Orwell, anarquista conservador, por Jean-Claude Michéa


En múltiples aspectos de su filosofía, George Orwell se acerca mucho a la sensibilidad anarquista. Sin embargo, es imposible considerar al autor de 1984 un anarquista en el sentido doctrinal y militante del término. 

En ninguno de sus ensayos se defiende la idea de que una sociedad sin Estado sea posible o incluso deseable. A decir verdad, Orwell era simplemente un demócrata radical y, por tanto, partidario de un estado de derecho, capaz de asumir sus funciones “con la mayor eficacia y el mínimo de obstáculos posibles”.

Así, el hecho de que Orwell se definiera en varias ocasiones como un anarchist tory es, ante todo, una muestra de la complejidad de su pensamiento político. Asimismo, no hay que olvidar que, para el autor, se trataba más bien de una broma y no de un concepto teórico, aunque, como señala certeramente Simon Leys, dicha fórmula constituye “la mejor definición de su temperamento político”. Esta expresión va a constituir mi punto de partida para intentar identificar ciertos aspectos de 1984, generalmente mal conocidos o infravalorados.

La historia de 1984 es, ante todo, la historia de la rebelión del individuo, Winston Smith, contra el poder absoluto de los señores de Oceanía. Pero al final de la novela esta rebelión se derrumba. Así pues, 1984, es, aparentemente, la historia de un fracaso. Sin embargo, poco se ha dicho sobre el hecho de que el fracaso de Winston no se debe a que cualquier rebelión contra el poder de Gran Hermano sea imposible, sino a que su propia rebelión es básicamente falsa. Por un lado, opta por prescindir del apoyo de los proletarios, cuando, en realidad, su presencia masiva y silenciosa planea constantemente en la obra. Después, cuando Winston finalmente decide actuar y organizarse, se une a la misteriosa “Fraternidad'” del no menos misterioso Goldstein, una organización que acabará revelándose como una oposición facticia, creada y manipulada por el propio Partido. Esta es, pues, la primera lección política de la novela: aunque la rebelión del individuo ante un poder tiránico siempre es comprensible desde el punto de vista psicológico, nada garantiza, a priori, que las ideas y los actos que la materializan sean a su vez legítimos o simplemente eficaces. Lo cierto es que existen rebeliones alienadas, es decir, rebeliones que se ajustan perfectamente a la lógica de los sistemas que pretenden combatir y que suelen contribuir a reforzar sus efectos. Para Orwell, esto ocurre cuando una rebelión no procede de la “cólera generosa” que, por ejemplo, inspiraba a Dickens (como veremos, esta cólera generosa siempre está vinculada a la common decency), sino cuando sus raíces psicológicas profundas se hallan en la envidia, el odio y el resentimiento. Ninguna auténtica rebelión puede surgir de esta fuente envenenada. Y es que los que están poseídos por su propio odio pueden perfectamente imaginarse que son la negación en acto del despotismo reinante, pero en términos fotográficos, sólo son el negativo de la película. Basta con leer la famosa escena en la que Winston entra a formar parte de la “Fraternidad”' para descubrir hasta qué punto, como señalaba Evelyn Waugh, esta peculiar organización es otra banda más, que en nada se diferencia del Partido.

Este pasaje no deja lugar a dudas. Winston Smith no simboliza al “hombre ordinario”, tan encomiado en la obra de Orwell; se trata simplemente de una réplica exacta de esos miles de intelectuales, miembros del Partido, que, por un resquicio de humanidad (o un mínimo de inteligencia crítica) y motivos distintos en cada caso, deciden oponerse a la máquina que acabará destruyéndolos, pero a la que, hasta el momento, habían servido con absoluta fidelidad.

