El despertar identitario: una respuesta a la crisis de la modernidad, por Étienne Malret (I)


La noción de identidad, que se ha investigado masivamente en el campo de las ciencias sociales desde hace varias décadas, aparece hoy como una noción indispensable, tanto a nivel individual como colectivo, en el análisis de los conflictos, tensiones, crisis, en un contexto de rápidos y desestabilizadores cambios societales y de cuestionamiento de los “grandes relatos” característicos de la Modernidad.  

Asimismo, este creciente recurso a la noción de identidad aparece en gran parte ligado a la rehabilitación de la noción de sujeto que, hasta el final de la Segunda guerra mundial, había sido ocultado, por el hecho de su carácter pretendidamente ilusorio, por varias corrientes de pensamiento entonces dominante (marxismo, behaviorismo, estructuralismo etc.). Estas corrientes de pensamiento seguidas de los “grandes relatos” que constituyen en el siglo XX otras tantas religiones seculares (liberalismo cientifismo, marxismo…) postulaban, de acuerdo con la ideología del progreso, que el futuro sería necesariamente mejor que el presente y afirmaban, al mismo tiempo, la posibilidad de una salvación “aquí abajo” (Pierre-André Taguieff). Los trágicos acontecimientos del siglo XX invirtieron cruelmente la visión optimista, progresista del devenir del mundo, de las religiones seculares.

Omnipresente en los debates contemporáneos, la noción de identidad aparece siempre difícil de determinar en la medida en que ella resulta de construcciones históricas particulares y comporta múltiples facetas. En un enfoque más general, como señala Samuel Huntington, la identidad es lo que nos distingue de los otros. Más específicamente, el filósofo Charles Taylor la contempla como un marco, un horizonte en cuyo sentido el individuo está en disposición de tomar compromisos, una postura moral, con frecuencia por referencia a una comunidad.

Sin duda este marco, en parte heredado, en parte elegido, no es inmutable, intemporal, sino, por el contrario, evolutivo: la identidad no es una esencia; ella se construye históricamente “en el diálogo o en la confrontación con el Otro” (Alain de Benoist). Además, la narración aparece como el principal modo de construcción de esta identidad evolutiva, como lo muestra Paul Ricoeur introduciendo la distinción entre “la identidad-ipse” y “la identidad-idem”: «A diferencia de la identidad abstracta de lo Mismo, la identidad narrativa, constitutiva de la “ipseidad”, puede incluir el cambio, la mutabilidad, en la cohesión de una vida». Este carácter narrativo de la identidad actúa tanto en el plano individual como cuando se trata de la identidad colectiva.

Los cuestionamientos, los debates que surgen actualmente en los países europeos (oposición resuelta de los países del llamado “Grupo de Visegrado” a la política migratoria de la UE) y en los Estados Unidos sobre la identidad son frecuentemente interpretados, con razón, como un síntoma de crisis de una sociedad en plena mutación. La afirmación, la reivindicación de una identidad es entonces presentada según el caso, ya sea como una amenaza suplementaria y un agravamiento de la crisis, ya sea como una respuesta legítima a esta crisis, incluso como una solución (es el caso, especialmente, de la cuestión del reconocimiento simbólico o incluso jurídico de la identidad de las minorías étnicas, sexuales, etc.). Esta crisis, vista bajo el ángulo de la identidad, puede ser aprehendida en un doble nivel, individual y colectivo.

En el plano individual, el cuestionamiento identitario revela un sentimiento de pérdida del sentido en el seno de las sociedades modernas. En su obra Les sources du moi. La formation de l´identité moderne, Charles Taylor, hablando de la genealogía de la identidad moderna, muestra que ella está especialmente construida sobre una concepción instrumental del mundo, es decir, un mundo visto como un simple mecanismo que la razón debe objetivar y controlar. Así, esta visión instrumental del mundo, heredera del cartesianismo, y que conoció su plena expansión en el siglo XX, se ha revelado como un potente factor de desimbolización (Gilbert Durand), sinónimo de pérdida de sentido. Asimismo, esta crisis, interpretada a través del prisma de la identidad, aparece, en buena medida, como una crisis de la modernidad, una crisis que afecta al hombre fáustico del que hablaba Spengler en La Decadencia de Occidente, es decir, “un individuo caracterizado por una insatisfacción ante todo lo que es finito, limitado”, un hombre que “no cree saber ya lo que es el bien y el mal, lo que es justo e injusto” (Leo Strauss). 

