¿Para cuándo un «hombre fuerte» al frente de los Estados de Europa occidental?, por Christian Vanneste


Cuando observamos el amplio movimiento político que se dibuja en el mundo, percibimos que, en varios países, y no de los pequeños, sitúan al frente de los mismos a hombres fuertes, jefes seguros y determinados, inspirados principalmente por el superior interés de su nación y por la afirmación de su identidad. 

Quizás estos jefes reconducen a sus pueblos hacia un régimen más o menos autoritario, lo que podría poner en duda la calidad de la elección, pero también las democracias, donde el voto es libre y secreto, una gran mayoría de los medios se muestra hostil hacia este tipo de personajes.

Vladimir Putin es el modelo. La restauración de Rusia como gran potencia ha marcado su presidencia. La elección de Donald Trump en los Estados Unidos, con eslóganes como “América primero” y “Hagamos grande a América otra vez”, ha tenido un cierto eco en el resto del mundo occidental. El presidente norteamericano, ciertamente, no tuvo más votos que su adversaria, pero ésta, hoy mismo, no sería elegida. En China, Xi Jimping encarna el retorno del “gran timonel” chino. Después de una sucesión de gobiernos, la mayoría efímeros, Japón es liderado por Shinzō Abe, que tiene el récord de duración como primer ministro y no ha dudado en rendir homenaje al santuario Yasukuni, dedicado a los héroes que dieron su vida por el emperador. En Turquía, Erdogan parece decidido a resucitar la grandeza otomana, turca y musulmana al mismo tiempo. Bolsonaro en Brasil, Duterte en Filipinas, Al Sissi en Egipto, encarnan, con mayor o menor éxito, esa necesidad de orden, frente al terrorismo y la delincuencia, frente a todos los desafíos y todas las incertidumbres, hombres cuya ideología se resume en la prioridad nacional: el patriotismo.

Sólo una región del mundo escapa a esta evolución casi general: Europa, con la excepción, quizás de Hungría, hoy, e Italia, mañana. Algunos se felicitarán por ello y continuarán afirmando que Europa es la tierra del humanismo, la de apertura y tolerancia, la campeona de una visión cosmopolita cuya única identidad es la de rechazar las raíces propias en beneficio de un universalismo fundado sobre los derechos humanos y el libre comercio. Este bello discurso, desgraciadamente, es el que mantienen los jefes de Estado y de gobierno, fugaces e insípidos y tan inconsistentes como la gente que les vota. A veces, incluso, como los tecnócratas de Bruselas, ni siquiera tienen legitimidad democrática ni un carisma que evite su ridículo: ¿cómo una Europa con cerca de 500 millones de habitantes puede estar representada por personajes tan insulsos?

En consecuencia, debemos inquietarnos por las relaciones de fuerza que van a establecerse, ya, entre este obeso gigante europeo, sin rostro y sin voluntad, y las voraces potencias que ahora mandan en el mundo. Como parece bastante evidente que la existencia de un Carlomagno o de un Napoleón está excluida, en razón de la legítima divergencia entre las naciones, por un lado, y de la ley no escrita que dispone que una elección común no puede estar basada más que en un compromiso para elegir al personaje solamente capaz de no hacer sombra a los demás, la única solución consiste en buscar “una serie de Orbanes y de Salvinis” capaces de entenderse. Después de todo, esto sería un retorno a las fuentes de la epopeya occidental.  

Las elecciones europeas han testimoniado la profunda decadencia de nuestros países. Mientras los grandes dirigentes saben identificarse con su pueblo y son apoyados continuamente por una estimable mayoría, según el modelo de Viktor Orbán en Hungría, los pueblos más occidentales de Europa conocen exactamente la situación inversa. Personajes de problemática psicología se hacen con el poder en un clima deletéreo y mediante una hábil y sorprendente maniobra política y mediática. Socialistas y socialdemócratas, con el beneplácito de los poderes financieros, que, a pesar de sus fallos y fracasos, continúan beneficiándose del excepcional apoyo de los electores y de los medios de comunicación dominantes. Lejos de liderar a un pueblo en el que puedan reconocerse, conducen a un pueblo al que desprecian, simple y frecuentemente porque ese pueblo no quiere una mayoría para sus adversarios políticos. Francia, por ejemplo, está fraccionada en múltiples familias políticas y, realmente, está cortada en dos, como lo demuestra el voto favorable a Emmanuel Macron, en los barrios acomodados, en las zonas residenciales y en las regiones apacibles, expresión mecánica de una sociología, no de una visión política. Europa está, hoy, amenazada por la inmersión migratoria, pero se nos hace creer en la emergencia del cambio climático para que no se preste atención al verdadero peligro. Los presidentes de Europa occidental son actores esenciales en la comisión de esta alta traición. ■ Fuente: Boulevard Voltaire