Por regla general, el poder fascina únicamente a aquellos que buscan en él un medio para vengarse de las humillaciones padecidas. De ahí que la voluntad de poder sea el corolario lógico del resentimiento. Esta verdad decisiva, ya explorada por Dostoievski, nos conduce al núcleo del “anarquismo” orwelliano. La segunda lección de consiste en que el amor al poder constituye el principal obstáculo que aleja a los hombres de una sociedad justa. Según la excelente fórmula de Sonia Orwell, una sociedad justa es una sociedad libre, igualitaria y decente (the free, equal and decent society). En la medida en que la rebelión del intelectual moderno contra el orden establecido suele alimentarse de su propio resentimiento (a diferencia de los trabajadores y los humildes, en los que se trata del rechazo espontáneo a las injusticias reales que padecen o de las que son testigos), es lógico que el contexto intelectual de las sociedades contemporáneas, en su sentido más amplio, represente para Orwell la encarnación privilegiada de la voluntad de poder. Ello explica que en la sociedad de Oceanía: “La nueva aristocracia estaba formada en su mayoría por burócratas, hombres de ciencia, técnicos, organizadores sindicales, especialistas en propaganda, sociólogos, educadores, periodistas y políticos profesionales. Esta gente, cuyo origen estaba en la clase media asalariada y en la capa superior de la clase obrera, había sido formada y agrupada por el mundo inhóspito de la industria monopolizada y el gobierno centralizado. Comparados con los miembros de las clases dirigentes en el pasado, esos hombres eran menos avariciosos, les tentaba menos el lujo y más el puro deseo de poder, y, sobre todo, tenían más conciencia de lo que estaban haciendo y se dedicaban con mayor intensidad a aplastar a la oposición”.

Este “puro deseo de poder”, es decir, la necesidad psicológica de tener al otro a su merced, puede manifestarse en muchos grados. Los primeros son evidentes en las relaciones cotidianas entre los individuos: así, por ejemplo, el placer maníaco que algunos experimentan controlando constantemente lo que dicen y hacen los demás, manipulando su tiempo u organizando sus vidas. En un grado más desarrollado, se aprecia también el extraño gusto por dar órdenes, por “vigilar y castigar”, por vejar y humillar. Pero el grado superior del amor al poder es, por supuesto, la necesidad de ejercer sobre el otro un dominio violento, ya sea psicológica o físicamente. La política totalitaria se pone en marcha en este último nivel.

La mejor prueba de esta idea se encuentra en el discurso de O'Brien que reproducimos a continuación:

«Vamos a ver, Winston, ¿cómo afirma un hombre su poder sobre otro? Winston pensó un poco y respondió: -Haciéndole sufrir. -Exactamente. Haciéndole sufrir. No basta con la obediencia. Si no sufre, ¿cómo vas a estar seguro de que obedece tu voluntad y no la suya propia? El poder radica en infligir dolor y humillación. El poder está en la facultad de hacer pedazos los espíritus y volverlos a construir dándoles nuevas formas elegidas por ti. ¿Empiezas a ver qué clase de mundo estamos creando? Es lo contrario, exactamente lo contrario de esas estúpidas utopías hedonistas que imaginaron los antiguos reformadores. Un mundo de miedo, de ración y de tormento, un mundo para pisotear y ser pisoteado, un mundo que se hará cada día más despiadado. El progreso de nuestro mundo será la consecución de más dolor. Las antiguas civilizaciones sostenían basarse en el amor o en la justicia. La nuestra se funda en el odio. En nuestro mundo no habrá más emociones que el miedo, la rabia, el triunfo y la humillación. Todo lo demás lo destruiremos, todo. Ya estamos aplastando los hábitos mentales que han sobrevivido de antes de la Revolución. Hemos cortado los vínculos que unían al hijo con el padre, al hombre con el hombre y al hombre con la mujer. Nadie se fía ya de su esposa, de su hijo ni de un amigo. Pero en el futuro no habrá ya ni esposas ni amigos. Los niños se les quitarán a las madres al nacer, como se les quitan los huevos a la gallina cuando los pone. El instinto sexual será extirpado donde persista. La procreación consistirá en una formalidad anual como la renovación de la cartilla de racionamiento. Aboliremos el orgasmo. Nuestros neurólogos trabajan en ello. No habrá lealtad; no existirá más fidelidad que la que se debe al Partido, ni más amor que el amor al Gran Hermano. No habrá risa, excepto la risa triunfal cuando se derrota a un enemigo. Cuando seamos todopoderosos, ya no necesitaremos la ciencia. No habrá ya distinción entre la belleza y la fealdad. Ya no habrá curiosidad, ni alegría de vivir. Todos los placeres de la emulación serán destruidos. Pero siempre, no lo olvides, Winston, siempre existirá el afán de poder, la sed de dominio, que aumentará constantemente y se hará cada vez más sutil. Siempre existirá la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo indefenso. Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, figúrate una bota aplastando un rostro humano... eternamente».