En el plano colectivo, potentes movimientos de homogeneización, de los que la mundialización constituye una de las manifestaciones más notables, contribuyen a disolver las identidades, en particular las nacionales. Estos movimientos de homogeneización aparecen como resultado de una ideología igualitarista, esa que Alain de Benoist llama “la ideología de lo Mismo” («Es una ideología alérgica a todo lo que especifica, que interpreta toda distinción como potencialmente desvalorizante o peligrosa, que considera las diferencias que pueden constatarse entre los individuos y los grupos como contingentes, transitorias, inesenciales o secundarias. Su motor es la idea de lo Único. Lo único es lo que no soporta al Otro, y que tiende reducirlo todo a la unidad: Dios único, civilización única, pensamiento único»), que tiende a negar las diferencias, ya sean individuales o colectivas, considerándolas como significantes. Estas dos dimensiones, individuales y colectivas, están vinculadas: los procesos de homogeneización, que tienden a hacer desaparecer las identidades colectivas, contribuyen igualmente al sentimiento de pérdida de sentido por los individuos.

Es entonces, a la luz de esta crisis, considerada en sus dos dimensiones, que conviene apreciar las reacciones, los cuestionamientos y las recomposiciones identitarias que se manifiestan en la actualidad. Así, asistimos, en el período actual, a despertares identitarios multiformes: despertar de los regionalismos contra el Estado-nación, por ejemplo en Reino Unido y en España, despertar de las identidades nacionales frente a la mundialización con el ascenso de partidos calificados como populistas, emergencia de un “tribalismo” que sería el signo de un declive del individualismo y de la razón instrumental y utilitaria (Michel Maffesoli), afirmación de las identidades religiosas, étnicas o incluso de las identidades ligadas al género.

En este contexto, cabe preguntarse cómo suscitar, guiar, orientar los despertares identitarios de los pueblos europeos para reconstituir un marco, un horizonte común, por retomar la terminología de Charles Taylor, que sea capaz de preservar su libertad. Así, parece necesario identificar no solamente los modelos pertinentes que podrían inspirar la redefinición de tal marco, sino igualmente los mecanismos de acción metapolíticos que permitan la concreta puesta en marcha de tal reconstrucción.

Primaveras identitarias: identidades glorificadas, victimizadas o amenazadas

Esquemáticamente, se pueden distinguir, al menos, tres fuentes de las que se derivan y se desarrollan hoy los movimientos identitarios. Así, los despertares identitarios observados pueden fundarse principalmente sobre una identidad glorificada, sobre una identidad victimizada o incluso sobre una identidad amenazada.

En primer lugar, algunos despertares identitarios se fundan sobre el relato de una identidad glorificada que se apoya sobre la actual potencia y el éxito de una colectividad experimentada como orgullo por los miembros de la misma que, por esa misma razón, refuerzan su sentimiento de pertenencia al grupo. Limitándose al marco nacional, se trata, por ejemplo, de un recurso explotado por Trump en los Estados Unidos y que se traduce en el eslogan de campaña “Make America Great Again” (Hagamos grande a América otra vez). Es también a este tipo de despertar identitario al que asistimos en Rusia: después de la caída del comunismo y de los años oscuros del período de Eltsin (1991-1998), la política de Putin ha consistido en restaurar el poder de Rusia con vistas a hacer de ella un actor principal en el seno de un mundo multipolar, no solamente dirigida a reforzar su poder militar y energético, sino también reafirmando los valores tradicionales de la identidad rusa: “el pueblo, la patria, la religión ortodoxa y el recuerdo de las glorias imperiales de antaño”. Así, Rusia está, en cualquier caso, erigida como contramodelo de la posmodernidad decadente de un Occidente desprovisto de optimismo y energía. Es por ello que en 2009 un 80% de los rusos consideraban a su país como una gran potencia contra solamente un 20% que no lo estimaban así.

