, de la esclavitud a través de las épocas. ¿Eso es lo que llamamos progreso? ¿Modernidad? ¿Evolución? Estamos más bien en plena regresión cultural occidental mortífera. Son procedimientos totalitarios, como lo es la técnica de la autocrítica pública tan valorada en los juicios estalinianos que se quieren rehabilitar. Muchos políticos caen en la trampa. Probamos el arrepentimiento como un ungüento taumatúrgico. 

“La policía es estructuralmente racista y el Estado cómplice, aunque esté arrepentido”. El embrutecimiento colectivo de esta idea paleolítica parece haber producido tal estadio de literalidad que no podemos achacarla solo a la expansión del cretinismo de masas y del arrebato digital. ¿A quién beneficia el crimen?  Parece que esta supuesta “convergencia de luchas” que no tiene nada que ver con los “chalecos amarillos” y sus sufrimientos está ahí para acabar con los vestigios paralizados de un pueblo y de un Estado. Ya no se trata solo de vociferar en la calle en pleno estado de urgencia sanitaria, con toda impunidad en nombre del antirracismo, sino de hacer recular y someter de una vez por todas a los Estados, las naciones, las leyes y las fronteras.

El miedo

El mundialismo, en sus avatares más desmedidos y peligrosos, adornado de los oropeles de una supuesta “justicia”, está claramente detrás. Y nuestras autoridades tienen miedo, pero nos prohíben que se lo señalemos. No les importa que se les llame esclavistas, totalitarias, racistas; ¡pero no cobardes! La verdad es dolorosa. ¿Qué hace la policía? Pues, precisamente, el Estado que la dirige y debería defenderla para proteger a sus ciudadanos de este salvajismo, la desautoriza en nombre de “la emoción que está por encima de la Ley”. La renuncia viene del propio responsable de Interior francés que acepta que sus hombres, últimos agentes en el mantenimiento de un orden público desecho, se conviertan en objetivos movibles; el último dique por abatir para que, finalmente, reine la ley de la selva.

Para mostrar su gran comprensión de todas esas “víctimas” de un racismo “sistémico” que disminuye sus efectivos, acepta incluso de privarla de formas de intervención que le permiten todavía –no se sabe por cuánto tiempo– reducir a los delincuentes. La policía parece ser estructuralmente racista y el Estado es cómplice aunque se arrepienta. En este esconder la cabeza se rompe su columna vertebral a la vista de todos y, sobre todo, de aquellos que quieren nuestro fin y nuestra sumisión.

Las élites, sobrepasadas

En pleno desconfinamiento trágico, al comienzo de una crisis económica y social fuerte, las naciones están en peligro y nuestras élites políticas, mediáticas, intelectuales (aparte de algunas excepciones demonizadas o mandadas callar) son las herederas irresponsables de una indulgencia abismal desde hace décadas. Ya no saben decir que ya basta. Ya no quieren hacerlo. Creen que ya es demasiado tarde para reaccionar y que todo lo que se puede hacer es barrer todo debajo de la alfombra y a culminar la destrucción nacional en nombre de un progresismo virtuoso e irrefrenable. Ellas viven muy “confinadas” en los pasillos del poder o en las grandes instituciones mundializadas. No saben ya qué es un pueblo, el pueblo, su pueblo, y lo confunden adrede con un mosaico de minorías y comunidades que lo atomizan y lo devuelven a la Edad de Piedra. 

La gran pregunta, la que todo el mundo tiene en todas partes, ricos y pobres mezclados, es ¿por qué no se actúa? ¿Qué busca el poder? ¿No ve que hay un peligro que acecha? ¿Esperan que sea demasiado tarde para no poder hacer nada y obligarnos, en nombre del progresismo, a aceptar nuestra nueva servidumbre con una felicidad masoquista?