Esta feroz homilía, que tan bien describe la estructura psicológica de los intelectuales totalitarios, define de forma simultánea y por defecto, la mentalidad del hombre corriente (al que Orwell llama the common man o the ordinary people), es decir el hombre al que el poder deja indiferente y que para existir ante sí mismo, no experimenta la necesidad de ejercer un dominio violento sobre sus semejantes. Efectivamente, los “sentimientos humanos corrientes” se resumen en la capacidad para “el amor, la amistad, la alegría de vivir, la risa, la curiosidad, el valor, la integridad”', de la que suelen carecer los poderosos. En su conjunto, estas disposiciones definen la common decency, esto es, la práctica cotidiana de la ayuda mutua y de la reciprocidad generosa, quizás “innata”, y que, en cualquier caso, representa el mínimo necesario para cualquier buena vida y la condición indispensable para cualquier rebelión que aspire ser justa. No hay que olvidar que la common decency, según esta definición, no debe reducirse a las dimensiones que Orwell le atribuye en la obra de Dickens. No se trata de una idealización literaria, sino, ante todo, de un hecho cotidiano comprobado, un conjunto efectivo de formas de dar, recibir y devolver que, tras desarrollarse y purificarse, constituyen la base psicológica del socialismo. Desde este punto de vista, la investigación de Wigan Pier y, más aún, la experiencia española fueron los detonantes de su idea de que el civismo tradicional de los pueblos era la única garantía para que, un día, el socialismo llegara a ser algo más que un sueño utópico o una pesadilla hecha realidad. “En cierto modo, sería lícito decir que experimentábamos una prueba del socialismo, con lo que quiero decir que el estado de espíritu reinante era el del socialismo”.

Así pues, el elogio de la common decency y la correspondiente crítica al resentimiento y a la voluntad de poder son indudablemente la característica más relevante del socialismo orwelliano: el verdadero revolucionario no es un puritano impulsado por lo que Spinoza denominaba las “pasiones tristes”, más allá de la máscara que la retórica ideológica haya sabido imponerles. Su decencia innata, su generosidad natural y, sin duda, su sentido del humor lo sitúan en las antípodas de ese “mundo de odio y eslóganes” que, de Netchaiev al Che Guevara ha sido el elemento natural de las inteligencias totalitarias.

Esta última idea nos permite introducir el tercer aspecto político de 1984: la relación entre el mundo del odio y el de los eslóganes es estructural. La comprensión intuitiva del vínculo existente entre “el pensamiento totalitario y la corrupción del lenguaje” explica perfectamente la profunda repulsión que Orwell sentía hacia los usos estereotipados de la lengua. No obstante, aunque la jerga política sea el mejor ejemplo de un pensamiento que prescinde del cerebro, Orwell también percibió que esta descomposición de la inteligencia crítica ya era totalmente funcional en las sociedades liberales. A juzgar por la jerga dominante en los medios, las empresas o la administración, este diagnóstico sigue teniendo plena validez. De este modo, y siguiendo el pensamiento orwelliano, si el periodista “enrollado”, el ejecutivo “dinámico” o el gestor “visionario” sólo son capaces de expresarse con los términos de sus respectivas neolenguas, no puede tratarse de una tendencia inocente. En realidad, representan el imperio de estos poderes sobre la organización de nuestras vidas.

Asimismo, las repetidas críticas y las advertencias de Orwell contra la decadencia vertiginosa de la lengua moderna, sus llamamientos para preservar un inglés vivo y popular, su concepto de la literatura como forma privilegiada de escritura política, no deben considerarse como síntomas de purismo maníaco y elitista. Por el contrario, si la lengua contemporánea, sobre todo la de los jóvenes, principal objetivo de la sociedad comercial, se empobrece inquietantemente y si poco a poco van desapareciendo el sentimiento poético y el genio popular de la lengua se debe a que las élites modernas son capaces de crear un mundo a su imagen y semejanza.