En segundo lugar, observamos el desarrollo de movimientos identitarios especialmente de carácter étnico, basados en el relato de un pasado interpretado como humillante y que justificaría, en tanto que tal, un reconocimiento no sólo simbólico sino también jurídico. Se trata de la explotación (no exenta, con frecuencia, de instrumentalización) de una memoria, de un imaginario victimista dirigido a reclamar compensaciones a los supuestos culpables (o a sus descendientes), y a alimentar un sentimiento de revancha, incluso de odio, para así fortalecer una identidad colectiva en torno a un enemigo común. En los Estados Unidos movimientos de este tipo invocan la memoria del esclavismo para denunciar el trato supuestamente específico de que fueron objeto, por parte de la policía, los miembros de la comunidad negra (como el movimiento Black Lives Matter). Es también la vía seguida por una parte de las poblaciones inmigrantes procedentes de países antiguamente colonizados cuando se encuentran frente a países colonizadores como Francia. Estas reivindicaciones identitarias encuentran un eco favorable, especialmente entre las élites políticas, económicas, judiciales y mediáticas que conciben la afirmación identitaria de las minorías como una reacción legítima frente a una cultura occidental eurocentrista considerada cmo un sistema de dominación alienante, opresivo por naturaleza para esas minorías. Así, el tratamiento mediático de los actos de delincuencia tiende a ocultar deliberadamente el nombre de los delincuentes cuando son de origen extranjero con la idea de fondo de que estos delincuentes son y siguen siendo, esencialmente, víctimas que conviene proteger. Las políticas de cuota y de discriminación positiva en el acceso al empleo o a la universidad, se inscriben igualmente en este esquema de pensamiento. Como señalaba Christopher Lasch, se ha pasado de una demanda de igualdad y de abolición de las discriminaciones fundadas sobre la raza, a la reivindicación e instauración de un trato de favor en beneficio de las minorías raciales, por el motivo de que estas minorías, eternas víctimas del racismo de los blancos, tendrían por naturaleza un derecho a la reparación (según Lasch, estas políticas de discriminación positiva no sólo están profundamente en contra de la cultura americana, fundada sobre la preeminencia de la responsabilidad individual, sino que ellas constituyen también una causa del fracaso de la mayoría de los individuos pertenecientes a esas minorías en la medida en que, interiorizando su estatuto de víctimas, a menudo experimentan grandes dificultades para respetarse a sí mismos). Este tipo de medidas que avalan las reivindicaciones identitarias de naturaleza victimaria tiende a alimentar los conflictos étnicos en el seno de la sociedad.

Por último, algunos despertares identitarios encuentran su fuente en un futuro juzgado como amenazante. El terrorismo islamista ha generado así una oleada de patriotismo en los países afectados por el fenómeno, especialmente en los Estados Unidos después de 2001. Según Huntington, el 11 de septiembre habría simbolizado el fin del siglo XX, siglo de los conflictos ideológicos, y el debut de una nueva era en la cual los pueblos se definirían, principalmente, en términos de cultura y de religión. Así, según este autor, los enemigos potenciales de América, hoy en día, son el islamismo y el nacionalismo chino no ideológico. En Europa, la multiplicación de atentados islamistas despierta también las conciencias tanto más en cuanto la identidad europea está forjada desde hace siglos en oposición especial a las conquistas musulmanas. Para Jacques Le Goff “construyéndose una identidad colectiva tanto sobre las oposiciones al otro como sobre las convergencias internas, la amenaza turca va a ser uno de los cimientos de Europa”.

A este respecto, en su obra “Los vértigos de la guerra, Byron, los filohelenos y el espejo griego”, Hervé Mazurel traza una de las etapas importantes de la toma de conciencia de una identidad europea a través del combate civilizacional del movimiento filoheleno en los años 1820 con el objetivo de liberar a Grecia, matriz de la civilización europea, de la invasión otomana, juzgada culpable de las peores atrocidades (masacres, violaciones), inmortalizadas por la “Escena de las masacres de Scio” de Delacroix, testimoniadas también en la recopilación de poemas titulada “Los Orientales” de Victor Hugo. Todo este trasfondo histórico resucita hoy en las conciencias, no sólo en el momento de los atentados terroristas sino también con ocasión de los dramáticos acontecimientos ligados a los movimientos migratorios (violaciones en Colonia, etc.). 

Más allá del terrorismo islámico, otras amenazas, sin duda más difusas, permiten explicar los despertares identitarios que hoy surgen. La situación de profundos cambios (mutaciones tecnológicas, fenómenos migratorios…) que experimentan nuestras sociedades, generan crecientes incertidumbres y dejan entrever mayores cambios en nuestros modos de vida (trabajo, educación, seguridad…) con el sentimiento cada vez más ampliamente compartido, con razón o sin ella, de que esas mutaciones afectan, en primer lugar, a los más frágiles, y afectarán, a corto o medio plazo, a una parte creciente de la población, mientras que una pequeña élite en el poder, especialmente política y económica, continúa protegida. Estos cambios en curso en los modos de vida son juzgados de manera negativa y angustiosa por amplios sectores de la población de los países desarrollados que parecen aspirar, al menos, al mantenimiento del statu quo, y sienten una nostalgia frente a las formas de las relaciones sociales que existían hace unas décadas. Una de las causas profundas de lo que hoy es vivido como una verdadera desintegración social acelerada reside, al menos parcialmente, en un modelo liberal dominante que progresivamente se ha radicalizado desde hace treinta años. (Continuará…)