La Historia ideologizada

Estamos ya mucho más allá de la “bullanga” que deploraba el General de Gaulle. Cuando nuestras fuerzas del orden son desautorizadas por su propio responsable, cuando se las señala como objetivo para la venganza racista de hordas vociferantes que practican el chantaje, la intimidación y la amenaza para hacer caer los últimos vestigios de una verticalidad del poder y de una autoridad que no se atreve a reafirmarse y que no está encarnada, no creo que algunas palabras de calma o de semifirmeza impresionen y, aún menos, disuadan de realizar esta ofensiva de fondo. Hace falta un verdadero parón, tomar las riendas de la autoridad del Estado que terminen con esta letanía indecente de arrepentimiento de las supuestas élites a las que no les gusta nuestra historia ni sus principios estructurantes por miedo a afirmar algunas evidencias: la policía no es racista.

No hay equivalencia entre ella y los delincuentes. Ella está ahí para proteger a la población contra los delincuentes. Ya sean negros o blancos. Debe hacerlo con discernimiento y proporcionalidad en el uso de la fuerza, y las ovejas negras deben ser expulsadas con firmeza de entre sus filas, pero debe hacerlo y no puede, en ningún caso, ser colocada en el mismo plano que aquellos a los que impide que hagan daño. Tiene y debe conservar el monopolio de la violencia legítima. Si no, pronto llegarán las peleas en la calle a puñetazos, después con puños americanos y, por fin, con armas de mortero. Y nos lo habremos buscado. 
Evidentemente, hacemos seguidismo, como siempre, de nuestro modelo sublime: ¡Estados Unidos! Indecentes, ultraviolentos dentro como por el mundo, que vive de, para y a través de la guerra, pero que súbitamente organiza funerales casi nacionales a un bandido asesinado que, por supuesto, no tendría que haberlo sido. Es indecente, circense y trágico a la vez. Es el fin del Imperio con espasmos hipócritas. 

Esta capacidad de reconocerse culpable en una ceremonia ridícula, mientras se tiene a las poblaciones de todos los colores en una segregación comunitaria y una violencia armada en todo momento, es absolutamente repugnante. “Black lives matter”, por supuesto, y todavía hay mucho que hacer en Estados Unidos para que ese eslogan no sea necesario; pero ¡otras vidas también cuentan! Todos los hombres cuentan. Sí, fortunas individuales y las de Estados enteros, en Europa, Estados Unidos, pero también en África y en el Medio Oriente, se construyeron sobre la “madera de ébano”; Gran Bretaña tuvo un imperio muy potente y también Francia. ¿Y?  ¿En qué medida los hombres y mujeres de hoy tienen derechos adquiridos sobre esos siglos pasados ? Las naciones no deben convertirse en un mosaico comunitarista en ebullición. 

Arrepentimiento

Se trata de un Estado generoso y cada uno puede tener su oportunidad, si se esfuerza en cogerla. La colonización no es ya “un crimen contra la humanidad”. Produjo tensiones y depredación pero también grandes adelantos económicos y sociales para los pueblos colonizados. Si se trata de culpabilizar a las poblaciones blancas para esclavizarlas y buscarse excusas, ¡nos negaremos!

Finalmente, haría falta también que el aparato mediático no haga una exposición excesiva y permanente de los discursos de odio que hacen aumentar la intolerancia y la división, y hacen el juego a los extremismos políticos. El literalismo del pensamiento va paralelo con la inmediatez mediática desde hace tiempo; no se habla más que de George Floyd y se aprovecha para derruir el último muro de la seguridad de los ciudadanos negros, blancos, magrebíes o asiáticos, que quieren vivir y trabajar en paz sin quemarse en el infierno de los pecados imaginarios. Francia, por ejemplo, está en un estado protoinsurreccional, como lo muestran los enfrentamientos entre bandas rivales de magrebíes y chechenos en Dijon. No será más grande ni se levantará por el hecho de besar los pies de los que la odian, quieren dar lecciones y llaman a la guerra civil. 

Lo que sucede es la recompensa de una renuncia delirante a la autoridad por parte del Estado y sus responsables. El resto del mundo observa a Francia y se preocupa de su tremenda pasividad. Nuestra democracia está en peligro. Hacen falta unas salvas de aviso a aquellos que extienden el desorden, el odio y la violencia. Es la hora de las naciones, de las protecciones, de las ambiciones. No nos dejemos debilitar por esas “luchas” que no son más que engaños destinados a rematar nuestra decadencia. ■ Fuente: Marianne