Indudablemente, la necesidad de Orwell de volver a legitimar un cierto grado de “conservadurismo” se deriva del imperativo de proteger el civismo y la lengua tradicional. Efectivamente, ninguna sociedad deseable puede existir, ni siquiera concebirse si, de acuerdo con la tradición apocalíptica abierta por san Juan y san Agustín, la llegada del “hombre nuevo” depende de nuestra capacidad para hacer “tabla rasa” con el pasado. Por tanto, a no ser que contemos con las bases necesarias fundamentadas en un patrimonio antropológico, moral y lingüístico, resultará imposible cambiar la vida. Olvidar o rechazar estas premisas siempre ha llevado a los intelectuales “revolucionarios” a construir los sistemas políticos más asfixiantes que puedan imaginarse. En otras palabras, ninguna sociedad digna de las posibilidades modernas de la especie humana tiene la más mínima posibilidad de existir si el movimiento radical no es capaz de asumir sus tareas conservadoras. Esta es, pues, la última y primordial lección de 1984: el sentido del pasado, y por tanto, la capacidad de recordar y añorar, constituyen condiciones totalmente indispensables en cualquier empresa revolucionaria que no se resigne a ser una variante inédita de los errores ya cometidos.

¿Por qué brindamos esta vez [preguntó O'Brien]? ¿Por la confusión de la Policía del Pensamiento? ¿Por la muerte de Big Brother? ¿Por el futuro? -Por el pasado -respondió Winston. -Sí, el pasado es más importante -reconoció O'Brian con gravedad.

Por ello, si Winston Smith, competente y eficaz funcionario del ministerio de la Verdad, conserva una parte de humanidad (esto es lo que lo acerca a los proletarios) es sobre todo porque le fascinan todas las formas del pasado. Será esta pasión la que cause su pérdida: M. Charrington, el gerente de la tienda de antigüedades, en realidad pertenece a la Policía del Pensamiento. Antes de que el amor de Julia confiera a su deseo de resistencia una base más altruista, durante toda la novela, es esta fascinación la que constituye la clave psicológica de su rebelión contra el Partido. Por el contrario, el esfuerzo por destruir el pasado es el eje que organiza la política del “Ingsoc”. En definitiva, esto implica que la rebelión de Winston Smith, por muy alienada que resulte, es en su origen una rebelión conservadora. De ahí también que, a menos que os combates contra el servilismo moderno se basen conscientemente en los aspectos positivos del pasado, están abocados a un fracaso radical y definitivo.

Pero existe un problema real: es sabido que en la neolengua moderna, es decir, en la forma de hablar destinada a prevenir cualquier pensamiento “políticamente incorrecto”, “conservadurismo” es la “palabra-clave” (blanket Word) que designa el “crimen de pensamiento” por excelencia: la que marca nuestra complicidad con todas esas encarnaciones del mal político como la “Derecha”, el “orden establecido” o la “sociedad de intolerancia y de exclusión”. Dado que esta mistificación forma parte del núcleo del capitalismo moderno y que constituye su principal línea defensiva, se impone cuestionar sus postulados fundamentales, aunque sólo sea para medir el extraordinario coraje intelectual de Orwell al rehabilitar, incluso por juego, una palabra que había sido tan demonizada por la izquierda biempensante, si es que hoy en día queda otra.

