La ablación, un crimen universal contra las mujeres, por Aurélien Marq


Contrariamente a lo que nos quieren hacer creer los relativistas morales, la ablación es un crimen en cualquier lugar y en cualquier época, no una simple “tradición” cultural o religiosa.

Durante la última jornada mundial de lucha contra la ablación y las mutilaciones genitales, las cifras ofrecidas producían nauseas: 200 millones de mujeres mutiladas en el mundo, una proporción terrorífica de ellas en determinados países (98% en Somalia, 97% en Guinea, 93% en Yibuti, 87% en Egipto… ), más de 50.000 en una país europeo como Francia, y 3 millones de nuevas víctimas cada año que pasa. No podemos sino unirnos a las instituciones que llevan a cabo una lucha indispensable contra estas prácticas criminales.

La ablación, una doble abominación
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Igual que los sacrificios humanos o la esclavitud, las mutilaciones genitales y la ablación, en particular, son inaceptables. Digan lo que digan personajes, como Tariq Ramadan, tales prácticas no son, en ningún caso, componentes tolerables de una cultura o tradición, sino crímenes, siempre y en cualquier parte, contra nuestra universal humanidad. Esto, que debería ser evidente, hay que recordarlo, desgraciadamente: la ablación es una abominación, por dos razones.

Abominación por el sufrimiento causado y la mutilación infligida a las víctimas. Mutilación física, tanto más terrible en cuanto que afecta a la intimidad por excelencia, y que busca privar de la capacidad de acceder a esta intimidad. Mutilación psicológica, que es más atroz en cuanto condiciona a las mujeres que la han sufrido y las condena a ver sufrirla a sus propias hijas, a quienes deberían proteger plenamente. Mutilación colectiva, perversión de las relaciones entre hombres y mujeres, y perversión de sus relaciones sexuales, que gangrenan inevitablemente la sociedad. Admiro el coraje y la determinación de quienes superan esta mutilación para construirse una vida sana y completa, y que luchan para evitar que otras sufran su mismo padecimiento. Ellas merecen todo nuestro apoyo.

Abominación, también, por todo lo que esta práctica y su aceptación revelan. Querer mutilar a las niñas es la marca de una relación profundamente viciada con la feminidad, y por lo tanto, con la propia realidad, igual que, en otras partes, el querer castrar psicológicamente a los niños es la marca de una relación profundamente viciada con la masculinidad y, por lo tanto, con la realidad misma. El miedo o el odio al clítoris, al placer y el deseo femeninos, se manifiesta, en este caso, con una brutalidad singular, extrema, sangrienta. No es fundamentalmente ajena, sin embargo, al miedo o el odio hacia el pene, al placer y el deseo masculinos, ambos ligados al rechazo patológico de una parte fundamental, fundadora y necesaria de nuestra humanidad. La libertad de las mujeres para vivir su feminidad en su integridad es también asunto de los hombres (y de aquellos o aquellas que no se reconocen en ninguno de estos dos términos), porque es un imperativo moral que se impone a todo el mundo.

El teorema de Pitágoras no es relativo
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No se trata de condenar todo en bloque a las culturas que han practicado o practican todavía la ablación, de la misma forma que la abominación del esclavismo no cuestiona la grandeza de la antigüedad griega o romana. Pero no se trata tampoco de utilizar como pretexto esta necesaria precisión para defender lo indefendible. Pocos se atreven a defender abiertamente las mutilaciones genitales, pero demasiados se emplean en socavar los fundamentos que legitiman la lucha contra estos horrores. No podemos admitir que la indispensable condena de la ablación sea debilitada por el relativismo moral (que no es sino la máscara de la dimisión o la resignación ética) en nombre de una apertura hacia el Otro.

No todo es relativo. El teorema de Pitágoras fue descubierto y formulado por un místico griego, pero no es una construcción sociológica patriarcal occidentalocéntrica, sino una verdad. El tratamiento contra la malaria inspirado en la farmacopea china tradicional es válido, pero su eficacia no es ni feminista ni chinocéntrica, simplemente es. Y el carácter letal de una fuerte dosis de arsénico tampoco es cuestión de puntos de vista.

De la misma manera, hay muchas formas de tender hacia el Bien, igual que hacia el Mal. La distinción es, a veces, muy difícil, tanto si nuestra mirada está influida por nuestra cultura y nuestra experiencia, como si estamos tentados de considerar malo todo lo que es extraño o extranjero. Pero no debemos olvidar los errores y las tentaciones inversas: la seducción del exotismo que hace aceptar lo inaceptable, el temor de ser injustamente acusado de intolerante que hace tolerar lo intolerable, la autocrítica que renuncia a ver en los otros las exigencias más elementales.

Ningún pueblo necesita la ablación
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Debemos velar porque el universalismo no conduzca al imperialismo, pero también por evitar que el imperialismo no conduzca al rechazo del universalismo. Quien rechaza la universalidad de nuestra humanidad rechaza por definición lo que de mejor hay en nosotros, puesto que lo compartimos entre todos, o al menos compartimos la posibilidad: el impulso hacia la grandeza, el altruismo, la verdad, la dignidad, el amor por la belleza, el coraje, la compasión…

Ciertamente, algunos tipos de educación, algunos ambientes, algunas culturas, pueden, mejor que otras, favorecer tal o cual de estas cualidades. Animar a los jóvenes a inspirarse en el heroísmo de los argonautas o en la lealtad de los samuráis no tiene el mismo resultado que animarlos a masacrar a todos aquellos que no comparten sus creencias, o incitarlos a querer ser multimillonarios a cualquier precio y por encima de quien sea.  El contexto y las referencias comunes juegan, evidentemente, un papel. Pero no existe ningún grupo humano cuyos miembros estén intrínseca e irremediablemente desprovistos de las más altas cualidades que definen la humanidad. Hay muchas maneras de encarnar una virtud, según la cultura y la época, según el sexo, género u orientación sexual, según la personalidad y la historia personal de cada uno, y esta inmensa variedad hace intensamente valioso el genio propio de cada persona, de cada pueblo, de cada cultura, de cada época. Pero las virtudes así encarnadas son universales y deben ser reconocidas como tales so pena de negarlas. 

Desde que comenzó a leer este artículo...
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Si algunos dan muestra de cómplice complacencia, especialmente en la izquierda, también hay, afortunadamente, voces que se alzan, generalmente en la derecha, para denunciar a los nuevos racistas, sexistas y comunitaristas que no tienen otro propósito que fragmentar las sociedades, en particular las occidentales, en beneficio de intereses clánicos, de maniobras de influencia, de malsanas culpabilidades, de viejos rencores y de ambiciones personales. El enemigo está activo, demasiado activo, en su objetivo de hacer creer a la gente que todo vale, que todo es cuestión de puntos de vista y nada es verdadero, que sólo hay que defender los intereses particulares y no el interés general, que siempre habrá relaciones de fuerza dominantes/dominados y nunca una auténtica fraternidad simplemente humana. Contra este enemigo, la vigilancia se impone y la lucha es urgente.

Porque mientras algunos instrumentalizan la tolerancia para tomar ventaja en sus rivalidades clánicas, para escupir su odio a Occidente y para impedir que se defiendan los valores que son asociados al mismo, pero que pertenecen a toda la humanidad, seis mujeres son mutiladas genitalmente cada minuto. Mujeres, bebés, niñas, adolescentes. ¿Cuántas, desde que usted comenzó a leer este artículo? ¿Diez? ¿Veinte? ¿Más todavía? Renunciar a este humanismo universal sería traicionarlas. ■ Fuente: Causeur