En Inglaterra, la oposición entre Whigs y Tories se impuso a partir del siglo XVII para distinguir el “Partido del movimiento” del “Partido de la conservación”. En aquella época, con dichos términos se designaba, por un lado, al partido del capitalismo liberal, favorable a la economía de mercado, al desarrollo del individualismo calculador y todas sus correspondientes costumbres; por el otro, a los partidarios del Antiguo Régimen, es decir, un orden social a un tiempo comunitario y altamente jerarquizado. La trampa filosófica en la que la izquierda estaba abocada a caer se evidencia dado que, cuando asimiló el conservadurismo a la derecha, se exponía a retomar para sí misma gran parte de los mitos fundadores del progresismo whig. Ahora bien, si por “socialismo” entendemos el proyecto formulado en el siglo XIX en el que se superaban las contradicciones internas del capitalismo liberal, resulta obvio que el esfuerzo por integrar el socialismo en la temática de la izquierda progresista (labor que en Francia fue llevada a cabo por el caso Dreyfus) no podría estar libre de problemas. En la práctica, ello implicaba casi necesariamente denominar “socialistas” o “progresistas” a todo el conjunto presuntamente coherente de los diferentes movimientos de modernización que, desde principios del XIX, socavaban el orden establecido. Como bien ha demostrado Arno Mayer, ello significaba que se había olvidado que la base económica y social de dicho orden siguió siendo, hasta 1914, fundamentalmente agraria y aristocrática. En estas circunstancias, el llamamiento de la izquierda a romper con toda mentalidad “arcaica” y “conservadora” se confundía forzosamente con las exigencias culturales del capitalismo liberal, que, efectivamente, nada tiene que ver con la tiranía de la Iglesia, la nobleza o el ejército. En realidad, está vinculado a un tipo de civilización que puede ser cualquier osa salvo conservadora, como Marx, antes que J. Schumpeter y D. Bell, lo había claramente señalado.
La burguesía no puede existir sin la revolución constante de los instrumentos de producción, por lo tanto, de las relaciones de producción y, con ellas, de todas las relaciones sociales. Por el contrario, para todas las clases industriales precedentes, mantener sin cambios el antiguo modo de producción era la primera condición de su existencia. Esa conmoción incesante de la producción, esta permanente ruptura de todo el sistema social, esta agitación e inseguridad perpetuas diferencian a la época burguesa de todas las precedentes. Todas las relaciones sociales fijas y obsoletas, con su cohorte de concepciones e ideas antiguas y venerables son barridas y las que las reemplazan caducan antes de haber podido osificarse. Todo lo que era sólido y permanente se esfuma, todo lo que era sagrado, se profana.

En otras palabras, el capitalismo es, por definición, un sistema social autocontestario, cuyo auténtico imperativo categórico consiste en la disolución permanente de todas las condiciones existentes. La izquierda moderna ‒esto es, la que ni siquiera tenía la excusa de enfrentarse realmente a los poderes tradicionales del Antiguo Régimen ya que en su mayoría éstos desaparecieron con la Primera Guerra Mundial‒, con su empeño por definirse pura y simplemente como el “Partido del cambio” y el conjunto de las “Fuerzas de progreso”, estaba abocada a atrapar definitivamente a los trabajadores y a la gente humilde en la trampa histórica. Desde esta perspectiva, triste, aunque moderna, la única posibilidad que le restaba al término “socialismo” era convertirse en el otro nombre del desarrollo ad infinitum de la gran industria, y de forma generalizada, de la aprobación precrítica de la modernización integral e ilimitada del mundo: globalización de los intercambios, tiranía de los mercados financieros, urbanismo delirante, constante revolución de las tecnologías de la sobrecomunicación, etc. Así pues, es lógico que el miedo patético por parecer “desfasado” en algo, sea lo que sea, un miedo que se erige en pensamiento en la mayoría de los intelectuales de izquierdas, haya acabado por sellar la actual unión entre el futuro radiante y el cibermundo y su complemento espiritual, el espíritu “liberal-libertario” que domina la falacia del mundo del espectáculo y de los medios de comunicación.

Una época en que las trivialidades más básicas se consideran paradojas resulta bastante curiosa. Sin embargo, cuando durante todo el siglo XX, las ambiciones históricas de la izquierda han podido utilizarse tan fácilmente contra los pueblos, cuando el progresismo se presenta como la simple verdad idealizada del capital, es tiempo de adoptar abiertamente un cierto conservadurismo crítico, que, hoy por hoy, representa uno de los pilares necesarios para cualquier crítica radical a la sobremodernidad y a las formas de vida sintéticas que pretende imponernos. Este fue el mensaje de Orwell. A nosotros nos corresponde restituir a su idea de anarchist tory la dignidad filosófica que le corresponde.